sábado, 1 de agosto de 2020

PALABRAS PARA UN CENTENARIO - PRÓLOGO

Me piden un breve prólogo para el libro conmemorativo del Centenario del “Allá lejos y hace tiempo”. Después de todo lo que he leído y aprendido y enseñado y escrito sobre Guillermo Enrique Hudson y su obra, con la ventaja de haber tenido como imperecedero maestro en esta asignatura a Juan Carlos Lombán, uno de los más rigurosos exégetas de la figura inconmensurable de ‘mi vecino’, el primer escritor y naturalista quilmeño, me resulta muy difícil, casi imposible, no ser reiterativo, no extenderme más de los apropiado, no ser autorreferencial.

Tuve el privilegio de trabajar y prologar para la Editorial Buenos Aires Books el “Guillermo Enrique Hudson o el legado inmerecido” escrito por mi maestro y traído al nuevo siglo tras 42 años de su aparición; luego, recabar y poner en valor toda la documentación sobre Hudson que se encontraba en el archivo personal del Prof. Lombán, que se me legó, y entregarlo a la Biblioteca del Museo Histórico Regional Guillermo Enrique Hudson de Florencio Varela (2017)… con este fecundo trayecto, con las extremas limitaciones de mi capacidad y naturales reservas (y no es falsa modestia), me permito incluirme en la lista de los apasionados hudsonianos que mucho, mucho antes, fueron hipnotizados por la fecundidad de su literatura, de su pasión por la tierra donde nació, se crió, transcurrió la adolescencia y la primera juventud (momentos en que se imprime la personalidad)…

Entonces, sin modestia aparte (ahora sí), puedo sumarme a la nómina de los;  Fernando I. Pozzo, Celia Rodríguez Compmartin, Violeta Schinya, Alicia Jurado, Roberto Cunninghame Graham, Ian, G. Dysdale, José Gabriel López Buisán, José A. Craviotto, César Barrera Nicholson, Justo P. Sáenz, Jorge Casares, César Bustillo, Masao Tsuda, César Goñi, Guillermo Ara, Antonio Parodi, Marcos Victorica, Enrique Pedrotti, Aníbal Rubén Ravera, María Rosa Mariani, Roberto Tassano, Graciela Linari, Laura Fernández, Hugo Manning, Jorge Pickenhayn, Marisa Iriarte y muchos, muchos más que injustamente olvido.

Hace 62 años que llegó a mis manos el “Allá lejos y hace tiempo” de la editorial Peuser, de tapas duras; fue un 25 de febrero de 1956, regalo de una de mis hermanas por mi décimo cumpleaños (épocas aquellas en la que aún se les regalaban libros a los niños) En los límites de la niñez, para mí, era esa otra novela de un escritor inglés, que escribía sobre mi tierra, pero en sus páginas encontré, sin embargo, que era una historia argentina de un argentino que vencía su nostalgia transcribiendo, describiendo, narrando sus primeros años de vida en su tierra natal… y no era literatura de ficción, también contenía ciencias naturales, geografía,

historia, tradiciones de la tierra, vidas, costumbres, folklore…

Y todo lo escritor transcurría a pocos kilómetros de mi casa familiar en Quilmes y de un campo donde mis antepasados tuvieron un tambo, vecino a “Los veinticinco ombúes”.

Fue para mis jóvenes años, un descubrimiento que encumbró, esclareció y sustentó cuanto charlaban mis abuelos del Quilmes de antaño, la sinuosidad geográfica y la irregularidad de su clima, la riqueza de aves que el crecimiento urbano iba desarraigando, su gente, mujeres y hombres de la ‘campaña’, la imponente figura del gaucho que contradictoriamente desmerecían algunos personeros de la historia que leíamos en la escuela.

Y todo estaba reunido en ese libro, hoy centenario, “con una prosa fluida y sencilla, nada ampulosa y exagerada”.

Si bien la pampa se halla presente en todos los libros de Hudson, en este, la protagonista, es la porción que me circunda. Con él me contagié del amor a la naturaleza que reclamaba el Dr. Pozzo para todos los jóvenes en sus palabras liminares para la edición de 1938.

¡Pera era una traducción! ¡Hudson escribió sobre nuestra pampa en inglés! Claro, él vivía en Inglaterra… ¿Quién le hubiera publicado ese libro si lo hubiera escrito en castellano? ¿Quién lo hubiera leído? ¿Qué editorial se lo hubiera publicado en la Argentina en 1918? Él escribió en inglés lo que amó en castellano, afirmaba el profesor Lombán. Si bien la suya era sangre de inmigrantes, era argentino en todo lo esencial, ya que el ambiente influye más en la vida que el origen de los antepasados. "Era argentino y lo fue hasta el último día de su vida. Hasta en el físico conservó el tipo del gaucho; su hablar lento y su acento de la Pampa, siempre me hacían pensar que tenía ante mí un gau­cho de viejo cuño.” Así describía Robert B. Cunninghame Graham en carta al Dr. Pozzo de julio 1934, a Guillermo Enrique Hudson.

***

“No tuve nunca la intención de hacer una autobiografía. Desde que empecé a escribir, en mi madurez, he relatado de tiempo en tiempo algunos incidentes de la infancia, contenidos en varios capítulos de ‘El naturalista del Plata’, de ‘Pájaros y hombres’, de ‘Aventuras entre los pájaros’ y de otras obras, así como también en artículos de revistas. Tal material lo habría conservado si me hubiera propuesto a hacer un libro como este…”

Avanzo por una terrosa calle. Es invierno, principios de agosto, pero el sol es tibio. Llego a la tranquera entornada e ingreso en un corredor techado y sombreado de árboles a los que una brisa leve pone música, tonadas verdes. Los rayos del sol insisten en atravesar la fronda y piso la luz en el suelo húmedo del rocío persistente. Trinos, picoteos, azotar de alas se pronuncian entre las hojas. Llego al amplio espacio que alguna vez fue casco de “Los veinticinco ombúes” y allá iluminada por la naturaleza del día, blanca, la humilde casa donde nació el primer escritor quilmeño  “Allá lejos y hace tiempo”.  También, se me va diseñando un hombre alto, sólido, de barba densa y abundante cabellera casi rizada, silencioso, pero atento a todo en su entorno, adusto, de agudos ojos pardos,  brillantes con cierta melancolía natural, de mirada persistente, un romero… romero siempre en busca de caminos nuevos.

Sensibles a todo viento
          y bajo todos los cielos

“La felicidad no la perdí jamás, pero debido a aquella facultad de que ya he hablado, tenía un efecto acumulativo en la mente y era de nuevo mía. Así fue que en mis perores días, en Londres, cuando estaba obligado a vivir alejado de la naturaleza por largos períodos, enfermo, pobre y sin amigos, yo podía siempre sentir que era infinitamente mejor ‘ser, que no ser’.”

Para la Editorial Buenos Aires Books

Prof. Chalo Agnelli presidente de la Asociación Historiadores 'Los Quilmeros' - vicepresidente de la Biblioteca Popular 'Pedro Goyena' - Director del Museo Bibliográfico Documental Bibliotecario 'Carlos Córdoba' - Director del Blog 'EL QUILMERO' - asesor emérito de la Junta de Estudios Históricos de Quilmes

miércoles, 29 de julio de 2020

ALDO SEVERI TRABAJANDO EN SU CASA DE QUILMES - 1968


 

En su casona de Quilmes el artista Aldo Severi recoge y aplica una
expresión particularísima creada allá por el año 1798 en Munich por Alois
Senefelder, litografía sobre piel. Su labor creativa plasmada en obras que han
merecido elogiosos juicios y que enriquecen importantes colecciones respeta un
procedimiento químico especial que consiste en obtener de la plancha burigada
en piedras de Solnhofre, Alemania por medio de una prensa especial tiras de
estampas que se consideran originales. El valor de estas realizaciones se eleva
con el criterio conceptual muy propio de Aldo Severi, quien encara una senda
artística raramente transitada en nuestro medio, es una evidencia de fuerte
personalidad y de amor al trabajo por el arte mismo. Fecha: 1968 - Duración: 1
minuto 3 segundos - Código del film: D-01897


lunes, 20 de julio de 2020

VICENTE MURABITO… Y SIEMPRE EL TEATRO (COLABORACIÓN)

"Hay muchas personas que dicen que el teatro no cambiará o no puede cambiar nada de lo que está ocurriendo, pero el teatro nunca huye y tiene la condición de refugio. Dondequiera que haya actores y audiencias, se contarán historias que no pueden ser contadas en cualquier otro lugar, ya sea en óperas o teatros de grandes ciudades o bien en campamentos de refugiados".[1]

VICENTE MURABITO

El espectáculo nunca acaba, cuando se cierra el telón nos queda la memoria.  Vicente Murabito arrancó su carrera en los años ‘40, ‘ganándose el mango’, recorriendo los teatros populares de La Boca e integrando elencos itinerantes de la ciudad de Buenos Aires. Elencos con los cuales recorrió de punta a punta la provincia de Buenos Aires y algunas del interior. Más tarde formó su familia y se radicó en Bernal junto a sus hijos Patricia y Juan.

Actuó en numerosas salas porteñas como “número vivo”, que eran presentaciones de variedades de un acto, a cargo de  diversos artistas, actuaciones breves que se hacía en los cines, durante los intervalos entre películas.

Actor de todos los elencos, genio del sainete criollo: tano, gallego, turco, guapo, taita... y todos los personajes imaginables del género chico argentino. En Quilmes brilló, dirigido por Alfredo Canessa, en el viejo teatro Colón y en el teatro municipal cuando estabaen la Casa de la Cultura, en una fantástica puesta de "Una Libra de Carne" de Agustín Cuzzani, personificando a Shylock García, demostrando así su capacidad también para obras dramáticas… “Ahí va de mi amor un gajo”, o “Tu cuna fue un conventillo”, con su amigo Oscar Rodríguez Carabelli, quien lo dirigió en “Chau Pericles” y “El acompañamiento.

En alguna ocasión fue dirigido por Norberto Martín en la obra "Monserrat", y durante muchos años integró el elenco estable del Centro Tradicionalista "El Rodeo" de Bernal, haciendo obras del repertorio nacional dirigidos por Juan Carlos Veroli. También fue jurado junto con Norberto Martín, Elvira Lammana y Christian Sabaz del “Primer Festival Regional de Sainete y Grotesco” que se realizó entre el 5 y el 28 de agosto de 2005, en diversas salas teatrales del Partido de Quilmes.

CASA DE ARTE DOÑA ROSA

Los últimos trabajos, y tal vez de los más exitosos, según sus propias palabras, fueron en Casa de Arte Doña Rosa encarnando a "Chichilo" en la recordada "Una Notte Italiana", espectáculo teatral-musical junto al grupo “I Nostri” y los cantantes Mimo Mollusso y Paula Castignola". Tanta era la gente que lo venía a ver, que al terminar la función tenía que demorarse media hora o más para saludar y sacarse fotos con quien lo pidiera.

El pasado sábado 11 de julio 2020, a las 11:45 de la noche, tras una descompensación seguida de un ataque cardiaco, se fue a otros escenarios Vicente Murabito, tenía lúcidos 93 años. Fue el ‘actor característico’ más grande que dio Quilmes en los últimos 60 años; los que lo vieron en un escenario saben de la certeza de estas palabras.  Un tipo genial, eso fue Vicente Murabito. Actor de fuste inolvidable.


                       Nilda Dotremont y Vicente Murabito (Foto de Fernando San Martín)


por Gustavo Castignola

Perspectiva Sur - 17/7/2020

NOTA

[1] Frase del manifiesto para conmemorar el Día Mundial del Teatro 2018, leído por el actor británico Simon McBurney