lunes, 4 de noviembre de 2013

BUQUES ARGENTINOS EN LA ANTÁRTIDA EN EL SIGLO XIX POR EL DR. JOSÉ A. CRAVIOTTO



 El Dr Craviotto en una de sus conferencias magistrales (circa 1963)
El Dr. José Alcides Craviotto era un asiduo colaborador del periódico EL PLATA. Sus investigaciones históricas no sólo se centraron en Quilmes y su entorno original, todos los hechos de la historiografía nacional fueron su preocupación y ahondó exhaustivamente en su amplio transcurrir y transitar de la memoria.
En el “Semanario Ilustrado Quilmeño El Plata” del sábado 25 de junio de 1955 (Año XXXIII Nº 1539) se publicó la nota que aquí transcribimos; continuación de una anterior publicada el sábado 18 de junio de ese mismo año bajo el título ”Las islas Malvinas en el pensamiento de Sarmiento” que este blog reproducirá próximamente.
Craviotto fue un incansable investigador. La cantidad de artículos y documentos históricos de su factura que constantemente encontramos en periódicos, revistas y folletos de instituciones locales y nacionales de toda índole, es asombroso. EL QUILMERO, intenta recuperar esos trabajos que de otro modo quedarían olvidados en el tiempo y conservan un valor documental incalculable. Siempre es bueno también retrotraernos a nuestras Malvinas y no esperar sólo las fechas aniversario o conmemorativas.
BUQUES ARGENTINOS EN LA ANTÁRTIDA EN EL SIGLO XIX POR EL DR. JOSÉ A. CRAVIOTTO

“Si no hubiese buques americanos (léase estadounidenses) en estos ma­res, la gente de Buenos Aires nunca ten­dría un buque en los mares de la Patagonia o magallánicos, pues entre to­dos no hay ingenio, atrevimiento o co­raje suficientes para apoderarse de una foca o de una ballena”. Así escribió el Encargado de Negocios de los Estados Unidos, Francis Baylies, desde Buenos Aires, el 24 de julio de 1832, al Minis­tro de Relaciones Exteriores de su país, Edward Livingston, en determinado momento de su desastrosa intervención en el asunto Malvinas. Si el capitán Carlos Timblon hubiese podido enterarse de esas palabras, habría dicho, anticipándose a don Laguna: “¡Canejo!... ¿Será verda? ¿Sabe que se me hace cuento?” Porque él, con la polacra argentina San Juan Nepomu­ceno, de 21 metros de eslora y 65 toneladas, matriculada en Buenos Aires el 21 de oc­tubre de 1871, había navega­do muchas veces por aguas del sud, en busca de cueros de lobos marinos.
La Gazeta de Buenos Aires registró varias de sus salidas o entradas a puerto, en setiembre, octubre y diciembre do 1818; agosto de 1819; febrero de 1820; en el número del 1º de marzo de ese año, dice que “entró a Buenos Aires la polacra nacional San Juan Nepomuceno al mando del capitán Carlos Timblon con cargamento de 14.000 cueros de lobo”, y para ratificar la noticia, en nues­tros días la Enciclopedia Británica en el tomo XX, pá­gina 243 de la edición Chicago, 1844, certifica en su artículo Seal fisheries: “One of the earliest recorded landings was that of the argentine ship Juan Nepomuceno which brougt in 13.000 skins in 1820”. (Pesquerías de focas: Uno de los primeros desembarcos re­gistrados fue el del buque ar­gentino Juan Nepomuceno que en 1820 trajo 13.000 cueros).
En las dos primeras déca­das del siglo pasado, Buenos Aires fue un importantísimo centro comercial de pieles de lobo y focas; el San Juan Nepomuceno no andaba solo por aguas del sud, desde 1810 hasta 1827 quedan registradas las actividades foqueras de los siguientes buques argentinos: Espíritu Santo, Pescadora, Concepción, San Pedro, San José y Animas, Carmen de Patagones, Director, Campanera, Carmen, Mercurio, Jesús María, Neptuno, Despecho, Vi­cente, Fenwick y Antílope.
Habría que cantarle al di­plomático Baylies unas estro­fas que el paisano Simón Peñalva recitaba en 1833: “Pues amigo, si tal piensa, fiera­mente se engañó”. [1]
FOQUEROS
Hasta aquí se ha hablado de cantidad; falta explicar la procedencia de los cueros de foca; podría creer el diplomático que se obtenían por ahí cerca.
A mediados de 1818, el ber­gantín foquero estadouniden­se Hersilia navegaba, cazan­do focas y lobos, en procura del cabo de Hornos; su comandante, capitán J. P. Sheffield, llevó el buque hasta el archipiélago malvinense donde dejó al segundo, N. Brown Palmer con algunos hombres, para refrescar víveres y agua dulce, mientras continuaba su navegación y caza. Poco después de haber zarpado el Hersilia llegó al mismo fondeadero el bergantín foquero argentino Espíritu Santo; Palmer, con un bote, se acercó al buque recién arribado y lo piloteó hasta el lugar de an­claje.
Por el comandante del bu­que porteño supo Palmer que se dirigía al sud, a un lugar donde abundaban las focas, lugar que conocía desde años anteriores y cuya posición geográfica no quería divulgar. Luego, el Espíritu Santo, ha­biendo embarcado agua dul­ce, abandonó el fondeadero, salió aguas afueras y emprendió navegación hacia el sud. Tres días después regresó el HersiIia y Palmer refirió el hecho al capitán Sheffield, aconsejándolo, seguir el rum­bo del Espíritu Santo y des­cubrir el lugar donde hacía su caza.
El capitán Sheffield, que tenía gran confianza en su segundo lo escuchó y pocos días después descubrió las Shetland del Sur, desconocidas por esta época en la América del Norte. “El Espíritu Santo estaba anclado allí, y su tri­pulación no quedó poco sor­prendida al ver llegar el brick; pero su admiración por la habilidad de Palmer fue tal que ellos mismos contribuye­ron al cargamento del brick, que regresó a Stonington, su puerto de matrícula en Esta­dos Unidos, con 10.000 de las más hermosas pieles”. Tal di­ce Edwin S. Balch, en un ar­tículo publicado en “Antartic addenda” aparecido en el “Journal of the Franklin Institute”, número de febrero de 1904, publicado en Washing­ton. En el mismo, no se sabe si admirar las 10.000 hermo­sas pieles; la sorpresa de los tripulantes argentinos, su admiración por Palmer o el en­cantador desparpajo con que Balch descubre lo ya descu­bierto.
Al año siguiente, Palmer ya manda un buque, el balandro Hero; con él, llegan al fondeadero del año anterior los siguientes foqueros norteame­ricanos: bricks Frederick y Hersilia, capitanes Pendleton y Sheffield; goletas Express y Free Gift, capitanes Wi­lliams y Dumbar. En cuanto al Espíritu Santo, que andaba por Malvinas, fue comprado para la escuadra francesa, en reemplazo de la Uraníe allí naufragada, por el explorador y navegante Freycinet; recibió el nombre de La Physicienne; el cambio de bandera se hizo en presencia del teniente co­ronel Jewit, comandante de la fragata Heroína, de la ma­rina de guerra argentina, de guardia en aquellas islas, en abril de 1820.
El lugar donde la Hersilia encontró al Espíritu Santo, que éste buque conocía desde años anteriores, es el puerto Foster, en la isla Decepción; precisamente, pasada la em­ulación de los dos faros ar­gentinos que demarcan hoy su entrada, se llega a la anti­gua caleta de los Balleneros, cuyo nombre explica toda la actividad de una época.

MARINOS ARGENTINOS EN MALVINAS
Edwin S. Balch, para docu­mentar su artículo en parte transcripto así como otros so­bre el mismo tema, tomó da­tos de los libros de a bordo del Hersilia, de varias cartas y otros manuscritos que per­tenecieron al tío de la perso­na que le facilitó esa docu­mentación; esa persona era la señora R. Fanning Loper y el tío nada menos que el capitán Nathaniel B. Palmer, segundo comandante del Hersilia quien en los últimos meses de 1818 trabó conocimiento en Malvi­nas con el comandante del Espíritu Santo, de donde sur­gió el viaje a la isla Decep­ción.
El explorador antártico Charcot escribió que Palmer estuvo en aquella isla a fines de 1818 y por lo tanto antes que el inglés William Smith, que lo hizo - si realmente fue cierto - en febrero de 1819, y dijo: “que los marinos argen­tinos conocían dicho archipié­lago y frecuentaban la región mucho antes que los explora­dores británicos tuvieran no­ticia de su existencia. Así, pues, los primeros conocedores de las tierras antártica que se tiene noticia fueron mari­nos argentinos”.
A pesar de que Balch escribió en 1904 á Charcot entre 1906 y 1912, otro escritor, Lawrence Martin, en octubre de 1940 publicó en Geographi­cal Review un artículo: “An­tártica descubierta por un yankee de Connecticut, capi­tán Nathaniel. B. Palmer”; pero, dejando de lado el ma­canazo, como dijera Miguel Cañé [2] y volviendo al ma­tasiete. Baylies podríamos en­dilgarle con Paulino Lucero: “de balde va con bravatas, crealó, por su difunta”.

SARMIENTO
Sarmiento, el escritor que describió el rastreador, el baquiano y otros criollos de la campaña argentina, en algu­nas oportunidades, durante su vuelta a Buenos Aires embar­cado en el Merrimac, escribió sobre aspectos del mar con referencias pampeanas; así, el 27 de julio de 1868: "Una bandada de toninas, los potros de esta pampa, brincando a proa”: luego, el 29: "dos lin­dos delfines, acompañan ju­gueteando al lado del vapor, lo mismo que los perros, que por festejo corren al lado del caballo”.
Ya presidente de la República, contrató el servicio de vapores a la costa sud. Reglamentó la extracción de guano de su costa y su expor­tación: creó aduanas en aque­llos puertos y luego el servi­cio de buques-correo. Fundó la Escuela Naval para que otros gauchos pasaran a los
timoneles; bien pronto lo hi­cieron en uno de los buques de la escuadra creada jun­tamente con la Escuela Naval, y durante una memorable campaña hidrográfica y de asiento y afirmación de la So­beranea en el sud, los aspirantes de la primera promoción rindieron sus primeros exámenes en aguas australes, en la latitud de Santa Cruz. Pocos años después, aquellos as­pirantes y sus sucesores, ya oficiales, cumplieron una abnegada y silenciosa tarea de estudios hidrográficos y en 1902, las cartas de navegación de los canales fueguinos y aguas australes, de exclusiva procedencia argentina, fueron puestos a disposición de la navegación mundial.
Insistiendo una vez más en el pobre mister Francis Baylies para colocarlo en su jus­to lugar, habría que decirle, con el viejo Viscacha: ‘‘Ansina vos ni por broma - quieras llamar la atención - nunca escapa el cimarrón - si dis­para por la loma”.

FUENTES QUE TOMA CRAVIOTTO
Diccionario Histórico Argentino, tomo V. Artículo Pesquerías australes.
Archivo General de la Nación.
Academia Nacional de la Historia. Biblioteca
Archivo General de la Armada
Archivo del Foreign & Commonwealth


 Compilación bibliográfica Chalo Agnelli
(los subtítulos son del compilador)
NOTAS

[1]Paulino Lucero o Los gauchos del Río de la Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y oriental del Uruguay” (1839 a 1851) de Hilario Ascasubi: “Jacinto Amores, gaucho oriental, haciéndole a su paisano Simón Peñalva, en la costa del Queguay, una completa relación de las fiestas cívicas, que para celebrar el aniversario de la jura de la Constitución oriental, se hicieron en Montevideo en el mes de julio de 1833”

[2] En La Prensa, noviem­bre 1896.