miércoles, 8 de abril de 2020

GUILLERMO ENRIQUE HUDSON Y JAMES MACKENZIE DAVIDSON


 Continuando con la recuperación de la obra, el material bibliográfico y documental sobre Guillermo Enrique Hudson, transcribimos este artículo del diario La Nación hallado en el archivo privado del Prof. Juan Carlos Lombán. Incursionar o trastabillar en el discurso pedregoso de Mac Donagh [1] nos permite reconocer al Hudson que se vislumbró cercana su muerte (1922 – 1928) Muerte cuyo centenario se recordará dentro de dos años y ya una Comisión, coordinada por el Lic. Museólogo Aníbal Rubén Ravera director del Museo Hudson de Florencio Varela, está diagramando. Mac Donagh que se empecina en traducir “Far away and long ago” en “Muy lejos y antaño”, vincula a dos figuras arquetípicas de nuestra pampa quilmeña que, con un origen dispar, llevaron alto su nombre, en la literatura y la ciencia uno y en la ciencia del descubrimiento el otro. No fue fácil recuperar este texto ya que el original se halla bastante deteriorado, sin embargo lo reconstruimos desde los supuestos e intuiciones que genera la lectura de la obra y la vida de Hudson y de la familia Davidson en el Plata, en Quilmes, donde persisten muchas huellas de su permanencia. (Chalo Agnelli)
 
SIR JAMES MACKENZIE DAVIDSON
UN ARGENTINO DESCUBIERTO POR HUDSON
Por Emilio Mac Donagh
La Nación 23/12/1928
Diez años han pasa­do desde la apari­ción del libro que entre todos los de Hudson, no padece edad, tan claro es su presente. Si un día fue esplendoro­sa la impresión que nos dejó este libro sin par, a la zaga de los días se nos quiere ir esfumándo­se perezosamente el recuerdo. Mas lo sal­van las sensaciones diarias de la tierra nuestra, la vista de los pájaros criollos, fieles hasta en la ciudad, una palabra campera oída al acaso, una lectura. Nos estremecen como un hallazgo, pues retor­nan con las imágenes hudsonianas.
Cualquier argentino puesto a leer es­te “Far away and long ago”, del cual nada nos es extraño, salvo el título, ha­brá sufrido con la lentitud, que en el re­lato de Hudson se iban circunscribiendo, con rodeos de atrapador de perdices, los pagos cordiales. En las páginas iniciales, emprendido el relato, habla de las pam­pas sudamericanas y ya nos situamos. Pinta los ombúes y casi nos ponemos sentimentales. El ombú, aunque se haya di­cho lo mismo en unos versos que ni por viejos mejoran, el ombú es una nota de nuestro paisaje. Como la mente argenti­na, sin el sosiego de los siglos heredados, carece de la disciplina heráldica, peligra que la nota cubra el paisaje. El nuestro es el campo en esencia, un puro fondo. Los cardales y las vizcacheras solían repartirse el campo nativo hasta el hori­zonte, que era el límite del hombre y no de las plagas. Hoy no podemos verlo por las estancias. Nadie quiere vivir en el campo, nadie se va a pasear al campo, sino a la estancia.
La lectura de las muchas obras de Hudson en que trata de nuestra natura­leza, quizá dejara con un engaño: supo­ner que Hudson fuese solamente un observador, un naturalista de la naturaleza, pero que, con todo que la ama, no fuese un hombre de la tierra. Podía ser uno de esos andariegos ingleses que han pasado dichosamente por nuestras campañas, como Miers, el botánico, o como ese natura­lista Ernest William White de cuyo curioso “Cameos from the Silver Land” ha­bré de ocuparme algún día. El lector de “Muy lejos y antaño” – pues así propongo traducir “Far away and long ago” — no bien ha pasado unas páginas sabe que no es así. El asombro por ese conocimiento cabal de la vida en el campo bonaerense a mitad del siglo pasado es tal que solo preocupa ver si dice cuál fue su pago na­tivo. Parece como que nuestro sarcástico desterrado hubiese presentido al averiguador argentino: no dice nada y cuan­do le leemos de nuevo, con desconfianza paisana se nos antoja que hubiese aven­tado burlonamente los indicios. Por suerte, el libro de Morley Roberts, las corres­pondencias publicadas y algunos testimo­nios indirectos establecen que la estancia donde nació Hudson estaba en tierras de Quilmes, sobre el arroyo Conchitas.
Volvamos pues al libro. Hudson lo abre contando cómo fue durante una enfermedad que le volvió vívidamente el re­cuerdo de su vida argentina y cómo, en intervalos, quedándosele la “visión”, cuan­do tenía fuerzas suficientes, se puso a bo­rronear, un día y otro, el relato que allí nos ofrece. Para nosotros y, sobre todo, en una primera lectura, toda hecha de impresiones fulgurantes, el libro parece haber sido hecho de un tirón, pues de un tirón se lee. Examinándolo, se encuen­tran diferencias. Todo lo que es pura y simplemente relato es nuestro, nativo, si no enteramente criollo por cierta aspere­za al juzgar los personajes, por una frial­dad burlona que no es la picardía de por aquí - maestra en descubrir lo ridículo - sí enteramente argentino en ese fervor por las horas soleadas, íntimo como une pereza. Esta fidelidad para con lo genui­no se percibe aún en aquellas páginas en donde el sentimiento se exhibe taraceado por la aptitud literaria: allí donde necesitaba exponer limpiamente para un público cuya mesura aristocrática prefiere lo anguloso a lo relleno. Es en otros capítulos, bien diferentes, donde Hudson no ha podido con el genio y ha puesto en los sentimientos de un mozo con más sensaciones que exámenes, toda su filosofía de la vida, elaborada en rumias de vejez. Al lector común se le escapa, sobre todo entre nosotros que no tenemos gusto por tales disecciones. Mas quien haya seguido la literatura inglesa en los años pasados o tenga tiempo disponible para perderlo en la lectura de alguno de los filosofadores que sobreviven a sus temas la escoria. Con que Hudson hubiese dejado sin razonar sus sensaciones, su libro sería sin tacha. Es desgracia de su edad, el creador desciende a análisis de sus creaciones. Ya lo he dicho en estas páginas y me permito recordarlo: el Hudson argentino es el mejor. Por sus contaminaciones de la época victoriana inglesa se debilita y, escarbando en sus recuerdos para encontrar la consolación de Boecio, las flores de estilo que nos ofrece, huelen a velorio. El maleficio de sus lecturas es indudable. (Puede verse mi artículo en el suplemento de letras de La Nación del 15 de abril de este año)
Aparte de tal examen objetivo su correspondencia nos confirma en esta discriminación de los dos Hudson, el estanciero argentino y el ciudadano londinense. Aquí me limito a un simple esbozo pues sólo necesito mostrar cuánto trabajó Hudson en su libro y cómo las páginas que más le hicieron sufrir fueron las que dedicó a exponer su filosofía de la vida.
El lugar de su “visión” fue el Hospital de San Miguel, Hayle, Cornwall. Había ido a Lelant a fines de 1915 pensando reponer su salud como huésped de la Ranee de Sarawnk, [2] pues esta dama de la singular familia de príncipes tenía grandísima estima por su talento. Empeoró y buscó un lugar donde internarse. El mejor, o el único según él mismo co­rrige, sin corregirse, era este de San Miguel y allí se fue refunfuñando todo el tiempo, hasta después de salir, no porque lo tratasen samaritanamente, sino porque era un hospital de la parroquia católica. El médico le ordenó reposo para sosegar­le el corazón. A los diez días le anuncia Hudson a su viejo amigo Morley Roberts [3] que ya puede escribir algún trabajo en cama.  A principios de marzo de 1916 había salido. Ni a Roberts ni a Garnett parece haberles escrito una palabra sobre su “visión”. Sin embargo, puede ser que alguna carta no haya sido publicada. Algo anticipó, pues desde su nueva residencia le escribe a Roberts el 20 de marzo: “En estos días he estado en correspondencia con un nieto del tirano Rosas, quien leyó un artículo mío sobre mis re­cuerdos infantiles de Buenos Aires en ‘The English Review’ y le interesaba”. Luego le da noticias sobre Manuelita. Por fin, en una carta de febrero de 1917 le anuncia a Roberto que ha estado tratando de hacer unos pocos capítulos y terminar la historia de su niñez y ado­lescencia, y en un capítulo breve que acabo de enviar para que lo escriban a máquina, trato de la emoción animista en la primera infancia, tal como yo la experimenté y como ese es un tema que le es familiar a usted, me gustaría que le echase un vistazo y me sofrenase si digo algo equivocado”. Roberts se precipita en el tema. Existe muestra sobrada de sus predilecciones: en su libro sobre Hudson lo ha tratado una y otra vez, pero no le basta y en la edición de las cartas agrega nuevas explicaciones. Es el borbollón de un temático. Hudson contesta: cambiará esto, comprende aque­llo, recuerda esto otro. Discuten con gravedad de tratadistas. Son hipótesis y el mismísimo Hudson las toma en serio. En la carta siguiente, a propósito de otra cuestión, Hudson está nuevamente, feliz­mente, en lo justo: se burla de la serie­dad estirada de algunos hombres de ciencia. Pasa un tiempo más sin referencias a su obra y a fines de junio de 1918 una carta atestigua que está revisando las pruebas del libro.
Algo de este silencio está salvado por las cartas a Edward Garnett.[4] Roberts y Garnett son dos amigos muy diferentes. El hijo del famoso bibliotecario del Mu­seo Británico se muestra fino cono­cedor de obras de arte. A principios de diciembre de 1917, Hudson le pide “una línea” a propósito del manuscrito del li­bro. A mediados del mes, otra carta: ad­mite que los capítulos medios le intere­sarán más a Garnett en el libro. “Pero el verdadero interés del libro está en el amor hacia la naturaleza y la vida silvestre”. Su mérito no está en el retra­to humano, dice. Al terminar enero, nue­va carta: ya se barruntaba la indicación de que escribiese nuevamente el primer capítulo y quizá uno o dos más. (No es cosa de suspicacia pensar que el fino crí­tico Garnett, famoso por sus traduccio­nes y estudios de los grandes escritores rusos, haya apuntado a los capítulos cuyo misticismo caduco, al modo literario infrapagano, amenguan el libro). Hudson le confiesa que está indeciso sobre la par­te final: se ve que artista; recelaba de su corazón. La historia del viejo gaucho escéptico le tortura, pues no sabe si de­jarla o suprimirla. Al final de tantas consultas ño sabe qué hacer. "Estoy dema­siado enfermo de ese capítulo final para revisarlo de nuevo ahora".
El libro se publica en septiembre de 1918. El éxito es clamoroso. El 22 de oc­tubre Hudson le escribe a Garnett: ha revisado las veinte o treinta columnas que le ha dedicado la prensa y le disgustan, pues no encontró ni un pensamiento. Robert Cunninghame Graham le envía, una carta entusiasta de diez a doce páginas y es de imaginarse cuánto podría decirle el “singularísimo escritor inglés” a quien está dedicado, así, en castellano, “El Ombú”. Lord Grey, [5] casi ciego, se ha­cía leer en voz alta el libro de su ami­go. De Norte América le llovían cartas. Hasta de Buenos Aires recibió una “de un hombre – dice - a quien conocí cuando muchacho. Eran seis hermanos, era gente rica, y solían visitamos, tres o cuatro de ellos a la vez, y se venían a caballo des­de su casa, que quedaba a unas ocho millas de la nuestra”.
SIR JAMES MACKENZIE-DAVIDSON [6]
En la correspondencia publicada no se comenta una carta que Hudson debió recibir en esos días. Era de un hombre ilustre de Londres; un argentino nativo que había sido creado caballero por S. M. Británica. Se llamaba Sir James Mackenzie-Davidson y era el más grande radió­logo del país. Hudson lo había conocido cuando niño y su carta le reveló que este famoso hombre de ciencia era el dueño de su estancia nativa. Se cartearon pero por muy poco tiempo, pues Sir James murió el 2 de abril.
Desde Penzance, [7] el 8 de abril de 1919, Hudson le escribe a Roberts preguntándole si alguna vez encontró aeste hombre” o si sabe algo sobre él. La necrológica del “Times” – le dice – es también corta. Parecería como que le enviase un recorte de algún diario. Le pide que si ve una noticia completa sobre él en el B. M. J. (British Medical Jounal) o en cualquier otra publicación, le haga él favor de hacérsela conocer. Apenas si, al final de la carta y luego en el índice analítico del libro, aparece el nombre e Davidson. “Tengo un curioso interés en él - le escribía Hudson a su amigo - y estuve en correspondencia con él hace unas pocas semanas respecto a ‘Muy lejos y antaño’ que había estado leyendo. Le conocí cuando niño y como su familia era de ‘Filisteos’ sin adulteración e iletrados, más bien no los queríamos, aunque se estaban haciendo muy ricos y agregaban millas de tierra a su estancia, que corría lado a lado con el campo de mi padre. Por cierto que cuando nuestra familia empobreció se desparramó y yo me vine, el padre de este hombre aprovecho y la oportunidad para comprar nuestro campo y este hijo heredó la estancia íntegra cuando murió el viejo, pero aunque allá era un hombre rico, parece que hizo su vida aquí con su trabajo como médico y sus investigaciones. Me dijo, cuando me escribió la última vez, que hacía muchísimo tiempo que no visitaba su propiedad. Dicho sea de paso ‘su’ estancia, la casa en donde nació era el monasterio de Santo Domingo del que habló en ‘El Ombú’, en el que vivían los monjes que siguieron al ejército británico para recoger cobijas. Ese río era el llamado Conchitas que dividía la estancia de Davidson de la nuestra. Me disculpo por molestarle por cosas tan triviales”. Si Morley Roberts las creyó triviales y no con­testó o si se perdieron las cartas con los comentarios ulteriores o sobre cuál sea la causa del silencio, nada sabemos. La vida de Davidson no era una vida trivial. Que Roberts no anote nada, él, tan cuidadoso, es raro. Debió saber algo de nuestro hombre, puesto que ambos pulseaban en los “Archives of Radiology”. Que Hudson llamase trivialidades a esas noticias es casi una prueba de lo mucho que le afectaban: sabemos muy bien: cuán grande era su celo, en la vejez, por ocul­tar cualquier muestra de debilidad. ¿Có­mo podían ser triviales las noticias sobre ese hombre que, a la vuelta de los años, había venido a heredar la estancia que él había descripto con amor enardecido?
He buscado, como buenamente pude, al­gunas noticias sobre este nuevo gran hi­jo de Quilmes. Los datos que ofrezco han sido tomados de las siguientes revistas: “The Lancet” (abril 12, 1919); “Archi­ves of Radiology and Electrotherapy (abril, 1919); “British Medical Journal” (abril 12, 1919), y “The American Jour­nal of Roentgenology” (julio, 1919) Me disculpo desde luego porque suprimo la descripción y elogio de algunos aparatos a que hacen referencia estarían fuera de lugar aquí.
Sir James Mackenzie Davidson nació en la estancia Santo Domingo en 1856. Se educó en la Scottish School de Buenos Aires. Estudió medicina en Edinburgo, Londres y Aberdeen y se graduó en esta última Universidad en 1882, dedicándose a oculista. Obtuvo ser asistente del profesor de cirugía, Sir Alexander Ogston, con lo cual se inició su experiencia didác­tica. En 1886 es cirujano oftálmico de la Enfermería Real de Aberdeen teniendo el mismo cargo en el Hospital Real de Ni ños. Entretanto, era profesor de oftalmología en la Universidad de Aberdeen con  grande éxito, pues quienes le conocieron afirman que era una maestro nato por sus dotes de conferencista y su interés inteligente en los estudiantes; hizo muchos discípulos. Aumentó su fama el hecho de haber aplicado a su trabajo de especialis­ta los métodos de asepsia recién descu­biertos. Inclinado a los estudios de física, experimentó continuamente, sobre todo, en óptica y electricidad. Así preparado por sus estudios, al enterarse de la publica­ción del trabajo de Roentgen en 1896, adi­vinó cuánto serviría en medicina y ciru­gía, y le hizo una visita al descubridor, en Wuerzburg. En seguida se dedicó al nuevo estudio, conseguidos, tras grandes dificultades, unos pobres elementos, entre ellas dos tubos Crookes.
Fue así el primero que publicó la fotografía radiográfica de un cálculo de la ve­jiga, en 1897. Su vocación le movió a de­jar Aberdeen, ya insuficiente, por la opi­ma [8] Londres. Fue su gran acierto. Los in­ventos vinieron unos después de otros. En 1900 en la “Roentgen Society” descri­bió un nuevo interruptor rotatorio a mer­curio que llegó a un uso casi universal y es conocido por su nombre. En la misma reunión describió un nuevo aparato, un es­tereoscopio fluoroscópico y llamó la aten­ción sobre su posible empleo en los méto­dos para examen de los pacientes. Ya en febrero de 1898, en la misma sociedad, ha­bía descripto su “localizador a hilos cruza­dos”, primer instrumento que permitió la localización radioscópica de cuerpos extra­ños en el organismo. De sus investigacio­nes radiológicas la que más le interesaba era la estereoradioscopía y tan grande era su fe en sus ventajas, que casi todos los exámenes que practicaba eran realizados con placas esteroscópicas. Muy en los comienzos de sus trabajos planeó todo el conjunto de un aparato de rayos X des­tinado especialmente para la localización “a hilos” y su último invento fue un nue­vo dispositivo localizador ideado especí­ficamente para la cirugía de guerra. Fue también uno de los primeros en trabajar con radium y fue él quien señaló como algunas formas de dermitis por rayos X se mejoraban con el tratamiento por ra­dium.
En 1916, fue nombrado radiólogo consul­tor honorario, para los hospitales del distrito de Londres, y se dedicó a ellos con pasión. Era cirujano consejero para la sección de rayos X en el Real Hospital Oftalmológico de Londres y del Hospital de Charing Cross. En 1912-1913, fue pre­sidente de la Roentgen Society of London y de la sección Radiología del Congreso Internacional de Medicina de Londres. Era uno de I03 escasísimos miembros ho­norarios de la American Roentgen Ray Society. Como reconocimiento a sus gran­des méritos fue creado caballero en 1912, de ahí el título de Sir. Uno de sus sucesores en la presidencia de la Roentgen Society al ocuparse de él en una nota ne­crológica, insiste en que las características de Mackenzie-Davidson eran la agudeza de su inteligencia y la tenacidad con que experimentó e inventó hasta el último día. Las revistas que digo traen testimonios entusiastas de varios discípulos y conti­nuadores. Los rayos X le dañaron y tras de sufrir varios años una dermitis tuvo que hacerse operar repetidas veces la ma­no derecha, pero no quiso abandonar sus investigaciones. A su muerte, sus amigos resolvieron hacer un llamamiento a los profesionales y al público para la erec­ción de una cátedra que llevase su nombre. El comité incluía los nombres de persona­lidades por demás conocidas: J. J. Thomp­son, A. Bonar Law, Stanley Baldwin.
Curioso caso el de que en esos cam­pos escasamente poblados a ambas már­genes del río Conchitas, en las estancias vecinas llamadas Los 25 Ombúes y Santo Domingo, nacieran dos argentinos famo­sos, hijo el uno de norteamericanos, el otro, según creo, de escoceses. Si son exac­tas las fechas publicadas, Hudson le llevaba a Davidson quince años. Por eso di­ce que era niño cuando le conoció. De vie­jos se cartearon, pero sin llegar a tratarse. Hudson debía sentir un recelo invencible hacia “este hombre”, no solamente porque fuese un especialista científico, tipo de mentalidad que le disgustaba, sino porque provenía de una familia de “filis­teos’'. En castellano carecemos de esta ex­presión usual inglesa, y remotamente ale­mana, de filisteo. Matthew Arnold, en su ensayo sobre Heine, define al filisteo como el enemigo obtuso, fuerte, obstinado, de la gente elegida, de los hijos de la luz.
En Hudson la tal palabra no tiene esa vi­rulencia, pues, cotidiana, se atenúa con el uso. No es únicamente a los Davidson a quienes se la asesta: la carta recibida de Buenos Aires cuando publicó su libro le recuerda a esos vecinos que eran “filisteos” y no parece que se trate de los Davidson sino de otros: “Gente de recursos – dice - que no tenía interés en cosas del espíritu sino en los pesos”. Quizá Hudson concibiese que también un sabio podría ser un filisteo, no sería el menos corrosivo de sus juicios.
A la verdad, Mackenzie-Davidson era más grande hombre que rico. La herencia de veinticuatro mil libras que dejó no es tan subida para un propietario inglés.  
Compilación, tipeado y notas Prof. Chalo Agnelli/2020
FUENTE
Diario “La Nación”, del domingo 23 de diciembre de 1928
Wilkipedia
NOTAS

[1] MAC DONAGH, Emiliano J. Naturalista, n. en Exaltación de la Cruz, provincia de Bue­nos Aires, el 11 de septiembre de 1896. Se graduó en el museo de La Plata de doctor en ciencias naturales. Ha publicado numerosos trabajos de investigación, de carácter docente y de divulgación, habiendo pronunciado conferen­cias en varias tribu­nas del país. Fue especia­lista en zoología de ver­tebrados, en especial en ictiología; pero también trabajó en insectos, aves, limnología y en cuestio­nes biológicas y ecológi­cas. Fue profesor suplen­te y luego titular de zoo­logía y entomología agrí­colas en la facultad de agronomía de la  univer­sidad de La Plata (1937- 1947); director general de escuelas de la provin­cia de Buenos Aires y parasitólogo en el Institu­to bacteriológico de la dirección general de hi­giene de la misma pro­vincia; profesor y jefe de la división zoología-vertebrados en el museo de La Plata (desde 1933); presidente de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales, titular de la Aca­demia Nacional de Ciencias de Córdoba, director del museo de La Plata (1947) – (Gran Enciclopedia Argentina - Tomo V - M-Ñ - Ed. Soc. Anon. Editores, 1959)

[2] Margaret, Lady Brooke, Ranee de Sarawak (9 October 1849 – 1 December 1936) fue la consorte reina del segundo Rajah Blanco de Sarawak, Charles Anthony Johnson Brooke. Publicó sus memorias, Mi vida en Sarawak, en 1913.

[3] Morley Roberts (29 December 1857 – 8 June 1942) fue un novelista inglés y escritor de cuentos, mejor conocido por The Private Life of Henry Maitland.

[4] Edward Garnett (1868-1937) fue un escritor, crítico literario y editor inglés de gran importancia en su época, que contribuyó de manera fundamental, por ejemplo, a la publicación de Amantes e hijos, obra de D. H. Lawrence.

[5] Edward Grey (25 de abril de 1862 – 7 de septiembre de 1933) fue un estadista británico del partido liberal y adherente del «Nuevo Liberalismo». Sirvió como ministro de asuntos exteriores desde 1905 hasta 1916. Probablemente es más conocido por su comentario el 3 de agosto 1914 en referencia al estallido de la I Guerra Mundial que “Las lámparas se apagan por toda Europa, puede que no volvamos a verlas encendidas en nuestra vida”

[6] Más datos sobre este científico quilmeño-inglés en “Nuevo Diccionario Biográfico Argentino” de Vicente Osvaldo Cutolo Vol. IV / L-M / Pp. 331y 332 y en Emiliano J. Mac Dogout “Sir James Mackenzie Davidson. Un argentino descubierto por Hudson” en. La Plata 1960, Pp. 69-77.

[7] Penzance o Pennsans es una localidad portuaria británica localizada en la península de Cornualles


[8] Opima (Del lat. opimus, fértil.) se aplica a lo que es copioso, rico y abundante.