sábado, 14 de enero de 2012

CUANDO SE ACABÓ EL PUEBLO - MISCELÁNEA QUILMEÑA - 1963

"Rará temporum felicitate, ubi sentire que velis, el que sentías, decire licet"

(Raros días de felicidad, aquellos en los que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente) ‘Gazeta de Buenos Ayres’, 1810.

 
Sí, fue en 1963. Estoy seguro. Lo sentí en la piel. Vi las señales. Eran incuestionables. Hubiera sido imposible que esa curiosa capacidad mía de “darme cuenta” no lo hubiera advertido.
Sí, fue ese año. Pero las señales ya me habían llegado el año anterior. La coyuntura había empezado en 1962, en febrero de ese año. Yo estaba por cumplir 16 años. ¡Turbulentos y fluctuantes 16!...
Hacía poco Quilmes había refundado su amplitud inapropiada con la autonomía de Berazategui; en 1960, con 294 años de historia en que devino de pago a villorrio, de villorrio indio a pueblo de campaña y, en 1916, de pueblo a ciudad, con tan solo 44 años de tal y un crecimiento industrial y poblacional inesperado, aún conservaba la atmósfera pueblerina en las viejas familias; en las casonas de estilo italiano y las importantes residencias de la barranca, en las casas “chorizo” con dos patios y gallinero al fondo, llenas de habitaciones donde vivían familias de hasta diez integrantes de tres generaciones. Se sentía el pueblo en el olor a cebada y la sirena de la Cervecería llamando al trabajador y despidiéndolo; en los potreros repletos de pibes, y señoras a la puerta, en el atardecer, tomando mate y chichoneando con la vecina (de la otra vecina); en los veranos en la Ribera y los corsos en la calle Rivadavia, "La Gran Vía Blanca del Sur!", y en la avenida 12 de Octubre, los bailes en la Municipalidad, en el Universitario, en el Alsina; el té los domingos en las confiterías Astrid o en la Colón, el Maxim y en esa inusitada cantidad de clubes barriales que fundaron los quilmeños desde 1875… El pueblo.
Efectivamente, la coyuntura comenzó en el '62, en febrero. Aún todo iba a tranco lento y un tumulto de pájaros envolvía las mañanas y los atardeceres. 
Yo devoraba las historietas de Mort Cinder en la revista Misterix que escribía Oesterheld y dibujaba Alberto Breccia. Escribía mis primeros poemas malos y algunos cuentos peores. Usaba los primeros vaqueros sanforizados y me divertía con Pepe Biondi - con reservas, porque no me gustaba eso de los cachetazos -, veía Cheyenne en el 9 y Casino Philips en el 13. Pero no me interesaba mucho la televisión.
Para la mirada entre asombrada y desconfiada de los demás, tampoco me interesaba el fútbol; no era la mía, una familia futbolera; ni mi padre, ni mis hermanos, ni mis tíos y primos se interesaban por ese deporte (condición que, en mi país, si se revela hay que pedir perdón) Sin embargo, por imposición materna incursioné, primero, en la escuelita de fútbol de Azpiolea, el carnicero, y luego en el equipo de basket que conducía Rodríguez Reino - deportista y pintor -  en el Club Tucumán. 
Los diarios locales nos  contaban que tras 5 años de vivir en 
 México, Roberto De Vicenzo volvía al país, a su Ranelagh; que, en cambio, Gerónimo Narizzano se iba a Los Ángeles; y que un plástico quilmeño, Manuel Oliveira había sido reconocido por su obra en un periódico catalán. Se veían los primeros Chevrolet 400, Peugeot 403 y los imponderables Valiant. Este año, en julio, salió de la planta de Pacheco el primer Falcon Nacional, esos coches duros que luego tendrían triste devenir. 
Opuesto a la bonanza pueblerina, el mundo, en el 62, estuvo al punto de estallar por tercera vez en el siglo, dado a los encontronazos entre EEUU y la URSS debido a la cuña de Cuba que empieza a ser un carcinoma en la dermis yanqui. Las dos potencias mandan artefactos al  espacio. Argelia se proclama libre de Francia. Se inaugura el Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII, "Juan el Bueno", que le cambiaría definitivamente el perfil a la Iglesia Católica. 
Todos hablan de las frivolidades disfrazadas de dama popular de Jacqueline Kennedy.
Aquí, en nuestra Argentina de 22.000.000 de habitantes, el triunfo peronista del 18 de marzo determina la caída de Frondizi. El cuarto golpe cívico-militar-eclesiástico argentino del siglo XX. Después de hacerle una zancadilla al golpista general Poggi, José María Guido asume la presidencia. La paranoia militar expresada por 121 intentos de golpes de estado se pinta de azules y colorados con el fin de seguir complicándonos la vida. El último fue con éxito.
A los de mi casa, familia radical por parte de madre (mi padre era genéticamente socialista), la muerte de Crisólogo Larralde, vecino de Quilmes, el 23 de febrero, les infundió una sensación de quiebre. Esas pequeñas rajaduras que se van haciendo en las paredes de las casas, por más sólidas que parezcan, a veces por movimiento de los cimientos, a veces por el incremento del ruido, a veces porque la construcción fue errada desde el comienzo. Rajaduras que luego se hacen grietas peligrosas.
Entre la emoción de las cosas simples, se sintió como una pérdida insustituible, la primera de muchas que vendrían luego. Larralde se postulaba para gobernador por la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) en las elecciones, en las que, a nivel nacional, ganó el Dr. Arturo Illia. El intendente radical, Rodolfo Adalberto López, “Robín[1] (nieto y sobrino de intendentes), decretó honores, disponiendo que los edificios municipales tuvieran la bandera a media asta durante tres días.
Lo veo en escorzo, voy por la calle, cruzo la placita Aristóbulo del Valle, paso por la Cervecería y llego a Auto-York la 'fabriquita' donde trabajaba mi papá en Lavalle y Matienzo.
Hay inquietud en las esquinas, en las puertas de los comercios se agrupan vecinos, unos con el diario en las manos otros asomados a las ventanas de sus casas comentan  con los transeúntes lo sucedido.
Criado en un hogar donde prevalecía la pluralidad ideológica, religiosa y social; donde el respeto a la libre elección, a la vida democrática por sobre todas las cosas, a la participación solidaria, la responsabilidad y el compromiso comunitario eran un culto, sin entender mucho de qué se trataba, la sola mención de esa figura civil me concitó en la pena mancomunada.
ROBIN LOPEZ JUNTO A JOSE GOLDAR
Recuerdo que en la casa de mi tía Gilda, el 24, se habían reunido un grupo de familiares y amigos a comentar los hechos. Estaba la pasión desmedida de Catalina Navarro, la reflexión anglo-entrerriana, serena, de Ana Hutchison, la pasividad sentenciosa y certera de Esteba Tomero.
Habían llegado de Miramar para las exequias parientes de mi tía, los Honores, de larga raigambre radical en esa localidad, se alojaban en su casa, muy compungidos por el país; y había otros contertulios más explosivos que no deparaban nada bueno para el futuro. Quizá, por esa cosa fatalista que tenemos los argentinos que nos cuesta cristalizar la alegría o las penas y lo terminamos mezclando todo y dándole a todo un trasfondo difuso. Pero en este caso no estaban tan equivocados. 
En Quilmas también había reductos de ultraderecha, llamados “Guardia Restauradora Nacionalista” o “Tacuaras”, que se había señoreado de ciertas escuelas, familias e instituciones; apañados por algunos miembros de la iglesia católica local.
Pero otro tema distrajo los panegíricos al muerto. Otro arrebato a la vida del pueblo conmovía a ese comité de quilmeños,  por lo incomprensible y absurdo. El 23 de febrero de 1962 se había realizado un acto rimbombante donde un ministro cualquiera entregaba simbólicamente a un presidente de la UTA cualquiera, los colectivos que reemplazarían los tranvías. Sí, la impericia y los intereses económicos de algunos pocos, nos arrebataron el tranvía.
Mientras los funcionarios y políticos celebraban la modernidad de la línea de colectivos 22, los vecinos miraban con recelo y rechazo 
el despojo. Nadie les había preguntado qué necesitaban o qué no. Nadie se había dignado consultarlos sobre algo que era suyo por derecho consuetudinario, por tradición.
Todo el pueblo sintió que Younger, Robertson, Robert W. Bradley, el Dr. Carlos Pizarro Lastra y los hermanos Pedro y Antonio Fiorito se revolvieron en sus tumbas; y si no fuera por el peso de los mármoles y la solidez de las rejas de sus bóvedas, se hubieran levantado a recuperar sus derechos centenarios.
Ya sé, no era todo lo práctico que se pudiera esperar, pero actualizándolos hubieran tenido la misma practicidad que en San Francisco, en Brujas, en Lisboa o en tantas otras ciudades de Europa donde continúan invictos su trayecto hacia todos los futuros.
Siempre el progreso levanta argumentos que parecen convincentes, incuestionables, como se hizo cuando demolieron el fastuoso Teatro Colón de la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza de la estación, y levantaron ese edificio trasgresor y deslucido.
El tranvía se fue… y se nos fue el que nos llevaba a La Ribera... y se fue la infancia bochinchera con amigos, hermanos y sobrinos cargados de canastos y bultos traqueteando el ritmo amarillo del vehículo ante la mirada desaprobatoria del motorman D´Amore con su gorra calada hasta las orejas. Ahí nunca preguntábamos “¿cuándo llegamos?” porque tan sólo subir al tranvía rumbo al río, de pic-nic, ya se iniciaba la diversión. Ni siquiera cuando la vara que conectaba con el cableado de la electricidad se desenganchaba y requería una tediosa maniobra, nos molestaba, pues bajábamos por un extremo, subíamos por el otro, corríamos alrededor del vehículo, bromeando con el conductor que renegaba de nuestra inquietud.
También perdíamos la oportunidad de viajar en ese vehículo bambolente hasta la Capital. ¡Toda una aventura cruzar las localidades que nos separaban del Riachuelo donde aún había tregua de baldíos y campos extensos entre unas y otras, nada parecido a la sucesión de viviendas sin pausas que hoy no distinguen a Don Bosco de Wilde a Sarandi de Avellaneda! Todo es lo mismo, una gran gigantópolis  cuyo núcleo es la Capital. 
Una tarde jugaba a la bolita en la vereda con los pibes del barrio, llegó la hora de la merienda y, no fueron dos veces las que mi vieja me tuvo que llamar a “tomar la leche”, fueron cinco. Cuando finalmente entré el reto fue corrosivo. Ya mis hermanas estaban terminando. Ella quería que acabemos rápido y dejemos la cocina libre porque iban a venir mis tías y tenía que preparar una pastaflora. La leche “pelaba”, encima mi vieja, cuando estaba apurada, tenía la costumbre de hacernos una sopa de leche con pan cortado que me fastidiaba. Me arrebató la taza de loza y la puso a enfriar a bañomaría en la pileta. Me la devuelve, pero la leche seguía indomable. Repite el enfriado y yo, mientras tanto, intento arrebatarle a mi hermana la historieta que leía, iniciamos una pelea, mi madre desde la pileta nos recrimina que "¡basta de barullo y palabrotas!", seguimos la disputa. Hasta que ella, harta, se da vuelta hacia nosotros con el tazón en la mano y me la arroja a la cabeza; con tan buena puntería que me dio con el borde en la frente. Afortunadamente se había enfriado porque el contenido me cayó encima. Junto con el chorreado lácteo, también chorreaba una gruesa línea de sangre de un breve tajo sobre la ceja derecha.
Mi hermanas se quedaron duras, mi madre dio un grito, me tomó de la mano, salió de la casa a la carrera hacía Andrés Baranda (vivíamos a una cuadra), justamente pasaba el tranvía, había olvidado su monedero, igual el guarda, que nos conocía como asiduos pasajeros, no le cobró, paró especialmente para nosotros en el cruce de la calle Islas Malvinas y en el dispensario el Dr. Vaccaro me suturó. 
Esa vivencia: el tranvía, la solicitud del guarda, del conductor, de los pasajeros que le alcanzaban pañuelos a mi madre a costa de no recuperarlos, fue tan pueblerina que quedó selecta en mi memoria, junto con la cicatriz aún visible.
Por supuesto que de la explosión materna saqué, de manera aviesa, algunos réditos que andaba deseando, como el proyector Jugal y seis historietas  mejicanas.
Y allá se fue el tranvía con su lento traqueteo, cargado de sueños inmigrantes, sudor de trabajadores, tejidos de abuelas que tenían todo el tiempo de mundo para terminar la trama convocada. Allá se fue con su inquietud de pibes y bañistas domingueros. Solo, para iniciar su olvido, su ausencia y una vocación de amigos dispuestos al recuerdo.
También el balneario con sus recreos y casillas de fin de semana, empezó a decaer recibiendo, junto con la contaminación del Plata y otras impericias, esa bofetada. 
A pesar de las pérdidas y los arrebatos, el 25 de febrero se me celebró un cumpleaños moderado: hubo torta, parientes, amigos, música y sonrisas, pero había un vaho compungido flotando en el aire. Ya que, además, mi abuela estaba enferma; aunque no manifestaba gravedad, permanecía en cama.
Después de apagar las velas le llevé un pedazo de torta a su dormitorio y le di un bocado; lo comió tanto como para contentarme, pero luego, agradecida, me pidió que dejara el plato sobre su mesa de noche que más tarde lo terminaría. No lo hizo.
En marzo de 1962 murió doña Filomena María de Baunelle, mujer de inimaginable dulzura, cálida, inteligente e imperiosamente querible. Había nacido en Quilmes un 13 de marzo de 1881. Precisamente en la esquina SO de las calles Pasó y Moreno. Las afueras del pueblo, que en ese entonces terminaba poco antes de la calle Alberdi. Su madre, Libertad, criolla, había muerto de tisis cuando Mena tenía 6 años y su padre, Rafael, un inmigrante francés, fue guardagujas del ferrocarril del Sud, en Quilmes, hasta que una distracción alcohólica lo empujó bajo las ruedas de la formación de las 3:50 hs. rumbo a La Plata en el cruce de Amoedo; mi abuela tenía 15 años.
Desde la muerte de su madre, continuó su crianza una parienta, Misia Juana Cabrera, maestra, con la que vivió hasta que esa mujer de inapelable misticismo, en la madurez, tomo los hábitos en una congregación de monjas de clausura. [2] 
Doña María Mena, como la apodaban, amaba las zarzuelas, que ponían en el teatro Avenida, las películas de Lolita Torres; era asidua de la biblioteca Sarmiento, pues no podía comprarse libros, leía Balzac y Zola en francés, en el original, no por escuela sino por genética. Sus creencias religiosas eran tibias.
En mi fantasía, ella era Quilmes; con sus amigas, los recuerdos de sus maestras, sobre todo la señorita Demetria Rivero, sus vecinos, los personajes que la maravillaban, las luchas contra el barro de las calles adherido al ruedo de los vestidos y las zanjas y las lagunas superpobladas de aves y de mosquitos.
Ella, del farol a kerosén pasó a la televisión, de la tabla de lavar al lavarropa automático, del silencio sin medida del amanecer, del silencio de las siestas, del silencio de los anocheceres cálidos o helados donde solo una serenata de grillos y ranas interrumpía a veces el bullir del pensamiento, ella, de tanto silencio, pasó al estruendo de la velocidad, de la comunicación y del consumo; y no dejaba de asombrarse.
Mi abuela no perdió nunca el asombro. Cuando se llega a una edad que el pasado invade toda la vida y el futuro es tan sólo “después”, tan solo “un rato más” donde las posibilidades de proyectos son monserga de la “nueva era”  y los popes de la salud física y psíquica que quieren vernos a todos en estado de limbo, flacos, rozagantes, atiborrados de cereales, agua, verduras y frutas; cuando el pasado tiene todas las extensiones no se habla más que de él.
Sin embargo, ella no consideraba eso de, “todo tiempo pasado fue mejor”; pues estaba siempre invadida por el asombro de un  presente en vertiginoso e incesante cambio; por las virtudes que la tecnología y la ciencia le daban al hombre cada día, de las que, todos los días, buscaba ávidamente noticias en los diarios y revistas que caían en sus manos.
El progresos la hacían renegar de los rigores e inconvenientes de aquel su pasado: como agotarse la vista escribiendo a la luz de una vela o del hediondo farol; helarse las manos lavando la ropa en el piletón, con los consecuentes sabañones; humearse desagradablemente mientras se preparaba la comida en la Istilart; embadurnándose con el carbón y la leña; bombear el agua tres o cuatro veces por día y calentarla para bañarse en incómodos fuentones de latón... ¡y las letrinas! ¡los cuartos fríos en invierno! ¡andar por las calles lodosa bajo una lluvia torrencial! ¡torcerse un pie en las veredas de ladrillos colocados al garete...! ¡desesperar por las tolvaneras que se levantaban cuando el viento del sudoeste quería empujar al pueblo al río! ¡o cuando el río se proponía entrar en el pueblo tras los embates del viento del sudeste!...
El presente la maravillaba; sus nostalgias eran sus padres, las primas y amigas: Fany Nicholson, María Ferrari, Lorenza Jordán de Ruesta, Adelina Mandile, Mercedes Ayala de Hutchison; los vecinos: Logiocco, Llorente, Manini, Mergasi, Cabezas, Jové, Massa, Del Ponte-Paroni, Mezullo… es decir, la gente, el saludo y el perfume a campo que aún embalsamaba al pueblo cuando llegaba la primavera.
Sí, fue con ella, con ese otro muerto principal y con el tranvía, cuando sentí que se comenzaba a difuminar el pueblo.
Transcurrió el resto del año y llegó 1963. El 8 de febrero murió, después de una cruenta enfermedad, don Rodolfo Ostry, amigo y una especie de hermano mayor de mi padre, compañeros en la fábrica Tapas Coronas de la Cervecería y socios en la empresa Auto-York que habían fundado juntos 20 años atrás.
Don Rodolfo era austriaco, y tenía cuando murió 78 años. Era un hombre afable y sentencioso, de porte imponente, robusto, no tenía el gesto duro de los germanos. Mi padre le llevaba a escondida morfina para aliviarle los terribles dolores que lo torturaban. Seguramente mi viejo revivía la historia del padecimiento de mi hermano, muerto del mismo mal en 1955.
En esos tiempos, a mí se me perfilaban las veleidades de escritor, pero, en bien de la literatura, me limitaba a mi diario, donde daba testimonio de los días; el 1 de mayo escribí: “Ayer, 1 de mayo,  murió el doctor Isidoro Iriarte, médico de mi hermano Alfredo. Mi padre, que iba como voluntario dos o tres veces por semana a hacer reparaciones al Hospital, lo había visitado unas pocas semanas antes y lo había encontrado bastante decaído por los problemas graves por los que está pasando el Hospital de Quilmes a quien la provincia y la municipalidad le adeudan nueve millones de pesos en subsidios y corre riesgos de cierre. Yo como salí unos días del colegio de Bernal, donde estoy pupilo, lo acompañé  al velatorio y al entierro. Una inmensa columna de quilmeños, casi todos hombres, atravesó caminando detrás del carruaje fúnebre con caballos la calle Rivadavia. Los comercios al paso del cortejo iban cerrando sus puertas y bajando las cortinas. En algunas vidrieras había crepones negros. Recordé el sentimiento sin pudores manifestado un año antes con la muerte de Crisólogo Larralde. Hoy los diarios sólo se ocupan de don Isidoro, su obra de vida...”
Cuando escribí esto no sospechaba que cincuenta días después seguiría a ese mismo carruaje cargado con los restos de mi padre. Tenía tan sólo 68 años... yo 16.
Don Armando había llegado a Quilmes en 1917, a  realizar una pasantía en la Cervecería como ex alumno de la escuela técnica de Otto Krause, con tan solo 23 años. Allí trabajo 40, jubilándose como jefe de máquinas y personal de la Tapas Corona.
Los primeros tiempos viajaba todos los días desde y hacia su casa paterna en la calle Rincón 1062, entre las calles Carlos Calvo y Humberto Primo de la Capital.
Cuando llegó, Quilmes era un humilde pueblito con el único atractivo de la cercanía con el río y su ribera. Así lo debía ver el joven porteño que vivía en una ciudad con su variada oferta de adelantos y entretenimientos.
En 1919, la empresa de los Bemberg ofrece créditos hipotecarios para que sus directores, jefes y capataces se radiquen en Quilmes y mi padre consideró la oportunidad y la conveniencia de comprarse un terreno y hacerse una casa. Lo concretó en Lavalle y Matienzo, esquina noroeste, donde aún se levanta la vivienda que ponto cumplirá 100 años.
Aquel 1963, estuvo signado para la historia por otras muertes coyunturales, no sólo entre nosotros: en Roma el papa reformista, Juan XXIII; en EEUU, el 22 de noviembre asesinan a su presidente, John F. Kennedy; en París muere una voz, Edith Piaf y el crimen de la guerra, en Vietnam, es inminente.    
Una subversión militar, en abril determina la victoria de los azules con Onganía a la cabeza que da paso a las elecciones, pero le queda el dulce gusto de asomarse al poder y creerse una figura mesiánica que hará de la Argentina un paraíso de bonanza y paz. 
Con el peronismo proscrito asume la Presidencia de la República el Dr. Arturo Illia.
Onganía vigilaba artero. Una sequía hace trastabillar la economía, sin embargo, somos el cuarto país productor de vino. En el Río de la Plata se hunde el vapor de la carrera “Ciudad de Asunción”. Piazzolla le pone una música definitiva al perfil porteño y sus compases seducen al mundo, no tanto a los locales.  
Si bien Quilmes fue declarada ciudad el 2 de agosto de 1916 durante la intendencia de Pablo Castro, y esta elevación le dio un nuevo impulso económico y demográfico, fue tan sólo un trámite burocrático porque la cálida llaneza pueblerina prevaleció muchos años. Hasta 1963, aún no se había despegado del barro, de la siesta, de la bonachona vecindad y del piberío en los potreros, de los parentescos entrelazados, las veladas familiares en los clubes del barrio, de las veredas de ladrillos, los focos de luz mustia en las bocacalles; de los otoños dorados de yingos biloba en la plaza Aristóbulo del Valle y los octubres embalsamados de tilos; las primaveras violeta-azuladas de los jacarandaes de la calle Córdoba; las galerías de las casas amigas sombreadas de jazmines del país, glicinas, madreselvas y santarritas.
Aún conservaba la bonhomía de tantos pueblos bonaerenses. Sitios que aún la conservan a duras penas y afortunadamente.
Sí, en 1963, se acabó. Para bien o para mal. ¡Qué importa! Nada vence el transcurrir; enfrentarse a él es improcedente. Esto no es nostalgia, es memoria de lo que fue y se acabó un día, a partir de un año. 
Quizá nadie más que yo se dio cuenta. Algunos dejaron que la sustancia contundente de la segunda mitad del siglo los atravesara, otros cerraron los ojos y sólo yo y unos pocos más los abrimos para mirar para atrás y advertir que definitivamente se había acabado el pueblo... y comenzaba una historia nueva... Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.
Chalo Agnelli
NOTAS

[1] Murió el último jueves de diciembre del 2006. 
[2] Ver en “Historias de más acá, relatos quilmeños”, Ed. Dunken, 2003, de quien suscribe, “Los motivos del silencio” y “Maestros y Escuelas de Quilmes”



jueves, 12 de enero de 2012

UNA ANÉCDOTA DEPORTIVA – RACING Y ALUMNI – IRIARTE Y LOPEZ

Texto del periodista Víctor Alberto Giordano

El Sol, 1987
“Según una antigua publicación deportiva, el Club Rácing de Avellaneda subsiste gracias a la actitud de dos caballeros que, hace tiempo, integraban el Consejo de la Asociación del Fútbol Argentino como delegados de una institución amiga: el “Club Argentino de Quilmes". Fue aquel un rasgo que la mayoría de los asociados de la entidad de Avellaneda ignora y por eso mismo es justo ponerlo en conocimiento de todos.
Al terminarse un partido de tercera división entre Alumni y Rácing, en la vieja cancha de la calle O' Gorman, unos cuantos muchachos arrojaron algunos cascotes sobre el techo de una casilla. Ese hecho motivó una seria denuncia a la Liga y a la Comisión que estudió el asunto aconsejó, sin contemplaciones, la expulsión de Rácing.
J. E. López
Posiblemente esté por demás decir que el Consejo que procedía con tan pasmosa rigurosidad estaba formado casi exclusivamente por ingleses. Al conocerse la medida aconsejada por la Comisión, tomaron la defensa de Rácing los doctores Isidoro G. Iriarte y José Eduardo López (médico y abogado respectivamente).
Fue aquella una defensa tenaz y valiosa que consiguió modificar al dictamen.
Dr. I. Iriarte
No es posible olvidarlo, porque la expulsión en tales circunstancias habría significado la muerte del Club, mientras que el levantamiento de la pena permitióle seguir adelante por la ruta del progreso como ejemplo de disciplina y de respeto.
Tanto Isidoro G. Iriarte, cuanto José Eduardo López, son para los quilmeños, nombres inolvidables; el primero porque se consagró con nítidos perfiles al arte de la medicina, constituyéndose en un cirujano de alto relieve, el Hospital Zonal de Agudos local lleva su nombre, y el segundo, en el plano político, fue Intendente Municipal en el año 1927, por el Partido Radical”
Fotografías de Alcibiades Rodríguez
Compilación Chalo Agnelli
Víctor Giordano
Colaboración don Eduardo López

lunes, 9 de enero de 2012

ANTONIO BARRERA Y PICART - EL CUARTETO DE CUERDAS "QUILMES"

El segundo Antonio Barrera, nacido en Barcelona en 1856, llegó con su padre a la Argentina y en 1873 a Quilmes. En poco tiempo se destaca por su capacidad musical. Con tan solo 19 años se hace cargo del sostén de la familia, dando lecciones de música a algunas familias del pueblo y actuando como organista de la Iglesia parroquial desde entonces hasta su muerte en 1929.
Habiéndose don Antonio Barrera Picart empapado de musicalidad desde su más tierna infancia, pudo asimilar y transmitir la genialidad de su padre. En 1875, ingresó a la orquesta del Teatro Colón, el viejo, como primer violín. Fue director de orquesta en teatros de la ciudad de Buenos Aires: “El Alcázar” y “La Alegría”. El primero en la actual calle Chacabuco y el segundo en la calle Florida entre Cangallo y Bartolomé Mitre.
Y a partir de 1875, fundó en Quilmes varias organizaciones musicales: bandas, orquestas y coros. Así como fue un asiduo y activo promotor, organizador, miembro y coordinador de todas las entidades sociales, comunitarias, culturales y de bien público que vieran la luz en el pueblo.

FIESTAS PATRIAS
En “El Quilmero” del domingo 19 de junio de 1876 se comenzó a promover el festejo de la fiesta patria del 9 de julio como la conmemoración lo merecía, pues el 25 de Mayo anterior había carecido de la mínima demostración oficial o particular de los vecinos de Quilmes. Se comenzaron a recolectar fondos entre los particulares y Municipalidad para darle el brillo necesario y, precisamente Antonio Barrera (h) fue parte de una de las comisiones más entusiastas para concretar el objetivo. Dice “El Quilmero” del 22 de junio siguiente: “El domingo en la confitería de Ángel Meals se reunió el vecindario para realizar algunas fiestas el 9 de Julio. Se designó una comisión integrada por José A. Wilde, Mariano Otamendi, Juan Robson, Mariano Solla, José A. Matienzo. Estos se dirigirán a la municipalidad, al Sr. Cura párroco, (Pbro. Quesada) al Consejo Escolar para que desde sus funciones colaboren con la celebración patria. Del mismo modo al vecindario para que embanderen los frentes. Para la recolección de fondos se designó a José Carbone, Eusebio Rodríguez, Antonio Barrera (h) y Rodolfo Vega...”La comisión de la que formaba parte Barrera, en poco tiempo, fue la que recolectó más fondos como dice el mismo periódico el 25 de junio: “La comisión del Sud que integran Rodolfo L. Vega y Antonio Barrera, encargada de recolectar fondos en el pueblo remitió la lista de contribuyentes hasta el 23 del actual. Total 300 pesos.” Esta fue la primera y una de las fiestas patrias más brillantes que se celebraron en el viejo pueblito del sur. Hubo fuegos artificiales, carreras de sortijas a cargo de Mariano Solla y bailes en las casas de particulares. Además, Antonio Barrera (padre) organizó y dirigió el Te Deum y la misa cantada, preparó a los alumnos de las escuelas del pueblo y de la campaña coordinados por el preceptor Robustiano Pérez que madrugaron a la espera de la salida del sol en la plaza principal, actual San Martín, donde cantaron el Himno. “Si los fondos alcanzaren, también se costeará alguna compañía de pruebistas (sic) que hagan pruebas en la calle.”Informa el bisemanario de Giménez el 29 de junio.

UNA MUERTE SORPRESIVA
La muerte de su padre en 1877 le deja por largos años en sus manos la dirección de los músicos quilmeños. El 30 de setiembre de ese mismo año, a poco de la muerte de su padre, “El Quilmero” invita a los aficionados a ensayar para la misa del 8 de diciembre en la barbería del flebótomo José Navarro. 1
Fue el paradigma de lo musical en el pueblo y nadie compraba un instrumento sin antes consultar al “joven Barrera” como solía nombrarlo el pueblo. Incluso tuvo primordial ingerencia en los trámites (tanto por sus conocimientos musicales como por sus aportes económicos) que culminaron con la adquisición del órgano para la Catedral, durante el curato del Pbro. Manuel Bruzzone (período 1910 – 1929)
Don Antonio y doña Águeda con sus 5 hijos: (de izq. a der.) Beatriz B.N. de Garay, Antonio, Águeda B.N. de Bradley y César, (sentada) Dora B.N. de Ricagno (foto obsequiada al autor por Dora Ricagno de Raggio).
ÁGUEDA NICHOLSON
Se casó en 1883 con Águeda Nicholson, hija de John Nicholson que según Maxine Hanon, 2 había nacido en 1825; en Inglaterra. Llegó a Quilmes en 1845 cuando el crecimiento de la industria saladeril y la cría de ganado ovino requerían de mano de obra capacitada. Trabajó como medianero en los campos de Andrés Baranda uno de los más afanosos intendentes que abrieron la huella del progreso en el pueblo. Se casó con Agnes Young, escocesa presbiteriana, y tuvieron 3 hijos: Águeda, Fanny y Juan, nacido el 24 de octubre de 1856.
Baranda junto con su esposa Aurora Giles, 3 se encariñaron con la pequeña Águeda y resolvieron criarla, pero tras la prematura muerte de doña Aurora, asumió la crianza su hija doña Cruz Baranda de Risso. 4 Esta, con su esposa, don Celestino Risso, continuaron la crianza y la educaron desde la primera infancia, considerándola la hija que no pudieron tener y haciéndola única heredera de una considerable fortuna. Muerta prematuramente doña Águeda su madre adoptiva, Mamá Cruz, termina la crianza de dos de sus hijas mayores: Águeda y Beatriz, en su casa de la estancia de Baranda, próxima a la fábrica Peugeot.
Convencido de la máxima: “la herencia de una fortuna no es mérito y sólo causa orgullo al necio”, Antonio Barrera no se apoltronó en su seguridad sino que con ella privilegió una actitud solidaria y participativa en bien del comunitario de Quilmes.

EL LAZARETO
En 1886 el matrimonio Barrera-Nicholson tuvo una activa actuación en pos de la higiene y la salubridad del pueblo y la campaña del partido de Quilmes. La experiencia vivida de dos epidemias de cólera y la fiebre amarilla en Buenos Aires, que si bien no se había extendido por la localidad, se produjeron casos aislados que se pudieron controlar oportunamente, obligó a pensar en la necesidad de un hospital. La tarea la asumió una comisión de señoras presidida por Federica Dolman de Guijarro, acompañada por las maestras Petronila y Demetria Rivero, Florinda Fernández de Catalá y las vecinas María A. de Lasalle, María Marrull de del Campo, Matilde Villa, Vicenta Lasalle, Gregoria Lerdou y la señora Águeda Nicholson de Barrera. El 7 de setiembre de ese año se organizó un festival. Con los fondos obtenidos se abrió una sala hospital en la calle Alsina ente San Martín y Moreno, sobre la vereda noreste que luego la gente dio en llamar “El Lazareto”. Por otra parte en noviembre se organizó una comisión encargada de la higiene en el municipio formada por el Dr. Edmundo Fierro, Indalecio Sánchez, Celestino Risso, Daniel A. Páez, Fernando Otamendi y don Antonio Barrera.

EL CLUB SOCIAL DE QUILMES
El 31 de marzo de 1901, Antonio Barrera, participa de la fundación del Club Social con el Dr. Ildefonso Salas, D. Mariano Castellanos, Dr. Felipe M. Amoedo, Juan y Héctor Ithuralde, Sr. Agustín V. Matienzo, Guillermo Tollo, Alejandro Otamendi, Samuel Canaveri, Luis Odera, Juan Escobar, Juan A. Arenales, Casimiro Arias, Ramón Castaño, José B. Wilde y el Sr. H. A. Jacobs.
Fue secretario del Consejo Escolar desde 1885 hasta 1911. Y secretario del Honorable Concejo Deliberante desde 1892 hasta 1917. Actividades estas que, durante algunos años, ejerció simultáneamente. En 1920 actuó como Concejal Municipal y en 1922 Consejero Escolar. Como municipal apoyó el petitorio de Otto Bemberg, promoviendo la instalación de la Cervecería contra los que se oponían en el H. Concejo Deliberante. Fue accionista del banco Popular desde su fundación y Director desde 1927 hasta su muerte. El Banco Popular fue una institución financiera representativa del progreso económico de Quilmes se inició con un capital de un millón de pesos el 29 de octubre de 1907. Otorgaba préstamos para la edificación, llegando a existir en Quilmes, en 1930, 900 edificio levantados con el apoyo del este banco, entre ellos el palacio de la Municipalidad (actual Casa de la Cultura)

El cuarteto “Quilmes” primer cuarteto de cuerdas que tuvo el pueblo. Circa 1887/1888. De pie Antonio Barrera, sentados Rodolfo Labourt, Juan Ithuralde, en violines y Julio Fernández Villanueva en violoncello; el médico, primer artista plástico nacido en Quilmes y músico que morirá durante la Revolución del Parque, 1890,  atendiendo a los heridos. (foto colección Alcibíades Rodríguez, revista "Quilmes en el recuerdo", 1987)
EL PRIMER CUARTETO DE CUERDAS
Su actividad oficial no lo apartó de la música y en 1888 formó el cuarteto “Quilmes” con Rodolfo Labourt y Juan Ithuralde en violines, Julio Fernández Villanueva en violonchelo y él en viola. Ese mismo año llegó a Buenos Aires la cantante lírica Adelina Patti 5 que había conocido a los Barrera en España y pidió especialmente que la acompañara en los ensayos. Fueron más de cincuenta los años en que desplegó su capacidad musical en el partido de Quilmes. Este despliegue artístico recobraría relevancia en el distrito en 1934 cuando el maestro Leonardo Gay fundó la orquesta de la Asociación Sinfónica de Quilmes.

EN EL COLÓN DE BUENOS AIRES
Iniciadas las obras para levantar el edificio del actual teatro Colón se hizo una colecta pública en la que don Antonio Barrera colaboró generosamente. A raíz de esto se le dio un abono de palco vitalicio y un “ropero” para guardar sus binoculares e indumentaria de ocasión. 6 Falleció el 25 de noviembre de 1929 en la casa que fuera de don Andrés Baranda en la esquina NE de Rivadavia y Sarmiento.
Continuaron esta zaga social, artística, cultural y política, de hombres públicos y profesionales los hijos y descendientes del matrimonio Barrera Nicholson:

NOTAS
1 El viernes 19 de mayo de 1876 José H. Navarro, aprobó el examen en la facultad de medicina de Buenos Aires que lo habilita a ejercer como flebótomo. “El “Quilmero 25/5/1876 N° 50.
2 Ver bibliografía “Diccionario...” Pág. 631
3 Aurora Giles era hermana de don Bernabé Giles en cuya casa de Sarmiento y Alsina esquina SE estuvo un tiempo la escuela N° 1. Ambos descendientes de los propietarios de las tierras donde se fundó el pueblo de San Andrés de Giles. Ver: “Quién es Quien en Quilmes”: Giles y Gaete de Mayol, Gerónima.
4 Según cuenta doña Lila A. Giordano de Campelo en “Reseña Histórica de la Parroquia Inmaculada Concepción Hoy catedral de Quilmes”. “Entrando en la Catedral a la derecha nos encontramos con el hermosos Jesús de Nazareth (el Nazareno), donado por la hija de don Andrés Baranda, señora Cruz Baranda de Risso en el año 1870”
5 Adelina Patti nació en Madrid el 19 de febrero de 1843, en oportunidad que sus padres, italianos, se hallaban de paso por España en una gira artística. Inició su carrera en 1859 en Nueva York. En 1888 llegó a la Argentina, presentándose en el teatro Politeama con la ópera “El barbero de Sevilla”. Volvió al año siguiente pues, según sus memorias, Buenos Aires fue la plaza teatral que le ofreció los mejores contratos. Santiago de Estrada en su libro “Teatro”, escribe: “Eso que se siente al escuchar el murmullo de las olas del mar o de contemplar las cumbres de las montañas, se saca del teatro después de ver a Adelina Patti”. Murió el 27 de setiembre de 1919.
6 Hechos tomados de apuntes de sucesos, “Instituciones y personajes de Quilmes” investigación y escritos de Guillermo C. Maier, aportados por don César Barrera Nicholson, existentes en la Biblioteca Municipal Domingo F. Sarmiento: completados por las entrevistas que el autor de estas páginas tuvo con el Dr. Eduardo Barrera Almeida y con la Sra. Dora Ricagno Barrera de Raggio.
Casa de los Barrera Nicholson, en la esquina NE de Sarmiento y Rivadvia; anteriormente había sido de la madre de crianza de doña Águeda, Cruz Baranda de Risso, legada a esta última por su padre don Andrés Baranda que a su vez, la había comprado al párroco de Quilmes (1845-1854) que mandó construirla, el Pbro. José Ramos y Otero. Se derribó en 1972 (circa) y en su lugar se levantó un edificio de departamentos. 
Del libro de Chalo Agnelli, 
"Migraciones - Cuatro colectividades quilmeñas - 
Cinco familias para una historia social" 
Ed. Jarmat, 2006.-