martes, 31 de marzo de 2020

HUDSON... TERRIBLE IRONÍA DE LOS RÓTULOS ARGENTINOS…


Por Juan Carlos Lombán / dic. 1976
Claves/ 1977[1]
Guillermo Enrique Hudson es un ilustre desconocido en esta su propia tierra. Figura en un lugar destacado en la triste y desalentadora lista de las víctimas de la incomprensión más ra­dical, originada por la consuetudinaria rotulación argentina, generalmente simplista y engaños, cuando no ma­lintencionada. Prácticamente nadie en el país ha leído más de uno o dos li­bros de los muchos que escribió, pero casi todos “saben” que fue un gran naturalista y un escritor enamorado de la flora y de la fauna, tanto como un solitario desinteresado de todo lo social y lo estrictamente humano, a lo cual prácticamente habría llegado a despreciar. Y así se lo seguirá repitien­do hasta el cansancio, sabe Dios por cuánto tiempo… ¡Pobre Hudson! O mejor dicho, ¡pobre Argentina!, con semejante actitud mental! Es la mis­ma que está en la raíz de la impoten­cia nacional, la que nos impide repen­sar permanentemente el país que he­mos heredado, la que hace que la República marche por inercia y que las doctrinas rápidamente dejen de serlo al no ser fecundadas por replan­teos originales, y se conviertan en un informe conjunto de “slogans” vacia­dos de todo contenido.
Salvo las honrosísimas excepciones de madurez equilibrada que cada vez pesan menos en la vida nacional, entre nosotros se dan los dos extremos: una ínfima minoría ilustrada dueña de la verdad que pontifica intransigente y arrogantemente, y una inmensa mayo­ría que, aunque en ocasiones rebosa de información y por ello se siente satisfecha, habla de prestado y repite maquinalmente cualquier cosa, con una gran habilidad dialéctica, justo es reconocerlo. Nuestro país ha sido has­ta ahora, un verdadero paraíso para disertantes magistrales que suminis­tran conclusiones tenidas por definiti­vas y para ensayistas deslumbrantes que a agudos aciertos parciales, los han elevados a la categoría de concep­tos axiomáticos, presentados como claves indispensables para la omnicomprensión de la realidad argentina. Así han surgido no pocas interpretaciones de innegables valores, que hubieran significado aportes constructivos para el país si un mesianismo grandilo­cuente no los hubiera malogrado, al menos del punto de vista de los inte­reses generales. Siempre hemos sospe­chado que en la vida argentina subyace una tremenda inseguridad, una im­presionante falta de convicciones verdaderas y profundas, que necesita disimularse adoptando un tono magis­tral y presuntuoso, lo que inevitable­mente conduce a la rigidez y al dog­matismo. Un gran baño de humildad es lo que entre otras cosas necesitamos todos los argentinos y en especial los intelectuales, en quienes la arrogancia y el sectarismo son mucho menos excusables. Es que evidentemente, una de las características definitorias del intelectual, es la humildad que nace de la sabiduría. Pensamos que cuando Ortega y Gasset criticaba a la “intelligentzia” y le enrostraba el estar permanentemente complicándolo todo, en verdad apuntaba sus baterías contra la inmodestia que obnubila el sentido común.

La profunda convicción de que po­cas cosas necesita tanto la vida nacional como liberarse de todo tipo de preconceptos y de presuntas verdades indiscutibles, sin excluir los más uni­versalmente aceptados, puede hacer­nos aparecer como irreverentes con personalidades de valores indudables. No necesitamos decir que lo único que nos interesa en este trabajo, es estimu­lar la reflexión personal y el análisis objetivo para contribuir a aclarar un lamentable malentendido que, como creemos poder demostrar, no solo deforma la imagen de Guillermo Enrique Hudson y su obra, sino que a nuestro juicio perjudica grandemente a la cultura nacional, lo que es mucho más grave.

Estamos persuadidos de que el caso del escritor nacido en “Los Veinticinco Ombúes” no es más que una de las tantas variantes que asume la rotulación argentina, con su terrible ironía. Es indispensable y urgente repensar todos los rótulos de la vida nacional, si de verdad queremos termi­nar con la confusión reinante y co­menzar á comprender cabalmente nuestra realidad, esto es, sus conteni­dos auténticos. Toda la vida argentina está llena de personalidades e institu­ciones de todo tipo, cuya realidad más íntima en nada coincide con la etique­ta que debería definirlos.

Volviendo a Hudson y a la imagen que de él tiene el país, nos apresuramos a reconocer que es rigurosamente cierto que toda su obra resuma un profundo amor por la naturaleza, jamás desmentido. Ello es lo que lo lleva a exaltar la vida en todas sus ma­nifestaciones, aún en las más insignifi­cantes, en las que casi nadie repara, como por ejemplo, en el insecto más pequeño. Esa identificación profunda con el mundo natural, le permitió a Hudson percibir los latidos de una vida intensa, allí donde ninguna de los otros grandes escritores nuestros vio otra cosa que un enorme vacío, en lo que en nuestra literatura se ha dado en llamar El Desierto. Y esa trascendentalización de las manifestaciones más insignificantes de la vida, es tan impac­tante en sus páginas y contrasta tanto con las tradicionales descripciones del paisaje pampeano, que tiende a ocupar el centro de la atención del lector, el que a menudo no repara que allí hay algo más, y muy importante, que es lamentable no atesorar. Desde luego que las referencias a todo lo estricta­mente humano, que son sumamente valiosas por lo frecuentes, lo profun­das y lo auténticas, nos impresionan mucho menos. A esto se suma el hecho de que los primeros análisis de las obras de Hudson se publicaron en Inglaterra por críticos de ese país. Estos quedaron asombrados no solo por la obra del escritor pampeano, sino también por su personalidad y su empecinado aislamiento, su obstinado marginamiento de toda militancia de cualquier tipo y aún de toda actividad pública, en esa sociedad victoriana ya muy industrializada.

La obra y la vida de Hudson en el centro del imperio más poderoso de fines del siglo pasado y principios del actual, se presentaban a todos como algo absolutamente insólito. En mo­mentos en que la revolución industrial había llevado a Gran Bretaña al pi­náculo de su evolución histórica y a regir al mundo de entonces, se produ­cía un fragoroso choque de ideas en todos los terrenos, en el que los inte­lectuales en general y los escritores en particular, ocuparon la primera línea. Algunos para exaltar las conquistas humanas y en especial los progresos de la ciencia y de la técnica o las bonda­des del sistema económico, político y social que las hizo posible y otros, los más, para enrolarse decididamente en distintas manifestaciones del gran mo­vimiento social que pugnaba por cam­bios estructurales. Pero Hudson se mantenía increíblemente ajeno a todo eso, empecinado en no querer integrar­se a una civilización industrial que llegó a odiar, cada vez más aferrado a un pasado edénico que rescató por medio de su obra. La frustración del hombre engendró al escritor. Todo esto impresiono en grado sumo a los críticos ingleses, quienes llegaron a creer que en su obra casi no hay cabida para los problemas humanos.

Los notables hudsonianos ingleses V. S. Pritchett y H. j. Massingham, fueron de los primeros en dejar escrito que Hudson jamás se interesaba tanto ante un hombre, como ante un pájaro u otros seres del mundo natural. El primero, después de aludir a la pasión del escritor por los productos fantás­ticos de la naturaleza, tanto de la fau­na como de la flora, concluye: “…no temía por el hombre un interés seme­jante”. Si bien nosotros consideramos que desde hoy y aquí la conclusión es muy discutible; reconocemos que en­tonces y allá un crítico inglés no po­dría haber arribado a otra. Nos parece evidente que este caso constituye un ejemplo impecable para adherir a las consideraciones de Ortega sobre el punto de vista y a su famosa conclu­sión: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Es que para un intelectual inmerso en la bullente vida insular de entonces, las referencias de Hudson a modestísimos usos y costumbres de la pampa remota carecían de toda significación e impor­tancia, sobre todo comparadas con sus tremendos y obstinados silencios so­bre la espectacular realidad social de la capital del mundo de entonces. Esos críticos supieron leerlo bien a nuestro escritor y no dejaron de advertir la ver­tiente humana de su obra, como lo re­conoce el mismo Pritchett cuando escribe al respecto: “… el observador de aves y serpientes es un observador de hombres…” Pero no estaban en condiciones de valorar toda la relevan­cia de este último aspecto. Es decir, lo que para nosotros es de enorme im­portancia, porque a nuestro juicio constituye un tesoro único y casi irreemplazable para conocer y com­prender en profundidad la estructura social de la vida pampeana del siglo pasado, para ellos tema una significación muy distinta. Eso en cuanto al espacio, porque la cosa también varía mucho en el tiempo. Las imprecacio­nes de Hudson contra las resultantes de la industrialización, adquieren hoy una dramática dimensión insospecha­da entonces, por la actual contamina­ción ambiental y sus consecuencias.

Es rigurosamente cierto que hay en toda la obra del escritor nacido en “Los Veinticinco Ombúes”, numero­sas páginas en las que se advierte un claro desinterés y aún un tono despec­tivo con respecto a la Inglaterra indus­trializada y al hombre de las grandes ciudades, de cualquier país. Y es muy justo que ello haya ocupado la aten­ción de los críticos británicos. Asimis­mo, es perfectamente comprensible que no les hayan impresionado en la misma medida, las cálidas páginas que dedica a los rústicos pobladores de la campiña inglesa y, más aún, a los de su pampa natal. Lo que ya no se com­prende tanto es que los estudiosos nuestros hayan repetido juicios de aquellos, sin haberlos repensado cuida­dosamente desde nuestra perspectiva, hoy y aquí. Resulta inadmisible que para nosotros no tenga relevancia el cúmulo impresionante de sus observa­ciones sobre el hombre argentino.

Aquí conviene recordar que Hudson nació en plena pampa el 4 de agosto de 1841, y que en los treinta y tres años que vivió en nuestro país, jamás residió regularmente en centro urbano ni asistió a escuela alguna, ni aún de nivel elemental. Es el único gran escri­tor en el que se da esa circunstancia y, asimismo, la de que por su modes­tísima situación económica tuvo que trabajar como peón por más de quince años, durante los cuales recorrió la lla­nura bonaerense prácticamente como un gaucho más. En sus libros se en­cuentra un verdadero tesoro de rique­za inigualada para todos los que en­caren el estudio de la vida cotidiana en la pampa del siglo pasado, con una impresionante masa de experiencias personales que ningún otro escritor protagonizó como él ni podrá ya hacerlo.

No deseamos extendernos más para demostrar la falacia del rótulo que se le ha aplicado a Hudson. Creemos que lo más eficaz y lo más constructivo es remitir al lector a la obra hudsoniana. No sólo en la media docena de sus hermosos libros pampeanos, sino tam­bién en casi todos los mal llamados “ingleses”, va a encontrar que los magníficos medallones que dedica a hombres y mujeres de nuestras llanu­ras, suelen ser más breves, pero más inolvidables y más emotivos que todo lo que escribió sobre sus amados pá­jaros. Y lo que quizás sea más impor­tante, ellos se continúan con esclarecedoras y detalladas referencias sobre usos, costumbres, creencias, trabajos, diversiones, viviendas, mobiliarios, en­seres, de invalorable utilidad para in­vestigar la evolución social de nuestra pampa.

Tenemos la profunda convicción de que mucho más que la causa hudsoniana, serán la cultura argentina y aun la vida toda del país, las máximas beneficiarías de la superación de las falacias sobre Hudson y de una ade­cuada difusión de su obra. Es que nos parece evidente que ella puede con­tribuir decisivamente, acaso mejor que ninguna otra, en la impostergable ta­rea de desentrañar la estructura de la vida pampeana y su evolución en el siglo pasado y contribuir a rescatar sus mejores valores, para la gran sín­tesis argentina que aún no hemos realizado cabalmente.
Juan Carlos Lomban Quilmes, diciembre de 1976
Compilación Prof. Chalo Agnelli/2017
NOTA

[1]Claves, revista de arte y cultura” Año 1 - N° 2 enero-febrero 1977. Dirigida por Claudio L. Pérez. Integraban el Consejo de Redacción: el Prof. Aníbal Gordillo y Jorge A. Mirachi; Redacción: Silvia Armella, Ángel Liñán, Juan Carlos Lombán y otros.
Original en la Biblioteca Popular Pedro Goyena (San Luis 948 e/Larrea y Azcuénaga - 1540758187 - bibliotecapopularpedrogoyenyahoo@yahoo.com.ar)