sábado, 14 de enero de 2012

CUANDO SE ACABÓ EL PUEBLO - MISCELÁNEA QUILMEÑA - 1963

Sí, fue en 1963. Estoy seguro. Lo sentí en la piel, vi las señales. Eran incuestionables. Hubiera sido imposible que esa curiosa capacidad mía de “darme cuenta” no lo hubiera advertido. Sí, fue ese año. Pero las señales ya me habían llegado el anterior. La coyuntura había empezado en 1962, en febrero de ese año. Yo estaba por cumplir 16 años. ¡Turbulentos y fluctuantes 16!
Hacía poco Quilmes había refundado su amplitud inapropiada con la autonomía de Berazategui. En 1960 con 294 años de historia en que devino de pago a villorrio, de villorrio indio a pueblo de campaña y, en 1916, de pueblo a ciudad, con tan solo 44 años de tal y un crecimiento industrial y poblacional inesperado, aún conservaba el clima pueblerino en las viejas familias; en las casonas de estilo italiano y las importantes residencias de la barranca, en las casas “chorizo” con dos patios y gallinero al fondo, llenas de habitaciones donde vivían familias de hasta diez integrantes de tres generaciones; se sentía el pueblo en el olor a cebada y la sirena de la Cervecería llamando al trabajador y despidiéndolo; en los potreros repletos de pibes, y señoras a la puerta, en el atardecer, tomado mate y chichoneando con la vecina (de la otra vecina); en los veranos en la Ribera y los corsos en la calle Rivadavia y en la 12 de Octubre, los bailes en la Municipalidad, en el Universitario, en el Alsina; el té los domingos en las confiterías Astrid o en la Colón, el Maxim y en esa inusitada cantidad de clubes barriales que fundaron los quilmeños desde 1875… El pueblo.
La coyuntura había empezado en 1962, en febrero. Aún todo iba a tranco lento y el silencio de pájaros envolvía las mañanas y los atardeceres.
Yo estaba por cumplir los 16. Turbulentos y fluctuantes 16. Devoraba las historietas de Mort Cinder en la revista Misterix que escribía Oesterheld y dibujaba Alberto Breccia. Escribía mis primeros poemas malos y algunos cuentos peores. Usaba los primeros vaqueros sanforizados y me divertía con Pepe Biondi, con reservas, porque no me gustaba eso de los cachetazos, veía Cheyenne en el 9 y Casino Philips en el 13. Para la mirada entre asombrada y desconfiada de los demás, no me interesaba el fútbol; no era la mía una familia futbolera; ni mi padre, ni mis hermanos, ni mis tíos y primos se interesaban por ese deporte (condición que, en mi país, si se revela hay que pedir perdón)
 Los diarios locales nos  contaban que tras 5 años de vivir en México, Roberto De Vicenzo volvía al país, a su Ranelagh; que, en cambio, Gerónimo Narizzano se iba a Los Ángeles; y que un plástico quilmeño, Manuel Oliveira había sido reconocido por su obra en un periódico catalán. Se veían los primeros Chevrolet 400, Peugeot 403 y los imponderables Valiant. Este año, en julio, salió de la planta de Pacheco el primer Falcon Nacional, esos coches duros que luego tendrían triste devenir. 

Opuesto a la bonanza pueblerina, el mundo, en el 62, estuvo al punto de estallar por tercera vez en el siglo, dado a los encontronazos entre EEUU y la URSS debido a la cuña de Cuba que empieza a ser un carcinoma en la dermis yanqui. Las dos potencias andan artefactos al  espacio. Argelia se proclama libre de Francia. Se inaugura el Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII, que le cambiaría definitivamente el perfil a la Iglesia Católica. Todos hablan de las frivolidades disfrazadas de populismo de Jacqueline Kennedy.
Aquí en nuestra Argentina de 22.000.000 de habitantes, el triunfo peronista del 18 de marzo determina la caída de Frondizi. El cuarto golpe militar argentino del siglo XX. Después de hacerle una zancadilla al golpista general Poggi, José María Guido asume la presidencia. La paranoia militar expresada por 121 intentos de golpes de estado se pinta de azules y colorados con el fin de seguir complicándonos la vida. El último fue con éxito.
A los de mi casa, familia radical por parte de madre (mi padre era genéticamente socialista), la muerte de Crisólogo Larralde, vecino de Quilmes, el 23 de febrero, les infundió una sensación de rajadura. Esas pequeñas rajaduras que se van haciendo en las paredes de las casas, por más sólidas que parezcan, a veces por movimiento de los cimientos, a veces por el incremento del ruido, a veces porque la construcción fue errada desde el comienzo. Rajaduras que luego se hacen grietas peligrosas.
Entre la emoción de las cosas simples, se sintió como una pérdida insustituible, la primera de muchas que vendrían luego. Larralde se postulaba para gobernador por la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) en las elecciones, en las que, a nivel nacional, ganó el Dr. Arturo Illia. El intendente radical, Rodolfo Adalberto López, “Robín[i] (nieto y sobrino de intendentes), decretó honores, disponiendo que los edificios municipales tuvieran la bandera a media asta durante tres días.
Lo veo en escorzo, voy por la calle, caminando hasta la Cervecería donde trabajaba mi papá en Lavalle y Matienzo. Hay inquietud en las esquinas, en las puertas de los comercios se agrupan vecinos, unos con el diario en las manos otros asomados a las ventanas de sus casas comentan lo sucedido con los transeúntes.
Criado en un hogar donde prevalecía la pluralidad ideológica, religiosa y social; donde el respeto a la libre elección, a la vida democrática por sobre todas las cosas, a la participación solidaria, la responsabilidad y el compromiso comunitario eran un culto, sin entender mucho de qué se trataba, la sola mención de esa figura civil me concitó en la pena mancomunada.
ROBIN LOPEZ JUNTO A JOSE GOLDAR
Recuerdo que en la casa de mi tía Gilda, el 24, se habían reunido un grupo de familiares y amigos a comentar los hechos. Estaba la pasión desmedida de Catalina Navarro, la reflexión anglo-entrerriana, serena, de Ana Hutchinson, la pasividad sentenciosa y certera de Esteba Tomero.
Habían llegado de Miramar para las exequias parientes de mi tía, los Honores, de larga raigambre radical en esa localidad, se alojaban en su casa, muy compungidos por el país; y había otros contertulios más explosivos que no deparaban nada bueno para el futuro. Quizá, por esa cosa fatalista que tenemos los argentinos que nos cuesta cristalizar la alegría o las penas y lo terminamos mezclando todo y dándole a todo un trasfondo difuso. Pero en este caso no estaban tan equivocados.
En Quilmas también había reductos de ultraderecha, llamados “Guardia Restauradora Nacionalista” o “Tacuaras”, que se había señoreado de ciertas escuelas, familias e instituciones, apañados por algunos miembros de la iglesia católica local.
Pero otro tema distrajo los panegíricos al muerto. Otro arrebato a la vida del pueblo conmovía a ese comité de quilmeños,  por lo incomprensible y absurdo. El 23 de febrero de 1962 se había realizado un acto rimbombante donde un ministro cualquiera entregaba simbólicamente a un presidente de la UTA cualquiera, los colectivos que reemplazarían los tranvías. Sí, la impericia y los intereses económicos de algunos pocos nos arrancaron el tranvía.
Mientras los funcionarios y políticos celebraban la modernidad de la línea de colectivos 22, los vecinos miraban con rechazo y desconfianza el arrebato. Nadie les había preguntado qué necesitaban o qué no. Nadie se había dignado consultarlos sobre algo que era suyo por derecho consuetudinario, por tradición.
Todo el pueblo sintió que Younger, Robertson, Robert W. Bradley, el Dr. Carlos Pizarro Lastra y los hermanos Pedro y Antonio Fiorito se revolvieron en sus tumbas; y si no fuera por el peso de los mármoles y la solidez de las rejas de sus bóvedas, se hubieran levantado a recuperar sus derechos centenarios.
Ya sé, no era todo lo práctico que se pudiera esperar, pero actualizándolos hubieran tenido la misma practicidad que en San Francisco, en Brujas, Lisboa o en tantas otras ciudades de Europa donde continúa invicto su trayecto hacia todos los futuros.
Siempre el progreso levanta argumentos que parecen convincentes, incuestionables, como se hizo cuando demolieron el aristocrático Teatro Colón de la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza de la estación, y levantaron ese edificio trasgresor y deslucido.
El tranvía se fue… y se nos fue el que nos llevaba a La Ribera.Y se fue la infancia bochinchera con amigos, hermanos y sobrinos cargados de canastos y bultos traqueteando el ritmo amarillo del vehículo ante la mirada desaprobatoria del guarda con su gorra calada hasta las orejas. Ahí nunca preguntábamos “¿cuándo llegamos?” porque tan sólo subir al tranvía rumbo al río, de pic-nic, y ya empezaba la diversión. Ni siguiera cuando la vara que conectaba con el cableado de la electricidad se desenganchaba y requería una tediosa maniobra, nos molestaba pues bajábamos por un extremo, subíamos por el otro, corríamos alrededor del vehículo, bromeando con el conductor que renegaba de nuestra inquietud. El balneario con sus recreos y casillas de fin de semana, empezó a decaer recibiendo, junto con la contaminación del Plata y otras impericias, esa bofetada.
También perdíamos la oportunidad de viajar en tranvía hasta la Capital. ¡Toda una aventura cruzar las localidades que nos separaban del Riachuelo donde aún había tregua de baldíos y campos extensos entre unas y otras, nada parecido a la sucesión de viviendas sin pausas que hoy no distinguen a Don Bosco de Wilde a Sarandi de Avellaneda! Todo es lo mismo, una gran gigantópolis  cuyo núcleo es la Capital.
Una tarde jugaba a la bolita en la vereda con los pibes del barrio, llegó la hora de la merienda y no fueron tan sólo dos veces las que mi vieja me tuvo que llamar a “tomar la leche”, fueron cinco. Cuando finalmente entré el reto fue corrosivo. Ya mis hermanas estaban terminando. Ella quería que acabemos rápido y dejemos la cocina libre porque iban a venir mis tías y tenía que preparar una pastaflora. La leche “pelaba”, encima mi vieja, cuando estaba apurada, tenía la costumbre de hacernos una sopa de leche con pan cortado que me fastidiaba. Me arrebató la taza de loza y la puso a enfriar a bañomaría en la pileta. Me la devuelve, pero la leche seguía indomable. Repite el enfriado y yo, mientras tanto, intento arrebatarle a mi hermana la historieta que leía, iniciamos una pelea, mi madre desde la pileta nos recrimina que basta de barullo y palabrotas, seguimos la disputa. Hasta que ella, harta, se da vuelta hacia la mesa con el tazón en la mano y me la arroja a la cabeza; con tan buena puntería que me dio con el borde de loza en la frente. Afortunadamente se había enfriado porque el contenido me cayó encima. Junto con el chorreado lácteo, también chorreaba una gruesa línea de sangre de un breve tajo sobre la ceja derecha.
Mi hermanas se quedaron duras, mi madre dio un grito, me tomó de la mano, salió de la casa a la carrera hacía Andrés Baranda (vivíamos a una cuadra), justamente pasaba el tranvía, había olvidado su monedero, igual el guarda, que nos conocía como asiduos pasajeros, no le cobró, paró especialmente para nosotros en el cruce de la calle Islas Malvinas y en el dispensario el Dr. Vaccaro me suturó. 
Esa vivencia: el tranvía, la solicitud del guarda, del conductor, de los pasajeros que le alcanzaban pañuelos a mi madre a costa de no recuperarlos, fue tan pueblerina que quedó selecta en mi memoria, junto con la cicatriz en la frente.
Por supuesto que de la explosión materna saqué, de manera aviesa, algunos réditos que andaba deseando, como el proyector Jugal y seis historietas  mejicanas.
Y allá se fue el tranvía con su lento traqueteo, cargado de sueños inmigrantes, sudor de trabajadores, tejidos de abuelas que tenían todo el tiempo de mundo para terminar la trama convocada. Allá se fue con su inquietud de pibes y bañistas domingueros. Solo, para iniciar su olvido, su ausencia y una vocación de amigos dispuestos al recuerdo.
A pesar de las pérdidas y los arrebatos, el 25 de febrero se me celebró un cumpleaños moderado, Hubo torta, parientes, amigos, música y sonrisas, pero había un vaho compungido flotando en el aire. Ya que, además, mi abuela estaba enferma, aunque no manifestaba gravedad, permanecía en cama.
Después de apagar las velas le llevé un pedazo de torta a su dormitorio y le di un bocado; lo comió tanto como para contentarme, pero luego, agradecida, me pidió que dejara el plato sobre su mesa de noche que más tarde lo terminaría. No lo hizo.
En marzo de 1962 murió doña Filomena era una mujer de inimaginable dulzura, cálida, inteligente e imperiosamente querible.
Había nacido en Quilmes un 13 de marzo de 1880. Precisamente en la esquina SO de las calles Pasó y Moreno. Las afueras del pueblo, que en ese entonces terminaba poco antes de la calle Alberdi. Su madre, Libertad, criolla, había muerto de tisis cuando Mena tenía 6 años y su padre, Rafael, un inmigrante francés, guardagujas del ferrocarril del Sud, en Quilmes, hasta que una distracción alcohólica lo empujó bajo las ruedas de la formación de las 3:50 hs. rumbo a La Plata en el cruce de Alsina; mi abuela tenía 15 años.
Desde la muerte de su madre, continuó su crianza una parienta, Juana Cabrera, maestra, con la que vivió hasta que esa mujer de inapelable misticismo, en la madurez, tomo los hábitos en una congregación de monjas de clausura. [ii]
 Amante de la zarzuela en el teatro Avenida, de las películas de Lolita Torres; asidua de la biblioteca Sarmiento, pues no podía comprarse libros, leía Balzac en francés, en el original, no por escuela sino por su padre.
En mi fantasía, ella era Quilmes; con sus amigas, los recuerdos de sus maestras y sus vecinos, los personajes que la maravillaban, las luchas contra el barro de las calles adherido al ruedo de los vestidos y las zanjas y las lagunas superpobladas de aves y de mosquitos.
Ella, del farol a kerosén pasó a la televisión, de la tabla de lavar al lavarropa automático, del silencio sin medida del amanecer, del silencio de las siestas, del silencio de los anocheceres cálidos o helados donde solo una serenata de grillos y ranas interrumpía a veces el bullir del pensamiento, ella, de tanto silencio, pasó al estruendo de la velocidad, de la comunicación y del consumo; y no dejaba de asombrarse.
Mi abuela no perdió nunca el asombro. Cuando se llega a una edad que el pasado invade toda la vida y el futuro es tan sólo “después”, tan solo “un rato más” donde las posibilidades de proyectos son monserga de la “nueva era”  y los popes de la salud física y psíquica que quieren vernos a todos en estado de limbo, flacos, rozagantes, atiborrados de cereales, agua, verduras y frutas; cuando el pasado tiene todas las extensiones no se habla más que de él.
Sin embargo, ella no consideraba eso de que “el pasado fue mejor”; pues estaba siempre invadida por el asombro de un  presente en vertiginoso e incesante cambio; por las virtudes que la tecnología y la ciencia le daban al hombre cada día, de las que, todos los días, buscaba ávidamente noticias en los diarios y revistas que caían en sus manos; esos progresos la hacían renegar de los rigores e inconvenientes de aquel su pasado: como agotarse la vista escribiendo a la luz de una vela o del hediondo farol; helarse las manos lavando la ropa en el piletón, con los consecuentes sabañones; humearse desagradablemente mientras se preparaba la comida en la Istilart; embadurnándose con el carbón y la leña; bombear el agua tres o cuatro veces por día y calentarla para bañarse en incómodos fuentones de latón; ¡Y las letrinas! ¡Los cuartos fríos en invierno! ¡Andar por las calles lodosa bajo una lluvia torrencial! ¡Desesperar por las tolvaneras que se levantaban cuando el viento del sudoeste quería empujar al pueblo al río! ¡Torcerse un pie en las veredas de ladrillos colocados al garete...!
El presente la maravillaba; sus nostalgias eran sus padres, las primas y amigas: Fany Nicholson, María Ferrari, Lorenza Jordán de Ruesta, Adelina Mandile, Mercedes Ayala de Hutchison; los vecinos: Logiocco, Manini, Mergasi, Cabezas, Jové, Massa, Del Ponte-Paroni, Mezullo… es decir, la gente y el silencio y el perfume a campo que impregnaba al pueblo cuando llegaba la primavera con un revuelo de pájaros acariciándolo.
Sí, fue con ella, con ese otro muerto principal y con el tranvía, cuando sentí que se comenzaba a disgregar el pueblo.
Transcurrió el resto del año y llegó 1963. El 8 de febrero murió, después de una cruenta enfermedad, don Rodolfo Ostry, amigo y una especie de hermano mayor de mi padre, compañeros en la fábrica Tapas Coronas de la Cervecería y socios en la empresa Auto-York que habían fundado juntos 20 años atrás.
Don Rodolfo era austriaco, y tenía cuando murió 78 años. Era un hombre afable y sentencioso, de porte imponente, robusto, no tenía el gesto duro de los germanos. Mi padre le llevaba a escondida morfina para aliviarle los terribles dolores que lo torturaban. Seguramente mi viejo revivía la historia del padecimiento de mi hermano, muerto del mismo mal en 1955.
En esos tiempos, a mí se me perfilaban las veleidades de escritor, pero, en bien de la literatura, me limitaba a mi diario, donde daba testimonio de los días; el 1° de mayo escribí:
“Ayer, 1° de mayo,  murió el doctor Isidoro G. Iriarte. Mi padre, que va como voluntario dos o tres veces por semana a hacer reparaciones al Hospital, lo había visitado unas pocas semanas antes y lo había encontrado bastante decaído por los problemas graves por los que está pasando el Hospital de Quilmes a quien la provincia y la municipalidad le adeudan nueve millones de pesos en subsidios y corre riesgos de cierre. Yo como salí unos días del colegio de Bernal, donde estoy pupilo, lo acompañé  al velatorio y al entierro. Una inmensa columna de quilmeños, casi todos hombres, atravesó caminando detrás del carruaje fúnebre con caballos la calle Rivadavia. Los comercios al paso del cortejo iban cerrando sus puertas y bajando las cortinas. En algunas vidrieras había crepones negros. Recordé el sentimiento sin pudores manifestado un año antes con la muerte de Crisólogo Larralde. Hoy los diarios sólo se ocupan de don Isidoro, su obra de vida...”
Cuando escribí esto no sospechaba que cincuenta días después seguiría a ese mismo carruaje cargado con los restos de mi padre. Tenía tan sólo 68 años y yo 17.
Don Armando había llegado a Quilmes en 1917 a  realizar una pasantía en la Cervecería como ex alumno de la escuela técnica de Otto Krause, con tan solo 23 años. Allí trabajo 40, jubilándose como jefe de la Tapas Corona.
Los primeros tiempos viajaba todos los días desde y hacia su casa paterna en la calle Rincón 1062, entre las calles Carlos Calvo y Humberto Iº de la Capital.
Cuando llegó, Quilmes era un humilde pueblito con el único atractivo de la cercanía con el río y su ribera.
Así lo debía ver el joven porteño que vivía en una ciudad con su variada oferta de adelantos y entretenimientos.
En 1920, la empresa de los Bemberg ofrece créditos hipotecarios para que sus directores, jefes y capataces se radiquen en Quilmes y mi padre consideró la oportunidad y la conveniencia de comprarse un terreno y hacerse una casa. Lo concretó en Lavalle y Matienzo, esquina noroeste, donde aún se levanta la vivienda.
Este 1963 está signado por muertes coyunturales, no sólo entre nosotros: en Roma el papa reformista, Juan XXIII; en EEUU, el 22 de noviembre asesinan a su presidente, John F. Kennedy; en París muere una voz, Edith Piaf y el crimen de la guerra, en Vietnam, es inminente.    
Una subversión militar, en abril determina la victoria de los azules con Onganía a la cabeza que da paso a las elecciones, pero le queda el dulce gusto de asomarse al poder y creerse una figura mesiánica que hará de la Argentina un paraíso de bonanza y paz. 
Con el peronismo proscrito asume la Presidencia de la República el Dr. Arturo Illia.
Onganía vigilaba atento. Una sequía hace trastabillar la economía, sin embargo, somos el cuarto país productor de vino. En el Río de la Plata se hunde el vapor de la carrera “Ciudad de Asunción”. Piazzolla le pone una música definitiva al perfil porteño y sus compases seducen al mundo.  
Si bien Quilmes fue declarada ciudad el 2 de agosto de 1916 durante la intendencia de Pablo Castro, y esta elevación le dio un nuevo impulso económico y demográfico, fue tan sólo un trámite burocrático porque la cálida llaneza pueblerina prevaleció muchos años.
Hasta 1963, aún no se había despegado del barro, de la siesta, de la bonachona vecindad y del piberío en los potreros, de los parentescos entrelazados, las veladas familiares en los clubes del barrio, de las veredas de ladrillos, los focos de luz mustia en las bocacalles;  de los otoños dorados de la plaza Aristóbulo del Valle y los octubres embalsamados de tilos; las primaveras violeta-azuladas de los jacarandaes de la calle Córdoba; las galerías de las casas amigas sombreadas de jazmines del país, glicinas y santarritas.
Aún conservaba la bonhomía de tantos pueblos bonaerenses y del interior. Sitios que aún la conservan a duras penas y afortunadamente.
En 1963, se acabó. Para bien o para mal. ¡Qué importa! Nada vence el transcurrir; enfrentarse a él es improcedente. Esto no es nostalgia, es memoria de lo que fue y se acabó un día, a partir de un año. 
Quizá nadie más que yo se dio cuenta. Algunos dejaron que la sustancia contundente de la segunda mitad del siglo lo atravesara, otros cerraron los ojos y sólo yo y unos pocos más los abríamos para mirar para atrás y advertimos que definitivamente se había acabado el pueblo. 
Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.

NOTAS

[1] Murió el último jueves de diciembre del 2006.
[2] Ver en “Historias de más acá, relatos quilmeños”, Ed. Dunken, 2003, de quien suscribe, “Los motivos del silencio” y “Maestros y Escuelas de Quilmes”