viernes, 2 de agosto de 2013

VIOLETA GLADYS SHINYA A LOS 172 AÑOS DEL NACIMIENTO DE GUILLERMO E. HUDSON (COLABORACIÓN)


Otra fecha más que conmemora el nacimiento de nuestro escritor Guillermo Enrique Hudson, 172 años de su nacimiento se cumplen el próximo domingo 4 de agosto y tendrá su conmemoración en la Museo Histórico Provincial Y  Parque Ecológico Cultural Guillermo Enrique Hudson. Para completar su historia vale recuperar la figura de quien además de su sobrina nieta fue una de los mayores difusores de su obra. Y para ello recogemos las páginas de la periodista e historiadora Graciela Linari que desde hace varios años viene desenvolviendo la historia varelense y acompañando sus expresiones culturales con pasión concreta.
Chalo Agnelli

EL ORIENTE, INGLATERRA Y LA PAMPA EN UNA ÚNICA MUJER
De Graciela Linari, periodista e historiadora de 
Florencio Varela. En “Entre letras y puntos”. 
Suplemento especial de la revista  
“Palabras con historia”. Año 3 – Nº 28 – Agosto 2010
VIOLETA ORIENTAL 
Autoritaria y exigente, admirada y resistida por igual, orgulloso, perseverante, apasionada, seductora, inteligente, pionera y hacedora de historia, Violeta Gladys Shinya fue abriendo caminos a lo largo de sus más de nueve décadas de vida.
Nacida en Buenos Aires un frío y ventoso 10 de agosto de 1910, cuando aún resonaban en la ciudad los ecos festivos del Centenario de Mayo, solía bromear - ya adulta - señalando que había llegado a este mundo en brazos de la muy española Infanta Isabel de Borbón, tal vez la visitante más ilustre que arribara al país para celebrar aquel acontecimien­to. 
VIOLETA NIÑA 
Hija de un japonés - Yoshio Shinya- el primero de esa nacionalidad ingresado a la Argentina tras la firma del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación que sig­nificó el inicio de las relaciones diplomáti­cas oficiales entre ambos países, y de una argentina - Laura Hudson Denholm- so­brina del notable escritor y naturalista nacido en la
bonaerense estanzuela de Los Veinticinco Ombúes, conjugó en su ca­rácter los rasgos impuestos por el espíritu paterno heredado del lejano samurai, y la ternura generosa de una madre bella y frágil. 
La flor que le dio nombre - pequeña y fragante - prefiere esconderse entre hier­bas húmedas, donde apenas inciden los rayos del sol.
Esta Violeta carnal, por el contrario, eligió salir a la luz para irradiar temple, voluntad, deseo de conocimien­to, constancia, decisión.
A un siglo de su nacimiento, en un agosto igualmente frío y destemplado, bueno es recordar momentos de su vida y de su obra para trazar una semblanza que nos permita adentramos en su intimi­dad, tan reservada. Como en un viaje imaginario, iremos transitando a través de sus recuerdos y sus apuntes, etapas mar­cadas por los hechos o las circunstan­cias.
Durante sus primeros años de vida y en busca de un clima más propicio para la salud de Laura, la familia se traslada a Los Cocos, en la provincia de Córdoba, pero tiempo después su madre muere y regre­san a Buenos Aires. Violeta tiene apenas cinco años y queda bajo la tutela de su abuela, con la severa observancia del pa­dre. Cuatro años después fallece, también, su abuela materna María Elena, y ambas ausencias la invisten de una soledad de la que le resulta difícil desprenderse.
Muchos años después recordaría que, siguiendo los consejos de su tío abuelo - con quien María Elena mantenía frecuen­te correspondencia - cada comienzo de primavera era llevada a una plaza o a un parque para observar el cielo y, en él, el vuelo de las golondrinas de regreso al país. Tras el paseo, obligadamente, partía carta de Buenos Aires a Londres para contarle a Guillermo Enrique Hudson la impresión recibida.

Violeta, junto a sus padres y abuela en Buenos Aires, 1912. (Foto de CD Pioneros Nikkei - Centro Cultural Argentino Japonés)
VIOLETA ESTUDIANTE 
Llegada la adolescencia prosigue sus estudios en la Escuela Normal de Maestras Nº 10, en el barrio de Belgrano, en ana bella casona que había sido residencia de Lucio V. Mansilla, Buena alumna, buena com­pañera, buena amiga - según testi­monia en sus álbumes de recuerdos - descubre también allí las mieles y los sinsabores del primer amor. Un amor adolescente que tiene como destinatario a uno de los profesores del esta­blecimiento, “Deja que el amor sea dueño y señor…”, aconseja a una compañera de estudios. “Yo busco en las amigas lo que tu encuentras en el seno de tu hogar - le confiesa a otra, y añade -, yo busco la compañera, alguien en quien poder depositar la confidencia y las cuitas (cuando las tenga) Tú misma aún no me conoces, porque yo aparento, pero tú eres que yo no soy capaz de sentir”. Triste, reclama a su madre ayuda espiritual: "Mummy ayúdame. Haz que tenga suerte en la cuestión eco­nómica, así sigo estudiando y olvido mi pena y así olvido el amor que no quiere morir y debe morir, porque así soy mucho más desgraciada, porque yo soy huérfana de cariño y allí no lo puedo encontrar ni buscar. Nunca". 
Culmina un ciclo. El secundario lle­ga a su fin y con él. las despedidas."Hoy estoy triste. Hoy quisiera que me amaran tanto como yo a aquel ideal imposible que ha forjado mi mente. Así estaría menos sola, así buscaría en un alma y no en un libro el consuelo que ansío.” ... “Y así será siempre… esa es la vida que me espera. Eso es lo que me ha deparado el destino, siempre cruel conmigo ¿Por qué? ¿Qué mal hice? ¿Qué culpa tengo si aún vivo? Por qué Dios cuando mata una madre no lleva consigo a la hija? ¿Por qué la some­te a esta lenta tortura? ¿Qué es esto? Estoy llorando.” 
Tras el llanto, nuevamente la es­peranza: “Ya pasará el invierno. Ya vol­verá a nacer la rama verde”, escribe. 
VIOLETA UNIVERSITARIA 
La década del 30 encuentra a Violeta cursando la carrera de Letras y trabajando como docente en establecimientos nacionales y, a veces, también como maestra particular en estancias o establecimientos de la provincia de Buenos Aires para ayu­dar a solventar sus estudios.
De esta época rescata los años gloriosos vividos en la Facultad de Filosofía y Letras, cuando el doctor Emilio Ravignani era rector de dicha Casa de Estudios. 
“Tuve profesores de lujo -evoca- Coriolano Alterini, Rafael Alberto Arrieta, José Oria, Amado Alonso, Enríquez Ureña, Giménez Pastor, Ricardo Rojas ...” Este último, de quien Violeta fue adjunta, acaba de publicar en esos momentos su “Historia de la Literatura Argentina”. Rojas sostenía el concepto de que la cultura era el elemento integrador por excelencia y el que permitía concebir la identidad nacional argentina como el producto de un cruce de razas y procedencias diversas. A este respecto, Violeta cita una larga conversación mantenida con el docente, en la que él se mostrara sorprendido por la modalidad y el espíritu de ella, teniendo en cuenta sus orígenes. “No tengo ni una gota de
sangre latina - le dijo ella - pero me siento y me reconozco hija de este medio por mis reacciones prontas, apasionadas y latinas”. Recuerda también que en ese momento sólo rió y atinó a decirle: “Profesor ¡soy porteña!”.
 Pionera, es la primera “nikkei” (argentina hija de japonés) en alcanzar un título universitario. Con orgullo, recordaba haber cursado todos los ciclos de la enseñanza en escuelas públicas.

VIOLETA VIAJERA 
Julio de 1939, la sorprende con una invi­tación.
Desde el Ministerio de Justicia e Ins­trucción Pública es convocada, junto a un grupo de profesoras argentinas y urugua­yas para integrar una delegación cultural que viajará a Japón. Un sueño al alcance de la mano. Organi­zada y sencilla, como es su costumbre, alis­ta el equipaje en tanto va preparando su espíritu para el encuentro con la cultura de sus ancestros.
Después del viaje dirá que pudo salvar la distancia que había entre las visiones de la mente y la realidad, se fue estableciendo el equilibrio y Japón fue vis­to como había sido soñado.
Gestiona su primer pasaporte. La foto­grafía muestra a una Violeta morena, de pelo oscuro, con la belleza no solamente de los años jóvenes sino, también, con la que le confiere el cruce de
razas. Mitad oriental, mitad argentina, descendiente de norteame­ricanos y británicos. Informa el documento que es soltera, educadora, que mide 1,61 m. y que tiene cutis blanco, cabello castaño, nariz recta y boca mediana.
En Buenos Aires aborda el O.S.K. Ar­gentina Maru, un transatlántico que, en cuarenta y siete días y luego de recalar en diversos puertos y cruzar el Canal de Panamá, echa ancla en Yokohama - ¡por fin! - Japón.
Un Japón que – dice - despierta “asom­bro y admiración en los ojos, inquietud en el alma y un sabor áspero, provoca­do por el choque de dos civilizaciones distintas: la nuestra, la que tenemos arraigada, la que sentimos, vivimos y proclamamos; la otra, secular, genera­dora, distinta”. 
Japón vive la pre-guerra, no obs­tante, las viajeras invierten su tiempo mirando y admirando ese país que les abre sus puertas mostrándoles no so­lamente las bellezas naturales sino también las expresiones de su cultura. Cas­tillos, palacios, santuarios, ríos crista­linos y jardines botánicos, gacelas sa­gradas retozando entre bosques vetus­tos y umbríos alternante a momentos, con el ulular de las sirenas anunciando un simulacro de ataque, en previsión de la contienda que se avecina. 
A EUROPA Y AMÉRICA 
En 1970 y ya como directora del Museo y Parque Ecológico Guillermo Enrique Hudson viaja, invitada por la Asociación Amigos de Hudson y el Departamento Nacional del Servicio de Parques de los Estados Unidos de Norte América, a Washington, donde pronuncia una conferencia sobre el naturalista y escritor bonaerense y sobre el trabajo emprendido desde el solar natal para divulgar su obra.
Su conexión en el país del norte la obtiene a través de la doctora María Butchinger, “argentina y hudsoniana”, directora del Instituto Forestal de Washington, a quien había conocido du­rante un Congreso de Conservacionistas realizado tiempo atrás en Bariloche.
Durante este viaje Violeta intenta con­vencer a las autoridades de los parques nacionales de aquel país para que le su­ministren dos alerces verdes con el obje­to de convertirlos en tejuelas a fin de re­poner el techado del rancho natal de Hudson, pero el no es rotundo: “de aler­ce nadie hace leña y menos, tejas”, es la respuesta, por lo que debe conformarse con tejuelas de ciprés.
Tres años después, en febrero, renue­va su pasaporte: quiere llegar a Londres para solicitar alguna ayuda del gobierno británico. En la neblinosa capital del Rei­no Unido descubre, casi al azar, en el ce­menterio de Broadwater, la tumba de su antepasado. Su diario guarda memoria del hecho: “Entré por una abertura en el seto que lo rodeaba y comencé a buscar árboles vie­jos. Vi uno que parecía llamarme, pero ahí, junto a su tronco, divisé una cruz como la que había visto en una fotografía. Cru­cé entre tumbas sin buscar caminos y cuando estaba aún algo lejos, leí W.H.H. Es increíble, pero cierto”. 
Ese viaje la lleva luego a Amsterdam, Milán, Florencia, Roma, París y nueva­mente Gran Bretaña, donde graba una entrevista para la BBC de Londres y, tras pasar por Madrid a vuelo de pájaro, Bue­nos Aires.
Poco después, “como yo de ecología no sabía nada - dice-, me fui a los Esta­dos Unidos. Soy muy amiga de Myron Sutton, toda una autoridad en conservacionismo, en ecología, en medio ambiente y en parques nacionales. Le pedí que me enseñara a manejar un parque ecológico. Me llevó una semana a su casa y trabajó conmigo esos días... que valie­ron por siete meses, pero aprendí todo lo que sé de cómo se tiene que hacer un parque ecológico, de cómo se tiene que manejar y de qué manera hay que prote­ger al medio ambiente”.
Durante ese viaje recorre Parques Na­cionales, lugares históricos, sitios emblemáticos de la Capital, donde es en­trevistada y entrevista a figuras del am­biente, que le suministran información útil para llevar adelante su proyecto vincula­do con la Casa Natal de Guillermo Enrique Hudson. 
JAPÓN OTRA VEZ
La década del 80 la ve nuevamente trajinando, aviones, ferrocarriles y auto­buses, en recorridas, que hace por Estados Unidos de Norte América (1980, 1984 y 1895) y por Canadá (también en 1985) 
En la década siguiente y ya a la avanzada edad de 83 años, se aventura nuevamente a viajar a Japón, especialmente imitada por la Suntory Foundation, esta vez acompañada por el Director del Parque Ecológico Museo Guillermo Enrique Hudson, Rubén Ravera.
Es 1993, Japón ya no es a su juicio, aquel de las tradiciones seculares y del silencioso lenguaje de un pasado de gloria y heroísmo ahora es un Japón moderno, donde la tecnología desplazada usos y costumbres.
Pero es la tierra de sus ancestros y al llegar y serle requeridas dos palabras para significar su presencia nuevamente en la isla sintetizó, con una amplia sonrisa: “¡estoy feliz!”. 
LA DESPEDIDA 
Fue también agosto el mes en que Violeta emprendió el viaje sin retorno. Fue también un día de crudo invierno. Quizás, llevada por su espíritu inquieto, haya decidido partir en un nuevo periplo en busca de viejas cartas, fotos ya borrosas o árboles apropiados para convertirlos en tejuelas. Tal vez, sentada a la vera de la vieja sepultura londinense ella, que también aprendió a “amar los pájaros, los sitios verdes y el viento en los matorrales” se halle esperando descubrir “el brillo de la aureola de Dios”. 
Compilación Chalo Agnelli
NOTA 
Las fotografías y documentos empleados en la elaboración de la presente nota fueron facilitadas por la Biblioteca del Museo y Parque Ecológico “Guillermo Enrique Hudson” por gentileza de su bibliotecaria, María del C. Pereyra.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buena nota. Me emocionó porque la conocí a Violeta en la Secretaría de Cultura de Berazategui, me la presentó Ariel López, hará como 15 o 20 años. También conozco a Graciela Linari que me regaló su libro sobre F. Varela, aunque hace años que no la veo. Marga Mangione