miércoles, 17 de diciembre de 2014

RECUERDOS DE LA PRISIÓN EN MARTÍN GARCÍA DE LOS RADICALES EN 1934


Esta transcripción de unas líneas de Davis J. Canovas publicadas en un número aniversario del periódico “LA VERDAD” de 1937, sus bodas de plata con el periodismo quilmeño. Es un hecho anecdótico
consecuencia de un episodio político de los que se repite en nuestra historia nacional desde 1806. Se refiere a las vivencias que funcionarios y militantes radicales transcurrieron en la estadía coercitiva en la isla Martín García tras los sucesos de 1934, en la provincia de Santa Fe, mientras se reunía en aquella ciudad, la Convención de la Unión Cívica Radical, acto de trascendencia para la orien­tación posterior que asumiría la U.C.R.

En estas memorias, por momentos infortunadas, en otras hilarantes, Canova describe aspectos de las horas vividas en aquel pedazo de tierra de proscripción y cautiverio; tierra que subrayaron con su prisión Hipólito Yrigoyen, Marcelo Torcuato de Alvear y años después Juan Domingo Perón y Arturo Frondizi.
EL PRONUNCIAMIENTO RADICAL DE 1932
Cuando los conservadores y la oligarquía volvieron al poder, tras los períodos radicales de Yrigoyen y Alvear, los acompañó el fraude y la violencia en cuantos comicios se realizaron. Así llega al gobierno de la provincia de Buenos Aires Manuel Fresco, quien se convirtió en un experto en estas técnicas.

El pronunciamiento de 1932, fue el intento de derrocar al régimen fraudulento del Gral. Agustín P. Justo y su remplazo por una “Junta Revolucionaria” provisoria integrada por civiles y militares de la proscripta U.C.R. que hacía solo dos años había sido arrancada del poder constitucional. Contaba con el apoyo de una porción importante de ejército encabezada por el Tte. Cnel. Atilio Cattaneo y el mayor Regino Lascano. La detonación accidental de una bomba en una casa donde había información y nombres de los rebeldes, alertó al oficialismo y la asonada fracasó dos días antes de su ejecución.
REVOLUCIÓN
No transcribo la palabra ‘revolución’ como la mayor parte de los historiadores que se explayan sobre este tema pues, nunca lo fueron en el sentido que una revolución implica, es decir, un cambio
proyectivo y general en todos los estamentos del estado: socio-político, institucional, económico, etc. El dictador Uriburu con su golpe cívico militar de 1930, quería volver a las décadas previas a la Ley Sáenz Peña. Lo mismo sucedió con la llamada “revolución libertadora” que intentó infructuosamente volver a atrás borrando al peronismo de la historia y lo repitió Onganía con su “revolución argentina” una fantochada nacionalista-católica que se derrumbó como las condecoraciones que pesaban en el pecho del dictador. La única revolución argentina que cambió un régimen e impuso otro con todas las transformaciones consecuentes fue la Revolución de Mayo de 1810.
LA PROSCRIPCIÓN
El clima de violencia creció y comenzó una serie de asesinatos políticos: el del socialista José Guevara, [1] el radical Regino Lascano, [2] el senador Enzo Bordabehere, que produjo una gran conmoción por haberse cometido en el recinto del Congreso de la Nación.
En 1933, se fraguó un nuevo alzamiento radical, creyeron que mejor organizado, pero no habían contado con la delación de traidores que nunca faltan.
En diciembre, en ocasión de la reunión de la convención nacional de la U.C.R., un alzamiento conjunto de militares y políticos se desató en Santa Fe y Paso de los Libres. El ideólogo había sido Atilio Cattaneo acompañado por numerosos militantes de todo el país; en esos años había militares comprometidos con la causa popular. Gregorio Pomar y Severo Toranzo son solo algunos de ellos. En Quilmes también los hubo. La represión organizada por el mismo presidente Justo fue salvaje. Buenos Aires, Corrientes, Entre Ríos y Misiones serían escenario de alzamientos radicales, que acabaron con más de mil detenidos. José Benjamín Ábalos, ex ministro de Yrigoyen, y el coronel Roberto Bosch fueron detenidos por el alzamiento, los convencionales y dirigentes del partido encarcelados. Nadie se salvó ni Alvear, todos presos al barco “Golondrina”, rumbo a Martín García, de allí, Alvear al exilio, mientras que Pueyrredón, Guido, Güemes, Rojas, Cantilo, O’Farrel, Mosca y otros, casi treinta, van a parar a Usuahia. Se habla de más de cuatro mil radicales presos.
La reclusión en Martín García y Usuahia de los principales dirigentes radicales tiene ribetes increíbles, heroicos, románticos, dramáticos y graciosos.
Al decir de un memorioso, entre el frío, la soledad y el aislamiento:
Cuando los visitantes hablan de Justo, dicen todos ‘la puta que lo parió’ con verdadera convicción, y Güemes que esta enfermo en la otra pieza grita:
- ¿¡Qué es eso!?
- Nada doctor, se están acordando de Justo…
- ¡Qué lo parió! – dice Güemes en adhesión tardía pero segura. [3]
                                      PRIMERA PARTE
LA VIDA DEL CONFINADO COMIENZA
El día 1º de Enero de 1934, atracaba al pequeño muelle de la isla el ‘Golondri­na’, aviso de la armada nacional, trayendo a bordo
David Cánova sentado con boina
el pasaje íntegro del va­por ‘Artigas’. [4] Éramos ciento doce presos que, desembarcados y llevados en camiones a un viejo caserón que fue Escuela de Preparación de Marineros, antes de convertirse en cárcel de radicales, celebramos nuestro Año Nuevo con el primer almuerzo, por cuenta del Estado, cuyo menú consis­tía en un trozo de tumba fría, [5] que nos había estado aguardando desde el mediodía por toda golosina, y como reconstituyente un grande espíritu de solidaridad y entereza, en esos momentos inciertos de nuestro destino, lejos del afecto hogareño, en el día preciso que la cristiandad celebra el suyo de paz y glorificación. 
Y la vida de confinados comienza. La isla Martín García tiene una superficie de 261 hectáreas y su vegetación es exuberante, cuajada de una flora variada.
La parcela donde se nos había concentrado era un polígono irregular de más de una hectárea y media, rodeada por un tejido de alambre con tres hilos de púas y por el lado exterior junto a los alambrados una guardia permanente de cinco centinelas con máuser y bayoneta calada. Esta relación, como digo, es sintética, de manera que omito detalles inte­resantes que debo sacrificar en aras de la urania del espacio. [6]
La orden del día número uno que se nos había leído por oficiales de la guardia y luego se fijó en un cartel, nos preve­nían que cualquier intento de saltar el alambrado significaba un riesgo de vida. Tres galpones de zinc, desmantelados denominados pabellón A, B y C respectivamente, eran los dormitorios da los ‘delin­cuentes’ políticos, en cuyas cuchetas marineras superpuestas vestidas con una col­choneta y almohada do estopa, dos sába­nas y frazadas, debían los cautivos radi­cales, en las horas de sus noches de proscripción, evocar sus ensueños de patria y libertad. Otra orden del día hacía saber que el gobierno ‘constitucional’ que im­plantó la dictadura de septiembre, ‘no hace distingos ni concede preferencias’ y es así como las figuras consulares del radicalismo, ex Presidente de la Nación, ex Gobernadores, ministros, diputados, sena­dores, intendentes, catedráticos, profesio­nales, hombres de ciencia, hermanos todos en la historia de un ideal cívico, compar­ten en la misma mesa, con los soldados más modestos de esa gran, fuerza demo­crática que es la Unión Cívica Radical, el mismo menú cotidiano: sopa, puchero y guiso; y entreveran en el mismo baño colectivo y duermen en los mismos ca­mastros que el gobierno ha dispuesto sin preferencias ni distingos.
LA TOILETTE
Los primeros días de nuestra llegada al campamento y hasta tanto no se le permitió el acceso al mismo al viejo Tomasini, un almacenero del lugar, que expendía sus baratijas de toda variedad y que con­tribuyó en gran parte, a aliviar la precariedad de nuestra situación, fueron algo penosos por la falta de comodidades y fue entonces como el ingenio de los presos hubo de aguzarse a fin de procurar un poco de ‘confort’ en materia de ‘toilette’ (aseo) sobre todo.
El Gral. Juan G. Serrato, [7] hombre pulcro, a quien la falta de un
espejo que le impedía afeitarse lo tenía un tanto contrariado, había hallado, sin embargo, la manera de reemplazar a aquel adminículo con una lata de galletitas, sobre cuya superficie su cara mofletuda y barbilampiña, rozagante de salud, se reflejaba con más o menos limpidez.
En eso estaba una mañana, con brocha y jabón, dándolo los últimos toques de pu­lido a la lata, junto a las piletas de agua, que eran nuestros lavatorios, cuando el Dr. Marcelo T. de Alvear que solía madrugar y que volvía de la cocina, envuelto en una sali­da de baño, con su pavita de agua calien­te para el amargo mañanero, so detuvo y le dijo:
Buen día mi general.
¡Hola doctor! Buenos días.
Ya lo veo general, que anda Vd. por ponerse buen mozo.
Cállese hombre, que ando peleando con esta lata que no sé donde colgarla, y además...
Y el doctor Alvear, palmoteándole ca­riñosamente el hombro mientras su rostro se iluminaba con esa su sonrisa expresiva y leal, lo interrumpió a Serrato, diciéndole:
No es extraño mi general, en estas épocas que estamos corriendo, ver a un general de la Nación pelear con la lata en una mano y el jabón en la otra.
                                                   * * *
Frente a los galpones que servían de dormitorio había dos surtidores de agua, de esos que existen en las plazas, con un pie sosteniendo un plato de loza de unos 15 centímetros de diámetro con un grifo en el centro y alguien había descubierto que ese aparato resultaba un excelente ‘juego al sapo’, haciendo las veces de tejos, la escoria de carbón que era la alfombra que cubría la calzada que cruzaba por frente a los pabellones. En ese pasatiempo le gustaba ensayar su puntería al doctor Alvear, en algu­nas ocasiones en que los presos hacían rueda y tiraban por turno.
Una tarde, hacia la caída del sol, se ha­bían reunido muchos competidores en el juego al sapo y el ex presidente ya ha­bía acertado algunas embocadas cuando alguien de la rueda le habló al tiro y le dijo:
-Doctor Alvear, noto que Ud. es zurdo como yo.
-Lo celebro amigo - le contestó en el acto - no hay zurdo que sea maula y Ud. también debe tener su historia.
El Dr. José Eduardo López y David Canova en su "mesa de trabajo", un cajón ente las dos camas del "Aposento"

LA PATADA DE ALVEAR
El pabellón destinado a comedor era am­plio con capacidad para 200 personas más o menos. Estaba ubicado al frente de la cocina, vereda por medio y las mesas de mármol con patas de hierro adheridas al piso estaban dispuestas en dos alas; entre una mesa y otra había una distancia de medio metro y sitio para ocho comensales cada una.
Una de ellas - en el centro de una de las alas - estaba integrada por Alvear, Honorio Pueyrredón, [8] O’Farrell, Rodríguez de la Torre, Cantilo, Boatti, Leiva y Rojas; como se ve, el Estado Mayor del radicalismo casi en pleno. Un banco por cada costado, también adherido al suelo, tenía el asiento plegadizo, de manera que para una persona algo corpulenta, como lo es el jefe de la Unión Cívica Radical, no era tarea fácil poder entrar en el hueco que quedaba entre el banco, que era fijo repito, y la mesa. Y esa era la tragedia de Alvear de to­dos los días. Él que casi siempre, era el úl­timo en llegar a la mesa, hubo que descartar la idea de darle una silla, pues, la única que había en el campamento era de la enfermería y estaba prohibido sacarla de allí. No había, pues, más remedio que volear la pierna para sentarse a la mesa y en esa tarea de Alvear, el que pagaba el pato era Pueyrredón, ya que estando a su lado, era difícil que no le alcanzara con el pie, por más precauciones que este tomara para esquivar el golpe.
Un día por fin, fastidiado Alvear de tanta molestia, no quiso sentarse a la me­sa y protestando quiso retirarse e ir a co­mer a cualquier otra parte, cuando al­guien de los compañeros lo instó a que no se fuera y entonces Alvear dijo iracundo:
No, no hay caso, no me siento; por nada de este mundo quiero darle la ‘patada’ a Honorio.
SPALLA
En el mismo galpón - pabellón B - donde se hospedaba el doctor Alvear, dormía también a pocos metros de distancia, un muchachito llamado Spalla que había caído preso por haber sido sim­plemente pasajero del ‘Artigas’ y por esa sola causa y nada más. Este Spalla, que era un muchachón ser­vicial cebador de mate y que además lavaba la ropa de algunos compañeros que lo recompensaban con monedas o golosi­nas, era un sonámbulo consuetudinario y nos habíamos acostumbrado a que en el silencio de la noche fuera interrumpido nuestro sueño con los gritos de Spalla, víctima de quién sabe que terribles pesadillas.
Los gritos de Spalla se oían a veces desde la guardia motivando, en los primeros tiempos, hasta la alarma del centinela alerta y una noche fue tal el ataque que se cayó de la cama con el estrépito consiguiente, pues, hay que saber que Spalla dormía en la cucheta alta; otro compañe­ro ocupaba la de abajo. Como es natural el doctor Alvear también se había acostumbrado a estas andanzas del pobre sonámbulo, quien, una vez recuperado su estado normal volvía a subirse al camastro, tomando parte él mismo en el regocijo general.
Y fue así que en la madrugada del 11 de enero - fecha emotiva por el vejamen estéril inferido a la población del cam­pamento, como que fue el día de la dis­persión, pues un grupo de compañeros to­maba el camino de la cárcel de Ushuaia, otro a Europa exiliados y el resto olvidados allí mismo, en el polígono alambrado, por varios meses - en esa madrugada, digo, tuvimos un brusco despertar por la irrupción del comandante de la isla capitán de navío Raúl G. Aliaga, algunos  oficiales y tropa, quienes con palmadas y voces de mando, ordena­ban a los presos tirarse de las camas, sin mayor dilación. Claro está que el sobresalto fue general y semidormidos, restregándonos los ojos todo lo creíamos en ese momento: un motín, un incendio, una sublevación...
El doctor Alvear, víctima él también de despertar tan intempestivo, pero creyen­do sin duda, que se trataba de una nueva fechoría de Spalla, gritó casi a boca de jarro al capitán Aliaga a quien no había visto y que continuaba batiendo palmas:
¡A ver canejo si hacen callar a ese loco, que no deja dormir! Péguenle un palo en la cabeza.
 Un numeroso grupo de presos políticos, frente al pabellón A
SEGUNDA PARTE
ARMÓNICA CONVIVENCIA
Entretanto la vida del campamento tendía a normalizarse, adaptándose al clima creado por la fuerza de los hechos. Una admirable unidad espiritual y afectiva se había establecido entre los presos sin distinciones ni preferencias. Cada cual, valiéndose de cajones que hacían las ve­ces de roperos y clavos que resultaban perchas, trató de ‘amueblarse’ su lugar y poco a poco, pacientemente y hasta si se quiere con un derroche de buen gusto esos galponazos desmantelados y mal olientes, refugio de millones y millones de hormigas coloradas, temible plaga de cuya voracidad tuvimos luego que defendernos organizando verdaderas batidas heroicas en salvaguardia de nuestra integridad física y de los comestibles que ya después del primer mes recibíamos de nuestros familiares.
Esos barracones ofrecían una fisonomía amable y hasta con un poco de olor a hogar, sobre todo cuando por la mañana el grupo de madrugadores del pabellón B, integrado por Guido, Onsari, Serrato, José Eduardo López, Marabotto, Floricel Pérez, Cánova (quien suscribe), Leiva, Silva, Fleury y Noriega, hacían circular la primera serie del amargo amigo. [9] Alvear se incorporaba algunas veces a la rueda.
El 5 de enero, vísperas de Reyes, se interrumpió la paz que dentro de la incertidumbre de la hora reinaba en la población de radicales. La primera nube de desasosiego cruzó por el cielo de nuestro campamento hacia el cual todavía no había llegado ninguna noticia del exterior, ni de propios ni de extraños. La incomunicación se observaba estricta y rigurosamente.
Había llegado la orden del día Nº 13, por la cual el Presidente de la República hacía saber a los ‘señores que se les concedía un plazo de 48 horas para optar entre salir del país o ser confinado en un lugar lejano de las principales ciudades del país.
Reunión previa de todos los presos pre­sidida por Alvear, y luego de un cambio de opiniones se resuelve ‘dar la callada por respuesta’ [10] al gobierno, aunque luego esa determinación fue necesario modificarla  por razones especiales, ya que la mayoría de los amigos aconsejaba al ex mandatario que se expatriara y con el Dr. Alvear se irían 24 compañeros más. Los ochenta y ocho restantes resolvimos quedarnos a disposición y al arbitrio de la ‘dictamansa' que sucedió a la de 'facto'. [11]
El día 11 de enero el comandante Alia­ga asistido por la oficialidad, dio lectura a la nómina de los compañeros que habían sido confinados allá, en la inhospita­laria Ushuaia. Eran las siete de la mañana cuando partió el primer camión con­duciendo a ese puñado
de radicales, rum­bo al pequeño atracadero de la isla, para ser embarcados en el ‘Chaco’ que esperaba con los fuegos encendidos para hacer proa hacia las regiones patagónicas: Pueyrredón (foto a la izquierda), Watson, Peco, Guido, Mosca, Ferreyra, Cantilo, O’Farrell, Rojas, Güemes, Álvarez de Toledo, Guillot, Boatti, a éste último lo volvieron a traer a la isla, antes de zarpar el ‘Chaco’ por razones de salud, y otros más que escapan en este momento a mi memoria. Del cielo, surcado por nubarrones espe­sos, se descolgaba la lluvia, melancólica, que así se asociaba al episodio como llorando la maldad de los hombres y una letanía de truenos poblaba el espacio, albo rotando en la selva cercana a las familias de loros barranqueros que habían ido a refugiar su vocinglería en las ramas de los ceibos y de los alcanfores en flor.
El Dr. Pueyrredón de pie en la culata del camión, ya listo con el motor en marcha, arengó a los marineros de la guardia allí presentes: ‘Jóvenes soldados de mi pa­tria - les dijo - aprended, grabad bien en vuestros corazones ésta indignidad que se comete con los hombres que luchan por la libertad...’ Y el eco de su voz airada por la protesta viril, se perdió allá, cuando el camión que había echado a fondo el ace­lerador, volcó el primer recodo del cami­no llevando en sus lomos el peso de esa estiba de patriotas.
El doctor Alvear fiero y altivo, sereno, luchando con las rebeldías de una lágrima que quería resbalar por el bronce de su rostro de patricio tendía un abrazo y musitaba una palabra para cada uno de los actores en aquella escena patética e inolvidable. En ese momento se estaba escri­biendo una página de nuestra historia.
Cuando tocole el turno al doctor Ricar­do Rojas, esa pirámide de la intelectuali­dad americana, arquitecto romántico do la nacionalidad, se confundió en un largo abrazo con el Dr. Alvear quien al separarse, le dijo las siguientes palabras: ‘Ya se quisiera este gobierno tener el honor de contar con un ministro de su talento y al tenerlo a Vd. preso, es lo mismo que si tuviera encarcelada a la Universidad’.
Ya después llegaron los días largos de enero con sus noches tachonadas de estrellas y hacia fines de ese mes la pobla­ción del presidio se fue reforzando con los contingentes que llegaron: correligionarios santafecinos y de la Capital Federal, intensificándose de hora en hora, un fraterno espíritu de camaradería que hacía más llevadera la monotonía del largo encierro.
 José E. López y David Canova "gineteando" un vejo cañón de la época colonial.
TERCERA PARTE
ANILLOS DE CAROZO
La mayor parte del día, sin embargo, y para matar nuestros ocios obligados de revolucionarios ‘irredentos’, la destinábamos a la fabricación de anillos de carozo de duraznos que, al poco tiempo de haber sido instituida por su maestro doctor Santiago Corvalán, llegó a ser una verdadera industria, a tal punto que, en­tre los que se dedicaban a esa tarea, entró una fiebre intensa de competencia en su doble aspecto artístico y cuantitativo, para ser obsequiados luego los anillos sin más especulación que la de recoger el elogio reconfortante a la jus­tificada vanidad del artista, a los familiares y amigos que se llevaban muy or­gullosos el codiciado recuerdo.
Entre los cultores más dilectos de ese entretenimiento y que llegaron a demostrar aptitudes de acabados artífices, hay que mencionar a los doctores Emilio Ferreyra, José Eduardo López, el escribano José Basso, J. Vigliola, Marthol y Rodríguez Mera, que habían instalado talleres com­pletos con herramientas adecuadas: limas, escofinas y papel de lija. Lo demás lo completaba la muñeca del carocero y la superficie áspera de las piletas de lavar, contra las que había que frotar el carozo.
Véase la fotografía que ilustra esta rá­pida relación, cuyo grupo está integrado por la casi totalidad de los presos, unos ochenta más o menos, que fue el efectivo que se mantuvo firme hasta que llegó el mes de marzo, en que comenzaron a producirse las primeras libertades. Figuran en él entre otros, Elpidio González, el ex ministro Fleitas, Boatti, Carlos Sánchez, Emilio Ferreyra, Noriega, Fleury, Floricel Pérez, Aranda, Sallares, Gamba, Ló­pez Anaut, Marabotto, Suárez, Zorrilla, Tormcy, Vilches, Leiva, Cornejo, Onsari, Silva, Godoy, López, Reales, Busquet, Canova, Cabrera, Campoamor, Burgueño, Conte, Grecca, González, Zimermann, Carbajal, Fernández Acuña, Corvalán, Lanza, Donatti, Bregante, De los Heros, Dolarea, Italiani, Alsina, Braco, Rampa, Pertino, Olano, Carusso, Lalanne, Bruno, César, Gargiullo, General Serrato, Colombres, Boullosa, Velloso, Marthol, Weskamp, Rodríguez, etc., etc.
El Gral. Serrato con las señoritas Lita López, María Amelia Canova y Perla López, en un día de visita.
VISITAS
Las autoridades de la isla tuvieron que ponerse a tono con la modalidad del ambiente y el ceño adusto de la disciplina militar tuvo, empero, que tolerar ciertas libertades, como ser la venta de diarios que llegaban al campamento las tres veces por semana que arribaba el ‘Gaviota’ con carga y correspondencia y hasta se habilitó un galpón que fue destinado a casino donde se jugaba a los naipes y al ajedrez y luego la instalación de una ra­dio que fue adquirida por subscripción de un peso por cabeza, por intermedio del almacenero Tomasini.
Además, para esta época, ya se habían dispuesto las visitas periódicas de nuestros familiares que nos traían noticias del ho­gar lejano. Los días de visita eran ver­daderos días de fiesta para los confinados; desde temprano la gente empezaba a empaquetarse y hasta la barba rebelde y bo­hemia de Carlos Sánchez caía, ese día, víctima del filo de la Gillete.
Madres, esposas, hijas, novias traían para el infeliz prisionero, que paseaba sus angustias recónditas dentro de los alam­brados infames, una voz de aliento, un rayo de esperanza, el perfume de un beso.
Ellas también tuvieron su ascensión al Gólgota y fueron estoicas nuestras mujeres criollas que desafiaban, con una oración en los labios por toda arma y una sonrisa como escudo, las olas bravías del Plata, cuando las sudestadas inclementes golpeaban el casco del viejo y desmantelado “Gaviota”, que a las ve­ces, parecía querer sucumbir llevándose al fondo del río que surcara Solís, el romance de tanta abnegación y coraje...
EXPANSIONES FILARMÓNICAS
Hacia mediados de enero llegaron al campamento los presos de la Penitencia­ría y de Villa Devoto. Era un contingente formado por una veintena do correligio­narios, jóvenes en su mayor parte de la Capital Federal, en el que se hallaban también Elpidio González y el doctor Fleitas ex ministro de Yrigoyen.
Claro está que el grupo fue recibido con la más cordial y afectuosa hospitalidad y todos nos deshacíamos para ayudarlos a bajar las valijas del camión y como era de noche cada uno se hizo car­go de un compañero para ubicarlo, antes que nada, en los pabellones y designarlo su cama, que ya las habíamos preparado do antemano.

Los del pabellón “B" denominado el pabellón de los patricios, nos disputamos el honor de agasajar a tan distinguidos huéspedes y nos tocó en suerte tener do compañero de dormitorio, muy cerquita, al doctor Fleitas. Mi cama estaba al lado de la de José Eduardo López y al frente lo tenía a Floricel Pérez dos formidables roncadores que llegaron a ser la pesadilla del pabe­llón, pues, era rara la noche que no se tenía que usar de procedimientos heroicos para hacerlos cesar en sus expansiones filarmónicas, en bien de la tranquilidad y reposo de todos los compañeros; pero esa misma noche tuvimos que confesar quo ha­bíamos hecho un mal negocio con la ve­cindad de Fleitas, pues, el ex ministro de Yrigoyen resultó ser un imbatible competidor do Pérez y López, y ya desde este momento resolvimos buscar la forma de deshacernos de tan temible roncador. La cosa fue fácil; dos noches después, con la complicidad de Alsina, Silva, Italiani, Gamba y otros armamos una batahola a base de bochas que rodaban por el suelo, tachos que golpeaban contras las paredes y
otros ruidos raros que provoca­ron la indignación de los que no estaban en el secreto a el expediente, inclusive el famoso trío de roncadores, que eran los que más protestaban contra el escándalo y sus autores que, naturalmente se hacían los dormidos. Al día siguiente el equipaje del doctor Fleitas fue mudado al pabellón "C" con una cama al lado de la de Elpidio González (foto a la izquierda) a quien le hizo llegar sus cuitas diciéndole al austero y dignísimo ex vicepresidente de la Nación:
Vea don Elpidio he tenido que mudarme del pabellón de los patricio porque allá es algo imposible la vida de noche ¡Nadie duerme allá!...
                                             CUARTA PARTE
FUGA DE RANAS QUILMEÑAS
Un día recibimos un cajón conteniendo unas cuantas docenas de ranas vivas, ob­sequio de mi buen amigo Enrique Mezzadra y esa noche después de un prolongado cambio de ideas con los habitantes 
Alcides Greca
del pabellón B, determinamos largarlas en una de las piletas de lavar a medio llenar; pero alguien que después supimos fue el doctor Alcides Greca, [12]llamado con toda razón y fama el ‘bandolero santafecino’, abrió las canillas y colmadas las piletas de agua, se produjo la fuga de los batracios, que diseminados por los corredores se ganaban a saltos hacia los alambrados, sin temor por lo visto, a la bayoneta vigilante de los centinelas. No era una la que saltaba, sino dos, veinte, cincuenta; y habiendo cundido la voz de alarma, ya de madrugada, no pocos fueron los compañeros que en paños menores y con una frazada por poncho, se lanzaron a la caza de los saltarines animalitos, que al día siguiente debían ser pasto de un exquisito bocado.

Por penitencia se le impuso al ‘bando­lero Greca’ que debía ser él quien matara y despellejara las ranas, y en eso estábamos esa mañana oficiando de ayu­dantes: Gamba, Italiani, Corvalán, Gargiulo y yo, cuando se detuvo a mirar la ope­ración el comandante Aliaga, jefe de la isla, que pasaba por allí.
¿Y estas ranas? - inquirió Aliaga.
Son de la isla, mi comandante - le dije - Anoche saltamos el alambrado, con estos amigos, y las fuimos a pescar al arroyo.
¿Cómo? - tartamudeó asombrado Aliaga - ¿Han saltado Uds. el alambrado?...
No se alarme, jefe - cortó de inmediato Corvalán - Es una ranada del amigo Ca­nova. Son ranas quilmeñas que llegaron ayer en el ‘Gaviota’ y queda Ud. invi­tado a comerlas.
ASADO CRIOLLO
El día 4 de marzo, día de elecciones nacionales, aprovechando que se había levantado el estado de sitio por 24 horas, resolvimos obsequiarnos con un asado a la criolla que fue organizado por los repre­sentantes de San Luis, doctores Rodríguez, Vílchez y Coronel Amieva.
Toda la colonia concurrió al acto y co­mo ese día había ‘libertad’ por haberse levantado, como digo el estado de si­tio, hubo discursos de corte netamente radical en los que ciertamente no le obsequió con flores al gobierno y a los usurpadores de septiembre. [13]
Media vaquillona adquirida en un fri­gorífico de Buenos Aires y llegada el día anterior en el “Gaviota", fue asada por los criollos de pura cepa: Tormey, de los Heros y Campoamor. Sirvió de parrilla donde se doraron los costillares, una reja de un sepulcro abandonado del cementerio, traída por un conscripto. Bien es cierto que el fuego todo lo purifica, hasta eso que algunos opinaron que era una here­jía.
El postre del banquete y la bebida fue suministrada por el ‘bandolero’ Greca, quien al frente do sus santafecinos armados con garfios de los botes a guisa de chuzas, organizaron un malón a los pa­bellones de donde volvieron entre alari­dos con peras, duraznos, quesos, pasteles, botellas de vinos, hasta cigarros que le robaron al doctor Leiva que los cuidaba como pan bendito y un cajón de botellas de Malta pertenecientes al Dr. Pedro López Anaut (hoy fallecido) [14]que la tomaba por prescripción médica. Nada se salvó del malón; a mí me sacaron ocho melones que me había dejado José Eduardo López [15] cuando el día antes salió en libertad.

J. E. López, caricatura por don Luis Otamendi
De esa suerte celebramos nosotros las ‘votaciones’ del 4 de marzo y luego Grecca quería justificar la del ‘malón’ a los radicales, diciendo que los conservadores nos estaban dando ese día, otro malón; pero de verdad, arrebatándonos por el fraude y la fuerza las representación popular.

Estamos a mediados de marzo, ya se han producido algunas libertades. Las noches comienzan a ser largas y tristes; hay frío en la selva y en el alma también hay frío. El día 17 murió Ernesto Carusso, por la mañana temprano, fue hallado sin vida en su cama de confinado, víctima de un ataque al corazón. Hay mucha congoja en los rostros; pero hay más imprecaciones contra los
El ataúd de E. Caruso es conducido al muelle
conculcadores del derecho ciudadano y los opre­sores del civilismo argentino y los carceleros de los radicales.

Yo salí de Martín García, respirando el aire de la libertad, cuatro días antes de morir este compañero humilde y bondado­so y la fotografía del sepelio que se pu­blica en esta reseña me fue enviada por mi distinguido amigo el doctor Santiago Corvalán ex senador nacional por la Pro­vincia de Santiago del Estero que fue de los últimos en salir, creo que en los primeros días de Mayo.
Y para terminar esta colaboración que repito, es brevísima, pues, no he querido darle la extensión de una novela diré con Alcides Greca, el talentoso autor de ‘Viento Norte’ y ‘Tras el alambrado de Martín García’, que antes de dar la vuelta al recodo miro desde el camión que me lleva al embarcadero, a los compañeros que aun quedan detrás del alambrado: '¡Adiós hermanos! ¡Escuela y Cárcel! Algún día volveremos... quizás.' 
Para cada uno que se aleja se agitan pañuelos, como si fuera la Bandera de la Patria que hubiera perdido su sol y el azul. Quilmes, julio de 1935.

ADVERTENCIA
La transcripción es mayoritariamente textual, salvo algunas adaptaciones que se debieron hacer para coincidir con la secuencia del discurso debido al deterioro sufrido por el papel; otras donde se usaron modismos de la época ya en desuso se los adecuó a la actualidad para facilitar la lectura.  
Compilación e investigación Chalo Agnelli


FUENTES
Libro Claves del Pensamiento del Radicalismo - Claves del Bicentenario. Prólogo de Germán López. Ed. El Ateneo 2009
Persello, Ana Virginia. “Historia Del Radicalismo”. Editorial: EDHASA. Edición: 2007
Periódico La Verdad,

Serrato, General Juan G.: “Visiones de un cuyano”. Gleizer, Bs.As., 1935.
REFERENCIAS

[1] En Córdoba, es asesinado el diputado provincial socialista José Guevara. Y en Avellaneda matan a Juan Ruggiero, “Ruggierito”, hombre de acción al servicio del intendente Alberto Barceló. Causa muy mala impresión que el féretro de Ruggiero haya sido cubierto con la Bandera argentina.
[2] El Teniente Coronel Regino Lascano muerto por los agentes del Régimen en Curuzú Cuatiá el 30 de junio de 1932, fue el autor del "Manifiesto Revolucionario".
[3] http://jorgehace.com.ar
[4] La Hamburg Amerika Linie encargó en 1917 al astillero Howaldswerke de Kiel, la construcción de un buque que llamaría AMMERLAND. La botadura del barco se produce el 19 de enero de 1923, siendo bautizado WESTPHALIA III. Es terminado y entregado el 17 de mayo e inicia su viaje inaugural en la línea de Hamburgo a Nueva York el 21 de junio de ese año. En 1929 es modificado para el servicio a América del Sur y a partir del 1 de mayo de 1930 inicia los viajes entre Hamburgo y Buenos Aires con el nombre de GENERAL ARTIGAS. El 8 de noviembre de 1934 es charteado por la Línea Hamburgo Sudamericana siendo luego vendido a esa línea marítima el 30 de junio de 1936. http://filateliadiligencia.blogspot.com.ar
[5] Carne asada fría.

[6] Metonimia de “tiempo”.
[7] Militar cuyano autor del libro “Visiones de un Cuyano”.
[8] Honorio Pueyrredón. N. en San Pedro, 1876 – M. en Buenos Aires, 1945. Abogado. ministro de agricultora de Yrigoyen En 1931 fue elegido gobernador de la Pcia. de Buenos Aires, pero las elecciones fueron impugnadas y finalmente anuladas por el dictador José Félix Uriburu.
[9] El mate.
[10] No darse por aludidos.
[11] Se refiere a la asunción del Gral. Justo tras unas elecciones fraudulentas orquestadas por los conservadores, los productores agro-ganaderos y el apoyo de Gran Bretaña.
[12] Alcides Greca fue abogado, periodista, cineasta, jurista, profesor, escritor y político, dirigió la película El último malón de 1917, y defendió la causa indígena en Santa Fe. Militó en el socialismo, luego se pasó a la U.C.R. y fue activista de la reforma universitaria. Nació el 13 de febrero de 1889, en la localidad de San Javier, Santa Fe y el 16 de abril de 1956 falleció en una sala del Hospital Italiano.
[13] El 6 de setiembre de 1930, un golpe de estado cívico militar derrocó al gobierno constitucional de don Hipólito Yrigoyen y liderado por el general Uriburu, los conservadores y las corporaciones británicas. Se inauguró con esta dictadura otras 5 que se sucederán en el siglo XX. Cada una, batallas en la lucha de clases de la historia Argentina.
[14] Pedro López Anaut fue médico, nació en Buenos Aires en 1876. Su tesis de doctorado, y su campo de estudio fue siempre el de los “alienados llamados delincuentes”. Expuso que los alienados no delinquen, sino que son enfermos mentales. Entre 1920 y 1924 fue diputado nacional, cuando impulsó la ley de la Silla, la cual obligó a proveer de una silla con respaldo a todo empleado. Falleció en Buenos Aires el 21 de octubre de 1934.
[15] Intendente de Quilmes en el período. Ver en EL QUILMERO del lunes, 8 de junio de 2009, “EL INTENDENTE JOSÉ ANDRÉS LOPEZ - EL QUILMES DE ANTAÑO”
http://elquilmero.blogspot.com.ar/2009/06/el-intendente-jose-andres-lopez.html

No hay comentarios: