martes, 18 de agosto de 2020

EL REGRESO EN LA OBRA DE G. E. HUDSON POR LA PROF. MARÍA ROSA MARIANI


Prof. Mariani
El 4 de agosto de 2015, en el ámbito de la Biblioteca Popular Pedro Goyena de Quilmes se celebró el "Día del Naturalista" establecido por la ordenanza municipal N° 12.369 del 14 de octubre de 2014, con un acto en el que participaron integrantes de la Asociación Amigos del Parque Ecológico Cultural, del Rotary E-Club del Conurbano Distrito 4915, miembros de la Asociación Historiadores Los Quilmeros y de la Asociación Cultural Sanmartiniana "Sable de Gloria" y socios, colaboradores y amigos.
 La profesora María Rosa Mariani dio una profunda y sentida disertación sobre el regreso de Hudson a su tierra, estas pampas, retorno que no fue, pero que se explicó reiteradamente en su obra. No pudimos evitar que esta hipótesis de María Rosa Mariani nos remitiera al esclarecedor libro de Lidia Castellini y Daniel Salvanescki,”Morel, presencia de un olvido”, un creador que, en cambio, eligió este suelo quilmeño para morir y los autores develan acertadamente, en una hipótesis perfecta su retiro del arte. Y cómo no relacionar “El Regreso” – si disgregamos mucho - con Don José de San Martín.
La exposición de María Rosa Mariani estuvo acompañada por una excelente realización visual. Trabajo que merece ser difundido (Chalo Agnelli)

EL REGRESO EN LA OBRA DE G. E. HUDSON

Prof. María Rosa Mariani
Exposición Bibl. P. Pedro Goyena
4/8/2015
“Los escritores son para sus lectores como pequeños nuevos mundos a explorar... ” afirmaba John Galsworthy en el prólogo de
la novela Mansiones Verdes (1904) de Guillermo Enrique Hudson. Un concepto que vuelve a cobrar vigencia en el Siglo XXI cada vez que se visi­ta. Su obra con el ánimo de disfrutar la prosa admirada por sus contemporáneos, redescubrir al naturalista, recuperar el retrato de su tiempo, desde las cabalgatas de niño en las Pampas y las excursiones a pie o en bicicleta por la campiña inglesa; y compartir su vida como ‘Viaje”. 
Comenzando con su autobiografía “Allá Lejos y Hace Tiempo” (1918), una mirada so­bre sus publicaciones “La Tierra Purpúrea” (1885), “Un Naturalista en el Plata” (1892), “Fan” (1892), “Días de Ocio en la Patagonia”(1893), “El Ombú” (1902), “Mansiones Verdes” (1904), “Aves del Plata”(1920), “Una Vendedor de Bagatelas” (1921); permiten descubrir un canto a la tierra natal desde la nostalgia que surge en tierras lejanas. En otros títulos, como “Una Edad de Cristal” (1887), “Ralph Heme” (1888), “Vida de un Pas­tor” (1910), “Aventuras entre Pájaros” (1913), “El libro de un Naturalista” (1918), “Pájaros de Ciudad y Aldea” (1919), y “Una Cierva en el Parque de Richmond” (1922), y “British Birds” (1896), “Birds of London” (1898), “The Nature in Downland ” (1900), “Birds and Man” (1901), “Hampshire Days” (1903), “The Land’s End” (1908), “Afoot in England” (1909), “Dead Man’s Plack” y “An Oíd Thom” (1920), que no cuentan con versión en español, “Hudson siempre recurre a pasajes en los que evoca aspectos de la Argentina y en particular de la pampa bonaerense y su naturaleza prístina”, poniendo de manifiesto el lazo inquebrantable que lo une a lo propio.
"Alla lejos y hace tiempo" de Ed. EDIBEER de Berazategui, con prólogo del Prof. Juan Carlos Lombán e ilustado por el Maestro Ludovico Pérez, quien obsequió a la biblioteca para ser sorteado un ejemplar de "El Ombú", también ilustrado por él.

OBRA QUE INVITA AL VIAJERO

Don Roberto
En cada aventura, el encuentro con la alteridad lo devuelve a sus raíces con crónicas tan emocionales que inspiran al lector a viajar a las tierras del Plata. Tan inspirador resultó su mensaje, que su amigo Sir Robert Cunningham Graham, otro naturalista aventurero, que le hubiera conseguido una pensión, realizó el viaje inverso para terminar sus días en las pampas. En el capítulo IX de Días de Ocio en la Patagonia, invita a la aventura de recorrer estas lejanas tierras, de internarse en el universo del naturalista y del ornitólogo, y por qué no decirlo del escritor, del artista, en definitiva al hombre: “…y si hubiese un lector que tiene otros ideales, que ha sentido que el misterio y la gloria de la vida inva­den su alma con curiosidad y deseo... a ese, le diría, "pruebe ir a la Patagonia. Es lejos para viajar, y en lugar de la suavidad de la isla de Madeira habrá “rusticidad”, pero cuán lejos van los hombres, a qué lugares agrestes, en busca de rubíes y lingotes de oro; y la vida es mucho más que eso.” 
LA NOSTALGIA POR LA TIERRA 
Y fue en 1926, cuando el Premio Nobel de literatura 1913, Rabindranath Tagore visitó la Argentina, que el pe­riodista que debía recibido, se sorprendió de que supiera tanto de las costumbres
de nuestros gauchos y de los pájaros, árboles y flores del Río de la Plata, que había conocido “leyendo a uno de sus autores favoritos, tal vez el más grande prosista universal de la época: el escritor argentino Guillermo Enrique Hudson”.
En una época en que viajeros irredimibles, amantes de pueblos y paisajes lejanos, junto a Rudyard Kipling y D. H. Lawrence habían impuesto en el público inglés de aquellos años, por distintos caminos; un gusto por lo exótico y un regreso a la naturaleza, el viaje se convierte en metáfora de su propia vida, y su prosa se convierte en una Serenata que aflora como sostiene Heidegger, desde el dolor, fruto de la nostalgia por la tierra natal 
LA NOSTALGIA POR EL PASADO PERDIDO 
Plantear la hipótesis de que la imposibilidad de retomar al hogar, que había abandonado en 1874, al embarcarse rumbo a Inglaterra sería la causa de tal dolor, de que la pobreza determino un exilio forzado que se postergó hasta su muerte, representaría una respuesta simplista. Si bien es real que logra en 1885, la publicación de su primera novela, “La tierra Purpúrea”, escrita diez años antes, que supo de la adversidad, de dormir en bancos de plazas; no es su nostalgia la la­mentación del desarraigo.
Su nostalgia es la de volver a un tiempo pasado que solamente se encuentra en él mundo natu­ral. Portador de “una nueva fe” según Galsworthy, promueve el “amor por la Perfección”, que solamente se encuentra en la naturaleza, es el único pasado que le interesa recuperar. En Un Naturalista en el Plata de 1892, evoca el paisaje con imágenes de las pampas sin alambrados, los pájaros en liber­tad, el respeto por los seres vivos.En ninguna parte del globo, la civilización ha escrito sus extrañas deformaciones con mayor que en esta enorme planicie. Frente a esta oleada de cambios que con tanta celeridad están ahora arrasando el viejo sistema, con todas las bellezas y dones que poseía, quizá fuera oportuno… " 
EL INGLÉS "CHASCOMUSERO" - CERCANÍA EN LA LEJANÍA 
Cada vez que se traslada en la aventura de captar la riqueza de las diferentes formas de vida, realiza un viaje inte­rior en que el uso de la lengua manifieste su arraigo a lo propio, a la tierra natal, concepto que no necesariamente obedece a coordenadas geográficas o parámetros espaciales.
Su “inglés chascomusero”, que Borges comentara en su ensayo El tamaño de mi esperanza con gran número de présta­mos lingüísticos, modificaciones morfosintácticas y semánticas, latinismos, etc., como “Get-out-if you-can river, para Río Salsipuedes; la expresión "he never had that I-know-not-what..." para nuestro “no tenía ese no sé qué”; o “Little mother of my soull”, para la típica expresión gauchesca “Madrecita de mi alma”, permite percibir la “cercanía” en la lejanía. 
UNA FILOSOFÍA DEL REGRESO 
En Inglaterra de a Pie esboza su propia filosofía del regreso y del arraigo, a partir del capítulo 2. “… seria justo advertir a aquellos
que quieren volver a visitar un lugar que les haya dejado un recuerdo agradable. ¡Qué pena! No podrán volver a experimentar esa sensación, ...Dejemos que la imagen o la primera impresión sea la que nos alegre.” “... volver a visitar lugares donde experimenté el más precioso placer me produce temor" 
REVISITAR UN LUGAR... Y BUSCAR A LOS VIEJOS AFECTOS 
No obstante sostiene que "Revisitar un pueblo o ciudad famosa, rica en numerosas bellezas y viejos recuerdos, tales como Batb o Wells, por ejemplo”... por ser centros que tienen una atracción permanente, permiten al trotamundos "volver a ellos una y otra vez sin dejar de encontrar en cada sucesiva visita algún fresco encanto o interés”. Cap 14. Pero el re­greso después de un largo intervalo, a un lugar donde se reveló tina belleza o un encanto inesperado... produ­ce tristeza cuando comenzamos a ‘buscar” a aquellos con quienes habíamos logrado relaciones de amistad. 
EL REGRESO CONVERTIDO EN SORPRESA Y DOLOR 
“La ilusión de que el Tiempo se detuvo esperando nuestro regreso”, se convierte “en sorpresa y dolor” cuando descubrimos que ya no están, "se convirtieron en extraños”, como le ocurriera a Ulyses, o nos ven como extraños. Una pérdida que "se siente aún

más en el caso de un regreso a un centro pequeño, un pueblo o una aldea donde conocíamos a todos, y esa intimi­dad produjo hasta la sensación de tener con todos lavaos de sangre”. 
En el Capitulo VII de Días de Ocio la historia de Damián, el fugitivo que después de veinte años vuelve a su pueblo, donde es un extranjero, donde nadie lo quiere, “dándose cuenta, quizás vagamente por primera vez, que nunca más podría ser como había sido en el pasado desvanecido”, se pregunta “¿Por qué no se ha quedado en el desierto?” y lo llama "¡Tonto!”.
DOS CASOS FELICES DE REGRESO AL HOGAR 
La reflexión sobre el regreso se convierte en su forma de expresión de la nostalgia, en la que la vuelta a la casa de la niñez, ocupa un lugar de privilegio. Reconoce solamente dos casos felices en que “el exilio o la partida del hogar sucede en una época tan temprana de la vida que no sobrevive en la persona ningún recuerdo - nada, solo una vaga imagen mental - del lugar”. Uno, el de un hombre de negocios que habiendo amasado una pequeña fortuna pudo volver a comprar su vieja casa, cosa que lo hizo muy feliz. Otro, era un nativo del distrito, hijo de un arrendatario de una pequeña granja, que se vio forzado a vender todo lo que tenía y emigrar a Australia cuando él tenía tres años de edad. “El sentimiento de pertenencia a su lugar de origen era muy fuerte en su padre”, que “su mayor deleite era sentarse al atardecer con sus hijos a su alrededor y contarles sobre el lugar donde había nacido y vivido durante tantos años”. Siempre supo que no po­dría descansar ni hacer planes para el futuro, hasta que "hubiera satisfecho el mayor deseo de su corazón y hubiera inspeccio­nado la imagen” del hogar “que había llevado en su mente por tanto tiempo”, y lo logró. Pero estas son excepciones.

El Maestro Ludovico Pérez la Prof. Cistaro, la Sra. de Casabona y por la Asociación Amigos del Parque Ecológico Cultural Hudson Atilio A. Martínez y Celia Carnovale

EL REGRESO AL HOGAR PATERNO 
Afirma que cualquiera podría escribir un libro “agradablemente triste” sobre el regreso, contando historias de sus amigos, o la propia. Y avanza en el debate sobre el sentido del retomo al hogar paterno, el arraigo a lo propio desde el reconocimiento de otras tierras y otros mundos que también le son propios, para revelar el sentido de su propia nostalgia. 
“Sabemos, porque la razón nos lo dice continuamente, que las imágenes mentales que se crean en la infancia son falsas porque niño y hombre tienen parámetros diferentes, y más aún la mentalidad infantil lo exagera todo. Sin embargo, esas imágenes persisten hasta que la escena u objeto almacenado en la memoria se vuelve a visualizar efectivamente, y entonces la vieja imagen se hace añicos, porque esas escenas fueron visualizadas en el ojo interior. La desilusión es casi la misma cuando volvemos al lugar que dejamos en la infancia o la adolescencia y simplemente lo miramos una vez más con ojos de hombre. ¡Qué pequeña es! ¡Cuánto más pequeñas se ven las sierras! Y los árboles que una vez crecieron a tan vasta altura, cuyas copas una vez parecieron una vez tan amplias y majestuosas donde nuestros pasos y voces infantiles sonaban como en un gran salón, ...¡Qué pequeñas y humildes se ven!... “¡Chicos, son muy pequeñas!"
La artista María Rizzo obsequia al presidente de la Asociación Amigos del Parque Ecológico Cultural Guillermo E. Hudson, Atilio Alfredo Martínez, un retrato del eximio escritor quilmeño.
UN VIAJE 
No es la imposibilidad de retomar al hogar la causa de su dolor, sino saber que ya no volverá a verlo como el día en que partió, que muchos de los afectos que dejó ya no estarán allí, o habrán cambiado tanto co­mo él, y prefiere conservar en su mente las imágenes que lo acompa­ñan y son fuente de la creación poética. Su nostalgia es la del arraigo, y cantar a la tierra natal desde tierras lejanas es su modo de estar arrai­gado y la expresión de su eterno retomo. Regresa en los temas, aventu­ras, personajes, flores, árboles y los pájaros, en las pampas y el Buenos Aires de su tiempo y en cada nuevo lector que lo descubre.
 Retrato de G. E. Hudson obsequiado a la Asociación Amigos del Parque Ecológico Cultural G. E. Hudson por la retratista María Rizzo

Prof. María Rosa Mariani
Compaginación Chalo Agnelli+
Comisión Administradora Bibl. P. P. Goyena

jueves, 6 de agosto de 2015

BIBLIOGRAFÍA
Arocena, F. (2000). De Quihnes a Hyde Park. Las fronteras culturales en la vida y la obra de W. H. Hudson, Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.
Clifford, J, TravHling cultures*, in L. Grossberg, C. Nelson and P. Treichler (eds.), Cultural Studies, New York, London, Rouüedge, 1992, p. 96-116.
Jurado, A. (1988). Vida y obra de W. H. Hudson, Buenos Aires: Emecé.
Martínez Estrada, E. (2000). El mundo maravilloso de Guillermo Enrique
Hudson, Rosario: Beatriz Viterbo.
Rocha De La Torre, A. (2009) Retomo al hogar y reconocimiento del otro en la filosofía de Martin Heidegger. (Actas del IV Coloquio Latinoamericano de Fenomenología). - pp. 659-672

GUILLERMO ENRIQUE HUDSON Y “AQUÍ CERCA Y NO HACE MUCHO”

domingo, 1 de diciembre de 2013

Monumento a Hudson en la plaza del Bicentenario de Quilmes.

Con un título que bien podría ser un oxímoron si se lo opusiera al “Allá Lejos y Hace Tiempo” hudsoniano o una paráfrasis que alude a la gran obra de nuestro mayor escritor gauchesco Aníbal César Goñi, cultor de la literatura anglosajona, escribió para el rotograbado de La Prensa esta ajustada y convincente página sobre la obra de nuestro Hudson (Realces en negrita y bastardilla del bibliógrafo Chalo Agnelli).
Monumento a Hudson obra de Jacob Epstein en Kensington Park de Londrés

AQUÍ CERCA Y NO HACE MUCHO
Por Aníbal César Goñi especial para La Prensa
Buenos Aíres, 8 de julio de 1962.
Habrá quien se pregunte si cabe decir algo más sobre William Henry Hudson. Empero, la pre­gunta estaría mal planteada porqué equivaldría a admitir la existencia a priori de juicios definitivos respecto a un hombre cuya compleja personalidad resiste todo “retrato”, incluso aquél te­ñido de afecto y comprensión que Morley Roberts [1] escribiera en 1924. ¿Algo nuevo relacionado Con su obra, enton­ces? Pero es que la labor de aproxima­ción a los escritores y a sus libros no se propone necesariamente revelar valores desconocidos, ni hacer un prolijo escrutinio textual, sino inducir a volver sobre aquello que en apariencia siem­pre estuvo allí, insistir en el discerni­miento de lo valedero y perdurable, recordamos que un gran arte es contemporáneo en cualquier época. Se tra­ta sobre todo de esa fidelidad a un patrimonio literario personal cuyas exi­gencias los años terminan por reducir a unos pocos libros, a los cuales retor­namos con la fruición que se siente al recrear una vivencia gratamente im­borrable. Y el acercamiento a la obra de Hudson tiene invariablemente la frescura del encuentro con un mundo que no deseamos olvidar. Acéptese, pues, el introito como jus­tificación de la actitud que se propicia: un parcial, por fuerza somero, descu­brimiento de quien se acerca fugaz­mente al hombre y a su producción co­mo a dos dimensiones que se proyectan “aquí cerca y no hace mucho”.
Si Hudson no hubiera escrito Vida de un pastor”, no tendríamos ese es­tupendo escenario de la vida humana y anima] que una narración simple, objetiva y fascinante nos entrega. Si no hubiese concebido “Una cierva en Richmond Park”, faltaría el documen­to reflexivo y profundo de una mente que, en lugar de hundirse en un crepúsculo senil, conseguía con el pasar del tiempo extraer mejores resonancias de sí misma. ¿Y qué decir de có­mo hubiéramos añorado la prosa des­criptiva de “Aventuras entre pájaros”, una historia del embeleso de los sen­tidos? Mas no sería posible imaginar a Hudson sin la obra más nuestra y más suya: “Allá lejos y hace tiempo”. (Es preferible esta versión del título en castellano. A la más literal, "Allá lejos y hace mucho tiempo” —como quiere Martínez Estrada— le falta la cadencia de lejanía pampeana que también posee el original.)
 Casa de la calle Saint Lukes, de Londres, donde vivió Hudson

LA INQUIETUD DEL RETOMO  
“Allá lejos...” supera la intención autobiográfica que busca consignar los años formativos, de un hombre sin­gular, para transformarse en una suer­te de clarísima visión retrospectiva, un compendio de experiencia, una explo­sión de nostalgia. Algunos ensayos y esbozos publicados en libros anteriores, hallaron en esta obra su exacta ubica­ción cronológica y luego se desperdiga­ron en posteriores creaciones, como im­pulsados por una inquietud de eterno retomo.
Jilguero cabeza negra. Acuarela de Gronvol de la serie de 22 que sirvieron para ilustrar el libro "Bird of La Plata"

“La tierra purpúrea’' es “fundamen­talmente criolla”, ha dicho Borges. Otro tanto podría decirse de “Allá lejos y hace tiempo”. No es poco sorprendente que Hudson, en parte un extranjero pa­ra nosotros como lo fuera también para la Inglaterra de sus abuelos, [2] nos entregara una “pasión argentina” tan auténticamente sentida, que “lleva por siempre indelebles aquellas asociaciones que evocan a su destinataria: el per­fume de las dilatadas planicies, los so­nidos todos de la campiña y las innu­merables criaturas vivientes que la poblaban. Pero además, “Allá lejos,..” es el retrato de una época; un vasto fresco donde las distancias languidecen en la monotonía de los cenicientos cardi­zales, que son el símbolo apropiado de una civilización orgullosa y agreste. La extraordinaria agudeza de observación del autor sabe damos, casi seguramente sin proponérselo, un certero análisis del alma nacional, ya en la estirpe violenta y taciturna que se templa en el duelo de pulpería, ya en los relatos del viejo Buenos Aires, esa ciudad de libros de colegio que de noche alargaba sus horas en la salmodia pausada del sereno, y de día escuchaba el parloteo de las ne­gras lavanderas junto al río.
Cuando en 1874 Hudson se embarca para Europa, lleva consigo una imagen deslumbrante de vastedad y de belleza que habría de condicionar el resto de su vida en Inglaterra. Sus compatriotas de sangre nunca aceptaron enteramente como a uno de ellos a este gigantesco inglés de nombre con mirada de gaucho, venido de otras latitudes y dispuesto a afincarse en la comarca de sus mayo­res a despecho de su animadversión por el hogar. “Odio los hogares”, escri­bía Hudson a Roberts el 5 de junio de 1900. “Participo de la idiosincrasia gi­tana que ama más el campo abierto que la casa”. Fue quizá la primera incongruencia de un amante de la naturale­za salvaje encerrado durante tanto tiempo en una casa obscura en una mísera calle de Bayswater.
Aquí tampoco necesitaba sentirse na­tivo. Su exquisita sensibilidad frente al mundo circunstante y su amor por todo lo creado tenían, en efecto, raíces inglesas, mas para que se dieran no era preciso territorio geográfico alguno; unos cuantos árboles, una bandada de pájaros y la humedad de la hierba, ha­brían bastado. Y sin embargo, ¿es acaso coincidencia que Inglaterra haya cobi­jado a los tres más grandes prosistas de la naturaleza? No hay tal coinci­dencia. W. H. Hudson, Gilbert White [3] y Richard Jefferies [4] poseían en mayor o menor grado esa sutil receptividad hacia el mundo natural - mezcla de fascinación y sobrecogimiento - tan marcadamente sajona; la misma apre­hensión emocional o artística de la na­turaleza que ha producido en distintos ámbitos literarios un Wordsworth, [5] un “Walden” o un Thomas Hardy. [6]
APROXIMACIÓN ESTÉ­TICA A LA NATURALEZA 
No corresponde al plan trazado esta­blecer un paralelo entre Hudson, White y Jefferies. Sólo cabe decir que de los tres, Hudson es el artista cuya aproximación a la historia natural es la más estética y la menos emotiva. No es fá­cil sorprender a Hudson en un acto de creación; muy rara vez se deja arras­trar por impulsos de apasionada elo­cuencia, a semejanza de los que Jeffe­ries pone en juego para expresar la intensidad de su sentimiento. El mundo sentimental de Hudson no trascendía casi nunca. “Estaba dotado de una en­cantadora y natural timidez respecto a las mujeres”, informa nuevamente Morley Roberts, y agrega: “Le aterraba la idea de que se publicara algo relaciona­do con su vida íntima”. No obstante, si bien hay una intimidad que per­manece desconocida, subsiste la con­vicción de que sus profundos afectos no eran para los hombres. “I was a worshipper of trees”, dice el autor en “Allá lejos...”, literalmente: “Era un adorador de árboles”. Los dioses de Hudson tenían hojas o tenían alas... La manifestación ejemplifica un arranque del don poético que siente y percibe más allá de la realidad externa; una comunión intuitiva de dos modos de ser que ningún panteísmo podría explicar satisfactoriamente. Sin duda había un sesgo primitivo, extrañamente genesíaco, en su amor por la naturaleza. La arrobada contemplación de lo creado lo perdía para el mundo; tornábase en­tonces una especie de animal solitario cuyo pulso latía al ritmo de la tierra.
La índole peculiar de su espíritu re­sulta asimismo consecuente en las refe­rencias y en las comparaciones. Los sí­miles de Hudson parten constantemen­te de la humanidad y terminan su pa­rábola frente al espejo de lo irracional, jamás a la inversa. Así, un grupo de jóvenes reunidos en el atrio de la igle­sia le recuerda una bandada de pechos colorados; la estridente barahúnda de las lavanderas trae a su memoria el al­boroto que producen multitudes de gaviotas, ibis, zarapitos, gansos y otras ruidosas aves acuáticas cuando se api­ñan en las lagunas pantanosas; para él, “la calumnia florece como el árbol de laurel”. Las citas abundan. Ningún protagonista humano en las obras de Hudson surge con la inconfundible rea­lidad que el autor confiere a las cria­turas inferiores. A menudo, un solo tra­zo es suficiente; la exacta descripción de un canto, el hábito singular de un roedor, la algazara de una nube de coto­rras, y las páginas se estremecen con la efervescencia de la vida. En cam­bio, inclusive el personaje de la madre en “Allá lejos y hace tiempo” está presentado con tan delicada circunspec­ción, que su verdadera dimensión a po­co se diluye en una imagen de rasgos simbólicos. Porque si bien persisten en la mente del lector la visión de la ma­dre sentada afuera a la hora del cre­púsculo, la intensidad del sentimiento que la unía con el hijo - nacido en parte de un similar éxtasis ante la crea­ción - y la firmeza de su fe religiosa, el autor no logra sino transmitirnos una presencia que configura el arque­tipo de la madre.
 Siete colores. Otra de las acuarelas de Gronvold para "Pájaros el Plata"
DEVOCIÓN POR LA VIDA 
Hudson poseía una rara penetración instintiva que lo facultaba para enten­der las diversas exteriorizaciones de la vida salvaje. Esta característica, poco corriente aún en el “naturalista rural”, va generalmente acompañada de una dosis de inhumanidad respecto al mun­do de los hombres. Así escribía Hud­son a Edward Gamett [7] el 10 de febrero de 1915: “Pienso que es una guerra bendita. Ya era tiempo que tuviéramos una que nos purificara de la degrada­ción y de la corrupción que son las consecuencias de una paz duradera”. Este juicio contiene un trastrocamien­to de planteos. En el escenario natural que entregaba los secretos a su intui­ción, el escritor asistía diariamente a la lucha sin pausa, al desborde vital que no admite otra ley que la supervivencia. El conflicto interminable es el tributo a1 primero de los instintos. Para Hud­son, la paz del campo era una osa­menta blanqueándose al sol; la crueldad de la guerra, tan sólo la afirmación de la voluntad de poder de la naturaleza.
W. H. Hudson sentía una devoción por la vida. La grave enfermedad que lo aquejara en su juventud y la reacción de su inocencia ante el enigma de la muerte, marcaron definitivamen­te el progreso de su espíritu. Al igual que Samuel Johnson, [8] la idea de la muerte le horrorizaba, pero lo que en Johnson era un temor supersticioso al más allá, en Hudson era el alejarse de un mundo maravilloso con el cual se consubstanciaba, el concluir para la única realidad que amaba antes de ha­ber satisfecho sus sentidos. No desecha­ba oportunidad alguna de salir al en­cuentro de la vida, y la hallaba don­dequiera. Nada juzgaba insignificante; era la suya una sensibilidad natural­mente poética que “partía del deleite para terminar en la sabiduría”.
 Tumba de Hudson y su esposa en el cementerio de Broodwater, Sussex, Inglaterra.
EVOCACIÓN DE LA NIÑEZ 
El amor que Hudson reservaba para las aves, ha inspirado páginas elocuen­tes, aunque ninguna de tan encantado­ra belleza como las que él mismo les dedicara. Pareciera que al hablar de los pájaros su lenguaje adquiriese un ran­go inusitado, una nueva percusión. Su estilo, de ordinario exquisitamente sim­ple, se nutre de brillantes cadencias musicales que los oídos retienen como si se tratara de poesía memorable. Pero con este autor la música es el resul­tado de la certera evocación de imáge­nes antes que el producto de una exuberancia prosística. Las oraciones flu­yen sobre una ringlera de adjetivos y se encadenan con la soltura de largos coloquios, mas como suele ocurrir con el estilo conversado, suena un tanto opaco y deslucido al leerlo en voz alta.
En su vejez Hudson gustaba que le leyeran pasajes de “Allá lejos y hace tiempo”. Su mente retomaba entonces a los lugares inolvidables de su niñez; el chicuelo que fue revivía el gozo de recordación ante el espacio abierto, se acostaba en el pasto cara al cielo, o sa­lía al galope tendido por los campos inundados de luz, al reencuentro de una revelación. El encanto evocador del libro no reconoce temporalidad. Cuando en él hallamos una parte común a to­dos nosotros, el contenido de experien­cia recreada está más próximo al mun­do del espíritu que las demás realida­des inmediatas.
No hace mucho que Hudson estuvo entre nosotros. Un ranchito bien cerca de aquí se llenó una vez con su pre­sencia. Siempre es oportuno recordar que el embeleso que seguirá transmitiendo a generaciones venideras, se ges­tó en las vastedades de nuestras pampas. En ellas aprendió a observar las manifestaciones visibles de la naturale­za, en ellas también adquirió concien­cia del enigma de la vida humana so­bre la tierra. Drama viviente que transcurre en el tablado de un universo con aspiraciones de eternidad, aspiraciones que Hudson satisfizo porque supo en­contrarlas en el tiempo. Él pudo decir con Jefferies:La eternidad es ahora. Yo estoy en medio de ella. Me rodea en la claridad del sol”.
Guillermo Enrique Hudson. Dibujo de Miguel V. Petrone.

Transcripción y detalles bibliográfícos Chalo Agnelli
Bibliógrafa Cristina Secco
Colaboración Ítalo Nonna
NOTAS

[1] Morley Roberts (diciembre 29, 1857 - junio 8, 1942) fue un novelista Inglés y escritor de cuentos, más conocido por La vida privada de Enrique Maitland.
[2] Como se sabe, los padres de Hudson eran oriundos de Marblehead, Massachusetts, Estados Unidos.
[3] Gilbert White, nació en Inglaterra el 18 de julio de 1720 y murió el 26 de junio de 1793. Fue un pionero en los campos del estudio de la naturaleza y la ornitología.
[4] John Richard Jefferies (6 noviembre 1848 a 14 agosto 1887) fue un escritor inglés de la naturaleza, conocido por su representación de la vida rural de Inglaterra en ensayos, libros de historia natural y novelas.
[5] William Wordsworth nació en Cockermouth en Cumberland, Inglaterra el 7 de abril de 1770 y murió el 23 de abril de 1850. Fue uno de los más importantes poetas románticos ingleses.
[6] Thomas Hardy nació cerca de Dorchester, Inglaterra, el 2 de junio de 1840 y murió el 11 de enero de 1928. Novelista y poeta superador del naturalismo de su tiempo.
[7] Edward Garnett(1868 – 1937) fue un escritor, crítico literario y editor inglés. Contribuyó de manera fundamental, entre otras grandes obras, a la publicación de Amantes e hijos del polémico, en su tiempo, D. H. Lawrence.
[8] Samuel Johnson nació en Lichfield, Staffrodshire, Inglaterra el 18 de setimbre de 1709 y murió en Londres el 13 de diciembre de 1784. Conocido simplemente como el Dr. Johnson, es una de las figuras literarias más importantes de Inglaterra: poeta, ensayista, biógrafo, lexicógrafo, es considerado por muchos como el mejor crítico literario en idioma inglés. Johnson era poseedor de un gran talento y de una prosa con un estilo inigualable.

“LAS HUELLAS DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON” DE MASAO TSUDA

 

martes, 12 de noviembre de 2013

Fotografía dedicada por Hudson a su hermana Mary Ellen.
El domingo 3 de noviembre de 2013 en EL QUILMERO se publicó “BUSCANDO A HUDSON ENTRE LOS PÁJAROS DE LONDRES, página tomada de un número del suplemento dominical "rotograbado" de La Prensa y ahora reproducimos una nota especial para ese periódico, publicada en la segunda sección del domingo 14 de octubre de 1962, bajo el título, “Guillermo E. Hudson y su sobrina Laura” de Masau Tsuda; capítulo que luego incluirá en su libro, “Las huellas de Guillermo Enrique Hudson (en el libro el nombre del autor figura como Masao) - que completa la bibliografía hudsoniana - editado en 1963. La Biblioteca Popular Pedro Goyena posee un ejemplar del mismo a disposición de quienes se interesen por la vida y la obra de este nuestro mayor escritor.

El libro incluye los siguientes títulos: Hudson, Garibaldi y el Almirante Brown”; “Hudson y su sobrina Laura”; “La casa natal de Guillermo Enrique Hudson”; “La casa nueva “Las Acacias”; “Porqué Hudson escribió sus obras en idioma inglés.
A continuación se transcribe el segundo de ellos - el mismo que se publica en La Prensa -  páginas que nos introducen en la vida íntima del autor de "Allá lejos y hace tiempo"; sus vínculos familiares, sus afectos y sus añoranzas humanas, fuera de la pampa insuperable:

 
 Reproducción de la carta autógrafa, enviada por Hudson a su sobrina Laura que se traduce a continuación:
Mí querida Laura: 
¿Qué se ha hecho de ti y del barco? No puedo imaginár­melo, pues no veo palabra de su llegada en los diarios.
Como estamos en las vacaciones de Pascua, Emily y yo iremos a la costa por cinco o seis días; pensamos regresar el 13 de abril. Entretanto, si llega alguna carta o telegrama tuyo nos lo enviarán y lo tendremos en unas 24 horas.
Me estoy inquietando al no saber nada de ustedes, ya que dijeron que estarían en Marsella el 30 de marzo.
Hasta pronto, con cariños de los dos para los dos. [1] 
W. H. Hudson

Mary Hellen Hudson de Denholm, hemana menor del escritor y su nieta Violeta Shinya
Esta carta - traducida del inglés y que se publica por primera vez - la escribió Hudson en 1908 a su sobrina Laura, última hija de su hermana Mary Ellen, con quien mantenía frecuente correspondencia. A través de sus car­tas vivió la alegría del casamiento de Laura y recibió la agradable noticia de su visita a Londres, adonde llegaría en viaje de luna de miel, los primeros días del mes de abril. La carta a Laura expresa su ansiedad por verla; estaba impaciente pensando que aún no habrían resuelto salir de Buenos Aires.
No sé por qué causa los hermanos Hudson no eran uni­dos. Guillermo Enrique estaba alejado de su familia; así lo dice en su carta a Cunningham Graham “... Tengo allí hermanos y hermanas y otros parientes, pero no puedo decir si viven o no…” [2] 
Con su hermana Mary Ellen, sin embargo, sucedía todo lo contrario; la quería entrañablemente y la recordaba con ternura. En sus libros Far away and long ago y Book of a Naturalist, la menciona muchas veces con cariño. Es muy posible que ya desde pequeños haya existido más afi­nidad entre ellos. En su autobiografía, Hudson habla de la poco afectuosa actitud de sus hermanos mayores, que siempre trataban de alejarlo, y destaca en cambio la com­prensión de Mary Ellen y de Albert, con quienes jugaba amigablemente. Además, Guillermo y Mary Ellen amaban las bellezas naturales y los pájaros y este sentimiento co­mún los acercaba aún más. Lo apreciamos en su carta a Cunningham Graham, cuando le escribe ... Con frecuencia recibo cartas (y tarjetas postales) de mi hermana, que ahora viven en Los Molles, [3] San Esteban, en Córdoba, entre las sierras y rodeada de bosques, donde está reanudando su conocimiento de los pájaros que en una época eran comu­nes en Buenos Aires, y de otros nuevos para ella, como el mirlo argentino. Sus cartas me hacen morir de deseos de estar en un lugar semejante...”
 Laura y su esposo Shinya (fotografía obtenida en Tokio el 21 de octubre de 1908)

Mary Ellen valoraba y agradecía el amor y la compren­sión de su hermano Guillermo, quien entendiéndolo así, tra­taba de animarla sabiendo que su matrimonio había fraca­sado y que eran continuos sus sinsabores y tristezas. En verdad, Mary Ellen no había sido una esposa feliz. Casada en Buenos Aires con un escocés llamado Tomas Denholm, vivió dedicada a sus ocho hijos, un varón y siete mujeres, a quienes cuidó con cariño y abnegación.
Denholm, hombre poco afecto a la vida hogareña, eludía sus obligaciones de padre, desapareciendo esporádicamente, hasta que un día resolvió abandonar su casa para no regresar. Dolorida y avergonzada, Mary Ellen, pensando en sus ocho hijos, pidió a su hermano Guillermo que la acon­sejara. Sintiendo de cerca la amargura y comprendiendo su elevado espíritu de resignación y su fortaleza moral para resistir sola y olvidada de su marido todas las desgracias que le habían ocurrido, Hudson la ayudó a rehacerse y le insistió en que se trasladara a la Casa de Conchitas [4] (donde nacieron todos sus hermanos), que entonces estaba vacía.
Después que Mary Ellen y su familia se fueron a Conchi­tas, Guillermo (que vivía en Buenos Aires, en casa de un amigo situada en la calle Bolívar 344), los visitaba a me­nudo, pues le encantaba pasar con ellos el fin de semana, precisamente allí donde él se dedicaba a sus estudios, donde guardaba celosamente sus libros, sus recopilaciones y su material precioso de ornitología. En 1874, cuando Hudson viajó a Inglaterra, su hermana aún permanecía en Conchi­tas. En su carta a Albert, le decía: “…Después de leerla, trata de hacer llegar esta carta a Conchitas. a la señora Denholm; le llevará quince días para leerla, muy proba­blemente…” [5] 
Sin que se pueda precisar cuándo, Mary Ellen y sus hijos se trasladaron a Córdoba, donde nadie los conocía. Fue un triste día de verano, en que las aguas del río le llevaron a su único hijo varón. Esta pérdida le causó un enorme sufrimiento. Parecía destinada a padecer los más grandes dolores, pues al año siguiente una horrible epide­mia le quitó seis de sus hijas. Laura logró salvarse milagro­samente. La inmensa angustia de Mary Ellen encontraba alivio en la existencia de su hija menor y ella sentía que el caudal de cariño de su madre, naturalmente, crecía día a día.
Después de la instrucción primaria de Laura, Mary Ellen resolvió volver a Buenos Aires. Cerca de Plaza Italia, alquilaron una casa, en la calle Thames 2440. Como dispo­nían de pocos medios, Laura, que había finalizado sus es­tudios en el “North American Normal School”, daba clases particulares de idioma inglés. Las obligaciones aumentaban y era necesario afrontarlas. La idea de establecer un pen­sionado para jóvenes ingleses y norteamericanos fue una solución muy acertada, pues en verdad, resultó de gran utilidad el conocimiento de inglés que ambas poseían.
Un gran amigo de la casa, el señor Hogg, que era gerente general del Banco de Londres y Río de la Plata, se había manifestado con entusiasmo, en varias oportunidades, en reunir jóvenes que quisieran ingresar en la Asociación Cris­tiana de Jóvenes. Esta situación le permitió presentarle a la señora Denholm a ingleses y norteamericanos interesados, y a un asiduo concurrente japonés llamado Yoshio Shinya. [6] 
El señor Hogg los recibía casi todos los fines de semana en su casa-quinta y en esas reuniones Laura era el centro de todas las atenciones. Los jóvenes la agasajaban sin sos­pechar que sus sentimientos yá estaban comprometidos, pues Yóshio Shinya la festejaba. Bien pronto Laura hizo saber a su madre su noviazgo con Yoshio y su propósito de casarse con él. El señor Hogg, que simpatizaba mucho con Yoshio y quería muy bien a Laura, fue el primero en recibir de Mary Ellen, muy emocionada, esa agradable noticia. El 21 de noviembre de 1907, en la Iglesia Metodista de la calle Corrientes 718, se casaron Laura y Yoshio. El señor Hogg fue el padrino.
Aun lejos, Hudson vivía cerca de su hermana. Sus cartas así lo expresan. Trataba de ayudarla alentándola y no olvi­dando a Laura a quien nunca dejó de enviarle los tradicio­nales regalos de Navidad y de cumpleaños. Mary Ellen tenía el privilegio de leer las obras de Hudson en libros que él le enviaba cariñosamente dedicados y en cuanto aparecían publicados.
Laura se había casado ya. Una vez más Mary Ellen añoró la ausencia de Guillermo; sólo él hubiera podido comprender que sus sentimientos de alegría y tristeza a la vez, eran tan justificados. Deseaba con vehemencia que Guillermo viera a su sobrina querida. Pensó en el viaje de luna de miel de Laura y Yoshio; ellos le habían hablado de viajar a Japón, pues Yoshio quería visitar su país. Mary Ellen no vaciló en pedirles que incluyeran Londres en su itinerario. Laura, más que nadie, sabía lo que ese pedido significaba y se apresuró a cambiar los planes, accediendo así a la voluntad de su madre, con el mejor consentimiento de Yoshio. El viaje a Japón lo harían en otra oportunidad, pues ya habían resuelto ir directamente de Buenos Aires a Londres, embarcándose en el “S. S. Urakina” para llegar a destino el día 22 de julio. Este cambio postergó la prime­ra fecha que habían fijado para la partida y ante la falta de noticias por inconvenientes en las comunicaciones, Hud­son, preocupado, le escribe a Laura la carta que encabeza este artículo.
Durante su viaje, Laura escribía diariamente a su madre las impresiones recibidas. Sólo las partes relacionadas con Guillermo E. Hudson son las que transcribo a continua­ción. (Las cartas originales están escritas en idioma in­glés).
A bordo del “Urakina” (frente a la costa de Inglaterra)
“Lunes 20. Queridísima mamá: Hoy estamos en Plymouth. Te en­vío mi carta o diario de 24 páginas. No pudimos desem­barcar, de modo que la despachamos y certificamos a bor­do. Espero que la reciban sin inconvenientes. Mañana hará ocho meses que nos casamos, por lo que pienso lo lindo que sería que pudiéramos cenar en tierra y en el corazón de Londres. Desde Plymouth telegrafiamos al Hotel Morley, de la calle Trafalgar, para reservar habitación; sin­ceramente deseo que tengan una, pero alguien a bordo dijo que era difícil debido a la Exposición. Escribiré al tío William en cuanto vea si conseguimos algo en el Morley. Ten­go muchos deseos de verlo. Espero poder encontrar algo en él que me recuerde a ti….”
“Hotel Morley, Plaza Trafalgar, Londres, W. C.
Julio 22. Miércoles. Bueno, por fin estamos en el real y mismísimo Londres. Ayer, a eso de las dos de la tarde, anclamos en el Támesis frente a Tilbury y vinimos a Lon­dres en tren especial en una hora de viaje - cuando los hombres de la aduana subieron a bordo, acabaron con él equipaje y partió el tren, eran las cuatro -  de modo que llegamos al hotel a eso de las seis menos diez. Estábamos cansados y con hambre, ya que no habíamos tomado el té, de modo que lo pedimos en cuanto llegamos, pero antes de tomarlo le cablegrafiamos: ‘llegamos’; debe de haberlo recibido a eso de las seis de la tarde; espero que así sea. Después de cenar salimos a caminar un poco por la ribera. Lo primero que me impresionó de Londres fue su aspecto sucio; ¡ah! si pudieras ver solamente los hermosos edi­ficios, pero, ¡todo negro! Escribí al tío William antes de cenar y esta mañana, al desayuno, recibí un telegrama suyo diciendo que vendría a las 11.30. Bueno, salimos y dimos una vuelta; después fuimos al Consulado del Japón y volvimos, y lo encontramos esperándonos. Es muy, muy agradable. Se parece mucho a sus fotografías, sólo que se lo ve más viejo y más triste; él dice que se conserva igual, pero da la impresión de que está sufriendo continuamente. Habla lento y bajo y uno creería que tiene ‘fatiga* sola­mente. Pienso que es su modalidad.
Preguntó mucho por ti, hasta cómo estabas y si tenías el cabello gris. Dice que su libro [7] fue muy bien recibido y que lo que dijo en él de la crueldad con los pájaros en Cornualles ha traído como consecuencia una ley aprobada por el Parlamento para protegerlos allí y que es la primera vez que un libro ha sido causa de que las Cámaras aprobaran una ley. 
¡Imagínate qué honor para él, y sin embargo uno lo ve tan tranquilo y casi humilde! Iremos a verlo esta tarde - somos como la realeza, devolvemos las visitas el mismo día -; nos pidió que lo hiciéramos para conocer a la tía Emilia; ¡quién sabe cómo me llevaré con ella!; espero que bien. El tío nos explicó cómo llegar a su casa y nos dijo que quedaba como a seis millas, dos leguas, agregó. To­davía no tenemos el baúl con el mate y las cosas, pero le dijimos que tú habías mandado algunas y rió, diciendo que temía haber perdido el gusto de tomarlo…”
“Jueves 23. Ayer a la tarde fuimos a lo del tío William y parece que era el día ‘at home’ de la tía Emily; había otras personas. Es pequeña, blanca y fea, y más bien des­cuidada en su apariencia. Habló sólo unas pocas palabras conmigo; luego se dedicó a sus otras visitas, y el tío nos atendió. Antes de irnos nos hicieron prometer qué iríamos a almorzar hoy. Volvimos bastante tarde anoche, cenamos y fuimos a visitar a los Sharpers.
Esta mañana fuimos a la Abadía dé Westminster. Fue, simplemente hermoso (pero te contaré todo esto a mi re­greso). De allí fuimos a lo del tío William y me hice una opinión mejor de tía Emily, que la de ayer. Los dos son muy amables. El tío estaba muy contento con el mate. De allí fuimos a la Exposición Franco-Británica donde echa­mos un vistazo y vimos algunos de los juegos olímpicos. Era muy linda pero bastante cansadora porque hacía mu­cho calor...”
“Hotel Morley, Londres.
Martes 28. Queridísima mamá: Es tardísimo pero te diré solamente lo que he hecho hoy. El tío William vino otra vez esta tarde. Creo que disfruta estando con nos­otros; se fue alrededor de las 6.30, justo a la hora en que vino Betty...”
Miércoles 29. Nos levantamos a las 8 esta mañana y fuimos a Paddington a encontrarnos con el tío. Después que llegamos a Windsor recorrimos todo el Palacio y las habitaciones reales; entonces tomamos un carruaje y atra­vesamos el parque hasta un lugar llamado Virginia Waters. El panorama era muy hermoso y yo gocé de veras estando al aire fresco. Almorzamos en un lugar, una po­sada antigua en el Parque, y luego fuimos al lago; el cochero nos dijo que llevaría media hora, pero ¡ah!, fue tremendamente largo; caminamos y bien rápido durante más de una hora, así que cuando tomamos el coche otra vez, yo estaba simplemente molida. Después de llegar a la estación tomamos el té y luego el tren para Londres, adon­de llegamos a eso de las 6 de la tarde. Nosotros hu­biéramos querido oír cantar a la Melba. Está aquí en el Gran ópera, así que una. vez en Londres fuimos allí a sacar las entradas. ¡Las más baratas que habían quedado costaban una libra y un chelín!, naturalmente no sacamos, era demasiado caro para nosotros, de modo que volvimos al hotel atravesando Covent Gardens y compramos una libra de cerezas - se consiguen tan hermosas, tan baratas - nos desvestimos, nos recostamos y comimos cerezas. Estábamos los dos tan cansados que nos dormimos y tuvimos que apu­rarnos a vestirnos para cenar a las 8...”
Jueves 30, 21.45. Acabamos de volver de despedir al tío y a la tía Emily. Hoy, cuando estaba escribiendo, apa­reció Winnie; es la primera visita que me hace ya que está en el teatro de operaciones. Telegrafió que vendría, de modo que apareció alrededor de las 11; almorzó y tomó el té con nosotros; ha cambiado muchísimo pero to­davía es bonita. Justamente cuando empezábamos a tomar el té, un tal señor Morris - a quien Yoshio había cono­cido a través del editor del Morning Post - entró y se unió a nosotros. Es un hombre muy interesante, uno de los empleados principales de la Embajada Japonesa y también autor de varios libros que ha escrito sobre el Japón. Ha sido muy amable y atento con nosotros. Habíamos prome­tido estar en lo del tío William a eso de las 5.30 pero lle­gamos allí como una hora más tarde. El tío tenía los dia­rios y también tu tarjeta postal, y yo espero, mamá que­ridísima y que puedas arreglarte para conseguir a esa gen­te o alguna otra, y que estés cómoda hasta que volvamos a casa. Estoy segura de que disfrutaré con los diarios; los leeré después que esté en cama. No nos mandes más dia­rios mamá, porque cuesta demasiado el franqueo; en cuan­to lleguemos al Japón [8] tendremos La Razón, así que no nos mandes más y gracias por los que nos enviaste. Tía Emilia ha estado todo el día con dolor dé cabeza, por lo que no nos quedamos mucho, pero tío William insistió en que cenáramos con él en un restaurante. ¡Pobre tío William!, habló de toda la vieja gente de Buenos Aires. Creo que sen­tía despedirse de nosotros. Dijo que te estaba escribiendo y me preguntó si tendrías interés en más novelas y yo dije qué sí, que estaba segura que estarías encantada...”
Recuerdo que un día, hablándome de Guillermo E. Hudson, el señor Yoshio Shinya me dijo: “Es muy probable que yo sea el único japonés que haya visto y tratado a Guillermo E. Hudson. Fue al verlo por primera vez en Londres, cuando me asombré de la fidelidad de las fotografías que me habían enseñado. Era igual. Su rostro definía muy bien los rasgos de los Hudson. Tenía buena figura, muy alto y quizás un poco encorvado; recuerdo que para hablarme se agachaba debido a mi estatura. (Y. Shinya era de una estatura un poco más baja que la normal de los japoneses) Nunca podré olvidar el amor y la ternura que demos­traba por Laura. Era tan expresivo en su afecto, que yo me sentía conmovido y confieso que llegué a mirarlo con lágrimas en los ojos. Laura era para Hudson el reflejo de su querida herma­na, y varias veces nos manifestó que le parecía que ha­blando con ella, lo hacía también con Mary Ellen. Nuestra permanencia en Londres le absorbía su valioso tiempo, pero él era feliz haciéndonos conocer la ciudad, acompañándonos a hacer compras, organizándonos paseos, en fin, atendiéndonos siempre. Laura y yo decidimos hablar en inglés, sabiendo que tía Emilia no entendía el castellano. No obstante nuestro propósito, era evidente que habíamos despertado en Hudson los recuerdos de sus años transcurridos en la Argentina, pues él insistía en hablarnos en castellano. Fue así como tía Emilia se vio privada muchas veces de participar en nues­tras conversaciones. Recuerdo el día que muy emocionado nos recitó el poe­ma de Domínguez; fue, en verdad, uno de los tantos gratos momentos con que nos obsequió durante nuestra visita. Realmente Hudson no podía ocultar su amor a la Ar­gentina. Sus ojos se tornaban brillantes de alegría cuando hablaba de Buenos Aires, de sus lugares, de sus calles, y sus definiciones eran tan exactas, que ciertamente me llamó la atención su memoria prodigiosa”.
Mary Hellen y su nieta Violeta Shinya
De regreso a Buenos Aires, Laura y Yoshio rogaron a Mary Ellen que viviera con ellos en la nueva casa que ocu­paban en la calle Beruti 1033. En el año 1910, Laura era madre de una niña, Violeta, quien desdé muy pequeña recibió el cuidado y el amor de su abuela, debido a la salud precaria de Laura. Violeta encontró en Mary Ellen la mis­ma ternura de su madre. Al año siguiente viajaron las tres a Córdoba, a Los Cocos, donde residieron hasta 1915, año en que falleció Laura. 
Mary Ellen y su nieta, volvieron a Buenos Aires. Cam­biaron de domicilio, mudándose a una casa situada en la calle Teodoro García 2995. Allí es donde el 23 de agosto de 1919 dejó de existir Mary Ellen. Cuando Hudson recibió el telegrama que le comunicaba esa triste noticia, se apre­suró a escribirle a Yoshio Shinya una carta en la que le manifestaba su gran pesar, diciéndole que esa dolorosa noticia era un golpe muy rudo que recibía en su vejez. Sin embargo, le reconfortaba pensar que su hermana había amado a la naturaleza, y Hudson tenía la convicción de que quien ama a la naturaleza vive eternamente feliz.
Guillermo Enrique Hudson parecía predestinado a vivir sin el calor de su familia. A la edad de 17 años perdió a su madre y a los 26 a su padre. En el lapso de pocos años, fallecieron sus hermanos. En su vejez, a los 78 años, sufrió la pérdida de su hermana más querida, Mary Ellen, y dos años más tarde, en 1921, la de Emily, su mujer. Al año siguiente, el 18 de agosto de 1922, se apaga la existencia de Guillermo E. Hudson. En el momento de su muerte, na­die se encontraba a su lado. Masao Tsuda

Del capítulo “Hudson, Garibaldi y el Almirante Brown”. Casa del Alte. Brown donde residió sus últimos años. En su frente pueden observarse los dos cañones que dieron motivo a la denominación con que Hudson hiciera referencia a la misma.


Del capítulo, “La casa natal de Guillermo Enrique Hudson” interior de la casa natal de Hudson durante la ocupación temporaria por parte de una familia tucumana. 

 Del mismo capítulo la casa natal de Hudson antes de su restauración

Plano esquemático de la ubicación de la casa de Hudson en la estancia Vitel, "Las Acacias" de la familia Gándara.

Frente y vista posterior de la presunta casa de Hudson en la estancia Vitel de la familia Gándara, tema que se desarrolla en el capítulo “La casa nueva, Las Acacias”

Masao Tsuda fue embajador del Japón en Argentina (1954), presidente de la Asociación Hudsoniana de Tokio junto a la Asociación Amigos de Hudson en Argentina realizó gestiones para rescatar la estanzuela “Los 25 ombúes” de los intrusos. 
Había visitado por primera vez la Argentina en 1941, precisamente el año en que se cumplía el centenario del nacimiento de Hudson.
Una circunstancia ajena a él le generaron problemas con el gobierno Argentino, que tras la presión que los Estados Unidos hicieron al dictador Pedro Pablo Ramírez (1943-1944), el gobierno de facto debió romper relaciones diplomáticas con los países del Eje (Alemania, Italia y Japón) el 26 de enero de 1944 y les declaró la guerra el 27 de marzo de 1945 - cuatro meses antes de que finalizara la misma - bajo la presidencia del dictador Edelmiro Farrell. Tsuda por el hecho de ser japonés y director para América del Sur de la agencia de noticias japonesa Domei fue detenido por breve lapso de tiempo pues la inmediata intevención de numerosos intelectuales argentinos le devolvió la libertad.  
En 1957 la provincia de Buenos Aires crea el Museo y Parque Evocativo Guillermo Enrique Hudson por Decreto N° 7.641 con dependencia de la Dirección de Museos, Reservas e Investigaciones Culturales. A partir de 1991 las gestiones de la profesora Violeta Shinya - sobrina nieta de Hudson e hija de un japonés - fructifican y se recibe la primera partida de las generosas donaciones gestionadas por Masao Tsuda y el embajador Yoshio Fujimoto, de distintas empresas y la Asociación de Amigos y lectores de Guillermo E. Hudson del Japón. Se inicia la ampliación de tierras del Museo en dirección al arroyo las Conchitas. En 1996 se obtienen donaciones de organismos internacionales de Japón y de la Fundación Lloyds Bank.
  Compilación y notas Bibliógrafo Chalo Agnelli
FUENTES
http://edant.clarin.com/diario/96/09/28/T-03201d.htm
 
NOTAS

[1] Traducción del autor.
[2] “W. H. Hudson’s letters to R. B. Cunningham Graham”. The Golden Cockcrel Press. 1941 pp. 28-29. letter.dated April 17, 1894.
[3] Hotel Los Molles, propiedad de un señor inglés de apellido Baxter, situada en Los Cocos, San Esteban, Córdoba
[4] Al referirse a su casa natal, hablando Hudson de su “casa de Conchi­tas”, no la ubicaba como la “casa de los 25 Ombúes”. Esto trajo alguna vez su confusión. Cuando el Cónsul de los Estados Unidos en Buenos Aires, en 1865, lo recomendó al Smithsonian Institute, Hudson, cumpliendo con los requisitos de la solicitud de empleo, envió sus datos personales a esa entidad. Enterado el secretario del Instituto, doctor Spencer Fullerton Baird, escribió al cónsul americano, diciéndole que no le había sido posi­ble encontrar en el mapa un lugar que se denominara “Conchitas”.
[5]W. H. Hudson’s Diary concerning his voyage from Buenos Aires to Southampton on the Ebro” Westholm Publication. Hannover New Humpshire p. 34
[6] Yoshio Shinya fue uno de los primeros japoneses que vinieron a la Argentina. Llegó en el año 1900 a bordo de la Fragata Sarmiento. En 1893 se celebró entre la Argentina y el Japón un convenio comercial. El gobierno argentino envió la Fragata Sarmiento al Japón para exteriorizarle su simpatía. Enterado de que se necesitaba un mozo, Shinya se presentó al Capitán D. Onofre Betveder para ofrecerse. .Tenía entonces 16 años. Al llegar a Buenos Aires, resolvió permanecer algunos meses en la casa del capitán. Estudió intensamente, ingresando a la escuela normal y continuó sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Posteriormente se destacó por sus inquietudes en bien de los japoneses residentes en la Argentina. Fue presidente de la Asociación Japonesa en la Argentina y durante muchos años se distinguió como corresponsal, colaborando en diarios japoneses y en “La Prensa” y “La Nación”. Murió en Buenos Aires en el año 1954.
[7]The land’s end”.
[8] Viajaron a Japón desde Londres, vía EE.UU.