jueves, 19 de enero de 2012

LOS OTAMENDI DE QUILMES I - ORÍGENES Y PRIMERA RAMA FAMILIAR

Compilación e investigación Prof. Chalo Agnelli
De don Luis E. Otamendi “Una familia de arraigo en Quilmes”

El 13 de agosto de 1965 don Luis Eduardo Otamendi invitado por la Comisión de Cultura de la Municipalidad de Quilmes y la Filial Quilmes del Instituto Sarmiento de Sociología e Historia, brindó en la Biblioteca Pública Municipal “Domingo Faustino Sarmiento” una conferencia titulada “Una familia de arraigo en Quilmes” que al año siguiente fue publicada en la Serie Medallones Biográficos que dirigía el Prof. Carlos G. Maier, director de la Biblioteca.
Este libro presenta la saga de los Otamendi en la Historia Nacional y en la del Partido de Quilmes. Don Luis Otamendi realizó una aguda indagación y acopió documental que volcó en un árbol genealógico con cientos y cientos de nombres. [1]
Este es un extracto de ese trabajo genealógico tomando únicamente las personalidades de esta familia que mayor significación tuvieron para el partido de Quilmes.

NOMENCLATURAS
Algunos topónimos tienen su origen en apellidos o nombres propios de personas. Cuando se dice ‘Otamendi’ varias pueden ser las referencias aludidas: 1º “Comandante Nicanor Otamendi”, localidad de la provincia de Buenos Aires; 2º “Estación Comandante Nicanor Otamendi”, situada en la misma localidad; 3º “Reserva Natural Otamendi”, área protegida de flora y fauna próxima a la ciudad de Campana, provincia de Buenos Aires; 4º “Estación Ingeniero Otamendi”, del Ferrocarril Mitre, cercana a la reserva anterior; 5º una referencia más actual es la del futbolista Nicolás Otamendi, del club Vélez Sarsfield, que todavía no es referencia geográfica, pero el fútbol tiene tanta incidencia social que podría serlo.
Y en el partido de Quilmes tres arterias llevan el nombre de personalidades con ese apellido; la “Avda. Augusto Otamendi”, camino a la Ribera; “Ing. Juan Eduardo Otamendi”, precisamente en Bernal, un pasaje junto a las vías que comienza en Lamadrid y concluye en la calle Boedo, apenas tres cuadras y “Fernando Otamendi” (c. 390) en San Francisco Solano a cuatro cuadras de la Avda. Mosconi, calle que nace en Lamadrid y termina en Lafinur.
Esta genealogía, en la Argentina y el Uruguay, de una manera u otra, están vinculados, ya que su fundador en el suelo nacional constituyó extensa descendencia. [2]
Las redes de familia son un documento historiográfico indispensable para construir la historia social de una comunidad con todas sus características culturales, económicas, políticas.

JUAN BAUTISTA DE OTAMENDI Y GOYCOECHEA – EL FUNDADOR - DE EUSKADI AL RÍO DE LA PLATA
En 1790 varios fueron los vascos que llegaron al Río de la Plata. Desde don Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, los euskal herritarrak desempeñaron importantes roles en la conquista, colonización y desarrollo de la Gobernación primero; luego, a partir de 1776, del Virreynato; durante el siglo XIX en las Provincias Unidas del Río de la Plata y hoy de nuestra Argentina.
De todo el Euskadi y de Navarra arribaron a fines del siglo XVIII numerosos colonos, entre ellos don Juan Bautista Otamendi y Goycoechea [3] originario del valle de Araiz en el obispado de Pamplona donde, un 19 de agosto de 1767 nació este araiztarra. Fueron sus padres don José de Otamendi Muguerza (circa 1729) y María de Goycochea y Otermin; hija de Joseph de Goycoechea y Goycoechea y de Ana de Otermin y Martinmocoroa. Poseían los Otamendi el señorío de la Casa de Gorostiaga. Este enlace matrimonial se realizó el 27 de enero de 1754. Hay precisión en este dato pues se conserva documentación de las dispensas solicitadas ya que eran primos hermanos. Tuvieron 8 hijos vivos. Juan Bautista fue el 6º, de modo que el señorío, por ley de mayorazgo lo heredó el primogénito varón, su hermano José (16/101759)

LOS OTAMENDI EN EL VIRREINATO
Nicolás Antonio de Arredondo era virrey del Río de la Plata cuando Juan Bautista Otamendi y Goycoechea , desembarcó en 1790 en Buenos Aires. Se instaló con almacén y bazar en la calle “del Temor” actualmente Maipú. Seis años después se casó en la Catedral de Buenos Aires con María Josefa Isidora Videla y Pelliza, cuyana, que vivía con su familia en la casa y panadería que luego fue la “Jabonería de Vieytes”, [4] donde se reunieron los revolucionarios de Mayo, ubicada en la calle de San Bartolomé, en la vereda que miraba al Norte (luego Agüero y actualmente México), a mitad de cuadra entre las hoy calles Lima y Bernardo de Irigoyen.
En poco tiempo alcanzó un notable progreso y durante las invasiones inglesas (según consta en el Archivo General de la Nación) participó de la defensa de Buenos Aires como alférez de la IV Compañía del Batallón de Urbanos del Comercio, integrado por unos 1.200 comerciantes de la ciudad distribuidos en 6 compañías; era su jefe el teniente coronel Jaime Alsina y Verjés. Este batallón constituían la reserva, para ser alistados en caso de invasión, siendo su misión la de custodiar la ciudad.
Durante la Semana de Mayo participó en el Cabildo Abierto del día 22, retirándose de la reunión antes que se dispusiera la votación de manera que no quedó consignado su voto.
Juan Bautista y María Josefa tuvieron 7 hijos: 6 varones y una única mujer: 1.- Eladio José Pastor (1797), casado luego con María del Pilar Borches; 2.- José Martiniano (3/7/1798); 3.- Juan Eusebio (14/12/1799); 4.- Fernando (1801) casado con Zoila Pombo; 5.- Pedro José (1803), que radicado en la Banda Oriental fundó la familia de este apellido en el Uruguay; 6.- María Dominga de los Ángeles (1805) y 7.- Román José (1807)
Partida de bautismo de José Martiniano Otamendi (gentileza Agr. Analía H. Fariñas)
Partida de bautismo de Juan Eusebio Otamendi (Gentileza Agr. Analía H. Fariñas)
Juan Bautista Otamendi fue testigo del progreso de sus hijos y de la participación que tuvieron en la Historia Nacional y local; falleció en Quilmes, en la chacra de su hijo José Martiniano, el 28 de julio de 1846, tenía 80 años. Un retrato suyo que conserva un miembro de esta familia fue realizado por Carlos Morel entre 1838 y 1840.

1 ELADIO JOSÉ PASTOR OTAMENDI Y VIDELA
Casado con María del Pilar Borches, tuvieron 8 hijos de los cuales el mayor Adolfo se estableció en Quilmes y en 1844 se casó con María Indalecia Bernardina Dupuy, hija de José María (Sinforoso) Dupuy Patrón, descendiente de Juan de Garay por línea paterna, asesinado en Buenos Aires por la mazorca en 1842 y de Indalecia Morel y Dupuy, hermana del pintor Carlos Morel.
Adolfo enviudó en 1855 y vuelve a casarse con su cuñada María de las Nieves Dupuy, vuelve a enviudar en 1864 y contrae terceras nupcias con Josefa Rodríguez.
De sus sucesivos matrimonios tiene en total 9 hijos. Etelvina, María del Pilar, Elena y María Josefa del primero; del segundo nacen: Belisario, Manuel y Enrique Otamendi Dupuy y del tercero: María Josefa y Oscar Otamendi Rodríguez.
El vínculo con las Dupuy enlaza a la rama de Eladio Otamendi Borches con otras familias de Quilmes; Eduarda Dupuy se casó con Felipe Amoedo, Ana Dupuy con el boticario  Agustín Matienzo, Josefa Dupuy con Francisco Labourt y María de los Ángeles Dupuy con Juan Ithuralde, todas hermanas.
Luis José Vicente Dupuy Morel, hermano de las mencionadas, casado con Leonor Ayos, estanciero y juez de paz de Balcarce en 1868, fue el padre de José María Dupuy Ayos, uno de los fundadores de Miramar (1888), de la que fue juez de paz, presidente del Consejo Escolar, agrimensor de la municipalidad de esa ciudad y propietario de su primer hotel el "Hotel Argentino". Lo había acompañado en esa fundación Fortunato de La Plaza su cuñado, casado con su hermana Leonor Dupuy Ayos.
José María Dupuy Ayos se casó con Petrona Otramendi Monroy hija de Federico Otamendi Borches, hermano del Adolfo arriba mencionado.

2 JOSE MARTINIANO OTAMENDI Y VIDELA
Hijo del anterior, nació en Buenos Aires el 3 de julio de 1798 y murió en la misma ciudad el 9 de noviembre de 1861. Él y su hermano Juan Eusebio estaban casados con dos hermanas: Juana Francisca y María Dominga Pereyra, hermanas de Leonardo Pereyra Aramburu, vecino de Quilmes, propietario de la estancia San Juan (hoy Parque Pereyra) y fundador de la familia Pereyra Iraola.
Según documentación existente en el Archivo General de la Nación, José Martiniano tenía chacra al oeste del pueblo entre las actuales calle Rodolfo López, Martín Rodríguez, República del Líbano y avenida La Plata. Chacra que debió comprar a don Francisco Zisneros (sic), descendiente de quilmes, pues en la distribución que hizo el agrimensor Francisco Mesura en 1818, figura este último como beneficiario. Parte de esta propiedad, Un solar en Rodolfo López y Av. La Plata, fue años después de Alberto Otamendi y allí entrenó durante en 1948 el equipo de hockey del Círculo Universitario para concurrir a las Olimpíadas en Londres [5]
José Martiniano, además, fue propietario del establecimiento de campo, conocido actualmente como “La Eufemia Vieja” para distinguirlo de la estancia “La Eufemia” situada en Mar del Sud.
Cuenta Máximo J. Gioffre [6] que en 1834 José Martiniano adquirió 12 leguas cuadradas al sur de la Sierra del Volcán, abarcando gran parte de lo que hoy es el partido de General Alvarado.  Este emprendimiento estaba a cargo de su hijo el teniente coronel Nicanor Otamendi (5/8/1823 – 13/9/1855) que participó en la batalla del “Puesto de San Gregorio” [7] el 23 de enero de 1853 contra las tropas federales de Pedro Rosas y Belgrano, juez de paz de Azul, en la que fueron muertos su hermano Eladio Belisario y su primo Dalmiro Otamendi.
Nicanor que había sido capturado por Rosas y Belgrano, comandante del Regimiento de Caballería Número 11, con sede en Azul y al ser liberado participó en la defensa para rechazar las incursiones indígenas en San Antonio, (actual partido de Benito Juárez)
El 13 de septiembre de 1855, cerca de 2200 indios al mando del cacique Yanquetruz atacaron el fortín donde estaba refugiado Nicanor Otamendi con 130 hombres, que tras larga lucha murieron todos en el combate. Nueva documentación pone en evidencia que ciertos maltratos cometidos por Nicanor con algunos naturales motivó el malón vindicatorio. [8]
Dice la leyenda familiar que varios indios abrieron el cadáver de Nicanor y comieron su corazón “para obtener así los valores de su valentía.” Y se sabe que cuando el cacique Yanquetruz murió en una riña en Bahía Blanca, vestía la chaqueta de Otamendi. [9]
José Martiniano fue juez de paz del partido de Lobería, ubicado sobre el Mar Argentino, a pocos kilómetros de Mar del Plata, creado en 1839, durante el gobierno del Coronel Narciso del Valle,
Aún siendo federal tibio, salvó a su hermano Fernando, “salvaje unitario acérrimo”, de caer víctima de la mazorca el 23 de septiembre de 1839; al día siguiente estalló la Revolución del Sur en la que Fernando participó como capitán, fue apresado, encarcelado y cuando recuperó la libertad por la intervención de José Martiniano, emigró a Montevideo hasta la caída de Rosas.
En esos años varias familias estuvieron divididas por “militar” directa o indirectamente en uno u otro bando. Algunas con resultados irreconciliables, otras como en este caso las diferencias fueron pasajeras. Los Otamendi que habían coincidido con Rosas, después de Caseros se establecieron definitivamente en Quilmes, donde se afincaron también, otras familias de pasado Federal. Así y todo, el tiempo que todo lo allana, permitió que miembros de familias de distinto origen político se unieran en matrimonio como fue el caso de los Otamendi con los Dupuy.
Fueron hijos de José Martiniano y Juana Francisca: 1.- Juan Bautista Cipriano, casado con María del Rosario de La Llosa; 2.- José Martiniano Lucas, casado con Ana Letamendi y Segurola; [10] 3.- Juana Francisca, casada con Miguel Smith; [11] 4.- Mariano Martiniano, [12] casado con su prima María Ana Elvira Otamendi; 5.- Fernando Julián, casado con María Eufemia Matallana; 6.- Nicanor; 7.- Eladio Belisario, 8.- María Josefa Isidora Ercilia [13] casada con José A. Pinto y 9.- María Josefa Isidora.

(2.4) MARIANO MARTINIANO OTAMENDI Y PEREYRA
Hijo del anterior, se casó con su “doble prima” María Ana Elvira, hija de su tío paterno Juan Eusebio y de María Dominga Pereyra Aramburu hermana de su madre.
Vivieron en Quilmes, donde nacieron sus tres hijos. Se dedicó al comercio. Fue propietario de la quinta “Los caracoles” y de la ferretería y corralón de madera ubicado en la calle Rivadavia y San Martín. Tuvo una activa participación en la tercera fundación de Quilmes. En 1873 integró como presidente la Comisión que fundó, a instancias del Dr. Wilde, la Biblioteca Pública Municipal.

(2.5) FERNANDO JULIÁN OTAMENDI Y PEREYRA.
Hermano del anterior, nació en la chacra que su padre tenía en Quilmes el 5 de abril de 1843. Se casó con María Eufemia Matallana Benítez de vieja familia quilmeña de origen castellano, que había sido novia de Nicanor Otamendi muerto en la batalla de San Gregorio. [14]
Don Fernando había iniciado estudios en la facultad de Derecho, pero el 23 de octubre de 1859, a los 16 años, con la misión de resguardar el vapor “Guardia Nacional” se sumó a las fuerzas de Alsina contra el Gral. Urquiza, durante la batalla de Cepeda el 23 de octubre de 1859. En 1861 volvió a las armas participando de la batalla de Pavón.
Lograda la organización nacional se dedicó a las tareas rurales en la estancia de su padre en Lobería y la chacra en Quilmes, donde instala su hogar. Luego adquirió tierras y creó las estancias. “La Eufemia” en Gral. Alvarado – que luego legó a su hija Eufemia Carolina -, “Los Eucaliptus”, “Los Cerros” y “La Anita” en Lobería, donde su padre había sido Juez de Paz. La estancia La Eufemia está ubicada en el actual Partido de General Alvarado, camino a Centinela del Mar, a 8 km de la entrada de Mar del Sud.
En 1866, por renuncia de Andrés Baranda se lo elige municipal suplente. Fue el segundo Otamendi que ocupa esta función, el primer había sido su primo Augusto Felipe y el tercero sería un hijo de este, José Augusto.
Reelecto al año siguiente, se debió excusar pues las exigencias de sus estancias que le imponían viajes frecuentes a distancia considerable, no le permitían dedicarse a la tarea pública con total entrega y en acuerdo con Andrés Baranda hicieron que el sustituto fuera José Berasategui, importante propietario del cuartel 4º de Quilmes (la mayor parte de las tierras de la localidad que hoy lleva su apellido). De todos modos Fernando Julián se comprometió en brindarle “… su concurso, colaboración y asesoramiento para el manejo de la cosa pública.”
Fue presidente de la Unión Cívica de Quilmes, agrupación que había participado de la caída del presidente Juárez Celman. En su libro “Quilmes de antaño” don José Andrés López dedica un capítulo completo al desarrollo de los acontecimientos que se dieron en Quilmes durante la revolución de 1890 y el papel protagónico que tuvo en ella don Fernando. [15]
El 1891 Fernando Julián fue electo Intendente, terminado el período entregó el cargo a su sobrino-primo José Augusto.
En 1907 fue cofundador del Banco Popular de Quilmes y el primer presidente del directorio. Integró numerosas comisiones de bien público.
Fernando y María Eufemia vivieron en Quilmes en una casa quinta en la esquina de Lavalle y Videla, con sus doce hijos: Hersilia Josefa, casada con Eduardo Giráldez (hijo de Tomás Giráldez que fuera juez de paz en Quilmes en 1870); Fernando Víctor, casado con María Massa; [16] Ernesto Lucio casado con Zulema Labourt; Eufemia Carolina (que tomaría lo hábitos religiosos, heredera de la estancia La Eufemia); Abraham, casado con Natividad Enrique [17]; Eugenio, casado con Ana Cernadas; Elina Isidora, casado con Oscar Risso; [18] Adriana Natividad, casada con su primo Diego Toribio Otamendi, hijo de Fabio Agustín) Ruth Fermina, casada con su primo Alberto Damián Otamendi y de La Llosa; María Eufemia y Diego, muertos jóvenes.
De entre estos los que permanecieron en Quilmes, Ernesto Lucio y Zulema Labourt tuvieron diez hijos (ocho mujeres y dos varones): Zulema casada con Carlos Piñero, Cora casada con Pedro Piñero, Hebe casada con Mauricio Correa, Ernestina casada con el Dr. Emilio Torre, [19] Graciela casada con Juan Badaracco, Georgina casada con Juan Gregorio Chavarri, Ernesto Olegario casado con Nani de Brelaz, [20] Alcira casada con Luis Filgueira, Hialmar casado con Celia Monclá y Mábel casada con Norberto Chavarri
Fernando Julián Otamendi llegó a reunir una considerable fortuna. Falleció el 27 de julio de 1923 a los 80 años.
Compilación e investigación Chalo Agnelli
Agradezco la colaboración de Alicia Otamendi Etchevertz, Alicia Silva Rey, 
Araceli Otamendi, Cora Otamendi y Sonia Otamendi.

NOTAS
1 Biblioteca Pública Municipal Domingo Faustino Sarmiento.
2 Compilación de “Una familia de arraigo en Quilmes” del historiador don Luis E. Otamendi. Publicado por la Municipalidad de Quilmes a través del Prof. Carlos G. Maier en 1966.
3 Se conserva el “don”, siglas que aluden a “De Origen Noble”, con las que se destacaba a quienes demostraban “pureza de sangre” para emigrar a las colonias o acceder a un cargo cualquiera ya fuera civil o eclesiástico; este prefijo se generalizó y se “plebeyó” con los años democráticos, pero siempre antepuestos al nombre de personas respetadas de las comunidades.
4 Archivo General de la Nación.
5 Ver en este blog. “Una Página Deportiva Del Profesor Celiar Cella” – “De Cómo Nació El Hockey Sobre Césped En El Círculo Universitario” del lunes 4 de julio de 2011
6 www.maximagenes.com.ar
7 Lahourcade, Alicia, San Gregorio, una batalla olvidada, Revista Todo es Historia, Nº 126.
8 En el “Diario de Río Negro” su director, el Dr. Julio Rajneri escribió en siguiente párrafo: “En abril de 1855, Mitre quiere efectuar un golpe de mano sorpresivo sobre los indios en Sierra Chica, al sudeste de Bahía Blanca. El resultado fue un fracaso y el día 30 en las primeras horas de la noche Mitre emprende el regreso hacia Azul, marchando toda la columna a pie.
Fue también en ese año, en setiembre, que ocurrió la muerte en manos de los indios del comandante Nicolás Otamendi. Destacado para reprimir una incursión hecha en la estancia de San Antonio de Iraola, donde el cacique Yanquetruz había robado de seis a ocho mil cabezas de ganado. Otamendi estaqueó a un indio emisario de dicho cacique, por lo que los indios lo atacaron enfurecidos, obligándolo a defenderse con su tropa en un corral, donde fue muerto, sobreviviendo solamente dos de los ciento veintiocho hombres que componían el escuadrón.” De la nota “Roca y los mapuches”. http://www.rionegro.com.ar El Dr. Julio Rajneri fue ministro de Educación y Justicia en la presidencia de Raúl Alfonsín. En julio de 2011 presentó un recurso de amparo contra el gobierno nacional por considerar que un decreto que prohibía la publicidad de oferta sexual en periódicos lesionaba la libertad de expresión.
9 Miramar, “Cien años de anecdotario histórico” por Segundo Acha http://es.scribd.com
10 Sobrina del canónigo Saturnino Segurola primer director de la Biblioteca Nacional, cuando se creó en 1810
11 Propietarios del almacén “ de la Figura” ubicado en Rivadavia esquina Lavalle
12 Dueño de la quinta “Los Caracoles” y de la ferretería y corralón maderero de la esquina NE de Rivadavia y San Martín, luego de la familia Elesgaray
13 Pintada por Prilidiano Pueyrredón.
14 Pérez, Daniel Eduardo. “Nicanor Otamendi, el héroe del combate de San Antonio de Iraola.” http://historicus-daniel.blogspot.com
15 Próximamente se publicará en este blog un extracto de ese capítulo que también figura completo en el blog de Guillermo Daniel Ñañez: http://viacuco.blogspot.com
16 Hija del napolitano Giovanni Mazza que tenía carnicería y domicilio en Alvear y Alem casa en la que se realizó la reunión que designo la primera Comisión Directiva de la Sdad Italiana el domingo 5 de mayo de 1878.
17 En algunos documentos figura Enríquez, pero confirma su bisnieta la escritora Araceli Otamendi que es “Enrique” el apellido auténtico. Araceli Isabel Otamendi, escritora, periodista, directora y editora de “Archivos del Sur” http://revistaarchivosdelsur.blogspot.com
18 Hijo de Celestino dueño de la chacra y hornos de Risso en La Colonia, donde hoy se halla la iglesia parroquial Sagrado Corazón. Vivían en la casa llamada “Maimará” en Alsina entre Paz  y Sarmiento, vereda sur.
19 Ver en este blog “El Nombre De Tu Calle – Dr. Emilio Torre” del jueves 28 de julio de 2011
20 Padres de la escritora y artista plástica Sonia Otamendi directora de la Agenda Cultural del Sur, info@agendelsur.com.ar // www.agendadelsur.com.ar












miércoles, 18 de enero de 2012

LEONARDO ALBERTO GRASSO - "HONRAR LA VIDA" -

Hay gente que pasa por la vida con sigilo, pero en su callada humildad son grandes hacedores, de esos que no necesitan diplomas ni galardones para alcanzar un logro en bien de todos. Es esa gente anónima que desde su rincón honran la vida haciendo historia, esa historia de la que no hablan los grandes libros. No pretenden nada, nada más que participar por la fuerte identidad que los une a su país y a su gente.
Ayer dejó Quilmes Leonardo Alberto Grasso. Rememoro con claridad la noche de aquel martes de hace algunos años atrás, en que llegó a la Biblioteca Sarmiento donde nos reuníamos los miembros de la Comisión Directiva de la Asociación Sanmartiniana de Quilmes para presentarse, contarnos sus proyectos e integrarse a la Institución.
Leonardo ya había hecho la experiencia de cruzar los Andes y lo repitió en nuevas ocasiones.
Éramos varios los presentes, y de primera vista, nos sedujo la convicción con que se expresaba y la solidez de su pensamiento sanmartiniano, sin grandilocuencia ni aspavientos retóricos. Así lo comentamos luego Ely Fontana, el Prof. Cella, Norma Ordóñez, Stella Maris Bertinelli, Cristina Secco, quien suscribe.
Leonardo era Scout e instructor de jóvenes scouts. Él instrumentó los medios para que no se perdiera la vieja casa donde, desde el 10 de abril de 1894, estuvo la Sociedad de Artesanos de La Colonia, y donde se reunían y hacían practicas la agrupación de Boy Scout Cnel. Juan Pascual Pringles, en la esquina de Vicente López y Pte. Perón.
Se plegó con fervor a las actividades de la Asociación Cultural Sanmartiniana Quilmes. Entusiasmo, que era otro de sus atributos demostrado en el scoutismo, en los ideales de la Gesta Sanmartiniana y ahora en esa Institución, de la que llego a ser vicepresidente.
Como tal le tocó, junto a una eficaz comisión, la responsabilidad de organizar el año del Cincuentenario de la Asociación, 2011, que fue extraordinario en frutos y en la respuesta del público.
Uno de sus cometidos preferidos era recorrer escuelas compartiendo con los niños y adolescentes la experiencia de la Cordillera que elevaba más aún sumándole el nombre del Libertador. Tuvimos la oportunidad de acompañarlo en la primera época de sus visitas y era admirable como los alumnos quedaban atrapados por la pasión que ponía en la relación de sus vivencias en las montañas.
Siempre con un trato afable y franco, con su simpatía y humor oportuno. Incapaz de improcedencias y siempre dispuesto a concretar en forma expeditiva y exacta los menesteres que surgieran.
Su calidad y calidez humana se activó cuando estando el sanmartiniano don Emilio Martínez en momentos postreros de su enfermedad, como no se le podía hacer, como era nuestro deseo, un homenaje en vida a su trayectoria social y cultural, en persona, Leonardo trajo la idea de grabar y filmar a los amigos de Cacho y acercarle sus saludos en un CD y así recorrimos Quilmes y le llevamos una tarde este mensaje a su lecho. Con esa alegría a las pocas semanas se fue don Emilio.
Estando EL QUILMERO, trabajando en las investigaciones para el libro LA COLONIA DE VALERGA – HISTORIA SOCIAL DEL SEGUNDO BARRIO DE QUILMES, hurgando en papeles sueltos que había en la vieja casa de los Artesanos, Leonardo encontró un retrato de don Santiago Valerga que fue la primera imagen gráfica que llegó a nuestras manos, fuera de una muy irregular que reproduce el periódico “La Verdad” de 1927. Encontrar esto y traérmelo a mi casa fue inmediato. Así me acompañó en ese trabajo junto con su esposa que pertenece a una vieja familia de La Colonia.
No podemos decir que ya no está entre nosotros. Muchos no lo conocieron, pero este nombre que EL QUILMERO reproduce recorrerá las redes inconcebibles de la Internet y muchos sabrán que el mundo se salva mientras haya hombres “Justos” como Leonardo Alberto Grasso. 
Y aunque esto parecería exacerbado por la congoja, si algo hay después de este transcurrir, Leonardo se fue a observarnos desde Los Andes y seguramente debe estar conversando con el Libertador de las peripecias de aquella gesta libertaria.
CHALO AGNELLI

sábado, 14 de enero de 2012

CUANDO SE ACABÓ EL PUEBLO - MISCELÁNEA QUILMEÑA - 1963

"Rará temporum felicitate, ubi sentire que velis, el que sentías, decire licet"

(Raros días de felicidad, aquellos en los que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente) ‘Gazeta de Buenos Ayres’, 1810.

 
Sí, fue en 1963. Estoy seguro. Lo sentí en la piel. Vi las señales. Eran incuestionables. Hubiera sido imposible que esa curiosa capacidad mía de “darme cuenta” no lo hubiera advertido.
Sí, fue ese año. Pero las señales ya me habían llegado el año anterior. La coyuntura había empezado en 1962, en febrero de ese año. Yo estaba por cumplir 16 años. ¡Turbulentos y fluctuantes 16!...
Hacía poco Quilmes había refundado su amplitud inapropiada con la autonomía de Berazategui; en 1960, con 294 años de historia en que devino de pago a villorrio, de villorrio indio a pueblo de campaña y, en 1916, de pueblo a ciudad, con tan solo 44 años de tal y un crecimiento industrial y poblacional inesperado, aún conservaba la atmósfera pueblerina en las viejas familias; en las casonas de estilo italiano y las importantes residencias de la barranca, en las casas “chorizo” con dos patios y gallinero al fondo, llenas de habitaciones donde vivían familias de hasta diez integrantes de tres generaciones. Se sentía el pueblo en el olor a cebada y la sirena de la Cervecería llamando al trabajador y despidiéndolo; en los potreros repletos de pibes, y señoras a la puerta, en el atardecer, tomando mate y chichoneando con la vecina (de la otra vecina); en los veranos en la Ribera y los corsos en la calle Rivadavia, "La Gran Vía Blanca del Sur!", y en la avenida 12 de Octubre, los bailes en la Municipalidad, en el Universitario, en el Alsina; el té los domingos en las confiterías Astrid o en la Colón, el Maxim y en esa inusitada cantidad de clubes barriales que fundaron los quilmeños desde 1875… El pueblo.
Efectivamente, la coyuntura comenzó en el '62, en febrero. Aún todo iba a tranco lento y un tumulto de pájaros envolvía las mañanas y los atardeceres. 
Yo devoraba las historietas de Mort Cinder en la revista Misterix que escribía Oesterheld y dibujaba Alberto Breccia. Escribía mis primeros poemas malos y algunos cuentos peores. Usaba los primeros vaqueros sanforizados y me divertía con Pepe Biondi - con reservas, porque no me gustaba eso de los cachetazos -, veía Cheyenne en el 9 y Casino Philips en el 13. Pero no me interesaba mucho la televisión.
Para la mirada entre asombrada y desconfiada de los demás, tampoco me interesaba el fútbol; no era la mía, una familia futbolera; ni mi padre, ni mis hermanos, ni mis tíos y primos se interesaban por ese deporte (condición que, en mi país, si se revela hay que pedir perdón) Sin embargo, por imposición materna incursioné, primero, en la escuelita de fútbol de Azpiolea, el carnicero, y luego en el equipo de basket que conducía Rodríguez Reino - deportista y pintor -  en el Club Tucumán. 
Los diarios locales nos  contaban que tras 5 años de vivir en 
 México, Roberto De Vicenzo volvía al país, a su Ranelagh; que, en cambio, Gerónimo Narizzano se iba a Los Ángeles; y que un plástico quilmeño, Manuel Oliveira había sido reconocido por su obra en un periódico catalán. Se veían los primeros Chevrolet 400, Peugeot 403 y los imponderables Valiant. Este año, en julio, salió de la planta de Pacheco el primer Falcon Nacional, esos coches duros que luego tendrían triste devenir. 
Opuesto a la bonanza pueblerina, el mundo, en el 62, estuvo al punto de estallar por tercera vez en el siglo, dado a los encontronazos entre EEUU y la URSS debido a la cuña de Cuba que empieza a ser un carcinoma en la dermis yanqui. Las dos potencias mandan artefactos al  espacio. Argelia se proclama libre de Francia. Se inaugura el Concilio Vaticano II impulsado por Juan XXIII, "Juan el Bueno", que le cambiaría definitivamente el perfil a la Iglesia Católica. 
Todos hablan de las frivolidades disfrazadas de dama popular de Jacqueline Kennedy.
Aquí, en nuestra Argentina de 22.000.000 de habitantes, el triunfo peronista del 18 de marzo determina la caída de Frondizi. El cuarto golpe cívico-militar-eclesiástico argentino del siglo XX. Después de hacerle una zancadilla al golpista general Poggi, José María Guido asume la presidencia. La paranoia militar expresada por 121 intentos de golpes de estado se pinta de azules y colorados con el fin de seguir complicándonos la vida. El último fue con éxito.
A los de mi casa, familia radical por parte de madre (mi padre era genéticamente socialista), la muerte de Crisólogo Larralde, vecino de Quilmes, el 23 de febrero, les infundió una sensación de quiebre. Esas pequeñas rajaduras que se van haciendo en las paredes de las casas, por más sólidas que parezcan, a veces por movimiento de los cimientos, a veces por el incremento del ruido, a veces porque la construcción fue errada desde el comienzo. Rajaduras que luego se hacen grietas peligrosas.
Entre la emoción de las cosas simples, se sintió como una pérdida insustituible, la primera de muchas que vendrían luego. Larralde se postulaba para gobernador por la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) en las elecciones, en las que, a nivel nacional, ganó el Dr. Arturo Illia. El intendente radical, Rodolfo Adalberto López, “Robín” [1] (nieto y sobrino de intendentes), decretó honores, disponiendo que los edificios municipales tuvieran la bandera a media asta durante tres días.
Lo veo en escorzo, voy por la calle, cruzo la placita Aristóbulo del Valle, paso por la Cervecería y llego a Auto-York la 'fabriquita' donde trabajaba mi papá en Lavalle y Matienzo.
Hay inquietud en las esquinas, en las puertas de los comercios se agrupan vecinos, unos con el diario en las manos otros asomados a las ventanas de sus casas comentan  con los transeúntes lo sucedido.
Criado en un hogar donde prevalecía la pluralidad ideológica, religiosa y social; donde el respeto a la libre elección, a la vida democrática por sobre todas las cosas, a la participación solidaria, la responsabilidad y el compromiso comunitario eran un culto, sin entender mucho de qué se trataba, la sola mención de esa figura civil me concitó en la pena mancomunada.
ROBIN LOPEZ JUNTO A JOSE GOLDAR
Recuerdo que en la casa de mi tía Gilda, el 24, se habían reunido un grupo de familiares y amigos a comentar los hechos. Estaba la pasión desmedida de Catalina Navarro, la reflexión anglo-entrerriana, serena, de Ana Hutchison, la pasividad sentenciosa y certera de Esteba Tomero.
Habían llegado de Miramar para las exequias parientes de mi tía, los Honores, de larga raigambre radical en esa localidad, se alojaban en su casa, muy compungidos por el país; y había otros contertulios más explosivos que no deparaban nada bueno para el futuro. Quizá, por esa cosa fatalista que tenemos los argentinos que nos cuesta cristalizar la alegría o las penas y lo terminamos mezclando todo y dándole a todo un trasfondo difuso. Pero en este caso no estaban tan equivocados. 
En Quilmas también había reductos de ultraderecha, llamados “Guardia Restauradora Nacionalista” o “Tacuaras”, que se había señoreado de ciertas escuelas, familias e instituciones; apañados por algunos miembros de la iglesia católica local.
Pero otro tema distrajo los panegíricos al muerto. Otro arrebato a la vida del pueblo conmovía a ese comité de quilmeños,  por lo incomprensible y absurdo. El 23 de febrero de 1962 se había realizado un acto rimbombante donde un ministro cualquiera entregaba simbólicamente a un presidente de la UTA cualquiera, los colectivos que reemplazarían los tranvías. Sí, la impericia y los intereses económicos de algunos pocos, nos arrebataron el tranvía.
Mientras los funcionarios y políticos celebraban la modernidad de la línea de colectivos 22, los vecinos miraban con recelo y rechazo 
el despojo. Nadie les había preguntado qué necesitaban o qué no. Nadie se había dignado consultarlos sobre algo que era suyo por derecho consuetudinario, por tradición.
Todo el pueblo sintió que Younger, Robertson, Robert W. Bradley, el Dr. Carlos Pizarro Lastra y los hermanos Pedro y Antonio Fiorito se revolvieron en sus tumbas; y si no fuera por el peso de los mármoles y la solidez de las rejas de sus bóvedas, se hubieran levantado a recuperar sus derechos centenarios.
Ya sé, no era todo lo práctico que se pudiera esperar, pero actualizándolos hubieran tenido la misma practicidad que en San Francisco, en Brujas, en Lisboa o en tantas otras ciudades de Europa donde continúan invictos su trayecto hacia todos los futuros.
Siempre el progreso levanta argumentos que parecen convincentes, incuestionables, como se hizo cuando demolieron el fastuoso Teatro Colón de la calle Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza de la estación, y levantaron ese edificio trasgresor y deslucido.
El tranvía se fue… y se nos fue el que nos llevaba a La Ribera... y se fue la infancia bochinchera con amigos, hermanos y sobrinos cargados de canastos y bultos traqueteando el ritmo amarillo del vehículo ante la mirada desaprobatoria del motorman D´Amore con su gorra calada hasta las orejas. Ahí nunca preguntábamos “¿cuándo llegamos?” porque tan sólo subir al tranvía rumbo al río, de pic-nic, ya se iniciaba la diversión. Ni siquiera cuando la vara que conectaba con el cableado de la electricidad se desenganchaba y requería una tediosa maniobra, nos molestaba, pues bajábamos por un extremo, subíamos por el otro, corríamos alrededor del vehículo, bromeando con el conductor que renegaba de nuestra inquietud.
También perdíamos la oportunidad de viajar en ese vehículo bambolente hasta la Capital. ¡Toda una aventura cruzar las localidades que nos separaban del Riachuelo donde aún había tregua de baldíos y campos extensos entre unas y otras, nada parecido a la sucesión de viviendas sin pausas que hoy no distinguen a Don Bosco de Wilde a Sarandi de Avellaneda! Todo es lo mismo, una gran gigantópolis  cuyo núcleo es la Capital. 
Una tarde jugaba a la bolita en la vereda con los pibes del barrio, llegó la hora de la merienda y, no fueron dos veces las que mi vieja me tuvo que llamar a “tomar la leche”, fueron cinco. Cuando finalmente entré el reto fue corrosivo. Ya mis hermanas estaban terminando. Ella quería que acabemos rápido y dejemos la cocina libre porque iban a venir mis tías y tenía que preparar una pastaflora. La leche “pelaba”, encima mi vieja, cuando estaba apurada, tenía la costumbre de hacernos una sopa de leche con pan cortado que me fastidiaba. Me arrebató la taza de loza y la puso a enfriar a bañomaría en la pileta. Me la devuelve, pero la leche seguía indomable. Repite el enfriado y yo, mientras tanto, intento arrebatarle a mi hermana la historieta que leía, iniciamos una pelea, mi madre desde la pileta nos recrimina que "¡basta de barullo y palabrotas!", seguimos la disputa. Hasta que ella, harta, se da vuelta hacia nosotros con el tazón en la mano y me la arroja a la cabeza; con tan buena puntería que me dio con el borde en la frente. Afortunadamente se había enfriado porque el contenido me cayó encima. Junto con el chorreado lácteo, también chorreaba una gruesa línea de sangre de un breve tajo sobre la ceja derecha.
Mi hermanas se quedaron duras, mi madre dio un grito, me tomó de la mano, salió de la casa a la carrera hacía Andrés Baranda (vivíamos a una cuadra), justamente pasaba el tranvía, había olvidado su monedero, igual el guarda, que nos conocía como asiduos pasajeros, no le cobró, paró especialmente para nosotros en el cruce de la calle Islas Malvinas y en el dispensario el Dr. Vaccaro me suturó. 
Esa vivencia: el tranvía, la solicitud del guarda, del conductor, de los pasajeros que le alcanzaban pañuelos a mi madre a costa de no recuperarlos, fue tan pueblerina que quedó selecta en mi memoria, junto con la cicatriz aún visible.
Por supuesto que de la explosión materna saqué, de manera aviesa, algunos réditos que andaba deseando, como el proyector Jugal y seis historietas  mejicanas.
Y allá se fue el tranvía con su lento traqueteo, cargado de sueños inmigrantes, sudor de trabajadores, tejidos de abuelas que tenían todo el tiempo de mundo para terminar la trama convocada. Allá se fue con su inquietud de pibes y bañistas domingueros. Solo, para iniciar su olvido, su ausencia y una vocación de amigos dispuestos al recuerdo.
También el balneario con sus recreos y casillas de fin de semana, empezó a decaer recibiendo, junto con la contaminación del Plata y otras impericias, esa bofetada. 
A pesar de las pérdidas y los arrebatos, el 25 de febrero se me celebró un cumpleaños moderado: hubo torta, parientes, amigos, música y sonrisas, pero había un vaho compungido flotando en el aire. Ya que, además, mi abuela estaba enferma; aunque no manifestaba gravedad, permanecía en cama.
Después de apagar las velas le llevé un pedazo de torta a su dormitorio y le di un bocado; lo comió tanto como para contentarme, pero luego, agradecida, me pidió que dejara el plato sobre su mesa de noche que más tarde lo terminaría. No lo hizo.
En marzo de 1962 murió doña Filomena María de Baunelle, mujer de inimaginable dulzura, cálida, inteligente e imperiosamente querible. Había nacido en Quilmes un 13 de marzo de 1881. Precisamente en la esquina SO de las calles Pasó y Moreno. Las afueras del pueblo, que en ese entonces terminaba poco antes de la calle Alberdi. Su madre, Libertad, criolla, había muerto de tisis cuando Mena tenía 6 años y su padre, Rafael, un inmigrante francés, fue guardagujas del ferrocarril del Sud, en Quilmes, hasta que una distracción alcohólica lo empujó bajo las ruedas de la formación de las 3:50 hs. rumbo a La Plata en el cruce de Amoedo; mi abuela tenía 15 años.
Desde la muerte de su madre, continuó su crianza una parienta, Misia Juana Cabrera, maestra, con la que vivió hasta que esa mujer de inapelable misticismo, en la madurez, tomo los hábitos en una congregación de monjas de clausura. [2] 
Doña María Mena, como la apodaban, amaba las zarzuelas, que ponían en el teatro Avenida, las películas de Lolita Torres; era asidua de la biblioteca Sarmiento, pues no podía comprarse libros, leía Balzac y Zola en francés, en el original, no por escuela sino por genética. Sus creencias religiosas eran tibias.
En mi fantasía, ella era Quilmes; con sus amigas, los recuerdos de sus maestras, sobre todo la señorita Demetria Rivero, sus vecinos, los personajes que la maravillaban, las luchas contra el barro de las calles adherido al ruedo de los vestidos y las zanjas y las lagunas superpobladas de aves y de mosquitos.
Ella, del farol a kerosén pasó a la televisión, de la tabla de lavar al lavarropa automático, del silencio sin medida del amanecer, del silencio de las siestas, del silencio de los anocheceres cálidos o helados donde solo una serenata de grillos y ranas interrumpía a veces el bullir del pensamiento, ella, de tanto silencio, pasó al estruendo de la velocidad, de la comunicación y del consumo; y no dejaba de asombrarse.
Mi abuela no perdió nunca el asombro. Cuando se llega a una edad que el pasado invade toda la vida y el futuro es tan sólo “después”, tan solo “un rato más” donde las posibilidades de proyectos son monserga de la “nueva era”  y los popes de la salud física y psíquica que quieren vernos a todos en estado de limbo, flacos, rozagantes, atiborrados de cereales, agua, verduras y frutas; cuando el pasado tiene todas las extensiones no se habla más que de él.
Sin embargo, ella no consideraba eso de, “todo tiempo pasado fue mejor”; pues estaba siempre invadida por el asombro de un  presente en vertiginoso e incesante cambio; por las virtudes que la tecnología y la ciencia le daban al hombre cada día, de las que, todos los días, buscaba ávidamente noticias en los diarios y revistas que caían en sus manos.
El progresos la hacían renegar de los rigores e inconvenientes de aquel su pasado: como agotarse la vista escribiendo a la luz de una vela o del hediondo farol; helarse las manos lavando la ropa en el piletón, con los consecuentes sabañones; humearse desagradablemente mientras se preparaba la comida en la Istilart; embadurnándose con el carbón y la leña; bombear el agua tres o cuatro veces por día y calentarla para bañarse en incómodos fuentones de latón... ¡y las letrinas! ¡los cuartos fríos en invierno! ¡andar por las calles lodosa bajo una lluvia torrencial! ¡torcerse un pie en las veredas de ladrillos colocados al garete...! ¡desesperar por las tolvaneras que se levantaban cuando el viento del sudoeste quería empujar al pueblo al río! ¡o cuando el río se proponía entrar en el pueblo tras los embates del viento del sudeste!...
El presente la maravillaba; sus nostalgias eran sus padres, las primas y amigas: Fany Nicholson, María Ferrari, Lorenza Jordán de Ruesta, Adelina Mandile, Mercedes Ayala de Hutchison; los vecinos: Logiocco, Llorente, Manini, Mergasi, Cabezas, Jové, Massa, Del Ponte-Paroni, Mezullo… es decir, la gente, el saludo y el perfume a campo que aún embalsamaba al pueblo cuando llegaba la primavera.
Sí, fue con ella, con ese otro muerto principal y con el tranvía, cuando sentí que se comenzaba a difuminar el pueblo.
Transcurrió el resto del año y llegó 1963. El 8 de febrero murió, después de una cruenta enfermedad, don Rodolfo Ostry, amigo y una especie de hermano mayor de mi padre, compañeros en la fábrica Tapas Coronas de la Cervecería y socios en la empresa Auto-York que habían fundado juntos 20 años atrás.
Don Rodolfo era austriaco, y tenía cuando murió 78 años. Era un hombre afable y sentencioso, de porte imponente, robusto, no tenía el gesto duro de los germanos. Mi padre le llevaba a escondida morfina para aliviarle los terribles dolores que lo torturaban. Seguramente mi viejo revivía la historia del padecimiento de mi hermano, muerto del mismo mal en 1955.
En esos tiempos, a mí se me perfilaban las veleidades de escritor, pero, en bien de la literatura, me limitaba a mi diario, donde daba testimonio de los días; el 1 de mayo escribí: “Ayer, 1 de mayo,  murió el doctor Isidoro Iriarte, médico de mi hermano Alfredo. Mi padre, que iba como voluntario dos o tres veces por semana a hacer reparaciones al Hospital, lo había visitado unas pocas semanas antes y lo había encontrado bastante decaído por los problemas graves por los que está pasando el Hospital de Quilmes a quien la provincia y la municipalidad le adeudan nueve millones de pesos en subsidios y corre riesgos de cierre. Yo como salí unos días del colegio de Bernal, donde estoy pupilo, lo acompañé  al velatorio y al entierro. Una inmensa columna de quilmeños, casi todos hombres, atravesó caminando detrás del carruaje fúnebre con caballos la calle Rivadavia. Los comercios al paso del cortejo iban cerrando sus puertas y bajando las cortinas. En algunas vidrieras había crepones negros. Recordé el sentimiento sin pudores manifestado un año antes con la muerte de Crisólogo Larralde. Hoy los diarios sólo se ocupan de don Isidoro, su obra de vida...”
Cuando escribí esto no sospechaba que cincuenta días después seguiría a ese mismo carruaje cargado con los restos de mi padre. Tenía tan sólo 68 años... yo 16.
Don Armando había llegado a Quilmes en 1917, a  realizar una pasantía en la Cervecería como ex alumno de la escuela técnica de Otto Krause, con tan solo 23 años. Allí trabajo 40, jubilándose como jefe de máquinas y personal de la Tapas Corona.
Los primeros tiempos viajaba todos los días desde y hacia su casa paterna en la calle Rincón 1062, entre las calles Carlos Calvo y Humberto Primo de la Capital.
Cuando llegó, Quilmes era un humilde pueblito con el único atractivo de la cercanía con el río y su ribera. Así lo debía ver el joven porteño que vivía en una ciudad con su variada oferta de adelantos y entretenimientos.
En 1919, la empresa de los Bemberg ofrece créditos hipotecarios para que sus directores, jefes y capataces se radiquen en Quilmes y mi padre consideró la oportunidad y la conveniencia de comprarse un terreno y hacerse una casa. Lo concretó en Lavalle y Matienzo, esquina noroeste, donde aún se levanta la vivienda que ponto cumplirá 100 años.
Aquel 1963, estuvo signado para la historia por otras muertes coyunturales, no sólo entre nosotros: en Roma el papa reformista, Juan XXIII; en EEUU, el 22 de noviembre asesinan a su presidente, John F. Kennedy; en París muere una voz, Edith Piaf y el crimen de la guerra, en Vietnam, es inminente.    
Una subversión militar, en abril determina la victoria de los azules con Onganía a la cabeza que da paso a las elecciones, pero le queda el dulce gusto de asomarse al poder y creerse una figura mesiánica que hará de la Argentina un paraíso de bonanza y paz. 
Con el peronismo proscrito asume la Presidencia de la República el Dr. Arturo Illia.
Onganía vigilaba artero. Una sequía hace trastabillar la economía, sin embargo, somos el cuarto país productor de vino. En el Río de la Plata se hunde el vapor de la carrera “Ciudad de Asunción”. Piazzolla le pone una música definitiva al perfil porteño y sus compases seducen al mundo, no tanto a los locales.  
Si bien Quilmes fue declarada ciudad el 2 de agosto de 1916 durante la intendencia de Pablo Castro, y esta elevación le dio un nuevo impulso económico y demográfico, fue tan sólo un trámite burocrático porque la cálida llaneza pueblerina prevaleció muchos años. Hasta 1963, aún no se había despegado del barro, de la siesta, de la bonachona vecindad y del piberío en los potreros, de los parentescos entrelazados, las veladas familiares en los clubes del barrio, de las veredas de ladrillos, los focos de luz mustia en las bocacalles; de los otoños dorados de yingos biloba en la plaza Aristóbulo del Valle y los octubres embalsamados de tilos; las primaveras violeta-azuladas de los jacarandaes de la calle Córdoba; las galerías de las casas amigas sombreadas de jazmines del país, glicinas, madreselvas y santarritas.
Aún conservaba la bonhomía de tantos pueblos bonaerenses. Sitios que aún la conservan a duras penas y afortunadamente.
Sí, en 1963, se acabó. Para bien o para mal. ¡Qué importa! Nada vence el transcurrir; enfrentarse a él es improcedente. Esto no es nostalgia, es memoria de lo que fue y se acabó un día, a partir de un año. 
Quizá nadie más que yo se dio cuenta. Algunos dejaron que la sustancia contundente de la segunda mitad del siglo los atravesara, otros cerraron los ojos y sólo yo y unos pocos más los abrimos para mirar para atrás y advertir que definitivamente se había acabado el pueblo... y comenzaba una historia nueva... Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde.
Chalo Agnelli
NOTAS

[1] Murió el último jueves de diciembre del 2006. 
[2] Ver en “Historias de más acá, relatos quilmeños”, Ed. Dunken, 2003, de quien suscribe, “Los motivos del silencio” y “Maestros y Escuelas de Quilmes”