viernes, 7 de octubre de 2016

ITINERARIO DE HUDSON EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES

por Justo P Sáenz (hijo)
La Nación, 14/11/1963
Compilación y Transcripción Chalo Agnelli
Que yo sepa, a nadie que haya escrito sobre Guillermo Enrique Hudson se le ha ocurrido seguir geográficamente sus andanzas por tierras de la provincia de Buenos Aires. Estamos enterados de que, además de Quilmes y de Chascomús, vivió en Car­men de Patagones y sus alrededores, quizá en 1871, por su afamado libro Días de ocio en la Patagonia", y que hasta allá se trasladó a bordo de un vaporcito de mala muerte, que naufragó, por encalla­dura, en la barra del río Negro. Cómo regresó a Buenos Aires para embarcarse con destino a Inglaterra, dos o tres años después, no nos lo dice el gran escritor. 
MARTA RIQUELME 
Alguien, sin probarlo al menos docu­mentalmente, afirma que viajó por Salta y a Jujuy. Su cuentoMarta Riquelme” se desarrolla en esas regiones. También de una posible permanencia suya en el Uruguay nos podría hacer creer su hermosa y pésimamente traducida obraLa tierra purpúrea”. No sólo la riqueza del detalle topográfico y la tipicidad de sus perso­najes autorizarían semejante suposición, sino la clase de aventuras que corre el principal protagonista, en el que muchos que hayan oído de boca de don Roberto Cunninghame Graham la atracción que Hudson despertaba en las mujeres lo identificaron con Richard Lamb.
Hasta que Su Excelencia el doctor Matsao Tsuda, reciente ex embajador del Ja­pón en nuestro país, practicara unas no­tables averiguaciones, hace poco publica­das [1] la permanencia de Hudson en el país hermano quedaba totalmente descartada en virtud de una carta dirigida por él al citado don Roberto Cunningha­me Graham, en la que le confiesa, con cierta socarronería, no haber estado nun­ca en la Banda Oriental.
El doctor Tsuda, sin embargo, ha descubierto que el gran escritor pasó largas temporadas en ese país, parando en dos o tres estancias uruguayas, una de las cuales fue 'La Virgen de los Dolores' en el departamento de Soriano, propiedad de don George Keen, ciudadano inglés que llegó a Buenos Aires en 1820, poblando pocos años después la estancia “Pedernales”, en el partido de 25 de Mayo, sobre el río Salado, que hoy pertenece a varios pro­pietarios, el primero de los cuales fue el escribano don Horacio J. Ferrari, que adquirió su casco y una considerable área a su alrededor, en 1918. 
CHIMA LAUQUEN 
También S. E. el Dr. Tsuda señala que Hudson estuvo en “Chima Lauquen”, hoy partido de Juárez, que en el mapa catastral compuesta por el Departamento Nacional de Ingenieros en 1890, aparece como una gran estancia, propiedad del referido don George Keen.
Finalmente sabemos por el Dr. Tsuda que fue Hudson “enganchado” para el servicio militar de fronteras en el Azul, seguramente - y esto va por cuenta mía - por “vago y mal entretenido”, como rezaban los
decretos gubernamentales de aquellas épocas, lo mismo que el lugar donde fuera destinado se llamaba “Re­conquista”. Quédame por investigar si es­te punto era un fortín o simplemente un paraje y esto he de descubrirlo con el auxilio de los mapas de aquel entonces.

En El naturalista en el Plata, obra que yo vertí al castellano y anoté para Emecé Editores en 1953, surge claramen­te - léase el artículo “El chajá” - que estuvo en el lugar denominado entonces Fuerte Esperanza, donde hoy se levanta el pueblo de General Alvear, cabeza del partido del mismo nombre. Para llegar allí pasó por El Gualicho, visto que men­ciona dicho punto, correspondiente al nombre de un arroyo que corre junto al límite sudeste del partido de Las Flores, separando éste del de Kauch, cuyo arroyo es continuación del arroyo Azul, que nace en el partido del mismo nombre, en campo de los herederos - muy amigos míos - de don Fortunato Gómez. El Gua­licho cambia su nombre por el de El To­ro, al recibir las aguas de éste, cerca de los deslindes de Rauch, Pila y Las Flores. 
Para alcanzar Fuerte Esperanza, es de­cir, General Alvear - línea
extrema de fronteras hasta 1867 - , y dejando atrás al sudeste El Gualicho, debió cruzar u orillar el partido de Saladillo, que nom­bra en la página 62 del citado “El natu­ralista en el Plata” como paraje muy abundante en leones y tigres.
En el referido artículo “El chajá” na­rra un episodio que le ocurriera en El Gualicho con una inmensa y mansísima bandada de estas aves, en oportunidad de haber hecho noche en un puesto de estancia allí situado y al ir, después de comer, a cambiarle la estaca a su ca­ballo. 
SALADILLO 
En su viaje a General Alvear pasó - lo puntualiza - por la estancia “Mangrullos”, que logré identificar e historiar brevemente en mi nota 1, puesta al pie de la página 201 de la obra citada. Este establecimiento, a la sazón - (1860/63) - propiedad de Roque Carranza, fallecido el 15 de diciembre de 1867, y quien lo poblara allá por 1849, quedaba a legua y pico de la margen sur de la laguna El Potrillo, que figura en cualquier mapa de 1864 a la fecha. La superficie de “Mangrullos” superaba tal vez a las diez mil hectáreas y estaba enclavada dentro del partido de Saladillo (hoy en su Cuar­tel Octavo), próximo al deslinde del de 25 de Mayo, a sólo dos leguas al sudeste de la actual estación Pueblitos, F.G.R.
 Saladillo

Hudson debe haber frecuentado asi­mismo los pagos de San Vicente, pues su mención de un desertor del ejército de Rosas, llamado Santa Ana, [2] así lo hace suponer. Este Santa Ana o Santana (en esta forma se escribía su apellido) era “compadre” de un bisabuelo de mi amigo Julio Cásares, gozando de gran estima en su familia. Dice Casares - en comunicación que me ha enviado y que no pude incluir como nota de pie de página en mi traducción de ‘‘El natura­lista en el Plata” por haberme llegado cuando el libro estaba en prensa - que el tal Santana, Esteban era su nombre, tenía campo en el partido de San Vicente, que el caballo que velaba por él y lo despertaba cuándo sus enemigos se le aproximaban era de pelo tordillo sa­bino y los juncales donde se internaba para evitar su captura son precisamente los que rodeaban en esa época la laguna de San Vicente. Casares conserva una fotografía de Esteban Santana en traje de ciudad, obtenida en 1870, y un pa­ñuelo golilla de seda, confección inglesa, de su uso, profusamente estampado. 
GENERAL GUIDO 
También en sus vagabundeos de bohe­mio ecuestre o en sus “reseñadas”, que bien pudo ayudarse a vivir ejerciendo este oficio dado que en algunas de sus páginas así lo hace presumir, debió conocer Dolores y la cañada de El Ve­cino, pues cita estos puntos en “El Ombú”, donde un despreocupado tra­ductor escribe “el río Vecino”, porque en su original inglés Hudson textual­mente dice the Vecino river”. Sin embargo, poca gente qué conozca nuestra provincia de Buenos Aires ignora que tal río no existe ni existió nunca. Saben si, que "El Vecino" es una extensa cañada originada por los derrames de los arroyos Langueyú y El Perdido, del partido de Ayacucho, hoy en día convertido en campo útil a raíz de su drenaje practicado por el canal de desagüe Nº 1 a tres mil metros del cual y dentro del Cuartel 7º del partido de General Guido (ex Vecino; el 25 de diciembre de 1839, el partido originariamente 'del Vecino' se
crea por decreto ley 441 del gobernador Rosas, producto de la división del Partido de Tandil") estoy escribiendo estas lí­neas. Dicho canal corre de Oeste a Este y cruzando este partido y los de Dolo­res y Conesa desemboca en el Atlánti­co, catorce leguas al Noroeste del Cabo San Antonio.
Conviene insertar aquí, antes de se­guir más adelante, que lo que podría­mos llamar “zona de Langueyú” figura así nombrada en su insuperable cuento “El niño diablo” y que no resulta aven­turado imaginar que ese caballo de su propiedad que aparece en otro de sus trabajos y que según Hudson formaba parte de las últimas bagualadas erran­tes por las pampas de esta provincia, hubiese sido boleado en los fachinales justamente de la cañada de 'El Vecino' o costa del arroyo Langueyú.
Que igualmente conoció los campos de Mar del Plata, [3] adquiridos en 1855 por José Coelho de Meirelles a don Jo­sé Gregorio Lezama [4] y los del partido de Balcarce, resulta evidente al leer su trabajo “El puma o león de América[5] y otro referente a las tucuras, [6] que integran la misma obra, donde se refiere netamente al Cabo Corrien­tes y “The cape Corriente sierras”, que son otras cosa que la prolongación del sistema orográfico de Balcarce, terminado en las denominadas lomas Norte y Sur, hoy en día abarcadas íntegramente por la ciudad de Mar del Plata. 
EL NIÑO PERDIDO

También en “A little boy lost (London, Duckworth, 1934), Hudson conduce a su pequeño protagonista en un imaginario viaje a través de extensas lla­nuras que terminan en sierras pedregosas, altos acantilados y un inmenso mar azul donde el sol todas las maña­nas surge de entre sus aguas. Aparecen en esta novela chajaes, lechuzones, in­dios, avestruces, una caballada y ha­cienda cimarrona, un hurón, un venado, un tigre y lobos marinos, todo lo cual concuerda con la fauna y topografía y demás de la zona de Mar del Plata en aquel entonces. A lo que cabría agregar que unos montes sumamente espinosos a través de los cuales marcha el “niñito perdido” podrían ser los caracterís­ticos matorrales de curru-mamuel, pro­pios de esos parajes.
Otra probanza que hace a este viajé la tenemos cuando nombra la laguna de Kakel, [7] que con sus tres mil hec­táreas de superficie abarca parte del partidos de Maipú y General Guido. En esos años de 1860, formaba parte de la estancia del mismo nombre, propiedad de los señores de Elía, descendientes de don Francisco Ramos Mejía, su primer poblador, instalado en esas tierras (60 leguas) ya en 1816.
Precisamente uno de los caminos que llevaban al Cabo Corrientes, como Hud­son escribe, o lo que es lo mismo, al puer­to de la Laguna de los Padres (hoy ciudad de Mar del Plata) seguía de acuerdo con mapas consultados, y en su línea general, la actual vía del F. G. Roca, que en 1865, alcanzó Chascomús, en 1878, Dolores y en 1883, el pueblo de Maipú. La recordada laguna de Kakei se sitúa sobre este camino, a pocos cen­tenares de metros de su borde oriental.
Según conversación mantenida con doña Celia Rodríguez de Pozzo, viuda de mi inolvidable amigo el Dr. Fernando Pozzo, el hombre que más sabía sobre Hudson y a quien podemos calificar de su descubridor entre nosotros, los viajes de Hudson por las pampas del Sur debieron iniciarse entre 1860 y 1861, a los 19 ó 20 años de edad, cuando a la muer­te de su madre, ocurrida el 4 de octubre de 1859, se sintiera tan solo y triste. 
EL VECINO 
Si para entonces conoció las sierras  del cabo Corrientes” y la cañada de El Vecino, debió tomar para aproximarse a las sierra de Balcarce el camino que corría por donde ahora va la vía del F. G. Roca, al que me he referido an­teriormente o el que da al casco de esta estancia, donde escribo, señalado ya en mapas de 1861, como “Camino general de Ranchos a Tandil”, porque aun no se había fundado el pueblo de Ayacucho y que viene casi recto de Norte a Sur, pasando muy próximo al punto que en se­guida voy a señalar.
Justamente a tres leguas cortas de aquí hacia el Sur, subsiste un hito todo de hierro, dentro del campo “Navas” de los señores Pereyra Iraola, en cuyas dos chapas rectangulares indicativas se lee claramente “Camino general de Ranchos a Balcarce” en la que apunta en esa dirección y en la otra “Camino ge­neral de Ranchos a Ayacucho”, esta úl­tima orientada hacia el Sudoeste que es adonde demora hoy - a unas dieciséis leguas de allí - esta última y próspera ciudad.
Dicho hito - o mojón como lo llaman ahora - , que pertenece a la serie que colocó el gobierno de la provincia de Buenos Aires, entiendo que en 1882, dista unos doscientos metros del camino alambrado actual. Antes, por su­puesto, en tiempos de los campos abier­tos, estaría ubicado al borde del mismo, cuyo curso, modificado por la voluntad de algún propietario, se extendería co­mo ondulante cinta para eludir lagunas y fachinales sobre la planicie sin fin, apenas alterada en su uniformidad por los oscuros perfiles de tres o cuatro montecitos de acacia y mostacilla, es­parcidos a gran distancia unos de otros a lo largo del horizonte. 
DOLORES 
Contemporáneo de este camino era otro, hoy interrumpido por el Canal Uno y utilizado por mensajerías y carretas (figura en un plano existente en el Museo Histórico de Chascomús del año 1857), que de Dolores pasaba por las postas de Palenque Chico" (próximo a la estación Parravicini, F.G.R.), hoy es­tancia de la señora Althaparro de Mosotegui; “San Francisco” (aún existe su vetusta casa de material sin revocar que fuera “esquina”) y “San Miguel”, de la que quedan vestigios de foseado (campo de don Bernardo Miguel, según catastro de 1939), arrendado hasta hace poco por la familia de Mulleady. Allí puede decirse que comenzaba la célebre cañada del Vecino por lo que sólo se cubrían tres leguas hasta la otra posta, siempre en rumbo sur, que era una co­nocida por “Batalla”, posiblemente el apellido de algún puestero, de fijo santiagueño, de la enorme estancia “La Quinua”, [8]dentro de cuyos límites que­daba. De "Batalla”, que debe ser el lu­gar hoy conocido por “Loma de la Ca­rreta”, se llegaba a “Navas”, donde si no se tomaba para Balcarce, rumbo sur clavado, seguíase de posta en posta en dirección sudoeste hasta el pueblo del Tandil.
Dolores "Primer pueblo patrio", 1903

VISTOS Y PERDIDOS 
Calculo yo, sin hacer muchas conce­siones a la imaginación, que por uno de esos dos caminos pasó Hudson en su viaje o viajes a los campos del Cabo Corrientes. Por lo menos en uno iba, según parece, de capataz arreando una majada. Lo expresa en su artículo “Vis­tos y perdidos”, [9] oportunidad en que encuentra el primer cerro que viera en su vida, el cual trepa a pie para delei­tarse con la contemplación de unas ra­ras langostitas que halla en su cima y que no eran otra cosa que las actual­mente temidas tucuras. No debe ser muy difícil ubicar ese cerrillo para uno que disponga de tiempo y permiso para en­trar en campos ajenos, siguiendo la vieja huella a Balcarce. 
INDUMENTARIA Y PERTRECHOS 
¿Cómo viajaría Hudson? Descuento que usara tropilla, por su escasez de recursos y también porque no lo men­ciona en ninguno de sus escritos... ¿Iría con caballo de tiro? Tampoco ano­ta este sistema de viajar en sus nume­rosos trabajos. Lo más probable es que anduviera en el montado, bien aviado, eso sí, con sus maletas de lona, infladas con la muda de ropa y “vicios", anteo­jos de larga vista para observar mejor los pájaros y por lo menos dos ponchos. Uno redondo de paño azul, de confec­ción europea, forrado con bayeta colo­rada y alto cuello. Otro ordinario de pura lana, tejido en el país, lo portaría entre las dos caronas de su recado - que es también su cama y su ropero -. Ade­más un “hijar” [10] blandito como una badana oficiaría de impermeable. ¿Ar­mas? Por lo menos el cuchillo y quizá alguna pistola a fulminante o un revól­ver Lefaucheux de los de piquito en el cartucho. Si su indumentaria ha de co­rresponder a la que se conoce a través de diarios y fotografías de esa época en individuos de su condición social, [11] llevaría el amplio pantalón a la francesa embutido en botas de vaqueta ("fuertes” las llamaban para diferen­ciarlas de las de potro). Que habrá usado chiripá en numerosas oportunida­des, no lo dudo, pero lo veo de pantalón, chapona o saco, chaleco cruzado tipo fantasía, pañuelo de seda al cuello y chambergo de ala más o menos ancha. Espuelas no le faltarían, lo mismo que el lazo de los llamados “chilenos” para oficiar de “atador” si carecía de esta guasca, amén de algún chifle abajo de los cojinillos. 
'FIELD NATURALIST' 
Y así, bajo aplastante solazo de estío, seguido viento abajo por nubes de jejenes, marcharía al tranco tras algún arreo del que fuera capataz o peón o simplemente al azar, siguiendo sus inclinaciones de errante “field naturalist”,  sobre la inmensa llanura, en mangas de camisa, con el saco doblado sobreara cabecera anterior del apero y el sudor corriéndole sobre su tostada cara de pájaro. Véolo también galopando para entrar en calor, derecho hacia un montecito, promisor, en aquel atroz desam­paro, de comida y albergue, con un glacial pampero en contra, calado el barbijo y el poncho tironeándole para atrás los hombros y mostrando al em­puje de cada racha la púrpura de su revés. Por momentos afianzará con la mano del rebenque su ajetreado sombre­ro, arrimando las rodajas a los flancos del caballo, cuya larga cola se alarga al viento como un gallardete, porque el sol entre cárdenos nubarrones se está acercando demasiado al confín del Noroeste. Es pleno invierno y si se hace calma, como ha de ocurrir al iniciarse el crepúsculo, todo el campo amanecerá escarchado. Debe llegar a esa estancia que él no conoce pero si percibe, como un borrón verde y alargado, allá donde el abayado pastizal del desierto parece juntarse con el cielo.
LLEGADA
A esa estancia arribará casi a boca de noche, para junto al palenque “de afuera”, sobre el borde exterior de la zanja que la enmarca, lanzar en medio del furioso ladrar de los perros el clási­co ¡Ave María Purísima!, mientras, terciando el poncho, cambia de posición en el recado y el acelerado resollar del caballo imprime a su cuerpo un acom­pasado vaivén.
Y ya asomará en alguno de los grandes ranchos de “pared francesa” y piso en­ladrillado, recostándose en el vano de la puerta enrojecida por el fulgor de la lumbre, la silueta de una mujer joven y bonita, de cabeza y hombros protegidos por un rebozo de merino que, entre ¡Juera! ¡Juera! ¡Camine pal galpón! ¡Juera!, contestará sonriente y en voz alta, después de contemplarlo un ins­tante con disimulado interés, — ¡Sin pecado concebida! ...¡Tardes! Bájese no más, señor, y desensille... 
Luego, agachándose un poco para dis­tinguirlo mejor contra el incómodo y postrer resplandor del ocaso, agregará, en tanto se yergue con un voluptuoso contoneo que le hace crujir el amplio miriñaque: - ¡Y arrímese pal' fuego, pues que pronto va a entar a helar!
 Justo P. Sáenz [12
Compilación y Transcripción Chalo Agnelli

NOTAS

[1] "Las huellas de Guillermo Enrique Hudson”. Americalee, Edit. e Impresora 1963. 
[2] "El naturalista en el Plata". Buenos Aires, Emecé. 1953. p. 298 y 299. 
[3] Mar del Plata se fundó en 1874, es decir, unos catorce años después de la vi­sita de Hudson a esos parajes. El plano ofi­cial del trazado de ese pueblo es de esa fecha 
[4] Eran cincuenta y dos y media leguas cuadradas de campo, con ciento quince mil cabezas vacunas entre mansas y alzadas, que se vendieron en treinta mil onzas de oro ("El Nacional”, número del 4 de agosto de 1856). 
[5] "El naturalista en el Plata”. Op. cit., p. 53.
[6] “El naturalista en el Plata". Op. cit., p. 34, 311 y 312. 
[7] “El naturalista en el Plata”. Op. cit., p. 197. 
[8] “La Quinua” fue propiedad de don Marcelino Rodríguez desde quizá 1820, hasta su fallecimiento, ocurrido en 1875. Años des­pués de esa fecha la adquirió don Pedro Luro, quien la transfirió a su hijo Santiago en 1885, y en la actualidad y desde 1928, está dividida entre varios propietarios. 
[9] “El naturalista en el Plata”. Op. cit., p. 311 y 312. 
[10] Hijar. Cuero de potro, sin sus ga­rras, bien sobado, que se llevaba en el recado antiguamente como /protección con­tra la intemperie. 
[11] “...habiendo sido asesinado en el par­tido de Pila, estancia de Micaela Marin, un individuo cuyo nombre y procedencia se ig­nora. El finado era de estatura regular, delgado, edad como de 30 años, parecía ex­tranjero y se expresaba en castellano, pelo negro lacio. Vestía pantalón de casimir color café con cuadros morados, bota fuerte, cha­pona de paño azul, forro de tartán mordoré a cuadros, una faja inglesa de regular uso y un sombrero de ala ancha color plomo... Buenos Aires, César Méndez. Comisario de Ordeñes”. (“El Nacional”, número del 23 de mayo de 1856) 
[12] Ver en Escritor Costumbrista del lunes, 20 de agosto de 2012 “DON JUSTO P. SÁENZ (h), ese gaucho" carlosraulrisso-escritor.blogspot.com.ar/