miércoles, 9 de noviembre de 2016

JORGE RODRÍGUEZ, “EL VIEJITO DE LA AUTOMOTO” 1938-2008

por Héctor Chalo Agnelli

A fines de 2007, trabajando en la hemeroteca del diario El Sol, ese hombre imperecedero don Mario Guarneri, me recordó la aventura de
aquel ciclista que una vez, allá por los `30, cruzó los Andes en bicicleta. Al año siguiente se cumplían los 70 años de su gesta ciclista y resolví entrar en esa historia, que hoy reedito. Ese hombre fue Jorge Rodríguez, un inmigrante, que además dejó para Quilmes no sólo una hombrada histórica en lo deportivo, sino también en las imágenes, pues fue su hijo el ilustre don Alcibíades Rodríguez. [1] 
Cuando don Jorge llegó a la Argentina había grupos sociales de derecha como luego fue la "liga patriótica" que despreciaban a los inmigantes. Esos inmigrantes que llegaron a hacer los trabajos que los de la 'liga" no hacían. Esta es una lección de vida para los hijos y nietos de inmigrantes de hoy, xenófobos con poca memoria, que no harían los trabajos que los actuales inmigrantes de nuestro maravilloso país con puertas abiertas para todos, hacen. 
COMIENZA EL ‘RAID’ 
En 1938, un ciclista aficionado, llevó a cabo un largo, dificultoso y brillante expedición hasta Santiago de Chile. En aquel entonces con caminos tortuosos y sin los avances tecnológicos que tiene el ciclismo hoy en día, fue una proeza que asombró a todo el país. Don Jorge Rodríguez, de 52, con la camiseta del Club Alsina, donde desarrollaba su vida social y deportiva, partió en su “automoto”, como llamaba a la bicicleta, el 13 enero, de las puertas de ese Club barrial; el más antiguo de entre los que aún prevalecen en La Colonia - se fundó en 1927 -. Cumplió matemáticamente las numerosas etapas de la extensa ruta hasta llegar a la capital chilena. 
EL CÓNDOR CICLISTA 
Lo llamaron “El Cóndor Ciclista”. En su época fue una extraordinaria hazaña deportiva su doble raid a Santiago de Chile. Ya había cosechado varios triunfos cuando se transformó en una figura de singular popularidad en los círculos del ciclismo sudamericano.
Había salido de Quilmes en la madrugada del 17 de enero de 1938.
Su paso fue controlado el mismo día por: la vecina Sarandí, Capital Federal y San Andrés de Giles. Al siguiente arribó a Junín. Y continuó el circuito que había estudiado previamente con sus colegas amigos.
El 19, pernoctó en el partido de Alberdi, tras registrarse su paso por Leandro Alem y otras locali­dades.
El 20, se internó en la provincia de Santa Fe, dejando atrás la localidad de Rufino, para seguir hasta Laboulaye en la provincia de Córdoba. Cumpliendo etapas que oscilaban entre los 170 y los 220 kilómetros diarios, pasó por Daract (Córdoba), San Luis y
Telegrama de arribo a Junín.
Desaguadero, de la provincia puntana, para seguir recorriendo sin perder un solo día, en territorio mendocino: La Paz, la ciudad de Mendoza, Villavicencio, Uspallata, Punta de Vacas, Puente del Inca, Las Cuevas, Cristo Redentor y después de bajar por “Los Caracoles”, donde lo aguardaban algunos afamados ciclistas vecinos… ¡Al fin... Chile! Llegó a Santiago el 1 de febrero ¡Poco más de 1600 Km en 15 días!
 

CHILE 
Entidades deportivas chilenas, avisadas de la extraordinaria prueba, lo agasajaron y la pren­sa en general destacó su récord deportiva. 
“La Unión Española” de Santiago de Chile lo declaró huésped de honor durante su perma­nencia en el país limítrofe. Siempre sobre sus
Telegrama de arribo a Santiago
dos ruedas, circundado por entusiastas ‘pedaleros’ que le hicieron de cortejo, visitó algunas ciudades chile­nas, entre otras, Peñaflor una comuna y ciudad de la provincia de Talagante, ubicada en la Región Metropolitana de Santiago, zona central del país, distante 37 kilómetros en dirección suroeste de Santiago Centro
. El tropel de ciclistas encabezado por dos afamados chilenos en ese deporte, de aquellos años: Francisco Torremocha y Fidel Ayarza, partieron de la Alameda esquina de San Diego, de la capital chilena, a las 8 de la mañana en esa ciudad los recibieron con

grande algarabía y un almuerzo organizado por las autoridades locales.
Luego se dispuso para el retorno a su país. Desandó la cordillera y buscó nuevas rutas: San Juan, el norte de Córdoba, desde donde tomó rumbo a la Capital Fe­deral y de allí a Quilmes, donde llegó el 3 de marzo de 1938, sobre la “automoto” de sus triunfos escoltado durante varios kilómetros por una extraordinaria cantidad de ciclistas, entre los que se encontraban sus hijos Alcibíades y Carlos, sus grandes amigos Santiago Piazzardi, Guerrero y otros compañeros de raid. 
TROPIEZOS 
Pinchaduras, rutas pedregosas, pendientes empinadas, vientos tormentosos y soles inclementes no lo amedrentaron. En una oportunidad se le perdió una mariposa de la rueda trasera. A pesar de ello, sin advertir el extravío, avanzó dos kilómetros. No llevaba repuesto y debió desandar, máquina al hombro, ese trecho, en procura de la pieza perdida, que felizmente fue encontrada con la ayuda de personal caminero que estaba de tareas en la zona. Todo fue superado por el temple de aquel fuer­te asturiano, criollo por adopción y quilmero-ezpeletense sin apelaciones. 
ENTRE EL RÍO DE LA PLATA Y EL OCÉANO PACÍFICO 
En el Club Alsina lo esperaba una multitud. El presidente de ese
entonces, don Ricardo Martín Baccaro, en nombre de la institución, le obsequió una plaqueta, un trofeo y un grupo de jóvenes que integraban el ciclismo femenino del club, entre las que figuraron: Gemma Penazzo, Norma Cuesta, Clotilde Prieto, Norma Bergamasco, Hermelinda Rivas, Aída Bonavita, etc. le cruzaron el pecho con una palma de laureles.
Grandes festejos
Traía curtido el rostro, marcado por los saludables efectos de los vientos y los soles cordilleranos, cansado, pero sonriente, no había perdido su acostumbrada cordialidad. Feliz. Ya había pasado largamente los 50 años de edad.
También se hallaban aguardándolo periodistas porteños, lo­cales y no faltó la revista “El Gráfico” representada por Ricardo Lorenzo Borocotó. [2] Desde el Club Alsina, seguido por una manifestación po­pular que seguía y lo ovacionaba desde las veredas, los balcones y los techos de las casas, atravesó sobre su bicicleta la calle Rivadavia hasta la Municipalidad, donde lo agasaja­
ron las autoridades: el intendente Victoriano M. Huisi, junto con el secretario municipal Mariano R. Castellano y el presidente del H. Concejo Deliberante Dr. Ernesto A. Garibotti también le entregaron una copa de plata que tenía el grabado de su “automoto”. 
HOMENAJE DE RECORDACION 
Don Jorge Rodríguez como se mencionó en el primer párrafo fue el padre de uno de nuestros más renombrados y queridos fotógrafos quilmeños, que dejó una obra en imágenes descomunal, don Alcibíades. Había nacido en Oviedo, capital del principado de Asturias, España en 1888. Llegó muy joven a la Argentina. Se estableció primero en Avellaneda donde nacieron sus hijos Alcibíades y Carlos
y luego buscando ‘aires salutíferos’ en 1930, se radicó en Ezpeleta. Tenía 40 años cuando se compró la primera “automoto”. Integró la Unión Ciclista Quilmeña, fundada en 1930.

En 1953, falleció don Jorge Rodríguez. Todo el barrio La Colonia, todo Quilmes estuvo de duelo. El club de sus amores, Alsina, colocó una placa en la tumba que guarda sus restos.

Con ese título, Ricardo L. Borocotó (padre) mencionó la proeza en la revista El Gráfico en 1938: 
“Se había prodigado mucho en su juventud. Por eso, lle­gó un momento en que se en­contró con su salud muy que­brantada. Fue cuando decidió vivir en Ezpeleta. La tranqui­lidad del lugar, el aire, todo le devolvería sus perdidas energías. Y así fue.
Un día se acercó al camino a La Plata (Av. Calchaquí) y vio pasar
a Cosme Saavedra luchando con el fla­co De Meyer. Conocía, a estos hombres por las crónicas de El Gráfico que coleccionaba. Su decisión de comprar nues­tra revista fue la de orientar a sus hijos en las prácticas de­portivas para evitarles los errores que había cometido él y que habían determinado su traslado a Ezpeleta. Pero gus­tó de la revista y eso lo em­pujó al camino adoquinado en aquella mañana de 1927.
Se quedó extrañado. No po­día admitir que un flaco como De Meyer pudiera cubrirse cien kilómetros a 34 por hora. Ante el espectáculo, se sintió rejuvenecido, esperanzado. Si ese flaco podía hacer eso, ¿no podría él andar en bicicleta? ¿Andar, por lo menos? Por eso al comprar una de rueda 25 para el mayor de sus pi­bes, que compite en carreras, decidió aprender a guardar el equilibrio sobre las dos ruedas. Y tenía ya cuarenta años de edad.
Se enamoró de la bicicleta. Se compró una Automoto, y comenzamos a verlo por los caminos. El día en que hicimos la primera a Mar del Plata en 1933, éste hombre nacido en Oviedo en 1888 se fue has­ta ese balneario pedaleando. Salió un día antes que la ca­rrera. Cuando se verificó la Pirelli a Córdoba, allá encon­tramos a Jorge Rodríguez; cuando se efectuó la Flexil, en Santa Fe vimos al viejito. Así lo fuimos encontrando por to­das las rutas de las grandes pruebas. Siempre saliendo ho­ras antes de la largada, llegó a los puebla como un heraldo anunciando que detrás suyo venia la caravana de compe­tidores.
Con sus cinco metros de multiplicación, su posición co­rrecta sobre la maquina, un día nos asombró bajo la llu­via en el camino de Luján al regreso de una Doble Chivilcoy. Caía la lluvia torrencial­mente. Jorge Rodríguez iba acompañado de dos jóvenes. Tiraba el viejo. Lo saludamos al pasar. Luego nos detuvimos en Moreno a tomar diferencias de tiempos entre los competi­dores de aquella prueba. Se­guía cayendo el agua. Pasó Rodríguez con sus dos acom­pañantes. Volvimos nosotros a la marcha y vimos a poco de andar a los dos muchachos. “Largaron al viejo", pensa­mos. Quizás Rodríguez se ha­bía guarecido en algún lado. Pero más adelante lo encon­tramos tirando sus cinco metros bajo la tormenta. Había largado a los jóvenes.
Ahora tiene 50 años y aca­ba de cumplir una hazaña su­perior a las que hemos relata­do fugazmente. Ha llegado a Santiago de Chile pedaleando en su Automoto. Un promedio de cien kilómetros por día cumplió este hombre sobre cu­yas piernas ha desfilado me­dio siglo. Llegó a Mendoza, cruzó los Andes, bajó al valle en la soledad de las monta­ñas, tirando una multiplica baja, fue escalando metro a metro, ascendiendo hacia los picachos nevados, impulsando a su máquina. Nada le arre­dró. Su entusiasmo, la con­fianza en sí mismo, lo llevó o esa conquista.
Sus excursiones a Mar del Plata. Córdoba, Santa Fe, etc., están empequeñecidas. Jorge Rodríguez escaló la cordillera, venció la distancia, la altura y hasta sus cincuenta años.”
 Jorge Rodríguez, con su clásica boina asturiana, sentado en el estribo del automóvil, a las puertas de su casa en Ezpeleta.

Jorge Rodríguez con su hijo Alcibíades (circa 1940)
Chalo Agnelli
Quilmes, 2008 - 2016
FUENTES 
Diario “El Sol” de Quilmes.
Diario “El Mundo” 1938
Diario Ilustrado de Santiago de Chile
Fotos: Diario "El Sol", Mario Guarneri, Claudio Schbib y Fernando San Martín.
NOTAS

[1] Ver en EL QUILMERO del miércoles, 3 de julio de 2013, “EL CICLISMO EN QUILMES” http://elquilmero.blogspot.com.ar/2013/07/el-ciclismo-en-quilmes.html/

 [2] Borocotó, seudónimo de Ricardo Lorenzo Rodríguez fue un


periodista deportivo, escritor y guionista uruguayo, radicado en la Argentina, que se destacó por la influencia de sus opiniones sobre fútbol, en especial desde la revista ‘El Gráfico’ 2 de enero de 1902 - 19 de junio de 1964.