miércoles, 16 de julio de 2014

EMILIO COLOMBO FERRARI, IN MEMORIAM (COLABORACIÓN)




                                                     A 107 años de su nacimiento y 38 de su partida


Gloria March y Emilio Colombo

Me llamo Emilio Colombo Ferrari. Nací un 5 de agosto de 1907 del vientre materno de Adela Ferrari Barlocci y la paternidad de Francisco Colombo Aspiz, casi veinte años después que dos buques de bandera italiana tocaran la enorme panza pampeana. Los vientos sureños que cruzaban Bahía Blanca por las calles de Ingeniero White y de Spurr, secaron mi cordón umbilical. Crecí como el menor de cuatro mujeres y cinco varones. Mi madre siempre atenuaba el impacto de los rectos bigotes de mi padre, importado sin escalas de la Lombardía. Nunca hablamos el idioma de ellos: había que integrarse y ser un argentino más. Tampoco recuerdo historias de la familia que quedó atrás. Empezar de nuevo no era una figura literaria, ni una metáfora, era una necesidad. Si mi padre –un pionero, un iniciador de emprendimientos, un hombre de acción- nos inculcó la necesidad de la lectura y del esfuerzo personal, de mi hermano Antonio aprendí la dedicación al estudio, al método, al gusto por el conocimiento. Antonio supo tomar la posta y nos puso en carrera. A mí y a mi hermano Eduardo. Un día los vientos del inquieto Francisco nos llevó a Quilmes. Allí pasé los años de mi adolescencia y juventud. Mi infancia quedaba atrás. Antonio y Eduardo hacían estragos en los campeonatos locales de ajedrez. El primero también en tenis y natación. Fundaron la “Academia Florentino Ameghino” para estudiantes del secundario. Pocos años después también yo contribuí con ella y pude ganar mis primeros pesos. De esa época vienen muchos de mis recuerdos y mi sentido de pertenencia. Con plena conciencia de patria me enrolé en el Club Argentinos de Quilmes, que competía con el Quilmes Athletic Club. Entre partido y partido comencé a estudiar medicina en la Universidad de La Plata. Una morocha dulce de ojos negros se me metió en el corazón cuando corría el año 1933. Nos conocimos en la antigua rambla de Quilmes. Al comienzo salíamos bajo la celosa guardia de su madre, doña Rosa Scardino Gaudencio de March. Me casé con Gloria (“Coca”) March en 1936. Ya tenía el diploma de médico bajo el brazo. A nuestro hogar llegaron después Emilio, Jorge y Gloria Inés. Ingresé en la Maternidad Alberto Peralta Ramos, por entonces subvencionada por la Sociedad de Beneficencia. Con afán me dediqué a la clínica y experimentación endocrinológicas. A una sala del Hospital “La Santa Casa de la Misericordia” en Río de Janeiro, se le dio mi nombre. En el cuarenta y pico resistí la afiliación política obligatoria. Fui en viaje de estudios a Canadá y Norteamérica, a los laboratorios de los doctores Hans Selye y Emil Novak. No escapé a las complejidades de la vida de un argentino. El partido de la Unión Cívica Radical me atrajo y allí interactué con los doctores Lebensohn, Larralde, Balbín y Frondizi. La política poco a poco fue invadiendo también mi casa, donde “la Negra” y mis  hijos supieron hacerme pie. El antiguo laboratorio de productos endocrínicos “Zimasa”, de la calle Billinghurst 1710, fue mi bunker profesional y político. Acepté del Presidente A. Frondizi responsabilidades en varias actividades, donde creo haber cumplido con honestidad. Luego participé de campañas de salud pública en las provincias de Salta, Santa Fe, Chaco y Entre Ríos. Las complicaciones del país no dejaban fuera de ellas a sus ciudadanos; tampoco a mí. Le entregué a mi hogar y a mi país lo mejor de mis intenciones y esfuerzos. Mis errores y deudas humanas las saldarán el perdón humano o el olvido, y si no, lo hará el tiempo, cuando ello deba ocurrir. 
Jorge A. Colombo MD, PhD
Unidad de Neurobiología Aplicada
Investigador Principal (CONICET)
www.fundacionconectar.org.ar
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