lunes, 6 de julio de 2009

EPIDEMIAS LOCALES

DOS EPIDEMIAS QUE CASTIGARON A QUILMES EN 1867/68 Y 1871.

Estos términos, EPIDEMIA Y PANDEMIA, están relacionados con la extensión geográfica de una enfermedad y con la cantidad de personas contagiadas. En la pandemia la afectación del virus o la enfermedad se produce en una zona geográficamente extensa, prácticamente el mundo entero. En tanto, una epidemia es cuando una enfermedad ataca a muchos individuos en una población.”

EL COLERA
Cuenta el Dr. Craviotto en su imprescindible libro “Quilmes a través de los años”, que en 1867 se habían contratado muralistas para decorar el interior de la iglesia parroquial. Pero el juez de paz Augusto Otamendi juzgó como mamarrachos los trabajos de estos artistas, los mandó a paseo y contrató otros recomendados por el jurisconsulto Sabiniano Kier.

Durante los trabajos los nuevos muralistas se alojaron en el hotel de Agapito Echagüe, frente a la plaza, el único edificio de dos plantas del pueblo. Uno de ellos, Rafael Avilés, el 2 de abril resolvió visitar a familiares en la ciudad de Buenos Aires, allá fue en la diligencia de Acuña y Córdoba - que hacía el recorrido del pueblo a la ciudad y Ensenada Magdalena y Chascomús, desde hacía seis años - y volvió a los dos o tres días con un malestar de salud que no le permitió retomar las tareas. Como el enfermo se agravaba su compañero llamó al Dr. Fabián Cueli uno de los dos únicos médicos de Quilmes, el otro era el Dr. Wilde. Cueli diagnosticó: “cólera morbos esporádico”. Antes que terminen abril junto al pintor Avilés, ya habían muerto contagiadas 5 personas.

La municipalidad tomó dos medidas: imprimir volantes advirtiendo de los riesgos y las mediadas que había que tomar para evitar el mal y, la segunda, abrir nuevas sepulturas en el cementerio. Esta última disposición respondía a la creencia que cuanto más rápido enterraban a las víctimas había menos posibilidades de contagio. Mientras tanto muchas familias que tenían casa en sus chacras de las afuera emprendieron la huida en masa cerrando sus casas del pueblo.

Pasaron ocho meses y no hubo nuevos casos de modo que todos regresaron para pasar las fiestas de fin de año en el pueblo. Pero el 10 de diciembre llegó la noticia de que había habido un muerto de cólera en el cuartel 5º (entre los arroyos Giménez y Conchitas, actual Hudson). El mal había permanecido latente. El día 13, otra muerte en el cuartel 4º (Cañada de Gaete) y luego se disparan los casos hasta el 19 de febrero. Quilmes contaba con 5250 habitantes repartidos entre 1400 en el pueblo y 3850 en la campaña. La epidemia, en 71 días, había producido 69 casos en el pueblo y 62 en los alrededores.

El partido se extendía desde el arroyo Domínico hasta el del Gato, límite del partido de Ensenada (1821) y desde el Río de la Plata hasta los confines del actual partido de Almirante Brown (que se separa de Quilmes en 1873). En total habían sido 300 los afectados y 131 los muertos. Las estadísticas demostraban que en tiempos normales el promedio de fallecimientos era de 12 defunciones anuales. De modo que las secuelas eran alarmantes. Ocurrieron casos espantosos.

Recordemos que en Quilmes no había aguas corrientes, ni cloacas, ni desagües pluviales. que recién se generalizaron gracias a la efectiva administración del Dr. Torre en 1929 con la ordenanza Nº 392. Narra el Dr. Craviotto que se desconocían la desinfección el aislamiento y las medidas preventivas.

Pero volviendo al esa primera pandemia local inmediatamente se formó una Comisión Humanitaria y una Comisión Central Sanitaria dependiente de la primera que integraban el Dr. Wilde, Juan M. García, Juan de Guerra López, Martín Puig, el párroco Pablo Pardo, el agrimensor Jaime Arrufo, Patricio Fernández (fue juez de paz en 1868 y padre del pintor Julio Fernández Villanueva), José Manuel Pizarro, Miguel Rodríguez Machado, varios vocales y una Comisión de Señoras formada por: Luisa Villanueva de Fernández, Manuel B. de Solla y Emilia Guzmán de Flores - esposa del ex juez de paz Tomás Flores - y Claudia Campana de Kier, que murió contagiada el 31 de enero de 1868, por sus riesgosas tareas en ayuda a los afectados. Esta mujer era la esposa del Dr. Kier que, irónicamente, había recomendado al muralista que inició el mal en el pueblo. Otra de las altruistas mujeres que murió el 30 de enero llevando auxilio a los enfermos fue María Dominga del Carmen Pereyra, casada con el Juan Eusebio Otamendi, presidente de la comisiòn de reparto de solares de Quilmes, nombrado en 1831. Ella era hermana del terrateniente Leonardo Pereyra y madre del luego intendente Augusto Otamendi.

Las panaceas que se utilizaban era: el agrio de naranja, el láudano, el licor de la s hermanas, la esencia de hierbabuena, gotas de Rubín y el aceite de manzanilla.

La tarea de los doctores Cueli y Wilde, del boticario Matienzo así como de Jaime Wilde, sobrino del médico, fueron ímprobas.

En setiembre de 1867, el Dr. Wilde y el juez de paz Augusto Otamendi, atienden las secuelas del cólera y consideran la necesidad de sacar el cementerio del pueblo y llevarlo a las afueras - el cementerio de la barranca se había mudado en agosto de 1854 del terreno que hoy ocupa la escuela Nº 1, la casa parroquial y el actual atrio de la iglesia que tenía entrada por Mitre –. Juntos recorren la campaña buscando un lugar adecuado, decidiéndose por unos terrenos próximos al arroyo Giménez, propiedad de Juan Clark y del Sr. Lagouarde. El 24 de noviembre se compra la propiedad a Clark y comienzan los trabajos y los traslados de los restos que estaban en el cementerio de la Barranca (hoy Hospital de Quilmes) Se prohibió depositar a los cadáveres en bóvedas. Otra medida fue proyectar una Casa de Sanidad que quedó en la nada. Proyecto que recién a partir de 1886 comenzaron a pergeñar las señoras Federico Dorman de Quijarro y Juana Gauna.

Inmediatamente después de este azote, el Dr. Wilde convencido de las novedosa escuela del higienismo que comenzaban a alertar a Europa se pone a trabajar sobre el libro “Compendio de higiene pública privada al alcance de todos” para las escuelas estatales y particulares. Es publicado por Manuel Casavalle.

LA FIEBRE AMARILLA.
Tan sólo tres años después, en 1871, del flagelo del cólera en Buenos Aires sufrió la epidemia más grave de la historia de la salud en nuestro país que produjo más de 15.000 víctimas, la fiebre amarilla.

En Quilmes era juez de paz Mariano Vega. Aunque en diligencias, la noticia llegó rápido, como pasa siempre con las malas. Se ordenó la construcción de letrinas y la recolección de basura por parte de la municipalidad e inmediatamente se instaló un lazareto en la casa de Manuel Caveda, para atender a las posibles víctimas.

Las primeras cayeron el 6 de mayo; era un matrimonio italiano que venía escapando de los horrores que estaban aconteciendo en la ciudad y se había alojado en el cuartel 3º cerca del antiguo saladero de Las Higueritas. Al día siguiente murieron dos miembros de la familia de Roque Santa Coloma con domicilio en la actual calle Alvear (Nº 462, a mitad de cuadra e/ 9 de Julio y Videla, vereda este) que también habían llegado como refugiados.

El último caso fue el 8 de mayo y en esos tres días murieron 20 personas, ninguna residente en quilmes y en su mayoría italianos que escapaban de los barrios más castigados de Buenos Aires, Barracas al Norte y La Boca. Escribió Craviotto. “Se explica el corto número de víctimas – ninguna de Quilmes – no por la eficiencia de la medidas profilácticas o la medicación, sino por características de la enfermedad, que requiere una especie determinada de mosquito para transmitir el agente patógeno, así como el enfermo portador de dicho agente”.

Para continuar las tareas de prevención bajo la dirección de los doctores Cueli y Wilde, se formó una Comisión Humanitaria que integraron entre otros: el boticario José A. Matienzo, Jaime Wilde, Francisco Casares, Juan Ithuralde, Manuel Caveda y una Comisión auxiliar de señoras: Victoria Wilde de Wilde, Emilia Guzmán de Flores, Ana Dupuy de Matienzo, Francisca Durañona de Drake, Isidoro M. de Gartland (esposa del preceptor norteamericano Pedro Gartland), María Antonio Iraola de Pereyra (esposa del terrateniente Leonardo Pereyra) y Luisa C. de Rosende (esposa del preceptor José Rosende)

En 1872 hubo una epidemia de viruela, y en 1874, una nueva de cólera, pero sin consecuencias funestas y fueron controladas rápidamente.

Estos dos azotes endémicos, el de 1868 y 1871, trajeron a Quilmes varias familias porteñas que se afincaron en forma definitiva en este distrito, escapando de las pestes que alternativamente se despertaban en Buenos Aires.

BIBLIOGRAFÍA
*Ales, Manuel. "Síntesis Histórica de Quilmes". Serie Archivos y Fuentes de Información N° 3. Dirigida por Carlos G. Maier. Ed de la Biblioteca Pública de la Municipalidad de Quilmes. 1968. Quilmes.
* Craviotto, José Alcides. “Quilmes a través de los años”. Municipalidad de Quilmes, 1° edición, agosto de 1966. Quilmes.
* Otamendi, Luis E. “Una familia de arraigo en Quilmes” Serie Medallones Biográficos Nº 2. Bibl. Sarmiento. Quilmes 1965.

Investigación y compilación Prof. Chalo Agnelli

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