El
13 de octubre de este nefasto 2020, partía Lucas Nicolás Soldo, cuando en razón
del aislamiento por la Pandemia pudo ser despedido solamente por familiares cercanos,
sin que la comunidad educativa a la que dedicó una vida tuviera la oportunidad
de ofrecerle el sencillo homenaje del último adiós. Pero un docente perdura,
sigue viviendo en su la huellas que dejó, y grande fue el legado de Soldo que hoy 15 de noviembre, recuperamos conmemorando el día de la Educación Técnica.

Con
un futuro promisorio en el fútbol Lucas Nicolás Soldo, que había iniciado
en las inferiores de Quilmes para
integrar el equipo de Los Andes campeón en 1957 y Arsenal en 1962, cuando llegaban
las propuestas de una carrera profesional, se enamoró de la Educación Técnica en
el Mosconi, donde cursó hasta 3° año. Si bien dejó sus estudios para ir a
trabajar en la sección Instrumental de
Papelera Argentina, eligió la docencia.
Ingresó a la Escuela Fábrica de Don Bosco, para comenzar su carrera como
ayudante de trabajos prácticos de Metrología
y Medición. Pero cuando su escuela inaugura el Ciclo Técnico, en 1964,
se incorpora como alumno del Turno Vespertino para ser egresado de la primera
promoción de Técnicos en Mecánica en 1966.
Se
casó con la docencia y convencido de la necesidad de una mayor formación para
ofrecer una enseñanza de calidad, en 1968, se inscribe en el flamante Instituto
Profesorado de Don Bosco (hoy ISFT N° 24) para formar parte de la primera
promoción del profesorado de Física y Química.
Con
el título docente en sus manos, se atrevió a Imaginar la escuela Técnica de sus
Sueños, y cuando en 1979 por concurso accedió a la Dirección de la
Escuela, supo rodearse de otros soñadores
(inicialmente sus compañeros de Profesorado Gloria Muiños y Carlos Cebeiro) que
lo acompañaron en la empresa de brindar una formación técnica de excelencia en
el edificio que los alumnos habían bautizado El Chaparral. Pero no fueron
los únicos. Muchos se sumaron al desafío de lograr la construcción del edificio
en el “campito de deportes” sobre Belgrano y Montevideo para así reemplazar las
humildes aulas de madera y chapa.
Estricto
y normativo, supo escuchar. A los que soñaban que ganando en la Feria de
Ciencias se lograría la construcción, o los que apostaban a una gran campaña de
concientización desde el avión. Supo convocar, y en el año de la hiperinflación
(1989) apostó a que el personal desde las Jornadas de Capacitación Docente,
elaborara propuestas para no solamente
sostener la doble escolaridad de una matrícula con necesidades básicas
insatisfechas que no podía costear la vuelta a casa para el almuerzo o un
sándwich en la cantina, ofrecer contención y esparcimiento en jornadas de recreación en las que todo el turno compartía
actividades lúdicas sino también propiciar la mayor calidad desde los proyectos
de aula.
La
prédica dio sus frutos, y la semilla germinó. Pronto pudo ver que la semilla
germinaba y los alumnos ganaban las Ferias de Ciencias. Distrital, Provincial,
y Nacional. Que sus proyectos e investigaciones aparecieran en tapa de la
edición dominical de matutinos nacionales. La limpieza del riachuelo y el
ladrillo ecológico que pedían desde Alemania y hubo que mandar a buscar en
pleno verano a la escuela de La Pampa
donde habían quedado. Los superconductores, con los que fueron invitados a
investigar en el Instituto Balseiro, y participaron en la Feria Mundial de
Ciencias en 1994, con una presentación muy destacada. Los sueños se hacían
realidad.
A
su retiro por jubilación en 1996, no había conseguido la construcción del
edificio anhelado, que habría de llegar con el nuevo siglo; pero la Escuela seguía
participando en la Ferias Mundiales e instalando vocaciones de Científicas. Dejó
profundas huellas en la a Escuela que fue su vida y en cada uno de los
egresados, algunos que con su título
secundario lograron ser admitidos en
Universidades norteamericanas y completar sus doctorados. Vaya en estas
palabras el más cálido recuerdo de todos y cada uno.
Mg.
María Rosa Mariani