lunes, 9 de noviembre de 2009

LOS ASENTAMIENTOS - UNA HISTORIA QUILMEÑA DE MÁS ACÁ (COLABORACIÓN)


HACE 25 AÑOS NACÍAN LOS ASENTAMIENTOS
"LOS CONDENADOS DE LA TIERRA"

Colaboración del periodista Guillermo Daniel Ñañez
Original en INFOSUR diario jueves 9 de noviembre de 2006

En Solano, al sur de Buenos Ai­res nacía una organización social que pasó a las historia como los "Asentamientos". Gente pobre, condenados de la tierra, sin tierra, abogados como Jorge Deferrari, curas como Raúl Berardo, un obis­po como Jorge Novak, fueron los que permitieron que la gente se exprese y consiga sus objetivos: Así nacieron La Paz, Santa Rosa, Santa Lucía, El Tala y San Martín. Años más tarde Agustín Ramírez entró en la muerte y allá andará según se dice...´
AGUSTÍN
A medio andar del año 1988 pude ver el rostro de Agustín Ramírez (23) en la primera plana de los diarios, yacía en el suelo mirando no se qué punto del infinito, no se qué habrá pensado en ese último instante, lo asesinaron junto a Javier Santos Sotelo (17). Lo conocí porque Agus­tín, flaco, inquieto nos acompaña­ba en la ronda de los viernes de la Plaza San Martín de Quilmes junto a las Madres de Plaza de Mayo. Por algún lado debe estar algún núme­ro de la revista "Latinoamérica Gau­cha" que el prolijamente sacaba cuando podía. Además Agustín pertenecía al FOSMO, una organi­zación de objeción de conciencia respecto al servicio militar que por aquellas épocas era obligatorio. Solía pasar por el "drill" o por el "Quilmes Bar" y hablábamos de política. Luego me enteré que su compromiso, lo había llevado a la organización de un nuevo asentamiento y que este hecho le costó la vida. Agustín, mi amigo, es el "Mártir de los asentamientos". Suelo recor­darlo, pero el tiempo es tirano. Por suerte en Florencio Várela, existe un barrio que lleva su nombre y está compuesto por hombres y mujeres que surgen por el accionar de un asentamiento reprimido en Quilmes, que logró su lugar en tierras vare­lenses.
RAÚL
El padre Raúl Berardo, nació en Bolívar, provincia de Buenos Aires, en una chacra donde su padre se deslomó «sin llegar a ser nunca dueño de la tierra» - le dijo a Mi­guel Briante allá por el '82- Chaca­rero, boyero, hombre de a caballo, se hizo cura con la Orden de los Salesianos, descubrió en un libro francés que se podía poner a toda la Iglesia en Misión, «a pesar de la jerarquía, que siempre estuvo con los poderosos, anduvo a tropezo­nes con sus propias autoridades, trabajó en el puerto de Buenos Ai­res, recaló en Bernal – “Elegía estas zonas porque acá estaba el pueblo oprimido, el pueblo de Cristo” - y al final, llegó a Quilmes, a Solano, a su Parroquia de Nuestra Señora de Itatí. Es la parroquia justa: ahí estaba su obispo, monseñor Novak, “un pastor comprometido con su pueblo”; ahí estaban en formación las comunidades eclesiales de base, un rescate de la primera Igle­sia, la de los pobres, no la de los poderosos. Entonces, un día - dice el cura Berardo -, vino una vecina del ba­rrio viejo, me dijo que ya no tenían lugar en el terreno, que estaba vi­viendo de prestado, que si no po­día pasarse al terreno de enfrente. Pregunté y me dijo que los terrenos eran fiscales. Pensé, o dije, que la tierra es de Dios. Al otro día vino otra vecina. Le dije lo mismo.
Los terrenos no eran fiscales. Ya aparecerían los propietarios: un montón de dueños que en su vida había pasado por el lugar; tierra para especular como bien se hacía por aquellos años; no conocían el arro­yo con su hedor, con sus enferme­dades permanentes. También apa­reció la municipalidad, a constatar violaciones a los códigos y "Menotti" un extraño personaje, que decía trabajar junto con la parroquia, conocer gente del gobierno, ser intermediario de los dueños: dirigía, cobraba unos pesos como adelan­tos para cada terreno, tenía su pro­pia mafia. Eso seria, claro, después, cuando el tiempo aquietara detalles y se supieran algunas cosas. La organización de la gente hizo que pudieran echarlo a patadas. En cinco días, miles de personas se distribuían por las 280 hectáreas divididas en cinco grandes zonas, como agujeros entre los «barrios viejos».
LOS ASENTAMIENTOS
Gritos y atropellos en agosto de 1981 eran algo "normal" para la dic­tadura que se instaura en 1976. Tenían sus internas, la erradicación de "Villas miserias" de la Capital Fede­ral, determinaba la búsqueda de tie­rras en la provincia de Buenos Ai­res. El Código de planeamiento ur­bano de la Capital Federal fue re­formado en febrero de 1977 y signi­ficaba el no acceso a la tierra, la prio­ridad de la dictadura eran las auto­pistas. Dicho en otros términos, "sobraba gente", "sobraba gente pobre". Esto determinó el primer enfrentamiento interno de la dicta­dura. Por un lado la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, por el otro la Provincia de Buenos Ai­res. Fue el ministro de gobierno de esta última, Fernández Gil quien se refirió al problema el 18 de mayo de 1981: "La provincia como conse­cuencia de la erradicación (de vi­llas) realizada por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, reci­bió un éxodo importante de perso­nas que vivían en esos asentamien­tos, y actualmente debe haber en su jurisdicción 300.000 habitantes en esas condiciones". En estas condiciones políticas se produce la invasión de los terrenos de San Francisco Solano. La reac­ción de los medios de comunica­ción más comprometidos con la dic­tadura no se hizo esperar. El diario "La Razón" del 1º de diciembre de 1981 - que por aquella época era la voz oficial de la dictadura -, tituló: "Un cuadro de miseria que parece tener inspiraciones sospechosas", por otro lado el órgano de los "ser­vicios de inteligencia" era la revis­ta Somos que en su edición del 11 de diciembre de 1981 se podía leer en su tapa "¿Miseria o subversión? Sabían lo que decían.

Juan Brisanoff, un militante político y social, que por aquellos años vivía en el barrio El Tala - uno de los asentamientos solía decirme que el modelo que instauró Martí­nez de Hoz  - ministro de economía de Videla - era la planificación de la miseria por medio de la represión y que se sentía "subversivo" porque el pueblo mismo pretendía "subver­tir" dicho orden de cosas. Cuando se producen los asenta­mientos, la primera reacción fue la represión. El cerco policial, que no se cansaban de gritarle a los asen­tados que esas tierras eran de "pro­piedad privada".
MIEDO A LA VILLA
Por aquella época Guadalupe González tenía 21 años, boliviana, un hijo y decía: “Bueno, yo vine el 24 de noviembre porque creí que me podían dar un pedazo de tierra. Me había enterado que toda la gen­te que necesitaba tenía que venir. Yo necesitaba un pedazo de tierra para mí, para mi marido, para mi hijo. Vivíamos de lo prestado. Me acuer­do que mi marido trajo 40 chapas de cinc, todas viejas, llenas de agu­jeros, maderas. Trajimos palos, hi­los, una pala para cavar el pozo y poner nuestro primer palo parado en nuestro terreno. Trajimos una frazada, un calentador. Yo me pre­paré una bolsa con el mate, la yer­ba, un pedazo de pan, y después tratamos de sobrellevar los días. Una calor tremenda. Me acuerdo que no teníamos adonde pedir agua.”
Los antiguos vecinos negaban su solidaridad porque tenían mie­do que fueran a instalar una «vi­lla», les negaban el agua.
ORGANIZACIÓN
Juan Brisanoff quien hace tiem­po nos dejara, "el gordo Juan'* para los amigos, aclaraba la forma de or­ganización que se dieron: "Empe­zamos a ver la posibilidad de gene­rar la ocupación de algunos lotes. Tomar en cuenta este conflicto nos llevó a planteamos no hacer una Villa, pensábamos que si hacíamos una Villa la represión iba a ser ma­yor. De todos modos la represión se dio. Uno de los elementos fun­damentales que nos permitió aguan­tar la represión y que fue esencial para nuestro triunfo está en la or­ganización. Nos planteamos tres herramientas que fueron la unidad y organización interna y la solidari­dad externa, sin estas tres herra­mientas nosotros veíamos que era imposible obtener victoria alguna. Así planteamos en la ocupación (yo no sé si todos saben que somos cinco barrios, cuatro de aproxima­damente 20 manzanas y uno que es de sólo 2 manzanas) una organiza­ción en la que estuvieran presentes algunos valores de una sociedad distinta a la que planteaba la dicta­dura, en esto tuvo mucho que ver la experiencia anterior de algunos compañeros. Nos dimos una organización por delegados de manza­na, subdelegados de manzana y ayudantes, que no tenían tiempo de duración - eran elegidos y revoca­bles en asamblea de manzana - A su vez, estos delegados elegían una comisión interna dentro del barrio que, de la misma forma, eran elegi­dos en asamblea de delegados. En la comisión interna no había pues­tos ni cargos, nadie era presidente ni secretario (en esto nos diferen­ciamos de los compañeros fomentistas) porque pensamos que de esa formase podía evitar algún tipo de caudillismo, que de última pudiera llegar a claudicar cuando llegara la etapa de negociar con las autorida­des. Cada una de las comisiones internas de los cinco barrios elegían a cuatro compañeros como miem­bros de una instancia organizativa superior: la comisión coordinado­ra; de la cual yo formo parte".

Walter Cardozo llegó los 26 años, tenía tres hijos y su mujer. Termina­ría por ser uno de los principales conductores de lo que daría en lla­marse “El Asentamiento”. Llegó de noche por noviembre. Vivía en Temperley, con sus padres. Tenía una casilla. Muchos años después lle­gó a ser concejal de Quilmes, hoy nos queda el recuerdo. Dice “Ha­bía que cuidar el terreno, para que no se lo ocupara otro. Había que vigilar día y noche. Era descampa­do. Había casas desparramadas. Había discusiones por tos terrenos. Pero acá ya había un orden, para que no se convirtiera en villa. Se medían 11 pasos de frente por 30 pasos de fondo. Desde el primer momento la gente no quiso hacer villa. Querían el terreno para ellos; que no vivan dos o tres familias en un mismo terreno. No querían salir de una villa para meterse en otra. La misma conciencia de la gente les fue diciendo que tenían que marcar los terrenos. Había un señor, este señor influyente, al que ahora to­dos recuerdan como Menotti, el flaco. No se llamaba así; le decían. Aparentaba dirigir todo. Quería co­brar por los terrenos. Yo no le pa­gué nada”, dice Walter. “Hubo gen­te que pagó. Le decían metete ahí, y se metía ahí. No le daban ni un papel ni nada. El se daba una vuel­ta todos los días por acá. Venía con su gente, siempre encontraba algu­no. La gente, como él invocaba a la parroquia, creía que era la autori­dad, y te daba la plata. Durante tres o cuatro meses hubo siempre gen­te levantando casas, marcando te­rrenos. Gente que venía y gente que se iba. Porque muchos tenían casa por acá nomás y lo único que que­rían era marcar el terreno para hacer negocio. La gente se empezó a organizar sola, y los empezó a echar. Había que vivir aquí, ésa era la or­den de todos”.
EL VIEJO
A Berardo le decían cariñosamen­te "el viejo" y dice: “Durante mil setecientos años la Iglesia, en Lati­noamérica, sirvió a los poderosos. Produjo todos esos males. Ahora es necesario que la Iglesia vuelva al lado del pueblo, del lado donde siempre debió haber estado. Cesó el cerco policial, aunque de vez en cuando pasan cosas. No hace mu­cho, seis policías irrumpieron en uno de los barrios. Le pegaron a algunos de los hombres, se propa­saron con una muchacha, se lleva­ron algunos detenidos. Media hora después, había seiscientas perso­nas frente a la comisaría. Hicieron una denuncia. Cuatrocientas perso­nas se ofrecieron corno testigos. El comisario me vino a ver”, dice el pa­dre Raúl, “ me dijo que las acusacio­nes a sus hombres eran graves, que yo hiciera algo para que fueran reti­radas. Le dije que yo no podía ha­cer nada. Que eran ellos, los pobla­dores del asentamiento, los que habían tomado la decisión. Los policías fueron sumariados.
Pasaron otras cosas. En operati­vos cuidadosamente planeados se engancharon a la red eléctrica. No quieren no pagar. Esperan los me­didores. Tampoco quieren no pa­gar los terrenos. Esperan el final de los juicios.”
Brisanoff aclara: "Uno de los elementos que fue desencadenarte para que se rompiera el cerco, lamentablemente era frecuente, fue que una noche entran en el barrio seis policías uniformados, se me­ten en dos ranchos y se llevan a dos mujeres a las que violan des­pués de romperle la cara a los espo­sos. Esto produjo un conflicto se­rio dentro de la policía, que noso­tros no nos calentamos mucho por entender, y apuntamos todos nues­tros calibres allí. Llevamos a tres­cientas personas diarias a prestar declaración como testigos. Este fue el detonante para que se levantara el cerco policial." Berardo planteaba: “Hoy esta­mos aquí, que es fruto de un mon­tón de tiempo, un montón de luchas que nos llevó a tomar esta decisión de venir por una tierra para nues­tros hijos. Supongo que Dios nos ayudó bastante porque El nos indi­có cuál era el camino que teníamos que seguir y siempre estuvo al lado de nosotros. Quizás para el mundo, para la gente que nos rodeaba, era algo que no se podía creer, porque era la primera vez que 20.000 personas impulsadas por la necesidad, impulsadas por el hambre, impulsadas desgraciadamente por los altos costos de los alquileres, la des­ocupación, buscaron una tierra que estaba abandonada, la tierra en la que había violaciones, basurales, un montón de cosas que perjudicaban a la sociedad. Y por eso se logró que hoy gracias a Dios, estemos aún aquí, estemos organizados, estemos unidos que es lo principal".
LAS FORMAS
Comentaba Juan Brisanoff: "Otras de las formas de resistencia estuvo vinculada al problema de la luz. Segba - ahora EDESUR - no iba a molestarse en ponernos la luz, entonces nos habíamos engancha­do. Hay un caso que es bastante gracioso y que demuestra el inge­nio popular para generar formas de resistencia. Una vuelta un policía de los del cerco se sube al palo don­de estábamos enganchados y cor­ta los cables que daban luz a todo el barrio. Los compañeros que lo estaban viendo esperaron la noche, se subieron y volvieron a conectar­los. Al otro día sucede lo mismo. Al tercer día ya habíamos programado la cosa; cuando el botón subió al palo había como cincuenta perso­nas aplaudiéndolo, nada más que eso sirvió para que dejara los ca­bles como estaban, bajara del palo, subiera al patrullero y se fuera. No volvieron a molestamos más con el asunto de la luz.” Agrega que: "El primer triunfo nuestro fue el triunfo del agua, es decir, la colocación de la primer bomba de agua. Fue do­nada por uno de los gremios de la CGT Regional Quilmes del Sindica­to de Sanidad a través del compañe­ro Fenando Kelly. Todavía estaba el cerco policial, o sea que para me­ter los caños hubo que arrastrarse por los yuyos y dentro de un ran­cho que estaba vacío se hizo la ins­talación. La primera bomba de agua en el asentamiento se festejó... La primera respuesta que da la gobernación de la Provincia de Bue­nos Aires (Aguado - Pérez Izquier­do) es mandar en sus autos policia­les a sesenta móviles, lo que impi­de el ingreso de todos los elemen­tos necesarios (agua, alimentos, etc.). Esto se produce más o menos para diciembre de 1981. Hacia un calor terrible, por esta medida mue­ren catorce pibes por diarrea esti­val... Después de la muerte de los catorce pibes, hubo una inundación seria, fue para febrero de 1982, te­níamos un metro y pico de agua. Estaban todos los barrios anega­dos, no se podía entrar con nada. Ante esta situación, recibimos al­guna ayuda del obispo. De la dicta­dura, como siempre, no recibimos nada. Cuando mandan las topado­ras la resistencia fue muy dura. Por­que metimos a todas las mujeres y los chicos adelante y los hombres atrás, del otro lado las topadoras y los milicos. Los que manejaban las topadoras, gracias a Dios no eran milicos, eran trabajadores de la Mu­nicipalidad que al ver la situación dieron media vuelta y se fueron".
EL FIN
Años después se logra la Ley de expropiación de dichas tierras. Hoy cuando camino por las calles del ba­rrio La Paz, cuando me dirijo a dar mis clases de "Historia de la Cultura" en la Escuela de Educación Media N° 9, pienso en la cantidad de gente que participó en aquella pueblada. Hoy ya es un barrio consolidado. Muchos quedaron en el camino, ofrecieron sus vidas y pienso que no está mal rendir­les un homenaje, por el grado de con­ciencia y organización que lograron. Por enfrentar a la dictadura, desafiarla y fundamentalmente por creer que un futuro mejor es posible. Una forma de lucha, que es una forma de ser feliz.
 Compilación Chalo Agnelli
BIBLIOGRAFÍA
BRIANTE, Miguel. “La tierra para el hombre”, en Revista El Porteño Nº 10. Buenos Aires. Octubre de 1982.
FARA, Luís, “Lucha reivindicativas urbanas en un contexto autoritario. Los asentamientos de San Francisco Solano”. Comentario de Juan BRISANOFF, en Los nuevos movimientos sociales/2: Derechos humanos. Obreros. Barrios. Compiladora: Elizabeth Jelin. CEAL. Buenos Aires, 1985.
IZAGUIRRE, Inés – ARISRIZABAL, Zulema. “Las tomas de tierras en la zona sur del Gran Buenos Aires: Un ejercicio de Formación de poder en el campo popular”. CEAL. Buenos Aires. s/f.

viernes, 23 de octubre de 2009

DON SANTIAGO VALERGA - LA COLONIA 2º PARTE


DON SANTIAGO VALERGA

Investigación de Chalo Agnelli
de su libro "La Colonia de Valerga . el segundo barrio de Quilmes" 

En 1874, concluyó otro de sus varios períodos como juez de paz y presidente de la municipalidad, Andrés Baranda y asumió Felipe Amoedo, y como municipales: Juan Ithuralde, Alejandro
Lassalle, José Agustín Matienzo, Pedro Risso, Ramón de Udaeta y secretario don Tomás Flores. 
 Don Santiago Valerga
Ese mismo año, don Santiago obtiene de Agustín Lavaggi un préstamo de cuarenta pesos para instalar una fonda en una propiedad que alquila a Celestino Risso, en la esquina NO de Vicente López y 12 de Octubre.  Era un rancho de dos piezas, de quincho, con techo de paja a dos aguas, piso de tierra y un parral haciendo de galería. Luego compra el terreno de la esquina SE y construye su comercio. En la casa de Risso, en un primer momento se instala su hermana Ángela recién llegada de Italia con su esposo Segundo Tocco y luego se abrió en ella la 'Sastrería Rodríguez' de Agustín Rodríguez, padre e hijo.
Considerando la época y el estado deplorable de las pocas calles abiertas, el terreno elegido estaba lejos de todo. El acceso era difícil, pero contaba con el entusiasta aliciente de la estación del ferrocarril próxima.  

Valerga, además de pionero, fue colono, había venido a colonizar un páramo fértil y despoblado que antes llamaban el “barrio de las ranas”, donde su imaginación sobredimensionó con creces lo que la realidad mostraba a simple vista.
En esos años el Intendente Amoedo había abierto el camino que atravesaba la Cañada de Gaete hacia el SO, importante vía de acceso al pueblo. Sin embargo fue la calle frente al comercio de
Valerga, antes Olavarría, hoy 12 de Octubre, la que adquirió por su esta fonda, crecimiento y prestigio comercial, quedando la de Amoedo que lleva su nombre un tanto postergada.
El populoso barrio de La Colonia, hoy totalmente absorbido por el centro de la ciudad, comenzó a perfilar su crecimiento allá por los años 1880 y 1886, con una veintena de casas humildes. Cuando la zona comenzó a poblarse en torno a don Santiago - la Cervecería aún no existía - propios y ajenos comenzaron a llamar a ese rincón quilmeño 'La Colonia de Valerga' y luego por extensión así se bautizó a toda la zona con sus quintas y chacras vecinas.
Hoy después de 130 años, entre la abigarrada edificación urbana, el vertiginoso tránsito que cruza 12 de Octubre y Vicente López, el comercio, la Cervecería, las intensas luminarias nocturnas, los peatones que van y vienen, la algarabía de cientos de chicos que salen de las numerosas escuelas cercanas, es imposible imaginar el páramo donde resolvió instalarse don Santiago Valerga y Rosa Celasco, su esposa, con tan sólo 24 y 22 años respectivamente.
Soledad, distancia, serenatas de grillos y ranas, noches negras, fragantes, frecuentadas tan sólo por tumultos de luciérnagas, mosquitos; cardales desmesurados, altos pastos, aguadas y lodo, mucho lodo; escasos árboles para resuello de los viajeros en los veranos húmedos y calcinantes del pueblo ribereño.
Esta fonda, parador y boliche, además de almacén de ramos generales hoy se lo consideraría un shopping. Pero eso no era todo, además, don Santiago se encargaba de arrendar las tierras a los propietarios que se las confiaban, de cobrar las rentas, contrataba labradíos y hacía sembrar otros, reservándose un porcentaje de la producción.
Instaló un matadero en sociedad con León Acuña también pionero. A su vez poseía, algo parecido a un banco de ahorro donde los vecinos depositaban dinero a reducido interés y daba préstamos a los que deseaban afincarse en la zona o para iniciar nuevos emprendimientos que den progreso al barrio en ciernes.
Hablaba perfectamente el castellano, había que estar muy atento para notarle un difuso acento genovés que solo aparecía cuando se encabronaba, lo que sucedía muy esporádicamente pues gozaba de un carácter jocoso y cordial; de un humor casi sardónico que ponía en evidencia en las vidrieras de su comercio, por ejemplo en una oportunidad colocó una jaula con un cartel que explicaba, “JAULA PARA PÁJAROS”, junto a los anteojos que vendía señalaba, “ANTEOJOS PARA LA VISTA”.
Contaba su hijo Ignacio que los domingos: “La peonada de las quintas próximas y de los hornos vecinos se reunía en el despacho de bebidas, toda gente de facón y ademanes resueltos. Mi padre les tocaba el acordeón y ellos bailaban y cantaban dejando ir las horas.”
Durante las fiestas de San Juan y año nuevo frente a 'La Colonia', Santiago solía quemar fantoches de paja, vestidos convenientemente con ropa que cosía doña Rosa, y a los que les colgaba bombas de estruendo, constituyendo un espectáculo tradicional al que concurrían a presenciar vecinos de todo Quilmes.
Durante el movimiento revolucionario de 1893, que intentó derrocar al gobernador Costa, las tropas Nacionales de Manuel Campos avanzaron hacia La Plata por Quilmes y cuando pasaron por la fonda de Valerga los soldados le alzaron el almacén para proveer a sus necesidades sin que jamás pudiera alguien resarcirlo de la pérdida.
Leía y escribía a la perfección la lengua vernácula lo que deja entrever su preocupación por afianzar su arraigo ni bien llegó de Europa. Lo que desestima la afirmación, de algunos historiadores, que era “un hombre de no mucha ilustración”. Esa afirmación puede estar limitada por la convicción que sólo es ilustrado quien acumuló, por capacidad o por fortuna, títulos y diplomas.
Era un hombre interesado en el Derecho y en sus ratos libres estudiaba el Código Civil, Comercial y Criminal y hacía las veces de juez en el barrio dirimiendo cuestiones territoriales, comerciales y hasta de herencia y familia. Actuaba de juez de paz, consagrando matrimonios, resolviendo discrepancias, tenía la autoridad y la elocuencia que no admitía discusión alguna.
Marcelo Traversi en “Estampas de antaño” ofrece una semblanza de quien fuera el pionero de La Colonia: “... Su opinión era respetada como fallo judicial. A su escritorio acudían en consulta sobre asuntos en lo civil, rural, comercial y criminal,
como de la vida privada. Él, con su secretario, redactaba documentos, hacía contratos estableciendo condiciones. Indicaba si correspondía acudir a la justicia, a la policía o a la Intendencia, eligiendo abogado o escribano. Nada se hacía en el barrio de La Colonia sin su indicación o visto bueno. Santiaguito no cobraba ni aceptaba regalos. Cuando insistían en pagarle, decía. ‘Dele algo al secretario’ (Este no tenía sueldo) Su conocimiento de los códigos hacía que encontrara arreglo a todo lo que sometían a su estudio [...] De buen corazón, si un asunto era insoluble por carencia de dinero, él lo prestaba. Y cuando en aprietos, solicitó su devolución, conoció la ingratitud humana. Perdió más de cien mil pesos.”
Era un hombre apegado al progreso, entusiasta trabajador y generoso. Su nombre estaba presente en cuanta iniciativa para el bien común se sugería o se ponía en práctica. En 1887, según el periódico El Quilmero, se presentó en el remate por el derecho a cortar los cardos en las vías públicas del partido, obteniéndolo ese por $ 140 “... He aquí convertido en una entrada no despreciable el corte del cardo de los caminos que en otros tiempos había que pagar para hacerlo...” Pero luego por causas que no se especifican, debió desistir de su oferta y se le dio a otro oferente, don Domingo Gatti.
En 1887, hizo levantar, frente al desvencijado rancho, un importante edificio; en la esquina SE de 12 de Octubre y Vicente López, el almacén-fonda “La Colonia”. Visión premonitoria la de don Santiago al bautizar a su comercio. Vislumbró que ese enclave quilmeño se poblaría de colonos de todas partes del mundo. Y él fue el portero.
Además del diminutivo “Santiaguito” también se lo apodaba “Tiaguito” o “Tiguito”. Don Santiago lucía un poblado mostacho, pero de la clase que usaba bigotera; y así atendía al público con la bigotera, cuyo tejido dejaba ver el piloso adorno bien planchado debajo y con las guías retorcidas en espiral.
Contaba su nieto Julio César que cuando le mencionaban su origen y le sugerían realizar una visita a su país natal, recordando las peripecias que vivió en los tres meses de navegación para llegar a América, respondía que sólo estaba dispuesto a cruzar los charcos y las zanjas del barrio, el océano, nunca más. Decía que: “Italia era lo ajeno, esta era la tierra que la había dado más de lo imaginable y no le alcanzaría la vida para retribuirla.”
No sólo se involucró hasta el tuétano en la vida social sino también en la política Tuvo que ver en las elecciones legislativas
en 1888, integrando con el N° 268 la lista donde deben formarse las mesas receptoras y escrutadoras de votos. Incentivaba a los inmigrantes a que sacaran carta de ciudadanía para votar en las elecciones municipales. En las fiestas patrias adornaba de banderas argentinas y la tricolor, símbolo de la Italia libre, el frente de la fonda y repartía una buena cantidad entre sus vecinos para que lo imitaran. Tenía en su comercio retratos de Garibaldi y de Mazzini y fue un entusiasta yrigoyenista. En sus últimos años renegaba contra Mussolini y predecía que llevaría a Italia a una ruinosa guerra.
Grande fue su progreso económico, al punto que en la sesión del H.C.D. del 24 de febrero de 1904 se lo señala en la nómina de los mayores contribuyentes junto con Ubaldo Costa, Urbano Drake, Pablo Benguria, Ramón Castaño, José Bossi (vecino del barrio) Roberto Clark, Ramón Dapena, Eduardo Cordner, Juan Ithuralde, Domingo Lértora, Santiago Massa, Francisco Montenegro y Claudio Ruiz. Valerga fue designado mayor contribuyentes en el rubro patentes industriales. 
CUADRO DE BONDAD
El periodista Víctor A. Giordano, que lo conoció, cuenta esta anécdota: “...el señor Liendo, comerciante del barrio, habiendo fracasado en sus negocios, se marchó a una propiedad que tenía en La Cañada de Gaete. Allí levantó una tapera donde vivía en la mayor pobreza. Sin medios y avergonzado de su pobreza no visitaba a los amigos de La Colonia. Pasó un tiempo y falleció. Dado que no tenía familia, no lo velaron y la ‘cucaracha’, el vehículo destinado por la municipalidad para trasladar a los difuntos pobres al cementerio, se encargó de transportar sus restos. Enterado don Santiago convocó a vecinos amigos y esperó su paso por la calle 12 de Octubre, por donde necesariamente tendría que cruzar. Cuando el vehículo mortuorio llegó a la esquina de su almacén, ordenó al cochero detenerse, hizo bajar el ataúd y llevarlo a su casa donde con la presencia de todo el barrio lo velaron. Encargó ofrendas florales, contrató un servicio fúnebre, todo de su peculio, y al día siguiente el difunto Sr. Liendo fue trasladado el cementerio con el cortejo de la vecindad.” Esta pintura es apenas una pequeña muestra de la generosidad y hombría de bien de don Santiago Valerga, hay muchas otras que lo limitado del espacio no permite transcribir.
Así, la esquina, 12 de Octubre y Vte. López, fue el centro fundacional del barrio. Su comercio fue el límite entre el pueblo y la campaña, donde venían a proveerse los trabajadores y propietarios de las chacras y estancias ubicadas hacía el Sur, hacia el Oeste y hacia el SO del pueblo. Esto reactivó el interés de los pobladores en instalarse en la zona al lotearse la charca de Risso. Con el tiempo fue el punto de referencia de la zona.
“Don Santiago Valerga y el barrio de la Colonia son una misma cosa, puede decirse, pues este venerable anciano ha sido el factor a cuyo impulso y esfuerzo el citado barrio fue adquiriendo en aquellos tiempos iniciales los fundamentos de una colectividad sana, trabajadora y progresista. Si viviéramos en lo remotos tiempos de la Biblia, o si aún aquellas costumbres y orden social rigieran todavía, don Santiago Valerga, de hecho y derecho, sería la suprema autoridad moral de la colectividad... Por eso dijimos que don Santiago Valerga y La Colonia son una misma cosa. Tan fuertes lazos y profundos vínculos cuyas raíces habría que buscarlas sesenta años atrás (se escribió en 1924), se han expandido en forma tal, que es natural y justo que la persona de don Santiago sea mirada con la veneración, respeto y cariño con que se mira al abuelo de memorables hazañas...”
Este pionero falleció en 1927 fue “... una especie de personaje bíblico que no sólo puso empeño e inteligencia al servicio del pueblo que lo acogió, sino que también le ofrendó su vida...” Dejó una larga y extensa descendencia.
Años después en lo que fue el almacén La Colonia se instaló una casa de remate llamada “El Faro” y un inquilinato.
SU CALLE
En 1927, por la ordenanza Nº 323 se resuelve dar su nombre a una calle de La Colonia
“Proyecto de resolución presentado por los mismos señores concejales sobre homenaje a don Santiago Valerga. El concejal Sr. Perli, que lo fundamentó, dijo que se trataba de un acto justiciero ya que don Santiago Valerga había sido el primer vecino del barrio de La Colonia, constituyendo en esa zona por espacio de más de cincuenta años el paño de lágrimas el amigable componedor y el bondadoso consejero del vecindario, dentro del cual se lo quería y respetaba como a una verdadero patriarca. Agregó que la zona oeste de la ciudad que tantos progresos debía a la labor constante del viejo vecino desaparecido honraría en memoria dando su nombre a una de sus calles tal como se proyectaba en la iniciativa que fundaba lo que pidió fuera tenido en cuanta por la Comisión de Obras Públicas al dictaminar sobre la nomenclatura de las calles de la zona oeste. El Concejal Sr. Otero solicitó que el proyecto de resolución fuera considerado sobre tablas. Apoyó esta indicación el concejal Dr. Torre quien tuvo conceptos elogiosos sobre la obra desarrollada por don Santiago Valerga. El concejo resolvió tratar sobre tablas el proyecto aprobándolo luego en general y particular. En consecuencia quedó sancionada la siguiente Resolución:
Designar con el nombre de Santiago Valerga una de las calles de la zona Sud Oeste que se indicara al renovarse la nomenclatura oficial de la zona."
INGRATITUDES DEL TIEMPO
La ingratitud, en 1972, siendo interventor municipal el Ing. Jorge Cichero, según ordenanza N° 11.231/72, quitó el nombre de este pionero a la calle que lo homenajeaba, sustituyéndolo por San Mauro Castelverde, un religioso italiano que vivió en la Edad Media.
Aunque esto de andar cambiándoles nombres a las calles en una perniciosa costumbre, las autoridades deberían devolver el nombre original al tramo de cuatro cuadras entre Vte. López y Andrés Baranda; o, en caso contrario, ponerle Santiago Valerga al tramo de la avenida 12 de Octubre, entre las vías del ferrocarril hasta Andrés Baranda, en su defecto poner dicho nombre a la calle Corrientes.
En 1980, a través del diario “El Sol” se intentó reponer el nombre injustamente quitado si no a la misma calle a otra que atraviese La Colonia.
En 1992, su nieto - ya fallecido - Julio César Valerga, con varios vecinos realizaron tratativas ante la municipalidad y el HCD, con la última propuesta, sostenida por el antecedente que a la ex calle Córdoba la honraron con el de Pte. Juan D. Perón, también existe el proyecto de llamar Santiago Valerga a la calle Corrientes, “... nombre ampliamente reproducido y multiplicado a lo largo y ancho del país, además, esa arteria nace donde en la zona misma donde tuvo su escenario de actuación Valerga.” Así se reivindicará a quien hizo tanto por el bienestar material y espiritual de los habitantes de este barrio.
Este petitorio se reiteró en varias administraciones municipales posteriores, hasta 2009; sin éxito alguno.
Chalo Agnelli
Asociación de Historiadores Los Quilmeros
Biblioteca Popular Pedro Goyena 

jueves, 22 de octubre de 2009

LA COLONIA DE VALERGA 1º PARTE

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ENTRANDO AL BARRIO

“El barrio es la vereda iluminada de nuestros primeros juegos, la esquina anochecida de la cita amorosa, el sitio de nuestras primeras ilusiones y, tal vez, de nuestro primer desengaño. El barrio es la cuadra de la infancia que se ha ensanchado en nuestro recuerdo. Cada uno lo dice conforme a la medida de su lenguaje, pero siempre con la totalidad de su emoción.”
José Edmundo Clemente

En lo que hoy es un abigarrado cúmulo de población: arterias asfaltadas, casas, elegantes residencias y antiguas propiedades, las llamadas “casas chorizo”, en buen estado de conservación (por ese gusto que la postmodernidad cobró por lo añejo), escuelas públicas y privadas, clubes, centros culturales, iglesias y capillas, comercios, supermercados, clínicas, pequeñas empresas (las que sobrevivieron a la catástrofe de las últimas décadas), a fines del siglo XIX, se comenzó a diseñarse un espacio distinto (dis – tinto, por lo de otra tonalidad) al resto de Quilmes; cuando las vías del ferrocarril y la sombra creciente de la Cervecería aún no se vislumbraba; sombra y vías que luego le dieron un límite al SO y diseñaron la otra mitad del pueblo, de la ciudad.
Del otro lado de las vías del ferrocarril del Sud, que llegó a Quilmes el 18 de abril de 1872 (luego Gral. Roca, pasando por
el privatizado, precario y penoso Metropolitano, volviendo en el 2007 a ser Roca, sin perder su precariedad, hasta hoy eléctrico), se alargaba una llanura nivelada que los geólogos denominan pampasia. Muy pocas lomadas, apenas elevadas, 7 metros sobre el nivel del mar. El declive de escurrimiento de las aguas pluviales era muy tenue, por eso y por las excesivas lluvias invernales, de 1200 mm anuales, la hacían un área lodosa, con excesivas lagunas, charcas y aguadas que salvo entre los meses de diciembre y febrero demoraban mucho en evaporarse. Afortunadamente el régimen de lluvias era apropiado para la agricultura. Con el corte abrupto de los terraplenes levantados para extender las vías férreas aumentó el estancamiento de las aguas y la poca depresión existente conducía hacia los arroyos de Las Piedras y el Santo Domingo.
Había escasez de árboles, uno que otro sauce llorón que ocultaba la pobreza de un rancho de paja y adobe, pero abundaba la foresta paranaense, los juncales y duraznillos blancos; entre los pastos el trébol, la cebadilla criolla, los pastos duros. Los cardos eran un cruento inconveniente al abrir los campos para el cultivo y la ganadería.
Por la abundancia de las aguas proliferaban todo tipo de aves que aturdían las mañanas y las tardes; muchas acuáticas, además de caranchos, chimangos y chajaes. La fauna eran vizcachas, comadrejas, zorrinos, mulitas, peludos y cuises; pocas culebras venenosas.
El clima era templado: veranos calientes, inviernos de muy bajas temperaturas con alteraciones bruscas por lo imprevisto de la corriente del Brasil que acarreaba sus focos de días calientes y húmedos. Un territorio zarandeado por el viento del sudeste y el del suroeste, el pampero.
Así era el suelo que pisó Santiago Valerga, allá por 1870, donde luego decidió instalar el comercio que fue piedra fundamental del barrio. Llegó a Quilmes y lanzó una mirada proyectiva a esa “... pampa lisa y abstracta y el lejano sur que se junta con el vértice del mundo...”
En aquel entonces, el aspecto de esa extensión de la Campaña cercana, no podía ser más desoladora y los pobladores quilmeños, aún no la veía como alternativa de progreso que aguarda su hora. Poner los ojos allí era descabellado y así se lo dijeron a don Santiago “Tiaguito”, pero su imaginación, como los de los antiguos patriarcas bíblicos proyectaba una comunidad populosa y progresista.
A partir de la instalación del almacén de ramos generales La Colonia y la llegada del ferrocarril, otras familias se afincaron en el barrio; cuyos descendientes se multiplican y mezclan hasta hoy: Altieri, Albónico, Basigalup, Bazterrica, Borzi, Borro, Buceta, Cairo, Cartasegna, Casazza, Cousillas, Corrales, Celasco, Cichero, Chiesa, Corretini, Daus, Di Pierro, Enríquez, Estévez, Falcimella, Finino, Florita, Enríquez, Estévez, Faggiano, Fornaroli, Gandolfo, Giménez, Jové, Lanatta, Lemos, Magan, Marchi, Margni, Marqui, Míguez, Moreno, Nimo, Pozzoni, Stocco, Martignago, Mercante, Navone, Negrussi, Pérez, Pozo, Pozzi, Pozzoni, Relich, Rocca, Ronconi, Rubini, Silva, Tocco, Támola, Toro, Torres, Torniggi, Turrisi, Vidal, Yori, etc..
Fue grato el recibimiento que tuvieron los llegados de los pueblos vecinos, los refugiados de los andurriales porteños y los recién desembarcados; todos atraídos por la necesidad de mano de obra; en procura de un porvenir seguro y tranquilo y, sobre todo, la promesa de progreso que embanderaba el pionero, don Santiago.
Quilmes no se formó alrededor de una estación de ferrocarril como la mayoría de los pueblos bonaerenses y sobre todo de la provincia de Buenos Aires. El ferrocarril vino después y trajo la industria, en nuestro caso cervecera, y la transformación y crecimiento del segundo barrio del Partido después del centro original urbano.
Vale detenerse a recordar que la estación estaba en las afueras del casco central de la aldea que eran las manzanas en torno a la plaza San Martín, donde se habían establecidos los pueblos originarios que no dieron nombre. Por insólitas y fortuitas circunstancias (que Andrés López cuenta con humor en su “Quilmes de antaño”) la estación se levantó a siete cuadras de ese centro; había que atravesar una calle de quintas, la Nº 12, según la nomenclatura del agrimensor Mesura, que era la actual Rivadavia: las quintas de los Udaeta, Istueta, Smith, Otamendi, Casares, Cristoforetti, etc. La calle comercial era Mitre desde Videla hasta 25 de Mayo, aproximadamente, y el ferrocarril transformó esa calle 12, Rivadavia, en la arteria comercial más importante del partido hasta fines de la década de 1950.
Los primeros loteos, conducidos por don Santiago, se realizaron en las manzanas comprendidas entre Amoedo, Andrés Baranda, Rodolfo López y las vías del ferrocarril (aunque no
fueron las calles que primero se abrieron), concretándose el afincamiento de algunas pocas familias, casi todas genovesas.
La población de Quilmes había crecido significativamente cuando se produjeron las epidemias de cólera (1868) y fiebre amarilla (1871) en la ciudad de Buenos Aires. Fue refugio, pues el clima local tenía cierto halo de salubridad y cierta leyenda que le adjudicaba a los pobladores una considerable longevidad. Confirmado por la cantidad de nonagenarios y centenarios que residían en el pueblo.
Estas causas climáticas, entre otras en que luego nos detendremos, fueron las que atendió el industrial Otto Bemberg para instalar su empresa.
En 1869, había en el desmedido Partido, cuya extensión territorial superaba extraordinariamente la actual, 6.809 habitantes de los cuales 2512 eran extranjeros y entre estos el 43,23 % italianos.
Efectivamente los primeros vecinos fueron genoveses estimulados por Valerga. Después los siguieron piamonteses,
calabreses y sicilianos y entre los ibéricos: vascos y canarios.
Una vez que pisaban suelo argentino, los que no tenían parientes o amigos que los albergaran, se alojaban en el Hotel de los Inmigrantes, construido en 1857, y posteriormente, muchos, se trasladaron al inundable y malsano barrio de La Boca del Riachuelo. Estos contingentes motivaron a los propietarios de las grandes chacras vecinas al pueblo en lotear sus tierras improductivas.
(Primera parte del libro de Chalo Agnelli "La Colonia de Valerga - el segundo barrio de Quilmes")