viernes, 3 de abril de 2020

HALLAZGO Y ELOGIO DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


SI AMÓ A LOS PÁJAROS Y A LAS PLANTAS, EL HOMBRE NO FUE AJENO A SUS PREOCUPACIONES.
Por LUIS REINAUDE [1]
SEGÚN D. Baldomero Sanín Cano, atribuirle al 4 de agosto de 1841 la gloria de haber gobernado el nacimiento de Hudson no pa­sa de ser una conjetura. Guiller­mo Enrique Hudson tuvo un pu­dor extraordinario para cuanto se relacionaba con su vida y hasta amigos suyos tan íntimos como don Roberto Cunningham Graham se quejaron alguna vez del excesivo secreto que el au­tor de “La tierra purpúrea" mantenía sobre las circunstan­cias de su existencia en el Plata.
De cualquier manera, estos de­talles no interesan sino en pequeña parte. Años más o años menos la ubicación de Hudson en las letras de América - si bien nos llegó “desde lejos y después de mucho tiempo”— no resulta difícil. Se sabe que vi­vió el tiempo de las sangrientas y románticas guerras del Uruguay; el tiempo de Rosas; el tiempo de los gauchos.
El tes­timonio que nos ha dejado es tan valioso si se lo mira desde el ángulo político como si se lo enfoca desde un mirador estético. Lo que confiere esta dimensión de eternidad a Hudson es su extraña agudeza para captar las esencias de cuanto se movía en torno suyo. Plantas, hom­bres, sucesos, pájaros se dejan aprisionar en la fina red que la observación de este gaucho na­turalista les tiende, como una perdiz se deja atrapar por el alambre. Mas la entrega de to­do cuanto rodea a Hudson es de tal calidad que no queda secre­to inédito.
Cuando el inglés apa­rente que descansaba alguna vez en la costa meridional de Inglaterra - y de esa comarca nos habla Sanín Cano - se ponía a evocar los sucesos de “allá lejos y hace mucho tiempo”, pai­saje y hombres se reintegraban a su gobierno con un ajuste per­fecto. Hudson volvía a señorear sobre ellos. Hudson volvía a do­minarlos quizá con más fuerza que antes, cuando tuteaba a los pájaros, a los hombres y a las estrellas.
DIGAMOS la verdad: hemos conocido a Hudson tarde y mal. Lo seguimos conociendo mal. Unas traducciones de in­discutible buena voluntad, pero indiscutiblemente deficientes, nos han entregado ciertas pá­ginas que, si a pesar de ellas, Hudson nos da la medida de un gran escritor, es porque real­mente laten en él las condicio­nes de un espíritu excepcional. Se habló hace tiempo de una versión de sus obras completas encargadas a un hombre de tan­ta responsabilidad como Jorge Luis Borges. Nos pareció tan acertado que dudamos de su realidad. El tiempo nos ha re­firmado en la suspicacia. Con motivo del centenario de Hud­son se habla otra vez de una edición de sus obras completas. Si no quedara en palabras, sería maravilloso.
Esperemos algo más, y es eso: que en las tareas correspondientes a esa posible edición no falte el asesoramiento de quienes están en condiciones de extraerle a Hudson, para entre­garlo a los argentinos, todo lo que de origina y de valioso en­cierra su larga, nutrida y excep­cional labor escrita.
¿CUANTOS le debemos a Enrique Espinosa el hallazgo de Hudson? Muchos más de lo que es de suponer. Como a Fer­nando Pozzo, a Espinosa se le debe en no poca medida el co­nocimiento de este valor que podemos llamar “nuestro” sin asomo de duda. Nuestro fue, por el fervor y por la gracia que el paisaje argentino derramó ante él, a tal extremo que en los días postreros no tenía otra vi­sión en el alma que las recogi­das “allá lejos y hace mucho tiempo”.
Treinta y tres años vi­vidos entre gauchos, entre pas­tos, entre árboles, cerca de los arroyos, bajo nuestras estrellas, bajo la cruz del Sur. Treinta y tres años vividos cazando imá­genes, consultando brújulas ve­getales - esa inclinación de los pastos... - entre polvaredas y lluvias, observando, observando, observando... Treinta y tres años haciéndose a la vida rioplatense con una suerte de fervor desesperado, como si estu­viera cierto que una vez lanzadas las amarras de su barco, nunca más los vientos hincharían sus velas hacia el horizonte de la partida. Así fue. Murió en 1922 “allá lejos” – esta vez para nosotros – y cuando apenas si comenzábamos a saber que aquí habíamos tenido, sin dar­le importancia, a este otro Her­nández de inmortalidad tan pa­reja como la del cantor impar.
EL OMBÚ Y EL HOMBRE
BASTARIA que Hudson hu­biera escrito “El Ombú” - el cuento, no el libro, y aún el cuento sin el “apéndice” que lo acompaña, explicación innecesaria o, en todo caso, más atenta a la prolijidad que a la necesi­dad - ; bastaría que Hudson hu­biera escrito “El Ombú” para que su popularidad tuviera una base inconmovible. No conoce­mos toda su obra, pero no se nos antoja atrevimiento excesi­vo el decir que en “El Ombú” se encuentran, con mayor o me­nor intensidad, pero presentes, las notas características de Hud­son. Se ha dicho que él atendió con más prodigalidad a la naturaleza - árboles, pájaros, plantas - que al hombre mismo. “El Ombú” se ocupa de des­mentir esa presunción. El hom­bre es la solicitud primera del Hudson de “El Ombú”. No se explica de otro modo esa ter­nura con que adhiere a tribu­laciones ajenas.
Las criaturas de ficción, cuando son apenas el vehículo para expresar ciertas preferencias sobre esto o aquello, no alcanzan nunca una jerarquía humana como la de Nicandro. ¿Quién, que fuera incapaz de allegarse al hombre, podría narrar el drama de Bruno de la Cueva?
El coronel Barboza tiene en “El Ombú” un lugar que no se conquista por simple necesidad de conferirle a la anécdota el lado malo para que el opuesto sobresalga. Está colocado allí por algo. Hudson no lo envilece con adjetivos. Lo perfila sin insultarlo. Es un tipo humano recogido de la realidad. Pero que Hudson no adhiere a su crueldad, nos parece claro. Las observaciones que hace a propósito de Rosas son de una agudeza tal que es inconcebible suponerlo hombre desapegado a lo que de humano lo rodea. El advierta que Rosas sube al poder como la expresión de paisanaje sin sentido de lo nacional, que con alguna justicia se ha opuesto siempre al gobierno, a quien identificó con el explo­tador, fuera éste o aquél el co­lor de su piel o de sus ojos. No es vano el diálogo casi amable entre Santos Ugarte y los ingleses de la invasión. Si pelearon los criollos contra los ingleses, no quiere decir que fuera por apego a los amos del día. Lo demostraron después y siempre, mientras les fue posible de­mostrarlo. Pero Rosas los traicionaba. Se sienten ellos trai­cionados por el gaucho estan­ciero y no solamente porque les prohibiera el juego de “Él Pato”...
NO esperemos hallar santos entre los hombres fuertes que viven a caballo y que son dueños de grandes estancias, dice Nicandro, como si quisiera adelantarse a toda sospecha. Y más tarde: “En la primave­ra, volvieron otra vez las golondrinas e hicieron su nido bajo el alero”. Las cosas pequeñas entroncan en su relato como in­tegrantes indispensables del to­do. Esa como alfombra verde que se va extendiendo a las puertas de “El Ombú” - cuan­do la casa ha dejado paso a la tapera - tiene una ternura que justifica la alusión de Bru­no, derribado sobre ella por la fatiga. Él recordaría hasta la muerte esos tiernos pastos, esos dulces pájaros, esos frescos om­búes, esos arroyos, esos ríos, esas pampas, ese “verde invero­símil” que es un poco América entre salvaje y edénica. Tanto que sus últimos años no han de ser entregados sino al recuerdo. La fiebre, durante una enferme­dad, le devuelve el paisaje. Y el paisaje le devuelve al hombre. La claridad de sus recuerdos, la diafanidad de su evocación no elude la melancolía: “Esta tris­teza está en nosotros mismos, en el recuerdo de otros días que nos sigue a todas partes”. Cuan­do tiene que hablar del dolor ajeno, de ese pequeño dolor personal, individual, hasta parece lamentarse de que no tenga un lugar en la conciencia del hom­bre: “¿Cuentan los libros estas cosas?” - se pregunta - , E insiste: “¿Lo sabe el mundo?”.
NO. Hudson pudo amar el pai­saje, pudo prestarle una atención particular a las plan­tas y a los árboles. Que lo hi­zo, no hay duda. Pero suponerlo alejado del hombre se nos anto­ja un exceso. El hombre - y lo dice “El Ombú” - le preocupó tanto como cualquiera de las in­quietudes que agitaron su vida. De cualquier manera podría de­cirse de él lo que Nicandro de Valerio, esto es, que también a Hudson lo visitó el ángel con tal asiduidad que una parte ponderable de su encanto se lo transmitió a perpetuidad.
Ni la muerte ha podido Hurtárnoslo. Al contrario, la muerte nos lo ha devuelto cuando ni siguiera lo sospechábamos. LUIS REINAUDE
Compilación para EL QUILMERO Chalo Agnelli
NOTA

[1] Luis Reinaudi. Abogado laboralista, periodista en el diario Córdoba, militó en el Partido Comunista; estuvo detenido durante la última dictadura cívico-eclesiástica- militar. Murió en noviembre de 2016, a los 71 años

jueves, 2 de abril de 2020

NADA MENOS QUE UNA MAESTRA


Casi nonagenaria - dicho con ad­miración y respeto - Marta Cora Noziglia enfrenta su "primera vez".
Maestra egresada en 1947, de la Escuela Normal Nacional de Quilmes, esta abuela varelense, emprendedora y acti­va, disfruta de la publicación de un libro. Su primer libro. Un hijo de papel en el que recoge retazos de sus más de treinta años de trayectoria docente. 
"Historias de pupitres", tal el tí­tulo, aclara desde el comienzo que "no es un libro, sino que quien vuelve sus páginas descubre a un ser humano con sus dudas, aciertos y errores", como acla­ra un breve texto manuscrito que inserta en la primera página, texto que, además, permite admirar la caligrafía prolija y nor­malizada de las maestras de antaño.
Iniciada en la docencia hace se­tenta años en una escuela privada cerca­na al Aeropuerto Internacional de Ezeiza - que aún estaba en construcción - debu­tó al frente de un sexto grado con un "ho­rror" ortográfico. Los nervios del primer día le hicieron escribir en el pizarrón la primera consigna: tema "Los Berbos", consigna que raudamente, ante la ver­güenza del momento, transformó en propuesta educativa. Dirigiéndose a los alum­nos que le habían señalado el error les dijo que había sido intencional para veri­ficar si estaban atentos y descubrían la equivocación.
Cuenta la autora en esta primera anécdota que allí descubrió una herra­mienta útil para involucrar a los estudian­tes en el aprendizaje, incentivándolos a involucrarse en la búsqueda del conoci­miento.
“SOY NADA MÁS Y NADA MENOS QUE MAESTRA...
Página a página del breve librito, Marta va enhebrando historias... su pri­mer día como maestra, cuando al dirigirse hacia la escuela le pareció "que el sol bri­llaba más que nunca", también cuando al concluir otra jonada entendió que los términos del aprendizaje se habían inver­tido y que era ella quien había recibido enseñanza ese día, lo que la llevó a com­prender que "en toda duda siempre hay una esperanza oculta".
Jugar con las palabras... iniciar­los en la versificación... narrarles cuen­tos para ayudarlos a encontrar en ellos líneas de conducta... preservar la ino­cencia de aquellos pequeños de guarda­polvo blanco que abrevaban en sus pala­bras y en su ejemplo... Y al llegar la tarde, “la hora de. dar a los niños el último adiós” [1] (1), la despedida... Tema, esta vez, "Los Verbos". Aprender, ayer aprendie­ron, mañana otros aprenderán; amar, tan­to como aquel pequeño que un día, dis­traído, en vez de «señorita» le dijo «mami»; dar, alegría, belleza, sangre; re­cordar, hacer memoria cuando la vida los llame a pasar al frente; partir, acción difí­cil, decir adiós y triunfar, lograr lo que ambicionamos: ser felices.
Quedan en esas páginas algunos momentos de su larga vida, escritos so­bre antiguos pupitres, testigos mudos de ya envejecidos guardapolvos blancos...
Marta, feliz, triunfadora. Nada más y nada menos que una maestra.
Graciela Linari
Tomamos esta página de la revista “Palabras con historia” de Graciela Linari, de marzo de 2918
NOTA

[1] Del poema «Adiós a la maestra», de Pedro B. Palacios.

EL HOMENAJE A HUDSON – EL SOL 6-8-1941


Con una expresión un tanto retórica, propia de la época (la sintaxis está sujeta a las evoluciones históricas del lenguaje), el periodista describe la escena que presenció junto al busto del primer escritor y naturalista quilmeño Guillermo Enrique Hudson, el miércoles 6 de agosto de 1941.
CARACTERISTICAS Y TRASCENDENCIA DE ESTE ACTO

Completamos nuestra información anterior, sobre el homenaje tributa­do a Guillermo Enrique Hudson en la plaza Falcón (actual del Bicentenario) de esta ciudad, el domingo próximo pasado, con moti­vo del centenario del nacimiento del gran escritor.
Un día lleno de sol y serenidad en el ambiente, como una bendición del cielo, fue el prólogo, al acto que subrayó una vez más las líneas tan marcadas e inconfundibles de aque­lla personalidad.
Por doquier se observó luz, flores, voces infantiles armoniosas y poesía; y qué circunstancia tan para­dójica, ofrecía al entendimiento la fecha de nacimiento de Hudson que entraña una armonía de la Natura­leza tibia y fragante, con la de su muerte que entraña frío polar y nie­blas. El cuadro era imponente.
Sin faltar las altas representacio­nes de Gran Bretaña y Estados Unidos, y después de una canción en­tonada por los escolares, hizo uso de la palabra en nombre de la Co­misión local de homenaje, el doctor Adolfo Bazán, quien hizo el elogio de la producción mental de Hudson y ponderó la trascendencia social, moral y filosófica de esa rica sensibilidad del escritor, expresada en gi­ros literarios impecables.
Explicó, cómo un régimen didác­tico puede levantarse sobre las ideas expresadas por Hudson, que son fruto de todos los accidentes de la Naturaleza. Comparó a este escritor de la pampa, que supo penetrar en sus misterios, a aquel otro de la montaña, Joaquín V. González. En un en­lace de elevada y profunda poesía, los dos contribuyen a ennoblecer el alma humana elevándola en dignidad, tomando el arte como un medio y un recurso de intensa afecti­vidad  
A continuación el doctor F. I. Pozzo, después de leer una carta de Cunningham Graham, se refirió al trabajo que leería la señorita Zufriategui, quien lo hizo tan delicadamente, tan llena de emoción, que re­flejó “El gorrión de Londres”, todo un mundo lleno de afectividad.
La señora Delfina Molina y Vedia de Bastianini, secretaria de la Asociación Argentina de Estudios Lin­güísticos, se refirió con sencillez y elocuencia a Hudson y a este acto que sintetizaba un sincero y justo homenaje al escritor e invitaba a todos para el día miércoles, en cu­ya asociación se discutirían problemas literarios relacionados con la vida de Hudson.
Después de oír nuevas y dulces canciones escolares, todos se dirigie­ron al Golf Club de Ranelagh, don­de se sirvió un almuerzo presidido por el embajador de Gran Bretaña.

Compilación Prof. Chalo Agnelli/2016