jueves, 23 de febrero de 2017

VOLVIENDO AL PASADO DE BERAZATEGUI


Chalo Agnelli
A mi maestra de 1° grado Stella Maris Deambrosi,
a José "Yuyé" Viega Meelse y a sus padres, mis 'otros' abuelos.

En los vericuetos del asombro que conlleva hurgar en viejos documentos se hallan antiguos (si antiguos son 70 años) textos de nuestra región que no dejan de brindar información documental y placer literario como dejo concreta prueba en las páginas sobre el ‘Género Epistolar’ volcadas en LA LETRAS DEL QUILMERO.
Berazategui es, desde hace 56 años, un partido autónomo del viejo partido de Quilmes, pero nuestros lazos históricos y humanos son tan estrechos que vale la pena recuperar aquel tiempo que nos hacía uno en el máximo exponente de Región.
En este caso el autor es un vecino de Berazategui que dejó una gran obra para aquel Quilmes regional, no sólo él, también su esposa y su familia toda. Desde 1928, dedicó 42 años a la creación y prosecución del Hospital de Quilmes junto a William Allison Bell, el Dr. Isidoro Iriarte, doña Matilde Otamendi de Soria, el Dr. Pedro Elustondo, el abogado Juan Domingo Pozzo, entre muchos otros. Fue presidente, secretario y administrador de la Comisión Directiva de dicha institución, obra del pueblo de Quilmes. Había sido jefe de la estación de Berazategui, cuando su ahínco laboral lo llevó a la sección general de encomiendas en Plaza Constitución, a cargo de numerosísimo personal.
Poseía una extraordinaria facilidad para redactar, con bello estilo literario favorecido por su exquisita condición humana. Además de las misceláneas sobre sus años como jefe de estación (que aún no se pudieron hallar) escribió sus recuerdos de todos los aspectos: la vida, el personal y el desenvolvimiento del Hospital, a pedido de sus amigos, quienes avizoraron que era la persona más indicada para dar una ‘visión retrospectiva, lúcida y valiosa’ de la Institución. Escritos, estos, que fueron la fuente de que se valió don José Goldar para escribir la “Historia del la Sociedad Hospital de Quilmes Dr. Isidoro G. Iriarte”. [1]
Estaba casado con la educadora, fundadora de escuelas, autora de textos escolares y directora de la Escuela Primaria N° 1 de Quilmes, Rosalía Davel. Don Santiago J. Deambrosi falleció el 30 de abril de 1971.
El siguiente texto fue tomado del número extraordinario del diario El Sol de Quilmes de noviembre de 1947. (Chalo Agnelli)
EXORDIO
En la presente nota, don Santiago J. Deambrosi, vecino antiguo de Berazategui y San Francisco nos brinda en un estilo llano y agra­dabilísimo algunos recuerdos de su infancia feliz en los “pagos” aludidos. Don Santiago usa para provocar la atención y el interés del lector frases sencillas y figuras “hudsonianas” por la sugestiva riqueza de matices que presenta a quien inicia la lectura con curiosidad para apurarla luego con avidez. Es que la anécdota representa sin duda el modo de escribir más accesible a todos los lectores y el más difícil para quien no tenga suficiente destreza literaria - generalmente es cosa de intuición más que de estudio - para mantener el interés de la narración y dejar al lector pendiente de los episodios que desfilan cinematográficamente ante los ojos de su imaginación. En este trabajo, el Sr. Deambrosi que tiene realizada una estimable aunque dispersa obra literaria entre nosotros, diseña diestramente tipos y costumbres del pasado quilmeño, recuerda lugares hondamente sugestivos y compara épocas sin hacer distingos, surgiendo en cambio la disparidad de tiempos y modalidades en el mismo medio de residencia, al conjuro de gratos recuerdos lige­ramente teñidos con la melancolía de aquello que se aleja paulatinamente de nosotros al compás de las horas, de los días, de los meses y de los años... (Chalo Agnelli)
VOLVIENDO AL PASADO DE BERAZATEGUI
Por don Santiago J. Deambrosi
RIGOLLEAU
Vencido por las exigencias de la siesta, miraba somnoliento aquellos hombres de busto desnudo que se movían como en­gendros del averno, llevando en alto porciones de masa ígnea extraída de los grandes hornos; esta escena al cabo de muchos años de ausencia, no tardó en despejar mi pensamiento y el pasado de mi na­tivo solar, casi olvidado, fue proyectándose en la tarde luminosa mientras, en forzada, inactividad descansaba a la sombra propicia de la marquesina.
La gigantesca cristalería ocupa­ba ahora la tierra donde se habían, desarrollado las faenas pastoriles de que tanto me ufanaba en mi niñez, allí mismo, donde se aferraba otrora la vieja casa de los Berazategui, chata, alargada, que se tendía a la caricia de los árboles y flan­queaba, tal un vigía, el alto y corpulento nogal que dio nombre a la propiedad cuando pasó a manos de Don Ignacio Aldasoro.
LOS BERAZATEGUI
Desde la lejanía oía aún, como un rumor, los relatos de Don Mau­ricio y de Don Domingo, hijos del fundador y ya entonces de edad provecta; los recordaba sentados, mate en mano, con los gruesos muslos entreabiertos, evocando con voz pausada, sentenciosa, casi solemne, sus viajes en las enormes carretas que llegaban hasta el Quequén a través de los matorrales y bosques de la costa atlántica; los cantos de las avecillas, el acampar en torno de los fogones...
A veces interrumpía el vuelo de mi fantasía arrobada por la narración, la llegada de Don Benito, la silueta baja, un poco comba­da avanzaba con lentitud por el vasto corredor; el útil Don Benito Piñero  al que me unía gozoso para el ordeñe del ganado o la manipulación de quesos en el amplio galpón adonde estaban las apetitosas piezas en fabricación era tan ducho.
LA CAMPAÑA
Más allá del corral se extendía el monte. Eran unas cuatro hectáreas de vegetación; al principio se levantaban en simetría algunas hileras de paraísos y luego seguían sin concierto añosos talas, acacias, ñapindays, una cantidad de arbustos que no podría clasificar y durazneros silvestres cuyo fruto sin estar en sazón, a pesar de la prohibición paterna. De esta porción arbórea conservaba la sensación punzante recibida al pretender explorar u nido presa de una comadreja y el ataque combinado de una Proción de avispas excitadas por el golpe de un guija­rro por mano ajena, de cuyas consecuencias fui inocente víctima.
SAN FRANCISCO
Hacia el sud, San Francisco, era el verdadero y único núcleo de po­blación digno de mencionar. Con­taba con la vieja e inolvidable es­cuela que dirigía Don Atanasio Lanz y en el extremo opuesto, con una capilla mandada edificar por Don Lindoro Durante; la casa de éste, de lujo extraordinario para la época, tenía usina propia de luz eléctrica para su servicio y se le­vantaba al otro lado de la vía fé­rrea.
En la capilla oficiaba los domingos un sacerdote de la comunidad salesiana, en aquel tiempo el R. P. Giuliani, fallecido poco después. Lo acompañaba un seminarista a quien mucho queríamos y cuya relación he seguido cultivando con particu­lar agrado: el Padre Jorge Serié, eclesiástico distinguido que por su inteligencia llegó a ocupar un car­go prominente en la casa-madre de Turín, junto al sucesor de Don Bosco.
Para llegar a San Francisco uti­lizábamos la vía ferroviaria pues los caminos se cubrían de lodo en invierno y en verano una espesa capa de polvo los volvía intransi­tables.
Contorneando la modesta villa existían diversas  casas quintas que habitaban, en la época de los calo­res, sus propietarios vecinos de la Boca, que ascendían en la extingui­da estación Brown; entre ellos, Don Tomás Liberti, Buenaventura Lusich. Juan Padró, Santiago Pertini, Dante Adorni, Molfino, Stafforini, Meinke, Bellipanni, Moltedo, Olmo, etc.
El resto del poblado se componía de modestos edificios de material, algunos sin revocar, cubiertos de huertos y frutales, y limitados a veces por cercos de rosas criollas.
EL ‘ONCE’
Todavía se extendía al Oeste, algo apartado, otro pequeño caserío, el Once, de toponimia desconoci­da; formado por unas pocas mora­das aisladas contenía en su centro una laguna originada por extrac­ciones de tierra para la fabrica­ción de ladrillos. Nos servía para inmersiones no muy higiénicas, ejercicios que completábamos orga­nizando guerrillas en las que utili­zábamos los terrones de barro ex­traídos del fondo. Estos entreteni­mientos cesaron cuando sirvió de guarida a un animal fantástico que, según afirmaban los atemorizados vecinos, emitía gritos amenazado­res durante la noche; desde enton­ces la esquivábamos y si pasába­mos cerca de ella lo hacíamos con el corazón palpitante.
En sus aledaños las hermosas chacras de Don Nicolás E. Videla, de Don Alberto Rojas, después de su hermano el Dr. Julio N., las de Drake, Barragán, Godoy, Davidson y algunas otras.
FERROCARRIL Y PROGRESO
En mi adolescencia San Francisco vegetaba sin aliciente, en un esta­tismo que remedaba el de ciertas regiones de la vieja Europa. ¿Cómo originó, sin fáciles vías de co­municación y sin medios propios de vida? Era historia un poco anti­gua.
Hacia la época en que el ferrocarril denominado de Buenos Aires y Puerto de la Ensenada tendió sus líneas a través de los solitarios ba­rrancos que se extendían al sud de la estación Berazategui, pobló el lugar un grupo apreciare de fami­lias procedentes del norte de Ita­lia. Alrededor se esparcían tierras cubiertas en parte con cereales; aquellas gentes pasaban apaciblemente sus días sin las inquietudes de la hora presente y desde esas elevaciones, se contentaban so­ñando con la patria ausente, cuan­do avizoraban las albas siluetas de los veleros que les traían añoranzas de los Alpes amados cuya imagen conservaba indeleble su retina.
De estos primitivos habitantes evocaba en este momento algunos apellidos: Dellagiovanna, (varias familias),[2] Volpini, Carmorano, Armanino, Chiodi, Chiriguini, Calumi, Buscaglia, Acerbo, Zanardi, Alippe, Alciatore, Belloni.
El progreso, compañero insepara­ble del riel, pronto turbó aquella paz virginana y una evolución fun­damental se opero en la quieta re­gión. “A nuevos tiempos, nuevos ti­pos”. (Fray Mocho)
EUSKARIA
Afluyeron los recios hijos de la esforzada Euskaria y con ellos los tambos, en ese íntimo consorcio que comprende una de las etapas sa­lientes de la transformación ar­gentina, y el paraje se llegó a desta­car como el más importante de la línea en lo relacionado con la industria lechera.
Al echar una mirada hacía el pa­sado más cercano recordaba con cierta emoción el aspecto de la es­tación donde se congregaban nu­merosos carretones en los que res­plandecían al sol montones de ta­rros brillantes por el ajetreo dia­rio; destilaban nítidamente en mi memoria, como expuestos en una pantalla mágica bulliciosas per­sonas de jerga revesada y gracio­sa, alegres, de espíritu abierto, quie­nes terminaban invariablemente su jornada disputando entusiastas partidas de mus.
Los veía, tal como entonces: a Don Ignacio Echechiquía, (el “In­
dio”), de semblante rojo, resplan­deciente, el más opulento de todos, enriquecido en su labor a pesar de su analfabetismo, después estan­ciero en la rica zona de Olascoaga y en edad madura unido en ma­trimonio con una joven y honesta camarera del vapor que lo condujo en viaje de placer a Europa; a Don Martín Mendiberry, enjuto, de me­diana estatura y fisonomía plácida; luego, desdibujada, la silueta de Don Juan Etcheverry y de sus hijos ya mayores, algunos instalados con tambo propio; Gregorio, extraor­dinariamente grueso y corpulento, Balanceándose la andar; Bernardo de rubia barba y una pronunciada cicatriz en el rostro; Sebastián y Juan afecto este último a las carraras cuadreras cuyas justas le causaron ingentes pérdidas  por su excesiva fe en su parejero doradillo denominado Espina, que fue muy popular al extremo que dedicaron versos en su honor.
Otro propietario de tambo era Don Germán Cantet, vasco francés, muy pulcro y reservado, de arrogante estampo y finas maneras; Don Juan Elizaga; Don Pedro Bassaber, ya anciano, cuya afección bronquial lo mantenía retraído; Pedro Arinasbarreta, magro y festivo, cuyo simpático peoncito, Aníbal Nicora, quizás por similitud de edad, nos llevaba a paseo en su vehículo; Felipe Erbín (Rabicano),     desaparecido misteriosamente a consecuencia de un homicidio.
Completaban la nómina, tres  tamberos de origen italiano: Don Santiago Bacciadone, Miguel Gattone y Domingo Basigalup, que se destacaban por sus modales lentos, parsimoniosos y el carácter bondadoso.
Quedan en el lugar numeroso descendientes, compañeros de mi infancia que me complacía en asociar a mis recuerdos.
LA INDUSTRIA
Estas actividades fueron cediendo a su vez cuando se inició la eta­pa industrial que provocó el encarecimiento de los arrendamientos y el fraccionamiento de la tierra.    
Hacia el año de 1907, surgieron como por arte de encantamiento, los amplios edificios coronados con  altas chimeneas destinados a la industria del vidrio. En nuestro espíritu de mozalbetes primó un poco de alegría por la novedad y por lo que significaba para el adelanto del terruño; sentimos, no obstante cierta nostalgia aunque todavía no alcanzábamos a comprender que era        n el primer paso hacia atrás de la época dorada en que se habían mecido nuestras ilusiones.   
   
SAN SALVADOR
No tardaron en aparecer como banderas de guerra los rojos carteles que anunciaban remates de tierra; San Salvador, que se proyecta desde la hoy calle Hudson al Norte hasta cerca del arroyo Giménez, fue el primer barrio alcanzado por la fiebre del progreso. En aquella época sólo lo limitaban los edificios de Olivero y Calumi, el más   importante y otros pocos tales como los de Pedro Bassaber, Domin­go Puciani, Paradiso Saccani, José Guillán, Spandri y las quintas de Don Juan Stanfield, Miguel Camuyrano, Fermín Rodríguez, Nico­lás Manzanares y Bartolomé Cas­talio. Toda la extensión restante estaba destinada a pastoreo de ga­nado, campos de nuestras correrías y, en época propicia, visita obliga­da de quienes venían a recoger los hongos que crecían en profusión en las porciones húmedas para llevarlos a los mercados de Buenos Aires.
La porción que he descripto se transformó rápidamente y pronto apenas quedaron como recuerdo del tiempo anterior además de las ci­tadas, las posesiones colindantes de Yates y los huertos de Aversa, Polveriggiani, Porfiri, Mucci y Tallione, recostados a uno y otro lado de la calle Mitre.
Siguiendo el curso de esta últi­ma calle se encontraban las casas de los antiguos vecinos Don José Berazategui, Don Miguel Tirao, Ma­gallanes, el almacén de Domingo Bolsi y más al este la quinta del Coronel Sebastián N. Casares; ve­terano del Paraguay, de arrogante porte y enérgico carácter, como podían atestiguarlo quienes pene­traban furtivamente a la propie­dad.
Esta posesión se extendía hasta la costa y en ella se habían levan­tado, años antes, espaldones para los ejercicios de tiro de la guardia nacional. Cada domingo llegaba por turno un regimiento conducido en vagones que integraban un tren es­pecial y el espectáculo constituía un atractivo para las familias que concurrían a presenciar las manio­bras. Era un día de fiesta cuando venía el regimiento número 13 que comandaba el coronel Casares, quién lo agasajaba con el tradicio­nal asado.
Durante algún tiempo se alojó allí un regimiento de línea y era de ver como gustábamos ir a pre­senciar los disparos de cañón es­tacionándonos cerca de las piezas; volvíamos aturdidos por los estam­pidos y frecuentemente por ellos con dolor de cabeza.
Don Vicente Mosqueira
PERSONAJES
El mencionado almacén de Bolsi era el preferido en los días de co­bro por los pescadores. Estos for­maban una colonia de descendien­tes de aborígenes y sus incursiones eran grandemente temidas pues terminaban casi siempre en forma sangrienta. Cuando el alcohol ex­citaba los ánimos dirimían sus cues­tiones con bravura a punta de cu­chillo; de estas contiendas daban fe los costurones que lucían sus rostros. Fueron desapareciendo poco a poco, algunos como consecuencia de estas luchas. En verdad no se entrometían generalmente con los demás, pero se les temía mucho; cuando los veía­mos venir en grupos, al galope por aquellas calles que invadían la cina-cina en casi toda su superficie, nos escondíamos apresuradamente en el biznagal que medraba con ella.
No podía escapar a esta mirada retrospectiva la figura de Don Vicente Mosqueira, digno personaje que se destacaba por su indumento a la antigua usanza. Vecino apre­ciado vivió largos años y muchos lo recordaban luciendo como una nota exótica, hasta sus últimos días, el amplio y bien cuidado chiripá sujeto con la rastra de monedas de plata. Como nota que retrata el temple de su carácter, podía anotarse que actuando a órdenes de Don Claudio Ruiz, de quién fue mayordomo en su chacra de Plátanos (entonces Godoy), aprendió a leer a los 50 años y tomó tal afición a la lectu­ra que ocupaba en ella todas las horas de ocio. Viajó mucho conduciendo al extranjero ganado en pie. Había nacido el 13 de agosto de 1848 y falleció el 27 de agosto de 1920.  Fue su padre Gabriel Mosqueira descendiente de españoles y su madre, Catalina Stringer de sangre  irlandesa. Oíle referir que sólo dejó de usar chiripá estando en Londres, de paso, Pues la original prenda causaba tal sorpresa en los transeúntes, quienes se aglomeraban a su alrededor creando tumulto.
¿Podía olvidar en esta evocación a Don Antonio Traverso, curandero afamado, radicado en San Fran­cisco cuya casa tenía por lema “La cencia per tutti”? De índole huma­nitaria y pacífica, aplicaba sus mé­todos propios y se ayudaba con las enseñanzas de diversos libros de medicina; tan módico como útil sa­caba de apuros a aquellas gentes cuando la distancia hacía imposi­ble contar a tiempo con el auxilio de un profesional.
EL REGRESO
Y seguía fantaseando... cuando el silbato estridente de la locomo­tora me sacó de mi abstracción. Salté de mi asiento y corrí a in­corporarme a la caravana que atropelladamente, ascendía al con­voy, cuya tardanza me había per­mitido tejer este cúmulo de recuer­dos.
Por Santiago J. Deambrosi
Compilación y tipeado Prof. Chalo Agnelli
Quilmes, 2007/2017
FUENTE
Número extraordinario de ‘EL SOL’, de noviembre de 1947. Pág. 11 y 22
Resumen: Diario ‘El Sol’ en “Esto sucedió en Quilmes” días 21; 22 (falta el del día 23) y 24 de julio de 1954
FOTOS: Museo Fotográfico de Berazategui; Prof. Fernando San Martín; Ana María De Mena; Juan Carlos Grassi.
NOTAS

[1] Este libro fue impreso por la Dirección de Cultura de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Quilmes. Pertenece a la serie archivos y fuentes de documentación N° 9, en mayo de 1979, con prólogo del director de cultura don Armando B. González. Era secretario de gobierno y cultura el profesor Agustín L. J. Bottaro y sub secretario de gobierno y cultura el señor Néstor Monea. Se pueden hallar ejemplares en la Biblioteca Popular Pedro Goyena.
[2] A su arribo, algunos miembros de esta ascendencia se afincaron en el barrio La Colonia de Quilmes y emparentaron con los Valerga.