jueves, 22 de agosto de 2013

WILLIAM MAC CANN EN QUILMES

En 1848 el comerciante británico William Mac Cann realizó un recorrido por territorio argentino, visitando la campaña bonaerense, el sur de las provincias litorales y Córdoba. A comienzos de 1853 se pu­blicó en Inglaterra el libro en el que volcaba las experien­cias recogidas durante su viaje.
Observador agudo y minucioso, Mac Cann describió con acierto el paisaje argentino, las costumbres de los habi­tantes, los diversos aspectos del quehacer cotidiano, el trabajo rural, aportando datos particularmente intere­santes sobre el papel de sus connacionales en la vida del país. Pero este Viaje a caballo” es mucho más que un relató ameno y pintoresco. Las precisiones que el autor realiza acerca de las características de la economía y de lar socie­dad del litoral argentino, apoyadas por un valioso mate­rial estadístico, lo convierten en una referencia impres­cindible para el conocimiento de la situación reinante en los últimos años del período rosista.
En este recorrido se detuvo en Quilmes y describe esa olvidada aldea al sur de la Ciudad y visita la casa de Juan Clark que se levantaba en la actual manzana circundada por las calles Mitre, Conesa, Sarmiento y Colón, que luego Clark vendió a la familia Ctibor y esta alquiló para que se abra en ella la Escuela Normal, adquirida luego por el Estado y allí hoy se halla el Instituto Superior del Profesorado Nº 104, el Jardín de Infantes Nº 949 y el Colegio Nacional.
Uniendo los párrafos que aquí se transcriben con la obra artística de Carlos Morel y muchas de las páginas de "Allá lejos y hace tiempo" de Guillermo E. Hudson, se puede alcanzar clara idea del paisaje y los pobladores de esta comarca a mediados del siglo XIX.


“Luego de haber andado cosa de una legua, cruzamos el puente de Barracas, entrando en una extensa llanura donde nada indicaba la cercanía de una gran ciudad. Las casas, en su mayoría, eran construcciones de madera, muy recientes, y pertenecían a inmigrantes vascos; las había también de esta­cas y cañas, revocadas de barro.
Unas pocas eran de ladrillo y bien edificadas, pero nadie hubiera creído que desde ese paraje podía llegarse en una hora de caballo a la capital de una extensa república. Parecía más bien el lugar de acceso a una llanura ilimitada. En el campo, conforme avanzábamos, aparecían en mayor número las vacas, caballos y ovejas.

Al cabo de tres o cuatro leguas, entramos en una extensión de terreno ondulado, a inmediaciones de Quilmes, cerca del sitio donde desembarcaron las tropas inglesas, en aquella fatal expedición comandada por el general Whitelocke. El camino corría por entre montecillos de durazneros, sauces y álamos. En esos lugares se halla la casa de Mr. Clark, súbdito británico, donde nos quedarnos a pasar aquel día […]
En Quilmes hay una iglesia construida de ladrillo y junto a ella un cementerio que en otro tiempo ha estado cercado con una pared; ésta se halla tan derruida que las vacas entran a pacer libremente y destruyen las tumbas. La villa se com­pone de una casa muy bonita y otras doce de aspecto común. En los alrededores, y en pequeñas parcelas de terreno sepa­radas unas de otras, se levantan los consabidos ranchos de cañas y barro. Quilmes ha sido antiguamente el centro de una tribu de indios, de la que tomó su nombre.
Estos indios fueron traídos del Interior con el propósito de civilizarlos y han desaparecido con el andar del tiempo.

Por el año 1820 (1818), las tierras fueron cedidas a determinadas personas bajo con­dición de introducir mejoras y edificar algunas casas. La his­toria de esta tribu ofrece cierto interés por cuanto demuestra que las razas menos vigorosas y civilizadas están destinadas a extinguirse, en contacto con otras más fuertes. Los indios quilmes procedían de la provincia de Catamarca donde sus antepasados lucharon contra los españoles en el transcurso de varias generaciones. Finalmente, quedaron reducidos a dos­cientas familias, capitularon, y fueron traídos a esta región para incorporarlos a la vida civilizada. Pero, en ese proceso de depuración, la tribu ha terminado por extinguirse.

La aldea se halla fuera de los caminos principales y, debido a esa circunstancia, difícilmente podrá adquirir algún desarro­llo. Con todo, si en lugar de tenerla abandonada y cubierta de hierbas, se dedicaran sus terrenos a la formación de quin­tas, jardines o viñedos, podría constituir un abrigo feliz para muchas familias industriosas. Al presente ofrece un cuadro de pobreza y desolación porque los habitantes del sexo masculino se hallan todos de servicio en el ejército. 
La entrada a la casa de Mr. Clark despertó en mí la más viva simpatía: todo en aquel hogar me representaba la activi­dad y el confort británicos. La huerta estaba provista de las mejores hortalizas y había plantaciones rodeadas de excelentes empalizadas. La tierra, feracísima y apta para todo cultivo, había sido removida con arados y rastras escocesas. Abunda­ban las aves de corral y las piaras de cerdos. En un terreno vecino se veían grandes montones de pasto. Unas robustas mujeres irlandesas andaban muy atareadas conduciendo tarros de leche. Como la quinta se halla situada a corta distancia de la ciudad (Buenos Aires), los productos de granja, encuentran buena salida y mister Clark sabe sacar de todo el mejor provecho. La carne, los lechones, las aves, las frutas, las hortalizas, la manteca, los huevos, el pasto, la leña, todo puede colocarse, y a precios más altos que en Londres y París, con excepción de la carne. El mayor inconveniente está en los caminos, que, durante el invierno, se ponen intransitables.

Junto al corral de la granja se halla instalada una fábrica para hervir o cocer la carne de vaca: los tanques son de hierro, de procedencia inglesa y tienen capacidad para cien bueyes. [1] La mayoría del personal empleado está constituida por irlan­deses, gente muy laboriosa y que economiza casi todas sus ganancias. Puede dar una idea del número de personas em­pleadas, el hecho de que Mr. Clark faena una res cada tres días para el mantenimiento de su casa, aparte las ovejas que se consumen. También se cultiva la papa, aunque ésta, hablando en gene­ral, no es tan abundante ni tan buena como en Inglaterra; pero asimismo se hacen dos cosechas por año; la primera co­secha, plantada en setiembre y recogida en enero, corre peligro de ser comida por la carraleja o mosca española cuando los calores vienen muy temprano. Estos insectos son recogidos y se venden a los droguistas de la ciudad; en algunos años abundan tanto, dentro de los primeros días de su aparición, que comen por entero las raíces, dejando el tallo enteramente desnudo. La segunda cosecha de papas se siembra por el mes de febrero, pero si el verano es muy largo se prolonga la vida de los insectos y entonces, con seguridad, destruyen los primeros vástagos, tan pronto como empiezan a crecer. Las mejo­res semillas de papas se obtienen de los capitanes de barcos, pero siempre es una cosecha muy aleatoria por la falta de su­ficiente humedad. Durante los últimos años el precio de las papas ha oscilado entre uno y tres peniques por libra. [2] Cua­lesquiera otra especie de hortalizas inglesas pueden alcanzar aquí su máximo desarrollo; además, las calabazas y los melones podrían constituir un alimento muy principal. Los melones abundan mucho y se venden a bajo precio.

Con Mr. Clark participamos de una mesa excelente: asado de vaca, aves, pudding inglés, papas y pan blanco, todo bien cocinado y presentado con mucha pulcritud. Fuimos invitados con insistencia a pasar la noche en la casa y para el efecto dejamos atados los caballos, pero de manera que pudieran pastar libremente.

El campo abierto tiene aquí un valor de treinta a cuarenta chelines [3] por acre [4] inglés y es el precio corriente a esta dis­tancia de la ciudad, vale decir cinco leguas. El precio de la tierra en los desiertos australianos asciende, según creo, a veinte chelines por acre; aquí, en una hermosa región, a menos de la mitad de la distancia desde Inglaterra, y a quince millas de una ciudad de sesenta mil habitantes, puede adquirirse la tierra a un precio de cuarenta chelines por acre.
La dificultad con que se tropieza de inmediato en cualquier empresa agrícola, es la construcción de vallados para contener las haciendas porque los gastos de zanjeo resultan muy cre­cidos y el trabajo se paga por vara. Los peones empleados en las labores de granja y en la construcción de fosos para cer­cados, ganan generalmente tres libras por mes [5], incluida la ración diaria. Casi todos estos trabajos son desempeñados por escoceses e irlandeses.
El sol, entrando por las hendiduras de los postigos, nos incitó a dejar el lecho muy de mañana para gozarnos en la belleza pastoral de la escena. Se extendía por todos lados una planicie de apariencia infinita, de un verde reluciente, como que estábamos en primavera, y donde pastaban miles de vacas, caballos y ovejas: una eran majada de estas últimas pertenecía a nuestro huésped.
Era de llamar la atención la cantidad de hongos que cubrían el suelo, recogimos algunos en un pañuelo y los mandamos a la cocina para que hicieran parte de nuestro desayuno. Me hallaba en esa tarea cuando fui sor­prendido por un ruido sordo, acompañado de una trepidación; la tierra parecía temblar bajo nuestros pies. A poco pude advertir que se trataba de una inmensa tropa de baguales que, para mis ojos, inacostumbrados a ese espectáculo, no bajaban de mil y se acercaban galopando por la llanura. La presencia de dichos animales se debía a la escasez de pasto - por falta de lluvia - en otros campos distantes. Venían a las inmedia­ciones de Quilmes porque en esos parajes encontraban buen sustento. Los caballos, extraviados después de abandonar sus propios campos, habían ido aumentando en número a punto de constituir un serio inconveniente, no tanto por el pasto que consumían como por los perjuicios que causaban en los cercados. Con el objeto de alejarlos empezaron por encerrarlos en un corral; seis hombres bien montados los arrearon des­pués, campo afuera, a una distancia de cinco a seis leguas donde quedaron libres para vagar a su antojo y buscarse alimento. Después de un sustancioso breakfast, nos despedimos de Mr. Clark para proseguir nuestro viaje. El camino atravesaba una pampa de excelentes pastizales. En aquella estación, la hierba, de intenso verdor, crecía esplendorosa y toda la extensión que los ojos abarcaban parecía una alfombra de terciopelo verde oscuro donde se esparcían las flores doradas de la primavera. Muy cerca, y a nuestro alrededor, los hongos de color blanco cubrían el suelo. No se veían árboles - a excepción de uno o dos que se divisaban junto a una casa - pero las casas son pocas, debido a la escasez despoblación. 
Junto a un arroyo cruzamos una gran majada de ovejas vigiladas con mucho cuidado. La pastora iba a caballo y se empeñaba en hacer avanzar algunos corderillos rezagados. Aunque me encontraba lejos para poder juzgar de su fisonomía, la revestí con la imaginación de todos los encantos de los pastores arcádicos. […]”

De: Mac Cann, William. "Viaje a caballo por las provincias argentinas". Hyspamérica. Biblioteca Argentina de Historia y Política (Colección dirigida por Pablo Constantini) Buenos Aires 1969 (origen: Biblioteca Popular Pedro Goyena).

 Compilación Chalo Agnelli

NOTAS



[1] Tanques en que se sancochaba la carne que, después de salada y colocada en barricas, se destinaba a la exportación y era consumida, so­bre todo, por las tripulaciones de barcos.  
[2] Téngase en cuenta que el peso papel de la Provincia de Buenos Ai­res, sólo valía dos peniques y medio, según dice, más adelante, el autor. (N. del T.) 
[3] El chelín equivalía a unos cinco pesos moneda papel. (N. del T.) 
[4] Acre: menos de la mitad de una hectárea o sea unos 4.000 metros cua­drados. (N. del T.) 
[5]     Unos trescientos pesos moneda papel de-la Provincia de Buenos Aires. (N. del T.)