jueves, 23 de junio de 2011

UN RELOJ PARA LA CATEDRAL DE QUILMES

de José A. Craviotto y
César Barrera Nicholson
E
l primer reloj utilizado por el hombre fue el sol, que con la sucesión de luz y oscuridad, dio la primera unidad de tiempo conocida, el día.
La vida tranquila y plácida en el viejo Quilmes estaba reglada por aquella medida de tiempo, el día, fraccionado en partes, determinadas por los toques de campana de la vieja iglesia; de ellos, el más importante el de ánimas, mencionado en viejos papeles al referir algún suceso antes o después del mencionado toque.
Creadas las municipalidades en 1856, e iniciada así en Quilmes la era de progreso, dete­nida en los 20 años anteriores, bien pronto perdió la aldea su fisonomía colonial y la placidez y tranquilidad con que se había vivido hasta entonces, interrumpida  por los "vivas" y  "mueras” de reglamento.
Un dinamismo inu­sitado se notó en sus nuevas autoridades, an­siosas de mejorar las condiciones urbanas y rurales, totalmente atrasadas en aspectos edilicios, educacionales, etc.
Las calles tuvieron luz que las iluminara y recibieron nombres propios; la Municipalidad, el Juzga­do de Paz, la Casa Parroquial y el viejo templo de 1828, funcionaron en nuevos edificios, o en los anterio­res totalmente refaccionados; el vie­jo Cementerio contiguo a la Iglesia fue trasladado a las afueras, sobre la barranca actual del Hospital; la plaza principal, llamada "del 25 de Mayo', y después de 1862 "de la Constitución", fue sembrada con al­falfa, rodeada por cadenas "sosteni­das en elegantes postes", decía Don Tomas Flores, adornos que, junta­mente con 4 faroles, varios pinos y paraísos, así como con la persecu­ción tenaz a las hormigas, habían transformado totalmente al antiguo y abundante cicutal de los años anteriores.
Se persiguieron a muerte las vizcachas que retozaban en el antiguo cementerio; fueron cortados de raíz esos ombúes de lo de Maldonado, hoy esquina Mitre y Alsina, al par que varios de ellos, que crecían muy orondos fuera de la vía pública pasaron a ser albergues de las diligencias, cuyo servicio se acababa de inau­gurar; los caminos más importantes fueron abovedados, cubiertos por conchilla y provistos de puentes en los lu­gares que así lo requerían, y, símbolo del progreso, se prohibió atar los caballos en las rejas del atrio y ocupar "la calle de la Iglesia" con coches en la Semana Santa de uno de aquellos años "porque molestaban el paso de las gentes que iban al Templo".
Para un futuro próximo se esperaba el ferrocarril, en vías de construcción a comienzos del 1860; con tal progreso debía llegar el telégrafo y tal vez algo muy nue­vo, el "Panteléfono", esto años después (El primero que lo tuvo fue Mr Bagley en su casona de Bernal).
Ya no podía medirse el tiempo en la forma primitiva de las épocas anteriores; no bastaban los relojes de bolsillo, cuya  cuerda se daba a llave, y que no todos poseían; era necesario pensar en un reloj público que brindara su cuadrante al ojo de quienes necesitaran aquel nuevo sistema para apreciar  un tiempo que se medía en fracciones muy cortas, fuese para efectuar gestiones por ante la Municipalidad que funcionaba a horario, para concurrir a la nueva escuela y quizás, para llegar a tiempo para tomar el tren, una vez qué éste llegara a Quilmes.
Era necesario también construir un edificio para las escuelas de niños y niñas; los graves y respetables municipales de 1862, Francisco Lozano, Andrés Baranda, Pedro Costa, Mariano Solla, Benito Risso y Robustiano Pérez, el maestro a quienes  tanto debe Quilmes, decidieron afrontar los gastos de la construcción con las escasas rentas munici­pales, la contribución del vecindario y la del gobierno de la Provincia de Buenos Aires; el 1 de abril de dicho año fue firmado el contrato de cons­trucción con el "alarife" Pedro Petrocchi; el artículo 1º del mismo in­dicaba que el edificio llevaría "la figura del plano para colocar el relox" (sic) En noviembre del mismo año, el presidente de la Municipalidad Francisco Lozano, dio cuenta á la, corporación "haber visto un reloj aparente para escuelas" para cuya compra había reservado la suma de 6000 pesos moneda corriente; infor­mó también que la colocación del ar­tefacto corría por cuenta del vende­dor. Luego, en el año siguiente, en memorias correspondientes al año; anterior, se anotan $2050 para la construcción de la "casilla para el relox" y  6000 para abonar la compra del mismo.
La llamada "casilla para el relox” tenía forma de espadaña, es decir, de la construcción, en cuyo interior se coloca una campana, en nuestro caso el reloj; se en­contraba situada en la parte superior del frente del edi­ficio de la vieja escuela Nº 1, conservándose aún en el año 1873, según fotografías tomadas el 8 de setiembre, del mismo; en fecha posterior, fue retirada, ignoramos por que causa; precisamente, 'la desaparición de ése reloj público originó la colocación de otro, destinado al frente de la Casa Municipal, pero cuya ubicación definitiva fue en la torre oeste de la iglesia.
El 18 de febrero de 1871, el Concejo Municipal reunido con la presencia de su presidente Mariano Vega y de los municipales Dr. José Antonio Wilde, Francisco Casares, Remigio González, Manuel D. Soto y Pedro T. Ca­rreras, con aviso de ausente de Andrés Baranda, "se leyó una carta de don Federico Barrere ofreciendo en venta un relox para la torre, por la suma de veinte mil pesos"; agregó al acta el secretario Tomás Flores: "fue aplazado". Las causas del aplazo no se debían tanto o la poca urgencia del artefacto sino a la gravedad del momento, en plena epi­demia de fiebre amarilla; en la misma reunión municipal se habían tomado varias medidas higiénicas al respecto acuciados por la enorme mortandad  que causaba la epidemia en la Capital Federal y lo consiguiente fuga de familias que huían aterrorizadas a los pueblos vecinos sin reparar en la propagación del mal.
Dos años después, en 1873, nueva­mente fue tratado por la Municipali­dad el arreglo de las torres; en la sesión del 1º de setiembre, en la que participaron el Presidente, Don An­drés Baranda, y los municipales Manuel D. Soto, Juan López, Pedro Risso y Alejandro Lassalle, con aviso de ausente de don Juan Ithuralde, se leyó un presupuesto presentado por Santiago Laurnaga y su socio y primo Santiago Goñi (ambos vascos),  proponiendo la colocación de un pararrayos en una de las torres, así como la realización de varios trabajos de albañilería, por la suma de 4.500 pesos moneda co­rriente, debiendo proveer la muni­cipalidad el pararrayos y el alambre de bajada.
El secretario don Tomás Flores, anotó en el acta: "Se resol­vió se le pida un nuevo presupuesto poniendo él todo lo que se precise para dicho trabajo, debiendo ser ele­vado una vara mas el pararrayo”.
No hallamos otra referencia sobro el punto hasta la sesión del 10 de no­viembre del mismo año, en la cual se tuvo a la vista un nuevo presu­puesto del constructor Laurnaga quien se comprometía a colocar un pararrayos en la torre, poner baldosas azules en la cúpula y blanquear el Templo por el exterior, por la can­tidad de 15000 pesos m/c; el estudie del presupuesto "fue aplazado hasta tanto haya más recursos para llevar a cabo este trabajo", anotó el secre­tario.
No existen constancias, excepto las mencionadas en el párrafo anterior, que se refieran a las mejoras pro­puestas por Laurnaga para las to­rres de la Iglesia, mejoras que, años después  fueron introducidas y exis­ten hoy.
El 14 de enero de 1881, se reunió la municipalidad bajo la presidencia de su titular, Ramón F. de Udaeta, y de los municipales Mariano Solla, Alejandro Lassalle y Jo­sé Berazategui, que reemplazaba al titular Pedro Risso (yerno de Andrés Baranda) ausente de Quilmes por esos días, el municipal Lassalle propuso la colocación de un reloj público en el edificio de la Municipalidad esta idea y pidió que en el presupuesto a sancionarse para ese año, se incluyese la suma de dinero necesaria para adquirirlo, haciéndose constar en actas que la Municipali­dad recibía propuestas “para cono­cer el costo aproximado del reloj".
En la reunión del 10 de marzo siguiente, a la que concurrieron los municipales Udaeta, Solla, Lassalle y Berazategui ya mencionados, el nuevo presidente electo Felipe Amoedo y el suplente Juan Bautista Bertoli, reemplazante de Risso que había renunciado, se enco­mendó a los Sres. Lassalle y Solla "la compra de un reloj para ser colo­cado en la Casa Municipal". Como puede verse, hasta esa fecha, el reloj tenía señalada su ubicación en el viejo edificio demolido en 1909.
Dr. José A. Craviotto
Periódico El Plata 1945 - Compilado Chalo Agnelli, 1995
CONTINÚAN LOS ENTREVEROS POR EL RELOJ
La historia del reloj de la torre de la Catedral no termina en el exhaustivo artículo del Dr. Craviotto. En el periódico "El Plata" encontramos una serie de notas al respecto donde se cuenta que en esos años Quilmes se dividió en dos bandos: los “relojeros” (pro periódico La Verdad) y los anti (pro periódico El Quilmero)
Esto comenzó cuando en 1882 La Verdad hizo una nota muy dura contra los excesos cometidos por la Municipalidad para adquirir un reloj que adornaría una de las torres de la actual catedral. Prácticamente acusó a los municipales como ladrones.
"El Quilmero" que era el periódico que heredó la imprenta y los suscriptores de El Progreso de José Antonio Wilde estaba dirigido por su fundador Pedro Giménez, que además era municipal de modo que comenzó una guerra entre ambos medios.
"El Juez de Paz Udaeta, recurrió al gobierno provincial para que se hiciera un juicio por difamación contra La Verdad. El gobierno provincial se mantuvo al margen indicando a la municipalidad que obrara por su cuenta, que lo podía hacer.
Se hizo un juicio donde el Dr. Luis Varela, que había sido el representante local para que presentara los fundamentos que hacían preferencial a Quilmes para crear aquí la capital de la Provincia de Buenos Aires, fue el abogado defensor de La Verdad."  
Dice El Plata del 3 de marzo de 1924:
"En mayo  de 1882 se anunció de improviso la aparición de un nuevo periódico. Su programa, según se decía y se justificó después, era de guerra. Venía a echar por tierra el gobierno local arrancándolo de cuajo, tarea, por otra parte, fácil, tratándose de una administración sin base en la opinión y a la que le iba faltando el apoyo fuerte del gobierno que la nombrara y con el que contaban sus atacantes."
Un periódico de lucha, dijeron batiendo palmas las gentes a las que gusta ver los toros desde las barreras y que son muchas. Y La Verdad apareció. Eran sus directores Fermín Rodríguez, Miguel A. Páez y Eduardo Casares, pero la fuerza inteligente residía en el primero.
No es posible citar La Verdad como un modelo de periodismo culto, pero mucho pueden aprender de él los que se propongan hacer del periodismo un medio educativo, por reprensibles que sean sus notas.
A La Verdad la mataron sus propios excesos, una maza que suprimía los obstáculos sin detenerse, pero sus fundadores la enterraron sin derramar una lágrima. Habían alcanzado el objeto que se propusieran y la maza aquella no era esgrimible ya."
APÉNDICE 
Efectivamente, la historia comenzó en 1882, cuando la Municipalidad por medio del Sr Lassalle, que había sido de la idea, en la sesión del 10 de marzo de 1881, le pidió al Sr. Báfico, comisionista, comprar un reloj que se instalaría en la torre oeste de la Iglesia (hoy Catedral) El Sr. Báfico era un vecino que vivía en  casado con la maestra Carmen Faggiano, hermana esta, de Rita Faggiano de López, o sea que el comisionista era cuñado de don José Andrés López, luego intendente y autor de "Quilmes de antaño"
Bafico se dirigió a la "Relojería Mecánica Argentina" de Víctor Chiabrando, ubicada en la calle Cuyo 57 de la Ciudad de Buenos Aires, el mismo que se ocupó de la instalación y el mantenimiento del reloj del Cabildo de esa ciudad.
El reloj costó 38.000 pesos fuertes. Pesaba 800 libras (367,52 kg), tenía cuatro cuadrantes y las campanas pesaban 808 libras (371,20 kg)
El señor Pedro Giménez director propietario del periódico "El Quilmero" creyó excesivo el gasto habiendo otras prioridades urbanísticas (aún Quilmes era un pobre pueblo de Campaña)
Giménez pidió en la sesión de los municipales una moción de orden para que se devuelva el reloj y se recupere el dinero. El Sr. Báfico se negó a entrar en ese entuerto corporativo. Además, para baldón de su honorabilidad, se habían echado a correr comentarios de su "dudoso proceder en el pago de honorarios y viáticos"; es de imaginar que en ese entonces los caminos no eran accesibles y el ferrocarril no contaba aún con los adelantos que se requerían para transportar semejante mole. 
En la sesión que se votaría el tema de la devolución del reloj, el señor Giménez contaba con el apoyo de la mitad de la corporación, pero el señor Baumgart, que era municipal y comerciante de espíritu afable, pero poco afecto a los conflictos, a último momento cambió su voto, lo que puso furioso a Giménez que manifestó su furia en su periódico.
Conclusión, el reloj se instaló (aún está ahí). Bafico, absolutamente ofendido agarró sus petates, su mujer, la maestra Carmen Faggiano, y se fue a vivir a Rosario por el resto de su vida. Giménez,entre tanto, siguió con su periódico y una vida "quilmera".
Compilación, Chalo Agnelli
Quilmes, 2005 

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