domingo, 5 de agosto de 2012

ERNESTO CIMADAMORE BORZONE, UN POETA IGNORADO

A todos los poetas anónimos que alguna vez hablaron.
A todos los poetas de este siglo XXI.

Prof. Chalo Agnelli

Transcurría agobiante el mes de enero de 1940, cuando una noticia sacó del letargo pegajoso del verano a los quilmeños. El diario "El Sol" enlutaba a la comunidad con la noticia de la muerte Ernesto Cimadamore Borzone. [1]
Este era un joven poeta que desde hacía algunos pocos años venía defendiéndose de la contaminación del modernismo rubendariano siguiendo la línea de Enrique J. Banchs [2] y de Baldomero Fernández Moreno. [3] Del primero había incorporado una poesía de sabor clásico, sobria, transparente, precisa y del segundo el anecdotismo humano, fresco que algunos llamaron “sencillismo”. Sin embargo, en lo poco que se pudo conocer de la poesía de Cimadamore, hay resabios modernistas, pero en temas populares.
Había nacido en Quilmes en 1912, en el hogar formado por un empleado público de origen napolitano de la comuna de Caivano y una maestra. La primaria la realizó en la escuela Nº 19, que por esos años, y hasta 1930, estaba en la vieja casona que había sido del Dr. Wilde en 25 de Mayo entre Paz y Pringles. La vecindad la apodaba “la escuelita de Amigo”, por su directora fundadora doña Justa Amigo. [4] Luego, Ernesto estudió en el Nacional de Buenos Aires. Cuando egresó transitó algunas materias de la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, pero tenía cierta predisposición para la inconstancia y abandonó.
Era un joven de talla normal, delgado, de ojos oscuros y cabello renegrido, y de tez más pálida que blanquecina, solo la sombra de la barba le entonaba el rostro. Sin embargo tenía manos fuertes, venosas, que contrataban con su apariencia delicada y varonil al mismo tiempo. Las muchachas lo reojeaban con interés, pero él no se mostraba interesado en ese tipo de escaramuzas. Entre estas estaba Haydeé, una compañera de escuela, un tanto desenfadada y dicharachera que no tenía reparos en detenerlo en el camino y en su vertiginoso parloteo lograba sonsacarle algunas vivencias hasta que Ernesto sableaba una excusa y a paso rápido huía de su inoportuna conocida.
Mientras estudiaba su padre lo hizo ingresar en el Correo Argentino, en una sucursal porteña. Después de padecer, durante varios meses, los traqueteos del viaje a la Capital, ida y vuelta resolvió establecerse en una pensión de la calle San Juan Nº 351. Los fines de semanas visitaba a sus padres. En invierno, los domingos de sol, se lo solía ver absorto, leyendo, indefectiblemente, “El libro de los elogios” de Banchs en la plaza Carlos Pellegrini (hoy San Martín) o atravesar cabizbajo la calle Rivadavia rumbo al café El Nacional, llevando bajo el brazo “Continuación”, una de las últimas publicaciones de Fernández Moreno. Se sentaba solo en un rincón del café-bar; lacónico, apenas sí cruzaba palabra con algún conocido, sólo conocidos pues era escaso su acopio de amigos íntimos.
Desde los 14 años la poesía había sido su pasión. Algunos poemas suyos se publicaron en periódicos y revistas zonales de escasa difusión. Participó en certámenes literarios y ganó alguna que otra mención hasta que en 1939 participó en el Concurso Nacional de Literatura con un conjunto de poemas en los que trabajó durante cinco años.
En noviembre se conocieron los resultados y el nombre de Cimadamore no fuguró entre ellos, ni siquiera en las menciones especiales.
Ernesto no habló de su exclusión, pero poco a poco se fue ausentado de todos los lugares públicos, los pocos que frecuentaba, tanto en la Capital como en Quilmes. Su única amistad era la locutora radial Helena Caballero a quien había conocido en sus viajes en tren a la ciudad de Buenos Aires y con la que fraguó una singular camaradería. Ella trabajaba en Radio El Mundo y cuando tenía oportunidad recitaba algún poema del joven.
El verano de 1940, como ya venía sucediendo desde varios años atrás, atrajo una variopinta multitud de turistas a la Ribera quilmeña. Placidez que terminó con el verano pues ese año, en abril, se produjo una sudestada que superó los tres metros.
Pero era enero, y el tranvía venía sobrecargado de la estación hasta la avenida Cervantes y  volvía sobrecargado lo que aumentaba su ataxia locomotriz. Los recreos estaba atestados de familias, trabajadores que buscaban en el fresco del río un poco de bonanza para sus ajetreadas labores.
Si bien había un hotel y algunos hospedajes y cabinas en alquilar para los que querían pernoctar en la costa, después del último tema que tocaba la banda en la glorieta de la rambla del Pejerrey y partía el último tranvía la gente se replegaba agotada de un día intenso de sol y juerga.
El la oficina de correos donde trabajaba Ernesto viéndolo desmejorado de salud, poco antes de las fiestas de fin de año, le dieron unos días de franco para que se recuperara en los aires familiares de Quilmes.
Casi todas las tardes, cuando bajaba el sol, iba a dar un paseo por la Ribera. Salvo una o dos veces que lo acompañó Helena Caballero, generalmente deambulaba solo ignorando al gentío. Se sentaba a leer en un banco del espigón.
 Volvía de sus excusiones con alguna imagen poética descubierta en el reverbero del agua, en el perfume húmedo de los sauces o en los matices que espejean cuando el crepúsculo se sumerge en el oeste. Hasta una noche que no volvió.
Fue el 4 de enero a las 4 de la madrugada en que un disparo de arma de fuego se expandió río adentro y pueblo arriba. Sólo algunos noctívagos lo oyeron, pero casi todos, a esa hora de la noche, ya tenían varias copas encima como para alarmarse por algo que no sea evitar que el porrón de ginebra o la botella de caña caigan de la mesa.
Hubo alarma en la familia por la tardanza. Enviaron a un primo a buscarlo, infructuosamente. Hicieron averiguaciones en la Comisaría 1ª, pero no obtuvieron datos.
El 6 de enero el diario El Sol informaba del suicidio de Ernesto Cimadamore Borzone de 28 años. Su cuerpo había sido hallado en la playa por los primeros bañistas. Las ropas estaban empapadas de modo que, tras el disparo, había caído al agua y cuando el río se retiró de la orilla quedó expuesto sobre la arena. En la pérgola que estaba frente a la laguna situada al final de la avenida Otamendi, hallaron un libro de versos, “La Urna” de Banchs y había un poema remarcado que decía: La firme juventud del verso mío, / como hoy te habla te hablará mañana. / Pasa la bella edad, pero confío / a la estrofa tu bella edad lejana. Indudablemente era suyo.
La prefectura dio aviso al Comisario y este, aunque el cadáver no tenía documentos encima, supuso quién era el muerto y mandó informar a los familiares, quienes luego reconocieron al joven.
No hubo mucha repercusión en el pueblo. Al no ser asiduo a los pocos ámbitos culturales locales, pocos vecinos del pueblo lo registraban, si bien era reconocido por su andar bohemio y el atento descuido de su indumentaria. Además, el suicidio, por esos años, era un desenlace que avergonzaba a los deudos, de modo que se trató de acallar todo comentario y su misma existencia.
Sin embargo en el Iº Salón del Poema Ilustrado que se hizo en el Club Sportivo Alsina de La Colonia, el 13 de julio de ese mismo año, una joven artista local. Leonor Jeanneret ilustró un poema suyo que también, como su obra y su existencia, pasó desapercibido en un rincón del salón. [5]
En su mesa de trabajo, en la casa de sus padres, había dejado prolijamente organizados, envueltos en papel de estraza y atados con hilo sisal sus poemas y una carta, legándolos en su totalidad a su amiga Helena Caballero. Al pie de esta especie de testamento escribió: “Si no alcanzo a  escribir una poesía superior, la vida no vale la pena ser vivida”.

Investigación, entrevistas y argumentación Prof. Chalo Agnelli
Entrevista a la señora Haydee J. B. Yori 6/8/2002
Agradecimiento, Flias. Caballero y Borzone
NOTAS

[1] El Sol, 6 de enero de 1940. Año XII Nº  3115.
[2] Enrique Banchs nació en Buenos Aires en 1888. Fue periodista, trabajó en el Consejo Nacional de Educación. En 1941 ingresó en la Academia Argentina de Letras y en 1958 recibió el Premio Vaccaro, cuyo importe donó al Hospital de Niños y a la Sociedad Argentina de Escritores. En 1958 definió de esta manera a la poesía: "Es la intimidad de la realidad. La poesía es indiferente a la grandeza de las obras materiales del hombre, a los accidentes históricos, a todas las instituciones y a todos los móviles sociales que arrastran los cotidianos afanes". Su producción literaria se reduce a cuatro libros publicados en su juventud, Las barcas (1907), El libro de los elogios (1908), El cascabel del halcón (1909) y La urna (1911). Murió en Buenos Aires el 6 de Junio de 1968. http://www.escribirte.com.ar
[3] Baldomero Eugenio Otto Fernández Moreno nació el 15 de noviembre de 1886 en Buenos Aires. Fue poeta y médico rural. Su poesía, universal y hondamente nacional al mismo tiempo, ha inmortalizado la estética de los barrios porteños y la cálida placidez provinciana con sus características rurales. Entre sus 25 publicaciones se destacan: Intermedio provinciano (1916), Versos de Negrita (1920), El hogar en el campo (1923), Romances (1936), Continuación (1938), La mariposa y la viga (1947). Falleció el 7 de junio de 1950, en Buenos Aires. http://es.wikipedia.org
[4] Ver de Agnelli, Chalo. “Maestros y Escuelas de Quilmes”. Ed. Jarmat Quilmes 2004.
[5] El Sol, días 20 y 30 de julio y 3 de agosto de 1940.