miércoles, 19 de marzo de 2014

CARLOS MARCELO FERNÁNDEZ DURAÑONA “DE QUILMES AL PAÍS” (COLABORACIÓN)

"El dolor en serenidad es sabio"
A Carlos Marcelo Fernández Durañona, “Car”, nuestro ser querido,  lo asesinaron en la puerta de su casa,  el lunes 17 de febrero pasado. Secuestraron a su esposa y extorsionaron al hermano de ella, para no matarla. El sábado y domingo anterior  había estado reunido en familia, festejando cumpleaños.  Hoy ya no está físicamente entre nosotros el ser lleno de luz y bondad que era nuestro hijo, padre, esposo, hermano, primo, sobrino, cuñado. El dolor es inconmensurable. Es imposible describir la dimensión del daño, su onda expansiva en el alma de todos. Ante esta realidad irremediable, nos consuela saber que "Car" descansa en paz. Su alma inocente habita un mundo privado de dolor y nos ilumina. Él era el mayor de cuatro hermanos y de más de veinte primos hermanos. El primero de nosotros que jugó sonriente en las plazas de Quilmes.  El  primero de nosotros  que caminó distraído, anduvo en bicicleta y corrió sin miedo, por las calles de nuestra ciudad. El primero de nosotros que en el Jardín de la escuela Sagrado Corazón de Jesús, en sus primeros años de fundación,  trepó al gran árbol y creyó que tocaba el cielo. El primero de nosotros que piso el muelle de pescadores del Pejerrey Club,  llegó asombrado hasta el final y descubrió allí una de sus pasiones. El primo mayor, que cuidándonos una vez más, entregó su vida heroicamente,  en defensa de la  familia. Su muerte física no ha sido en vano. Es una donación para que el porvenir de nuestros hijos,  el de todos los hijos de la comunidad de Quilmes, Bernal, Don Bosco, de la Provincia de Buenos y del País, sea digno de ser vivido. 
Todas las familias y grupos de amigos tienen su estadística privada de hechos de violencia sufridos. La nuestra es también rotunda. Se extiende desde años atrás sobre familiares y amigos en forma progresiva. Gente común y corriente que vive en los barrios y se levanta todos los días a trabajar.  En cada uno de esos hechos agradecimos la suerte de seguir con vida. Esa realidad nos conducía a esta reflexión desoladora: cuanto mayor es la vocación de familia, cuantos más afectos se cultivan, mayores son las posibilidades de padecer una tragedia. Una lógica siniestra que gobierna nuestras vidas y que las autoridades correspondientes no supieron prevenir.
Por este medio acercamos nuestro dolor, transformado en amor, a todas las autoridades del País, para que las nutra de energía y las reúna en el compromiso público destinado a revertir la situación.
Estamos inmersos en una visión materialista y superficial de la vida. Discutimos sobre el dólar,  la inflación, el desarrollo productivo, los medios de comunicación, etc., y nos olvidamos del valor supremo y sagrado de la vida. La función primordial del Estado es garantizar la vida y la integridad física de todos y cada uno de los ciudadanos. ¿De qué sirven los debates coyunturales si los ciudadanos no perciben que los Gobiernos tienen como objetivo principal garantizar la vida?  Necesitamos que esa misión primordial del Estado llegue a los oídos de toda la población y a nuestros hijos. Hoy los peores miedos de los niños no están en su imaginación, sino en las calles. Debemos devolverles la tranquilidad de espíritu y la esperanza. Debemos recuperar para todos los niños argentinos la vivencia alegre del barrio. Debemos recuperar la cultura del espacio público, el respeto al espacio compartido, donde nadie puede imponer su discrecionalidad, voluntad, fuerza o violencia. 
El primer progreso de la vida en sociedad ha sido el imperio de la ley. La población tiene miedo de vivir en las ciudades porque el Estado no cumple la función esencial. No podemos renunciar a la esperanza máxima de que nuestros hijos y las generaciones futuras caminen tranquilos por las calles. De no ser así, la desesperanza inundara los corazones y con ella la desintegración social será un hecho. Y no habrá donde huir dentro de nuestra amada patria porque ningún paisaje maravilloso es habitable sin el imperio de la ley. 
El Estado de Derecho debe garantizar la vida en todo el territorio argentino. A los niños que nacen en este país, en todos los estratos sociales su primer regalo debe ser el imperio de la ley y la educación. No hay otra alternativa: donde no gobierna  el Estado de derecho, gobierna la delincuencia y el narcotráfico. 
No podemos naturalizar el mal. No podemos acostumbrarnos a ver en la oscuridad. Gobiernos sucesivos han dictado numerosas leyes de emergencia referentes a las cuentas  públicas, a bienes económicos. Hoy el Estado Argentino está en deuda con la protección de la vida humana;  el estado de emergencia se manifiesta sobre el bien más preciado.  Un gran componente de la sociedad que no puede o no quiere encerrarse en barrios privados es la que todavía cree en la función del Estado como garante de la vida y ese mismo Estado la desampara. Ello advierte que la legislación y las decisiones judiciales tienen que estar a la altura de las circunstancias. Toda ley, decreto, o resolución judicial tiene que privilegiar absolutamente la vida y la integridad física de los ciudadanos. Ningún riesgo, derivado de experimentos legislativos o procesales, puede lanzarse sobre ellos. 
Por eso en esta hora de nuestra Nación, rogamos que con respeto absoluto de los derechos y garantías de la  Constitución Nacional, nos independicen de la delincuencia, de la droga y sus  consecuencias, y del narcotráfico, que nos devuelvan la libertad de caminar en paz por nuestros barrios.
Es fundamental la unión de todos. Los hermanos sean unidos, es la ley primera, o esos males nos devorarán. Despierta Argentina.
Esta humilde familia, entrega su dolor, en pos de esta esperanza: la unión de todas las corrientes políticas en esa gesta fundante y fundamental.  La sociedad ruega recibir señales claras en ese sentido. De iniciarse este camino la injusta muerte  de nuestro ser querido y la de muchos otros antes,  tendrá un sentido.
A nuestro ser amado  “Car” le gustaba pescar, leer, aprender,  jugar al futbol, escuchar música, ver películas, compartir la vida con su esposa e hijos, reunirse en familia,  tomar café en algún bar de su ciudad.... Siempre fue un ser  justo y solidario con el prójimo.
Nuestro dolor, hoy  muta en amor. En la esperanza de que en los años venideros, en la vereda  de cada barrio, un padre pueda soltar confiado la mano de su hijo para que camine hasta la casa de sus primos,  o hasta el club del barrio,  con la única dulce compañía de su ángel de la guarda, la paz de espíritu, y las fuerzas de la  imaginación.
                                               Familiares de Carlos Marcelo Fernández Durañona.