viernes, 7 de marzo de 2014

CORSOS Y COMPARSAS DEL QUILMES DE ANTAÑO – CAPÍTULO 40


En 1934 don José Andrés López [1] publicó un libro de misceláneas que develó el tanscurrir del Quilmes de la tercera fundación. Sus tradiciones, sus constumbres, su gente. Se titula "El Quilmes de antaño". Este es el capítulo donde describe los carnavales de esos años en que todo estaba por hacerse. Eran los años de su juventud, una juventud llena de inquitudes que diseñaron el perfil de un pueblo que supimos ser y se transformó irremediablemente después de la década de 1960.
CORSOS Y COMPARSAS
ANTES de 1877, Quilmes no festejaba el carnaval en forma peor ni mejor que lo hacía la mayor parte de los pueblos de la provincia. Este año pudo señalarse como punto de partida de una reacción dirigida a desplazar el ya decadente carnaval del agua a balde y jarro, con variaciones de cáscaras de huevos y otros proyectiles.
La novedad del corso, que en la Capital vecina de­salojara al viejo carnaval, traspuso al fin el Riachue­lo de Barracas y llegó hasta nosotros.
Todos convenían en la necesidad de adoptarlo, pero sin decidirse — ¡hacía tanta fuerza la tradición!— hasta que un pequeño grupo de espíritus atrevidos, cerrando los oídos a las voces del pesimismo, se em­peñó en que Quilmes había de tener corso.
Para dar aliento a los atrevidos, otros, que no lo eran menos, organizaron con tanto entusiasmo co­mo rapidez una estudiantina, denominada "El Trueno", presidida por un cordobés y médico distinguido, el doctor Salomé Luque. Sus elementos, empero, eran en su gran mayoría españoles, circunstancia auspiciosa SINDO como es la estudiantina manifestación feliz del espíritu jocundo de la raza.
Un versificador local escribió la marcha, que puso en música el profesor señor Barrera, y muchas de sus oportunas coplas eran fruto de la facundia poética de su vice-presidente, el señor Máximo Garay, cuya sangre bullía, así como su numen, al entusiasta calor de la trilogía de la alegría española: jota, pandereta y castañuelas.
Hecha con espíritu optimista, la estadística de carruajes y carros de lodo género que adornados (ad libitum) formarían el corso, el resultado fue satisfactorio.
Si por ese lado se clareaban las perspectivas del corso, por el de la luz aquello no podía ser más obscuro, y no había forma de clarearlo con los tres faroles a petróleo que en cada cuadra había para el alumbrado público.
El socorrido recurso de los faroles de colores, si por su policromía podía dar encanto a la vista, no daba luz.
Era necesario conformarse con la única que se tenía, la del sol, y el corso que se iniciaría a las cin­co da la tarde, terminaría con las últimas claridades de aquél.
Y como era esta la única solución posible, con ella se conformó la comisión, formada por los señores Carlos Casavalle, Mariano Solía, Pedro Risso, Salo­mé Luque, Máximo Garay, Jorge Bate, Roberto Muir y Francisco Younger, estos tres de la colectividad británica, y con ella todo el mundo.
No había comparsas, como el carnaval en acción no las improvisara, fuera de la estudiantina "El True­no"; pero, por la muestra del entusiasmo que a la calle salía, tampoco eran necesarias otras.
La comisión hizo adornar carnavalescamente la calle Rivadavia, de la Plaza a la Estación, que era el recorrido asignado al corso, y varios vecinos hi­cieron otro tanto con los frentes de sus fincas.
Desde algunas horas antes de la oficial para que empezara el corso, había en la calle una anima­ción que crecía a medida que la esperada hora se aproximaba.
El corso empezó oficialmente a las cinco y terminó a las ocho, disuelto por la obscuridad. La estudiantina fue objeto de las más entusiastas manifestaciones populares y de amables agasajos sociales.
Para recibirla, se abrieron por la noche el salón municipal y los de los vecinos señores, Carlos Casavalle, Maldonado de Marull, Udaeta, Wilde, Baranda de Risso, Rodríguez, etc.
Pero, si durante el carnaval brilló este en el cielo de la alegría del vivir como magnífico planeta, su vida, fue la de fugaz meteoro, y se extinguió pa­sado aquel.
Se diría que aquel ensayo de torso había agotado todas las energías sociales y al año siguiente no bufeo ni corso ni comparsas, como no demos ese nombre a lo que un grupo de conocidos jóvenes: Indalecio Sánchez, José María Rubio, José A. López, Carlos Rubio, Rodolfo Luís Vega, Dalmiro Rubio, Miguel R. Machado, Celestino H. Risso, etc., organizó, simulando un ferrocarril en marcha, dirigido a satirizar por el ridículo al nuestro.
Estaba representada la tal parodia por una fila de esqueléticas cabalgaduras, unidas entre sí a guisa de coches de ferrocarril, tirados por una locomotora (el más escuálido de los jamelgos), que apenas arran­caba, y cuando lo hacía, era para descarrilar al poco trecho. Esto, y las interminables pavadas en cada una de las muchas estaciones, provocaba la protesta airada de los pasajeros, con excepción de los ingleses, une soportaban aquello resignados, como si por ser el capital inglés, lo demás tuviera sus propias excelencias.
Aquella comparsa, analizada en su satírica intención, lo mismo comprendía la marcha de nuestro ferrocarril, que la de nuestra administración y progreso.
El ferrocarril era solo parte de un todo ataca lo de raquitismo.
Al año siguiente, desde varias semanas antes del carnaval, se observaron sintonías favorables de esfuerzos, en el sentido de salir de la depresión producida en la curva de los tradicionales festejos. Un grupo de jovencitos, casi niños aún, presididos por el hoy conocido martillero Publio C. Massini, y que llevaban los conocidos apellidos de Massini, Otamendi. Labourt Matienzo. Ithuralde, Rodríguez, Garay, etc… habían organizado una comparsa juvenil que llamaron “Los Negros Bonitos”.
De sus canciones haremos aquí una muestra, reproduciendo el coro y una de las estrofas.

CORO
Abran las puertas
bellas quilmeñas,
blancas, morenas,
rubias, trigueñas,
que los negritos
van a cantar
estos versitos
de carnaval.
¡Somos los Negros Bonitos
que venimos a cantar.
Todos, a cual más chiquitos,
en obsequio al Carnaval.
Si acaso nuestras canciones
del agrado vuestro son,
por un beso las ponemos
a vuestra disposición!
La iniciativa de ellos encontró eco simpático entre ellas, y bajo la presidencia de la niña Ercilia Matallana se organizó otra comparsa, igualmente juvenil, con personitas que llevaban los más calificados apellidos.
La llamaron "El Porvenir de Quilmes", y sus versos, letra del versificador que escribiera los an­teriores, y música del entones joven Barrera, decían así:
Unamos nuestras voces,
y en coro angelical
unísonas, cantemos
al loco carnaval.

CORO
¡Tiernos pimpollos
de ese vergel
somos, y un día
seremos de él
fragantes flores
de suave aroma,
de donde el nardo
el suyo toma.
Del porvenir de Quilmes
somos la imagen fiel;
en nosotras entraña
el mañana de aquél.
Que escrito está en el libro
del mundo, que ha de ser,
de sus destinos dueña
la que fué niña ayer.
Para honrar dignamente a estas simpáticas comparsas, se organizó el segundo corso, por el patrón del primero, y ellas, como antes "La Estudiantina", le dieron brillo, animación y encanto, arrancando a su paso cálidos aplausos, y siendo objeto de las más delicadas atenciones de parte de las familias, que solicitaban su visita, o que la recibían por deferente iniciativa de los visitantes.
Para mejor obsequiarlas se dieron en su honor recepciones y bailes en casa de los señores Francisco Rodríguez y Carlos Casavalle y doctor José A. Wilde.
Para despedir dignamente al carnaval, la víspera de su entierro tuvo lugar en los salones de la Municipalidad un baile, que fue sin duda, el mejor de los muchos buenos de que guarda memoria la crónica socia! de la época.
La sociedad carnavalesca "La Africana" y "Los Turcos de Barracas" se disputaban entonces en los corsos de la Capital los laureles de Momo, con los que iban cargados sus respectivos estandartes, con evidente orgullo de aquellos que los ganaran.
Especialmente invitada, "La Africana" concurrió al bailé en número no inferior de ochenta socios, música, estandarte y banderas.
Concurrieron también "El Porvenir de Quilmes" y "Los Negros Bonitos", todo lo cual dio a la reunión, de suyo hermosa, pintoresco realce.
Una comisión formada por las señoritas Carmen y Lola García y Carmen y Rita Faggiano, por medio de una colecta, reunió los fondos necesarios para ad­quirir una artística corona, con que obsequiar a "La Africana", y otra de flores naturales destinada a su presidente, el joven Juan Gianetti.
En uno de los intervalos de la danza, tuvo lugar la entrega de las coronas, acto no despojado de emo­ción y simpático colorido.
Las dos juveniles comparsas y este final, salva­ron la memoria del corso y carnaval, que tampoco tu­vo otra cosa digna de ser recordada.
Pasado aquél, se disolvieron las dos comparsas que lo animaron, como lo hiciera "la estudiantina" dos años atrás, sin que vinieran otras a sustituirlas, y durante varios años el carnaval se distinguió por su insípida vulgaridad. Es que al corso, como a todos los espectáculos de ficción, la luz solar los perjudica. Y un corso de carnaval a la luz del sol, sin máscaras ni comparsas, ni es corso ni es carnaval.
Una comisión hubo que creyó haber resuelto el problema de la luz, con el empleo de unos grandes antorchones a petróleo denominados "sol", pero que si se llamaban así no era, sin duda, por lo que alumbraban.
En los ensayos preliminares llegó a creerse pudieran ser eficaces; pero con la práctica vino el des­encanto, y el fracaso de las antorchas trajo, como natural corolario, el del corso.
Por fin Cassels y Beaucire establecieron la usi­na productora de corriente eléctrica.
Desde entonces, si el carnaval decae, si el corso carece de lucimiento y originalidad, la culpa no es la falta de luz como sucedía antaño.
DON JOSÉ ANDRÉS LÓPEZ
VER: http://elquilmero.blogspot.com.ar/2009/06/el-intendente-jose-andres-lopez.html