domingo, 8 de febrero de 2015

EL PAÍS DE HUDSON - 1943


Entre el rico material documental que guarda el archivo personal del Prof. Lombán hay varios recortes de publicación referente a Guillermo Enrique Hudson, su vida y su obra. Son de autores que se inspiraron en este personaje de la literatura quilmeña, argentina y mundial. Este tiene la particularidad que fue escrito por un
periodista controvertido para el mundo político y de los grandes medios de la época en que le toco desarrollar su extraordinaria carrera y su vida militante, José Gabriel López Buisán.  En la nota publicado por el diario "El Mundo" del 28 de mayo de 1943, firma solo con sus dos nombres de pila, pues seguramente, agregar sus apellidos hubiera sido contraproducente para su continuidad laboral en ese medio de prensa como lo había sido en otros.
El interés de la nota, además del desestructurado estilo narrativo, con pizcas de ironía, novedoso para lo usual en esos años, muestra cómo era el paisaje y cómo se consideraba el espacio geográfico del sudbonaerense que, inevitablemente, a José Gabriel lo remite a la figura de Guillermo Enrique Hudson. Pasaron 72 años y al autor ya se le presentaba ese panorama, “demasiado edificado y sobre to­do, demasiado ultrajado por la chapa y la basura, y es difícil apreciarlo.” ¡Qué alarmado estaría hoy! También le extraña, en la nota, que ante la belleza de la vista los pasajeros del tren que lo conduce respondan con indiferencia, “la gente es muy rauda también y suele estar muy cerrada en sí misma. Si fueran de viaje por regiones exóti­cas quizás echarían un vistazo por la ventanilla.” Hoy los que aún viajamos en el Roca también notamos la indiferencia, y no es extraño que de los 40 pasajeros de un vagón, 39 viajen concentrados en sus celulares… Del paisaje bucólico que cuenta José Gabriel no queda mucho, salvo en el tramo Plátanos - City Bell. (Chalo Agnelli) 
EL PAÍS DE HUDSON

Por José Gabriel [1] 
especial para El Mundo [2]
28/5/1943.
Me dice un amigo: “Hudson vivió sus últimos años pensando en volver a ver la tierra en que había nacido. Y hay cientos, miles de personas, que van y vienen diaria­mente por esa tierra, entre ellos muchos admiradores del gran escritor, y no le prestan la menor atención al país de Hudson”. 
Barajo en el aire el nom­bre y me quedo con el “El país de Hudson”. Hace un cuarto de siglo que vivo en él o lo recorro diariamente, y soy temprano admirador de Hudson; acaso uno de los primeros en la Argentina. Pero he tenido la fortuna (fortuna, nada más) de fi­jarme siempre en el país de Hudson y de estimarlo. Hay en mis escritos vieja huella de esta estimación.
El país de Hudson podría ser todo el trayecto de Buenos Aires a La Plata, por la doble vía Quilmes y Témperley. Hasta Quilmes por un lado, hasta Témperley por otro, está ya demasiado edificado y sobre to­do, demasiado ultrajado por la chapa y la basura, y es difícil apreciarlo. De esas dos poblaciones hacia La Plata nos encontramos con uno de los países más variados y más pin­torescos.
La gente pasa en tren, en ómni­bus, en auto. Son vehículos muy raudos y muy cerrados. Además, la gente es muy rauda también y suele estar muy cerrada en sí misma. Si fueran de viaje por regiones exóti­cas quizás echarían un vistazo por la ventanilla. Yendo por estos alrededores de casa (y de esta casa nuestra, de la que estamos conven­cidos que no tiene nada que ver) ¿Qué van a mirar? Leen (menos mal), juegan a la baraja, conver­san o duermen. Y el paisaje desfila inadvertido. 
Es maravilloso, sin embargo. Tiene tierra negra que habla de fecundidad, yuyos que delatan la lujuria, cultivo que revela la mano del hombre, y selva moderada que interna en la naturaleza sin extrañarnos de la urbe. Hay limpiones inmensos para los crepúsculos, y densas arboledas para los mediodías. El ombú ratifica la presencia de la pampa, el eucalipto recuerda la civilización, y el álamo carolino o plateado, el aguaribay, el abedul o el paraíso, como las arau­carias y los árboles frutales, en­tre cercos de cinacina, de pita, de ligustro o de ñapindá, nos dan a escoger. Se abren lagunas y corren arroyuelos. Y, ¿quién, dijo que la pampa era chata? [3] 
La pampa santafecina y cordo­besa tienen trechos muy planos. La pampa bonaerense es quebrada, con lomas encantadoras. De Quilmes o de Témperley para allá y ya antes, desde Bernal y desde Lomas de Za­mora el suelo se quiebra en cuchi­llas que le dan el atractivo del pago. Son señeros los altozanos de Ezpeleta, de Montaraz o de City Bell. El lugar preciso donde nació Hudson, a un tranco de la furia viajera hacia Mar del Plata, es una que­brada estupenda, donde las casas y los ranchos se dan los buenos días de loma a loma y bajan a conver­sar junto al arroyó que corre por la hondonada.
El otro día nos fuimos unos cuan­tos, llevados por la Sociedad de Es­critores. La mayoría descubrió el mundo. Está la tapera de la casa de Hudson. Hay un retorcido sauce que conversó con él. Vimos al pro­pio Hudson a caballo, no en silla inglesa, sino en el apero criollo. Nos pareció que podíamos ponernos cualquiera de nosotros, a escribir los libros de Hudson. Lo habríamos hecho, sin duda, sólo que llegamos tarde. Ya estaban escritos. 
Un escritor inglés, y diplomá­tico que nos siguió, tardó varias horas en llegar. Se llega en una hora desde la Plaza del Congreso. Pero el chófer del visitante se perdió. El visitante, al llegar, agradeció el extravío, que le había permitido conocer un país muy hermoso. Así lo dijo. 
Es el país de Hudson. Y no tiene nada de inaccesible, puesto que lo surcan tres vías férreas y varios ca­minos afirmados, con trenes y óm­nibus durante el día y la noche. Además, se puede recorrer a pie por donde se quiera. Hudson, qué río lo tuvo con las mismas comodidades (excepto la de sus pies) ni el arbolado profuso que hoy ostenta,
vivió describiéndolo y murió añorándolo. Estaba en Londres. Los alrededores londinenses no son de despreciar. Pero Hudson soñaba con volver a ver el partido de Quilmes, que era entonces. Nosotros lo dejaremos pa­sar por la ventanilla dél tren o del auto, sin darnos cuenta de la in­mensa dicha que poseemos sólo con tenerlo a la mano. 
Otro inglés viajero del país de Hudson antes de que Hudson naciese (el capitán Head de la época de la Revolución dijo en un libro que “la pampa desper­taba deseos de acariciar”. Pero nosotros todavía no hemos as­cendido al grado de pureza humana que incita a acariciar la tierra.

Compilación, investigación y argumentación Chalo Agnelli

REFERENCIAS
[1] Aprovechamos la descripción dinámica y contextualizamos con una biografía. La de José Gabriel López Buisán, escritor, periodista y político, tuvo una activa participación en los grandes debates del país. Trabajó en el diario La Prensa de donde fue echado luego de intervenir en un paro. Fue un lúcido defensor de la cultura popular. Se cumplieron 117 años del nacimiento del español que vivió en la Argentina y defendió la causa nacional. El silenciamiento de que fue objeto el escritor y político José Gabriel demuestra el inmenso poder de la superestructura cultural de la Argentina dependiente […] Nacido en España, José Gabriel López Buisán, el 18 de marzo de 1896, vino a residir en la Argentina con su familia en 1905. […] A los 20, colaboró con Manuel Ugarte en su periódico La Patria,
que sólo vivió tres meses por su posición neutralista y socialista nacional. A los 23 "ingresé a La Prensa. Fui delegado, teníamos la Federación de Periodistas... El trato personal no era bueno y un día paramos La Prensa, quizá la primera huelga al diario de los Paz… Me cesantearon. Aquella huelga me cortó los víveres y me acarreó persecuciones policiales... Ni en La Vanguardia (periódico socialista) pude encontrar trabajo. La Prensa me marcó a fuego… A partir de aquella huelga, me sentenció. Me podía morir o que me nombrasen presidente de la Nación que La Prensa no me mencionaría nunca más... No odio a esa casa de don Ezequiel Paz… pero puedo asegurar que aquello era un Estado dentro del Estado. La Prensa desdeñaba la causa popular. Era el diario que daba más noticias extranjeras en el mundo." En 1920, se casa con Matilde Delia Natta y pasa a residir en La Plata. Entonces, publica sus primeros cuentos y un ensayo sobre Evaristo Carriego que Manuel Gálvez juzgará superior al que escribió Borges sobre el poeta del arrabal. […] La revista Nueva Era publica, en tapa, por entonces, que "José Gabriel es uno de nuestros críticos descollantes
(enojado con los padres se ha desentendido del López Buisán). Publica también la novela La Fonda, una recreación notable del Buenos Aires del Centenario, con sus fondines, sus cosacos represores y el tremolar de banderas rojinegras de los anarquistas. Luego, se define neutralista y condena la guerra mundial porque "no es entre opresores y oprimidos sino entre opresores y opresores, es decir, entre negreros que se disputan esclavos", mientras reivindica "la guerra defensiva de los pueblos oprimidos por el yugo extranjero, contra el capitalismo que los oprime... como lo entendió Alberdi al no prestar apoyo a la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay". En la década del veinte publica diez libros sobre arte y cultura en general, pero se asfixia en ese ambiente de falsos valores, de presuntuosos literatos, de infatuación académica: "Yo, intelectual argentino, no tengo antepasados, ni contemporáneos, ni futuro, nací de la nada, vivo solo, me dirijo al vacío... Por eso, los domingos me voy a la cancha de fútbol a proporcionarme, entre otros goces, el que no he experimentado jamás en mi oficio: el de la solidaridad." Y de esa asistencia dominguera a los estadios nace su artículo "El jugador de fútbol" donde escandaliza a los lectores porque "en un partido de fútbol hay más arte que en muchas de las óperas del Teatro Colón." Además, porque "si unos ingleses acriollados le enseñaron a nuestros muchachos las reglas de ese juego, estos no se quedaron en la imitación: trataron de olvidar lo aprendido y se pusieron a inventar (la gambeta rioplatense). Por eso nuestros universitarios van a Europa y sólo reciben cortesías y van nuestros futbolistas y arrebatan a la gente. Llevan lo que Europa conocía, pero lo llevan superado." Y así, reclama Gabriel, deberíamos proceder en el orden cultural. En el '30, hace periodismo y dicta una materia en el secundario, pero producido el golpe militar lo exoneran y lo persiguen por sus críticas. […]  Se exila en Montevideo y allí publica Bandera celeste, libro donde plantea asociar el socialismo a lo nacional y predica la unión latinoamericana. Desde allí, también lanza los peores dicterios sobre Stalin "un embozado reaccionario" que ha deformado la Revolución Rusa. Después se va a España (publica Burgueses y proletarios en España, Vida y muerte en Aragón y España en la cruz y milita en el POUM que lidera Andrés Nin, en posiciones cercanas al trotskismo. Allí redacta una hermosa elegía en homenaje a Federico García Lorca, con motivo de su asesinato. Cuando regresa a la Argentina, publica diez números del periódico Martín Fierro, como nuestra obra literaria mayor, colabora en el  periódico Señales – orientado por Jauretche y  Scalabrini Ortiz – y descarga fuertes mandobles contra el imperialismo inglés y el nacionalismo de derecha, contra los rosados socialistas y los "burócratas y traidores stalinistas". Vuelve a la docencia en 1939, pero lo exoneran en 1941, por denunciar un concurso fraudulento. Sigue publicando: El loco de los huesos, vida de Florentino Ameghino, y dos ensayos sobre: Walt Whitman y sobre Gregorio Aráoz de Lamadrid, un libro de cuentos titulado El Pozo, ensayos como “El nadador y el agua”, “La modernidad”, “La literatura” y “Vindicación del arte”. Su antifascismo vivido y sufrido en España, no le permite entender el golpe del '43 y milita breve tiempo en el antiperonismo y va a dar clases a la universidad de San Marcos, en el Perú, pero a su regreso rectifica. Escribe entonces en la revista Hechos e Ideas apoyando al gobierno de Perón y sobre "Evita", en Argentina de hoy, periódico de los socialistas que apoyan al peronismo.  Lanza luego tres nuevos libros: El destino imperial, Historia de la gramática y La encrucijada. Luego, ingresa al periódico El Laborista. Allí lo sorprende el bombardeo del 16 de junio de 1955 y marcha a Plaza de Mayo a defender al gobierno, hecho que relata en un opúsculo titulado "Llenos de coraje y de miedo" y en un poema "Antífona". Derrocado Perón, queda nuevamente sin trabajo y es atacado virulentamente por
sus colegas de las letras. Vive, en esa época, modestamente en Villa Obrera, calle Madariaga 3602, entre Lanús y Gerli […] Un año después, el 14 de junio de 1957, está tecleando unas notas cuando lo tumba el infarto y cae hacia adelante, dando con su cabeza en la máquina de escribir sobre la cual permanece, como periodista de toda la vida, abrazándola. El silencio se tiende sobre él, sobre sus libros, sobres sus irreverencias y quijotadas.  Recién en 1974, su amigo E. M. S. Danero apenas logra rescatarlo desde La Opinión: "José Gabriel, sin pelos en la lengua. Textos de un polemista mordaz, relegado al olvido por la cultura oficial. Biografía de un luchador." Luego otra vez el silencio, el "olvido”…  Norberto Galasso, 20 de Marzo de 2013.- http://tiempo.infonews.com/

[2] El Mundo fue un diario matutino editado en Buenos Aires por la Editorial Haynes que circuló entre el 14 de mayo de 1928 y medidos de 1967, en que intentó transformarse en vespertino, sin la acogida de los lectores. Fue el primer diario tabloide de la Argentina.
[3] Así, en negrita están en el periódico los tres párrafos.