miércoles, 6 de mayo de 2020

EN SELBORNE, TRAS LAS HUELLAS DE HUDSON


por María Constanza Huergo - 1963
Éramos unos quince. Silenciosos, casi inmóviles. Los expertos, pro­vistos de prismáticos; los novatos, como quien esto escribe, teniendo só­lo ávida curiosidad y buen deseo de aprender.
 Estábamos en el jardín de “The Wakes”, la casa en el pueblecito de Selborne [1] donde pasó la mayor parte de su vida el reverendo Gilbert White,[2] “el padre de los naturalistas británicos”, cuya obra tuvo una influencia tan decisiva en Guillermo Enrique Hudson. [3] 
Íbamos a observar cómo se grababa el canto de un robín, una variedad del petirrojo característica del sur de In­glaterra, que Gerald Durrell [4] compara por su forma y tamaño, aunque no por su canto ni su nido, a nuestro hornero.
En verdad, no hacía falta ni tanto silencio ni tanta quietud. Arthur Jollands,[5] nuestro mentor, se movía con naturalidad y hablaba sin bajar la voz.
— “En otros tiempos” - nos explica – “era difícil captar el canto de algunos pájaros. Había que llevar la cera y de­rretirla sobre el terreno para grabar el disco allí mismo. Era indispensable salir antes del amanecer, pues a la hora en que empieza a clarear pero aún no hay bastante luz para distinguir los insectos con que se alimentan, es cuan­do más y mejor cantan. Los métodos modernos han simplificado la tarea.”
Sobre un trípode fijó un reflector de algo más de medio metro de diámetro, que en la parte cóncava llevaba colocado un pequeño micrófono, unido por un cable a un grabador portátil.
 EL PETIRROJO DEFIENDE SUS DOMINIOS 
Eran las 11 de la mañana, y los pájaros estaban demasiado ocupados en alimentar a sus polluelos para ponerse a cantar. Pero al acercarnos, oímos un repetido gritito de alarma. Nuestro guía enfocó el reflector hacia él y puso en marcha la cinta magnética. Luego, nos advirtió:
- “Ahora voy a hacer funcionar el apa­rato para hacer reproducir el sonido captado y verán ustedes: el petirrojo creerá que un rival ha invadido su te­rritorio y se irá acercando. Se esforza­rá por cantar mejor para ahuyentar al intruso. Hasta se olvidará de comer, mientras no se sienta seguro de que no será desplazado.”
Así fue. El breve y monótono gorjeo de la primera alarma del petirrojo se trasformó en un aria cada vez más complicada, imposible de imitar ni aún por la soprano mejor dotada. Se enta­bló como un duelo - una payada, diría­mos - entre el pajarito cantor y su propia voz captada en el grabador. 
UNA INTERRUPCIÓN 
Escuchábamos asombrados y diverti­dos, cuando de pronto, un leve ruido en un cantero cercano nos hizo des­cubrir un erizo. Mr. Jollands lo levantó con la mano y nos hizo ver la carucha del asustado animalito, ante los “¡Ohes" y “¡Ahes!” del grupo.
- “Es rarísimo que salgan a esta ho­ra” - comentó Mr. Jollands, volviendo a colocar el erizo en el suelo, donde éste quedó hecho una bola espinosa. Se inflaba y desinflaba con la respira­ción anhelante, reflejo de su temor, y único signo de que no se trataba de un raro cacto castaño. 
CANTO DE PÁJAROS 
Nos encaminamos a la sala comunal del pueblecito, para escuchar el canto recién grabado y otros, tomados en días anteriores; de un mirlo, un pavo azul, una urraca, un grajo y finalmente un ruiseñor.
Cada uno tiene una melodía y un ritmo diferentes, fáciles de distinguir, pero sólo descriptibles, tal vez, median­te un pentagrama.
- “El viento es el peor enemigo de una buena grabación” - nos dice Mr. Jo­llands.
– “Una breve brisa suele resonar como un huracán. En aparatos sensibles, el paso del agua por las piedras de un arroyo puede parecer una formidable cascada.”
Mientras escuchábamos esa música tan fresca y, para mí, tan extraña, no pude dejar de pensar que Hudson se ha­bría sentido muy a gusto entre estos ornitólogos ocasionales, y tal vez algo sorprendido que entre ellos se encon­trara una argentina.

Selborne, situado en Hampshire, a unos 75 kilómetros al sudoeste de Lon­dres y a unos ocho de Alton, la estación ferroviaria más cercana, poco parece haber cambiado desde que Hudson lo visitara por primera vez, hace más de 60 años.

Ahí está el Plestor, como se llama la plazoleta, con el árbol secular rodeado por un banco, tal como lo describe Hudson en “Birds and Man” (Los pá­jaros y el hombre). Está igual la vieja iglesia grisácea y vive aún el tejo gi­gantesco, cerca de la entrada. Todavía puede subirse hasta la cima del Hanger la colina cubierta de hayas, por el ca­mino en zigzag abierto por Gilbert White y su hermano John en 1751.
Se conservan muchas casas con sus característicos techos de paja glaseada, y la única incongruencia moderna es alguna que otra antena de televisión, alzándose en el aire como una grotesca telaraña de acero. 
EL MUSEO 
Tal vez, el cambio mayor en Selbome, desde la visita de Hudson, es que “The Wakes” ha sido trasformada en museo.
En 1954 se inició una colecta popular para comprar la casa de White y conservarla como un monumento en ho­nor del naturalista. Aunque se recibie­ron muchas donaciones, la suma reuni­da resultó insuficiente; pero entonces R. W. Oates ofreció los recursos de una fundación que él mismo había do­tado, en memoria de su primo, el capi­tán L. E. G. Oates, [6] que acompañó a Scott en su malograda expedición al Polo Sur, en 1911. Oates sacrificó heroicamente su vida, tratando de salvar a sus compañeros perdidos. En un ventanal de “The Wakes” están inscriptas sus últimas pala­bras: “Voy a salir. Tal vez demore en regresar”. [7] 
Un trineo y diversos objetos pertene­cientes a Oates se exhiben en el piso superior de “The Wakes”. La planta baja está dedicada al recuerdo Gilbert White, y en la sala principal se ha instalado una biblioteca especializada en obras de historia natural afines, entre las que se encuentran por supuesto las de Guillermo Enrique Hudson.
La ventana de la salita donde White escribió las “Cartas”, que luego formaron “The Natural History and Antiquities of Selborne” (La historia y antigüedades de Selborne), da al jardín cuidado con el esemro de una afectuosa devoción. 
EL MISTERIO DEL RETRATO 
En esa salita se conservan varios muebles de White, ejemplares de casi todas las 200 ediciones de su obra y la re­producción de un pequeño retrato a plu­ma del naturalista.
- Éste es el único retrato auténtico de Gilbsrt White —afirma Mr. C. R. Nortcliffe, director del museo.
- “¡Cómo!” – exclamé -. “¿Y el óleo que aparece en tantos libros y revistas?”
- “Ése es un misterio que difícilmente se logrará aclarar, pero a mi juicio se trata de una obra falsa” - me dice Mr. Nortcliffe [8] y amablemente me facilita un trabajo suyo, recién publicado, en que analiza el caso.
En 1913, el anticuario John Glen ofre­ció a la Selborne Society el retrato de un clérigo, que según dijo había halla­do el año anterior mezclado con otras obras en Islington.[9] La tela y el marco databan del año 1770 y tenía la siguien­te inscripción: “El reverendo Gilbert White, naturalista y autor. 1720-1793”.
Pero los miembros de la Selborne So­ciety consideraran insuficientes las prue­bas ofrecidas sobre la autenticidad del cuadro. White no hace ninguna refe­rencia de tal retrato en sus cartas, y en cambio enumera minuciosamente los de sus numerosos parientes, varios de los cuales adornan hoy las paredes de “The Wakes”. Rashleigh H. White, autor de una biografía de su tío bisa­buelo Gilbert, tampoco lo menciona. Y en 1902, cuando la universidad de Ox­ford buscó afanosamente un retrato de su ex alumno para colocarlo en un si­tio de honor, no encontró rastro de ninguno.
Sin embargo, Glen estaba tan con­vencido de la autenticidad de su hallazgo que hizo imprimir numerosas copias. Esas copias alcanzaron conside­rable difusión, pero el óleo original se ha perdido, de manera que no parece posible ahora llegar a dilucidar el mis­terio de su origen.
El dibujo a pluma, aceptado sin ob­jeciones, fue ejecutado en el frontispicio de un tomo de la “Ilíada” tra­ducida por Alexander Pope y obsequia­da por el poeta inglés a White, al graduarse éste en Oxford, en 1743.
El retrato lleva las iniciales T. C., que se cree corresponden a Thomas Chapman, amigo y compañero de estu­dios de White. Se conserva actualmen­te en el Museo Británico.
Es un mal dibujo, pero debemos con­formarnos con él y con la descripción que nos ha dejado de White su so­brino Ralph: “Su estatura era sólo de cinco pies y dos pulgadas; era delgado y de porte muy erguido. Su expresión era inteligente, bondadosa y vivaz; su constitución buena y vigorosa, sus mo­dales corteses y afables”.
Pero poco importa, en realidad, su aspecto físico. Más valor tiene la herencia espiritual que nos ha dejado. 
EL LEGADO DE WHITE
Me tocó ir a Selborne cuando se ce­lebraba en Inglaterra la “Semana de la Naturaleza”. En todo el país se habían organizado conferencias, exposiciones y diversos actos relativos a la fauna y la flora silvestre y la conservación de las riquezas naturales del suelo.
Selborne fue uno de los centros más activos en esa “Semana de la Natura­leza”. Continuas delegaciones escola­res llegaban para visitar la casa museo y recorrer los alrededores, siguiendo las sendas, cuidadosamente marcadas, que llevaban a los rincones preferidos de White.
Con magnífica amplitud se cumplía el consejo de White a sus lectores, de detenerse a contemplar las maravillas de la creación con demasiada fre­cuencia pasadas por alto, según sus palabras.
Una visita a Selborne, donde hasta las piedras y las plantas parecen irra­diar un halo de paz, hace comprender la exquisita finura y el sosiego interior de Gilbert White, ese hombre bondado­so “en quien no cabía ni pizca de ma­licia”, que en medio del tumultuoso siglo XVIII, tan lleno de tensiones como el nuestro, pudo escribir serenamente las “Cartas”, que al través del tiempo y la lejanía, alentaren a Hudson en la elección de su porvenir, y cuyo en­canto perdura aún. MARÍA CONSTANZA HUERGO
 Ver en “La Prensa” del 28 de octubre de 1962, el artículo titulado “Influencia de un libro en la vocación de Hudson”.
Compilación, tipeado y notas Prof. Chalo Agnelli
NOTAS

[1] Selborne es una localidad situada en el condado de Hampshire, en Inglaterra.
[2] Gilbert White (18 de julio de 1720 – Selborne, Inglaterra - 26 de junio de 1793) Pionero en los campos del estudio de la naturaleza y la ornitología. 
[3] Ver en La Prensa del 28 deoctubre de 1962, el artículo titulado “Influencia de un libro en la vocación de Hudson”. 
[4] Gerald Malcolm Durrell (n. 7 de enero de 1925, en Jamshedpur, India - + 30 de enero de 1995, Saint Helier, hersey, Inglaterra)Naturalista, conservacionista, escritor y presentador de televisión británico. Fundó el Zoo de Jersey en 1958 y la Jersey Wildlife Preservation Trust en 1964 ambas instituciones en la isla de Jersey. Era hermano del conocido novelista Lawrence Durrell. 
[5] Arthur Jollands (1 de mayo de 1926 – 26 de mayo de 2016) Naturalista y fotógrafo. 
[6] Lawrence Edward Grace Oates (n. 17 de marzo de 1880, Putney, Londres // + 17 de marzo de 1912, Antártida)  Militar y explorador antártico británico. 
[7] «I am just going outside and may be some time».
[8] Alfred Charles William Harmsworth, lord Northcliffe (n. 15 de julio de 1865, Chapelizod, Dublín, Irlanda  +  14 de agosto de 1922, St James’s, Londres, Inglaterra)Periodista y escritor irlandés, propietario y editor de periódicos conocido como el «Napoleón de la Prensa». Dio auge extraordinario al periodismo nuevo, lo industrializó, creó un vasto imperio periodístico y se labró una sólida fortuna. 
[9] Islington es un municipio de la ciudad de Londres, en el Reino Unido. Situado en el área conocida como Norte de Londres en el Londres interior.

martes, 5 de mayo de 2020

FORTUNATO LUIS CICHERO - QUINTA “LA REGINA”

Compilación, investigación y entrevistas

Prof. Chalo Agnelli - 10/6/2011

Quinta La Regina. En el extremo superior izquierdo se ve la fuente circular. Una nube de polvo que levanta algún carro. Los senderos de viñedos. Al frente, dirigiéndose hacia los portones de rejas abiertos un carro tirado por dos bueyes con un carretero de pie.


Después de la industria ganadera, saladeril, agropecuaria y frutícola, la producción de vinos y licores tuvo un gran auge en el partido de Quilmes, desde 1856. Hubo importantes viñedos y bodegas que proveían de sus productos a la ciudad de Buenos Aires, otras ciudades  del interior y a Montevideo.
EL EMPRESARIO 
Don Fortunato Luis Cichero, nació aproximadamente en 1845 en Génova. Era un joven de entre 13 y 15 años cuando llegó a la Argentina en un barco de la empresa naviera de su padre Domingo. Poseía una  preparación y experiencia empresarial, tanto teórica como práctica de gran solvencia. Como la gran mayoría de los inmigrantes, rápidamente se insertó en la nueva sociedad asimilándose al híbrido cultural argentino sin desprenderse de sus esencias. Hizo honor a su nombre. Dueño de sí mismo, de voluntad inquebrantable, rápidamente su nombre se vio ligado al comercio y la importación.
Era un hombre de extraordinario dinamismo, expeditivo, de reacciones rápidas, lo que le permitió reunir un capital suficiente para sumarse a la firma importadora Williams, Cichero & Guerrico. En 1880 cuando Carlos M. Schweitzer idea la creación del Banco Constructor de La Plata, lo convoca y lo asocia junto a Guillermo Cranwell, considerados por su posición social y comercial los más convenientes para el éxito de dicha institución de la que Cichero fue director. También fue cofundador del Banco de Comercio Cooperativo y del Nuevo Banco Italiano.
Cuenta el periódico dominical “El Mosquito[1], contemporáneo suyo, que la vida de este empresario era de continua labor; empleaba sus esfuerzos en diversos, variados y redituables emprendimientos tanto como fundador, asociado o accionista.
En 1890, a saber: fue vicepresidente de la Compañía Anónima Colonizadora Cooperativa, propietario del Almacén Naval Cichero, Massone & Raffo; del aserradero “Monte Lindo” de 23.400 ha en el Chaco, de las estancias la "Santa Regina” de 4000 ha en Río Negro y "La Grampa" de 600 ha en Puán, luego subdividida para su venta, en 25 ó 30 chacras de 50 ha cada una. Fue accionista de: Minas de Uspallata, la Sociedad Cooperativa de Gas, Canteras Argentinas, Lavaderos Públicos, la Italo Argentina, Luz Eléctrica de la Capital, Banco Agrícola de Río Negro, etc.
En enero de 1890 poseía en acciones 198.000 pesos fuertes. Esto como pequeña muestra de la dimensión de su fortuna, que lo puso en la posición de uno de los hombres de mayor poder adquisitivo del extenso distrito de Quilmes y alrededores.
Advertido de la riqueza del suelo bonaerense adquirió 27 hectáreas en Quilmes entre las calles Guido, Primera Junta, Pringles y Mozart, instalando allí un establecimiento “agronómico-pomológico”, fundamentalmente viñatero que llamó La Regina”. Realizó plantaciones de especies nativos y extranjeros, aclimatándolos en grandes invernaderos. Aprovechó la di­ver­si­dad ge­né­ti­ca median­te la se­lec­ción de plan­tas pa­ra ade­cuar­las a las con­dicio­nes am­bien­ta­les. Dispuso un sistema de riego por medio de acequias y cañerías, alimentadas por un elevado molino y tanque. El extenso viñedo descendía la barranca hacia el Río de la Plata. La producción se utilizaba para elaborar generosos vinos y un fino champaña registrado con la marca “Regina”.
Cuenta el historiador quilmeño don Manuel Ales en su libro Remembranzas Quilmeñas[2] que para dar excelencia a la producción consultó al prestigioso técnico botánico francés Thomas Dufresne experto en la elaboración según el método champenoise de la región de la Champaña francesa. La producción se vendía en hoteles, confiterías y restaurantes de la Capital Federal, principales ciudades del interior y se exportaba a Montevideo. 
La vid para la producción de vino tuvo su auge en Quilmes entre1870 hasta 1920, especialmente en las exportaciones. Se pueden remarcar estos aciertos en las producciones realizadas: en la Bodega Rosso, en Ezpeleta, de don José Rosso; en la Bodega Spineto [3] lindera al establecimiento de Rosso, propiedad de David Spineto; en menor escala estaban los viñedos de la familia Chinelli ubicados donde hoy se halla el Parque de la Ciudad; en la propiedad conocida como “Chateau Parry” de La Ribera, adquirida en 1885 por Guillermo Parry, que comprendía las calles Cevallos, Alem, Cervantes y Hernández, donde se cultivaban frutales y se producía el “vino de la costa”; y en el “Excelsior”, la importante extensión de don Roberto Clark [4] ubicada donde hoy hay un hipermercado y centro comercial sobre la Avda. Calchaquí.
Fortunato Cichero no descuidó en ningún momento la actividad social. En él no estaba reñida la faz material con la espiritual. Fue miembro del consejo directivo del nuevo Hospital Italiano, cuya piedra fundamental se colocó y bendijo el 15 de diciembre de 1889. Fue secretario y tesorero del Club Italiano de Buenos Aires. Ocupó el cargo de vicepresidente 2º de la municipalidad durante la intendencia de Eduardo Casares en 1887. [5]
Como entusiasta habitué del Teatro Colón de Buenos Aires y miembro de una de las empresas concesionarias que lo administraron hasta 1931 en que fue municipalizado, en ocasión que ese templo de la música y el bel canto se vio perjudicado con un pasivo que ponían en riesgo la prosecución de la temporada, saldó algunas deudas con su 
 propio peculio.

UBICACIÓN DE LA REGINA (PLANO ARCHIVO MUNICIPAL)

LA REGINA 
Quilmes por esos años ya había salido de su dilatada siesta gracias a la acción de hombres y mujeres con vocación de progreso; era el pueblo con las más sustentables proyecciones de futuro al sur de la Capital Federal y Fortunato Cichero lo eligió como residencia suya y de su familia. Se casó con una prima, nacida en la Banda Oriental, doña Regina Cichero de espléndida belleza con quien tuvo siete hijos. Cuando se casaron ella tenía 18 años y el 41.
REGINA CICHERO DE CICHERO
En su quinta quilmeña, hizo construir una importante residencia de veinte habitaciones en dos plantas con dependencias auxiliares para el personal de servicio, los peones y la familia de los capataces. Poseía calefacción central mediante una caldera de vapor a carbón que conducía el calor a todas las habitaciones mediante radiadores. Gran parte del mobiliario había sido traído de Italia, la cristalería de Bohemia y la porcelana de Sevres, hecha especialmente para él con su monograma “F C”. [6]



LA REGINA, ACTUAL HOGAR SANFORD

Contaba su nieto, el Ing. Jorge Cichero, que don Fortunato poseía una biblioteca multilingüística que abarcaba una extensa fuente del conocimiento; todos los volúmenes estaban encuadernados en cuero con sus iniciales en bajorelieve.

En los sótanos de la propiedad había una bodega de importante tamaño, adecuada ventilación, humedad donde se almacenaban y se deja añejar en toneles y barricas el producto de las vides. 
EL PARQUE
Don Manuel Ales así describe el parque y los jardines que rodeaban la casona: “… al frente había un hermoso jardín sombreado por pinos y palmeras y decorado con una fuente, separado de la quinta por una pared con pilares y rejas. El edificio está orientado en sentido norte sur en forma tal que toda la casa recibe sol en alguna hora del día. Posee varias terrazas y tuvo un interesante mirador que, al igual que la pared y rejas divisorias del jardín, han sido demolidas por sus dueños posteriores. Igual suerte ha corrido el gran portón de entrada que se hallaba en Guido, frente a Allison Bell y en cuya parte superior están las iniciales del nombre y apellido de su dueño. En los invernáculos se obtenían flores exóticas, entra las que se destacaban las maravillosas orquídeas […] El establecimiento alcanzó tal importancia que era visitado a diario por personajes y hasta por los profesores y alumnos de la Facultad de Agronomía de La Plata.” 
El exclusivo cultivo de orquídeas, el primero en el país por su nivel de calidad y variedad; la fina elaboración de bebidas y la proverbial hospitalidad de doña Regina y de don Fortunato le dio a "La Regina" particular renombre. Allí se solían organizar rumbosas fiestas donde los invitados gustaban de sus productos.
 CONTERTULIOS

Entre los más asiduos invitados el poeta Carlos Guido y Spano cuya hermana estaba casada con don Mariano Castellanos, intendente en Quilmes desde 1910 hasta 1917; el Dr. Eduardo Wilde con su esposa Guillermina de Oliveira César, el barón Demarchi y su esposa María Segunda Roca; Estanislao Zeballos; Dardo Rocha con su esposa; Benito Villanueva; el ex presidente José Evaristo Uriburu que tenía una propiedad “La Elisa” vecina a la de Cichero; Antonio Barrera y su esposa Águeda Nicholson; Félix Bernal; los hermanos José Luis, Ernesto y Fernando Otamendi; Pedro Etchevertz; Felipe Amoedo; Nicolás Videla, ex intendente de Quilmes en 1894; José Berazategui; el Dr. Ildefonso Salas; el Ing. Guido Jacobassi, el Dr. Arturo Tarnassi, el músico Alberto Williams, en cuya escuela de musica se educaron algunos de los hijos de don Fortunato; Carlos y Sebastián Casares que tenían una hermosa propiedad en la calle Rivadavia; el boticario José Agustín Matienzo y su esposa Ana Dupuy Morel; Carlos Oliveras; Victoriano Huisi, ex intendente de Quilmes en el año 1901 y muchas otras personalidades literarias, políticas, artísticas y sociales de la época. 
Un landó, una jardinera y dos breack esperaban a los visitantes en la estación de Quilmes para conducirlas a la quinta. Algunos pernoctaban en las confortables habitaciones, Una vez en la casona, los huéspedes subían a sus cuartos a asearse. Luego se servían una merienda en los jardines detrás de la casa, bajo una pérgola cubierta de glicinas. Todo el menú diario y para los eventos especiales era preparado por don Tancredo, un cocinero italiano que actuaba como un verdadero dictador en su feudo de hornallas y marmitas, ayudado por dos pinches.  Por la noche se comía en el dilatado comedor, servidos por numerosos criados, La velada proseguía a cargo de los hijos del anfitrión: un concierto al piano de una de las muchachas; demostraciones de esgrima que practicaba alguno de los varones y entremeses cómicos que preparaban con rigor actoral 

Un voluminoso libro registraba la presencia de estas figuras con sus firmas y dedicatorias a la empresa de don Fortunato Cichero. [7]
En esta propiedad se instaló luego, hasta la actualidad, el Club Unión Familiar "Hogar Sanford".

RAQUEL CICHERO

DESCENDENCIA

Fortunato y Regina tuvieron siete hijos, criados entre la ternura materna y la rigurosidad pedagógica de una institutriz alemana que los hizo destacarse en sus elecciones de vida: la mayor, Regina fue concertista de piano egresada del prestigioso Inst. Williams; Fortunato Luis, docente; Sara, educadora y artista plástica; Ana María, profesora de francés; Cornelia Victoria, profesora de inglés; Raquel, también concertista de piano como su hermana mayor, el menor fue Aquiles, también estudiante del Inst. Williams como sus hermanas, perteneció al elenco de aficionados que dirigía Dora Barrera Nicholson de Ricagno; estaba casado con Delia Costa.

SARA CICHERO DE LOPEZ CEQUEIRA

Sara Cichero, nacida en Quilmes en 1900, fue docente de la primera escuela de Bellas Artes que tuvo el Partido, fundada y dirigida por Pablo Molinari y José Martorell. En 1927 se presentó en el Salón Nacional de Bellas Artes con el óleo “La Toña”, reproducido en la revista El Plata de Quilmes. Integró el jurado del 1º Salón Anual organizado por la

Comisión Municipal de Cultura, en 1940. Participó con sus hermanos Fortunato y Cornelia en la fundación del Colegio
Nacional de Quilmes. Fue una trabajadora anónima, pero constante en todas las actividades artísticas y culturales que se hicieran en Quilmes. Estaba casada con Adrián López Cequeira. Sara falleció en su ciudad natal en 1979.
Fortunato Luis, nació en 1891, cursó la enseñanza primaria en la escuela Nº 1 de Quilmes y la secundaria en el Colegio Nacional Carlos Pellegrini. En 1925 egresó como profesor de geografía del Instituto Superior del Profesorado Secundario de Belgrano. Fue docente en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre y director del departamento de geografía en el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González”. Escribió varios libros de texto en dicha materia como “Cosmografía”; otros conjuntamente al Prof. Eugenio Corbet France como “Geografía general de Asia y África”; [8] “Geografía de Europa y Oceanía”; [9] Acompañó al maestro José Sosa del Valle en la creación del Colegio Nacional de Quilmes. Participó de la primera asamblea fundacional del 11 de febrero de 1922, junto con sus hermanas Cornelia y Sarah, acompañando a los docentes: Olivio Acosta, Lilia Nieves Bruno de Raris, Angélica Morales Gorleri y su esposo José Ferrero, Ana María Borzi de Faragó, Catalina Borzi, María Manuela Job Ramírez de Francis, Antonio y Evaristo Iglesias, Rafael Barrios, Guido Girotto, Antonio y Eduardo Colombo. Fue docente de la Institución por varios años.
ADELINA AMADEO COSTA DE CICHERO

El profesor Fortunato L. Cichero falleció en 1964. Estaba casado con Adelina Amadeo Costa. Tuvieron varios hijos, entre ellos, el ingeniero Jorge Cichero, intendente de facto de Quilmes entre 1970 y 1973; casado con Celia Martha Kelsei,[10] tienen 8 hijos, 26 nietos y 5 bisnietos, descendientes de aquel empresario que como tantos emigrantes eligió esta tierra para transcurrir su vida y fundar una familia y progenie que enriqueció el híbrido cultural de los argentinos. 
"La Regina" fue adquirida por el Ing. italiano José Pedriali (1867-1932) para la empresa tranviaria Anglo Argentina para crear un hogar de los hijos de sus empleados, actualmente conocido como "Club Hogar Familiar Sanford", el terreno fue parcelado y las construcciones apenas conservan la suntuosa impronta original. En el año 2008 fue declarado patrimonio histórico de Quilmes por el decreto Nº 10.855
 Investigación Prof. Chalo Agnelli

chaloagnelli@yahoo.com.ar

Aportes históricos de don Alcibíades Rodríguez, el periodista Víctor Giordano 

y del profesor e historiador Manuel Ales. 

Colaboración del Ing. Jorge Cichero, su esposa Celia Marta Kelsei 

y de la Prof. Mora Camarero Deprati de Barati

El Sol 16/12/79, Pág. 5 – Periódico El Plata, noviembre de 1927 Archivo "Lila Giordano de Campelo" del Museo Bibliográfico-Documental "Bibliotecario Carlos Córdoba"
NOTAS

[1] Ver “Cuaderno de Identidad 1” del autor de esta nota. Pag. 37

[2]Migraciones” Ed. Jarmat 2008 y ver biografía de Roberto Clark y los Chinelli en el blog www.elquilmero.blogspot.com

[3] Raris, Julio J. “Instalación de la Municipalidad – Autoridades que se sucedieron desde el año 1856 hasta 1962. Quilmes, Nov. 1962

[4] Ver “Cuaderno de Identidad 1” del autor de esta nota. Pag. 37

[5] Migraciones” Ed. Jarmat 2008 y ver biografía de Roberto Clark y los Chinelli en el blog www.elquilmero.blogspot.co

[6] Raris, Julio J. “Instalación de la Municipalidad – Autoridades que se sucedieron desde el año 1856 hasta 1962. Quilmes, Nov. 1962.
[7]  El Ing. Cichero, nieto de don Fortunato guardaba algunas piezas de esta cristalería.

[8] Ed. Librería del Colegio 1946.

[9] Ed. Crespillo. 1967.


[10] Los Kelsei son una familia que por razones de la causalidad y vecindad quilmeña están vinculados a la antigua producción vitivinícola de la zona ya que un hermano de la señora Celia, Juan Carlos Kelsei está casado con Martha Rosso, nieta de don José Rosso.



domingo, 3 de mayo de 2020

EN TORNO DEL ESCRITOR Y SU IDIOMA - JUAN CARLOS LOMBÁN - 1969


Por Prof. Juan Carlos Lombán [1]/ 1969
En términos generales, pienso que el escritor pertenece a su idioma. La lengua en la que escribe es no sólo su herramienta fundamental, el medio irreemplazable de su expresión creadora, sino también un elemento esencial de su cultura, un factor que ha ido modelando lenta pero inexorablemente formas de expresión hábitos mentales, tendencias emotivas e inclu­sive usos y costumbres.[2] No creo, en consecuencia, que el idioma sea para el escritor tan sólo un medio. Es eso y mucho más. No está determinando me­ramente la forma, como muchos creen, sino también, en no poca medida, el fondo de su expresión, si es que fuera posible separar lo que en rigor son dos aspectos de un mismo hecho, uno en función del otro. Convencido de la importancia fundamental del idioma en todas las facetas de una obra literaria, sostengo con Ortega y Gasset que por regla general la traducción no pasa de ser una utopía, un intento siempre digno de encomio mas nunca coronado plenamente por el éxito.
EL CASO DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON
La relación entre el escritor y su idioma me ha hecho reflexionar en no pocas oportunidades sobre Guillermo Enrique Hudson, el autor nacido en nuestra pampa que escribió en inglés todos sus libros, a los que, por tanto, la gran mayoría de los argentinos que los han leído lo han hecho a través de alguna traducción. Me apresuro a dejar aclarado que no vacilo en sostener que la entera obra de Hudson pertenece a la literatura inglesa, por la razón fun­damental de haber sido expresada en esa lengua. Pero confieso que ese jui­cio, que entiendo es en sí mismo irre­batible, nunca me dejó enteramente satisfecho, totalmente convencido. Una y otra vez me he preguntado si no es incompleto, si no expresa sólo una parte de la realidad. Siempre que he analizado el problema, he concluido formulándome obsesivamente el mismo interrogante: ¿basta el hecho de que la obra de Hudson haya sido escrita en inglés para negarle un lugar en la literatura argentina, sin tomar en con­sideración un cúmulo de factores esen­ciales? Porque se da el caso singular de que ella contiene, entre otras cosas, algunas de las páginas más auténticas, más profundas y más representativas que se hayan escrito nunca sobre nues­tra pampa. Creo que puedo afirmar sin pecar de exagerado, que en el futuro jamás han de producirse libros sobre la vida gaucha, de similar autenticidad. Podrá surgir en lo porvenir, y quiera Dios que así sea, un creador literario aureolado por el genio que le transmita al lector una visión certera y vigorosa de cuanto hay de esencial en el país argentino, de profundo, de difícil de aprehender y definir y por ello mismo, casi imposible de expresar. Pero no cabe suponer que pueda haber nadie capaz de reflejar tan vívidamente lo que fue una larga y entrañable expe­riencia de Hudson con el gaucho y su hábitat, en contacto con una realidad desvanecida para siempre y que por tanto ya nadie podrá vivir como él.
Abundan en la bibliografía hudsoniana estudios en los que campea un tono admirativo y aun de asombro ante el hecho de que en su obra Hudson recor­dara frecuentemente su tierra natal. Confieso que en general no lo compar­to. Lo verdaderamente sorprendente sería lo contrario: ¿cómo podrían ha­berse borrado de su espíritu las viven­cias de una existencia pampeana libre como el pájaro, que se alargó hasta los treinta y tres años de edad? Pero lo que sí creo que es extraordinario y absolutamente excepcional es la fuerza tremenda del impacto psicológico que la pampa produjo en su espíritu, al extremo de que aun en los libros en los que aborda temas típicamente ingleses, la recuerda obsesivamente, y es capaz de relatar acontecimientos y experien­cias con numerosos detalles de exactitud sorprendente setenta años después de haber acontecido. Lo que es asom­broso es que la vida de Hudson haya quedado prácticamente detenida en nuestra pampa por cuarenta y ocho años, en los que vivió separado de ella por miles de kilómetros y en contacto con ambientes absolutamente diferen­tes. Lo que linda con lo increíble es que un hombre que estaba viviendo voluntariamente en Inglaterra, donde ya había publicado trabajos literarios y científicos, haya llegado a sugerir, co­mo lo hizo Hudson, que en la isla no podía pensar tan bien como lo hacía aquí y que su capacidad intelectiva se encontraba allá disminuida. En efecto, así lo da a entender claramente en el pasaje de “El naturalista en el Plata” donde nos dice que en lo que a él respecta, su cerebro se veía estimulado y su actividad intelectual se encontra­ba mucho más facilitada cuando cabal­gaba, que en cualquier otra circunstan­cia, para finalizar así: “Es incomprensible que alguien pueda pensar mejor estando acostado, sentado o caminando que andando al galope del caballo”. Como él mismo lo ha explicado, es sabido que en Inglaterra Hudson no podía cabalgar, cosa que aquí hacía poco menos que permanentemente.
TRADUCTOR CASI CONFESO
Pienso que lo que la pampa significó en la vida y en la obra de Hudson nos está mostrando que estamos frente a un caso excepcional al cual no es posi­ble aplicarle sin más la regla general de que el escritor pertenece a su idio­ma. Pero hay otro aspecto que por su singular importancia, a mi juicio debe ser cuidadosamente considerado. Y es el hecho de que cuando Hudson se refiere a algo relacionado con la pam­pa, estoy convencido de que primero sintió y pensó en castellano lo que a continuación escribió en inglés, al ex­tremo de que me atrevo a sostener que en esos casos es él mismo el que, en cierto sentido, escribe como traductor. Cada vez que recuerda un hecho de esta tierra, una anécdota o sucedido, un incidente entre los gauchos, y toda su obra está permanentemente salpica­da de ellos, ha de haberlos pensado primero, invariablemente, en lo que el protagonista de “La tierra purpúrea”, Richard Lamb - que en muchos aspec­tos es el propio Hudson - llama “la primorosamente expresiva fraseología gauchesca”. El traductor que vierte al castellano esos libros, se encuentra en una situación especialísima ante capí­tulos enteros de los mismos, y debe saber que en realidad está revirtiendo esas líneas a su idioma originario, en el que en verdad fueron concebidas.
El mismo escritor expone casi expre­samente su condición de traductor en el Apéndice de “El Ombú”, donde es­cribe: “Los incidentes relativos a la invasión inglesa de junio y julio de 1807 los he narrado tal cual los recibí de los labios del viejo gaucho, al que en el cuento he llamado Nicandro”. Y concluye: “Las notas que tomé, sin fecharlas, durante mis pláticas con el viejo, de las numerosas anécdotas de don Santos Ugarte, y de toda la historia de ‘El Ombú’, fueron escritas, me parece, por el año 1868, el año de la gran polvareda”.
También en este aspecto de traduc­tor, el caso de Hudson es muy singular: no es la situación común del que tradu­ce una obra escrita y por tanto con un texto fijo, sino la del que recoge una tradición oral y la recrea por escrito en otro idioma. Pero ello no quita que en el procedimiento se produzca una ver­dadera traducción. Y esta característi­ca de traductor la mantiene Hudson a través de toda su obra siempre que se refiere a algo vinculado con su tierra natal, hasta su libro póstumo. Sólo que no en todos los casos puede traducir adecuadamente, y entonces no vacila en confesar abiertamente esa limita­ción. Así procede, por ejemplo, en “Una cierva en el parque de Richmond”, donde después de hablar de una fábula de Iriarte nos dice: “me recuerda a otra mejor, una de esas deliciosas y divertidas leyendas popula­res que sobre los animales solía oír a los gauchos de la pampa”. Sintetiza el asunto omitiendo pormenores que se adivinan sabrosos y después afirma: “El lector debe creer bajo mi palabra que este cuento es excelente”, mas reconoce que sus detalles pueden resultar chocantes en idioma inglés. Supri­me todo ello, “pues no escribo en castellano, idioma en el que parecería perfectamente natural e inocente”, concluye.
Está claro que Hudson no es sola­mente un traductor fiel. Por encima de eso, es un creador auténtico al que no voy a pretender descubrir ahora. Me he permitido poner énfasis en el hecho de que también es un traductor, porque él constituye un aspecto de su personali­dad en el que no se ha reparado y resulta muy importante para los fines de este trabajo. En efecto, pienso que la cuestión cambia radicalmente de color si la enfocamos a la luz de ese hecho insoslayable. Si es verdad que el escritor pertenece a su idioma, y creo que lo es, ¿a qué idioma pertenece Hudson? ¿Al inglés, en el que escribió sus libros, o al castellano, en el que sintió y pensó los pasajes más entraña­bles de los mismos? Parece absurdo tener que decidirse por uno con exclu­sión del otro, lo que además de arbitra­rio sería prácticamente imposible, a mi juicio. Pienso que es evidente que Hud­son pertenece a ambos idiomas, y en consecuencia su obra merece sobrada­mente ocupar un lugar egregio no sólo en la literatura inglesa, sino también en la argentina.
LA VERDADERA CUESTIÓN CON RESPECTO A HUDSON
A pesar de todo cuanto se ha escrito y dicho sobre la “argentinidad” de Hudson y su obra, aún no se ha supera­do el equívoco altamente pernicioso que consiste en marginarlo de lo que se considera literatura argentina en senti­do estricto, al extremo de que práctica­mente no se lo estudia en los cursos de esa asignatura en los distintos niveles de nuestra enseñanza, ni se lo ha inclui­do en numerosas colecciones oficiales y privadas en las que ha figurado todo autor nacional de alguna significación.
Y todo ello por haber escrito en inglés. Algunos distinguidos críticos y eruditos que han realizado importantes contri­buciones para el mejor conocimiento de la obra hudsoniana, cuando han dedicado sus esfuerzos al estudio de la literatura argentina en su conjunto no han juzgado correcto o conveniente incluir la obra de Hudson. Se da esta curiosa dualidad: cando se escribe casi invariablemente se omite la obra hudsoniana; cuando se trata de estudios sobre Hudson, generalmente se lo considera argentino y se concluye en que su obra merece un lugar destacado en nuestra literatura .Pienso que creer que Hudson nos pertenece, sólo por haber sido un en­trañable hijo de la pampa y haber sentido y pensado gran parte de su obra en nuestra lengua, es simplificar demasiado el problema y desubicarse irremisiblemente con respecto al mis­mo. Deberíamos comprender que tam­bién en materia cultural o mejor dicha mucho más aún en ella, nada nos será dado graciosa y gratuitamente. Habría que persuadirse de que especialmente en estos dominios nada deja de tener un precio, el que a menudo es mucho más importante que todo lo material­mente mensurable. Y en el caso de Hudson, el coste sólo podrá ser solven­tado tras largas vigilias del espíritu, después de haber superado el equívoco que lo mantiene marginado de lo que consideramos literatura argentina en sentido estricto. No, no basta todo lo que el escritor pampeano sintió y pensó para que nosotros podamos decir ufanamente que nos pertenece. Y tan pronto como comprendamos cabalmen­te esto, a mi juicio hemos de percibir claramente que lo que realmente im­porta es poder llegar a contestar afir­mativamente este grave interrogante: ¿lo merecemos a Hudson?
JUAN CARLOS LOMBÁN
Compilación y tipeado Chalo Agnelli,
hudsoniano director del Blog EL QUILMERO – 24/8/2019
“A los cincuenta años de esta nota en el 5° aniversario del fallecimiento de su autor, el profesor don Juan Carlos Lombán.  
FUENTE
“La Prensa” domingo 28 de diciembre de 1969, nota espacial para este diario.


NOTA

[1] Ver biografía en el Blog EL QUILMERO del viernes, 6 de febrero de 2015Juan Carlos Lombán - Docente, historiador y hudsoniano”

[2] Ver los trabajos “Los Veinticinco Ombúes”, “Nuestra pampa reflejada en idio­ma inglés”, “La patria de Guillermo En­rique Hudson” y “Hudson o la imposibi­lidad del retorno”, en las ediciones domi­nicales de “La Prensa” del 23 de marzo, el 11 de mayo, el 13 de julio y el 14 de di­ciembre del corriente año, respectivamen­te. Allí he aclarado las ediciones de los libros de Hudson que he utilizado.