martes, 5 de mayo de 2020

FORTUNATO LUIS CICHERO - QUINTA “LA REGINA”

Compilación, investigación y entrevistas

Prof. Chalo Agnelli - 10/6/2011

Quinta La Regina. En el extremo superior izquierdo se ve la fuente circular. Una nube de polvo que levanta algún carro. Los senderos de viñedos. Al frente, dirigiéndose hacia los portones de rejas abiertos un carro tirado por dos bueyes con un carretero de pie.


Después de la industria ganadera, saladeril, agropecuaria y frutícola, la producción de vinos y licores tuvo un gran auge en el partido de Quilmes, desde 1856. Hubo importantes viñedos y bodegas que proveían de sus productos a la ciudad de Buenos Aires, otras ciudades  del interior y a Montevideo.
EL EMPRESARIO 
Don Fortunato Luis Cichero, nació aproximadamente en 1845 en Génova. Era un joven de entre 13 y 15 años cuando llegó a la Argentina en un barco de la empresa naviera de su padre Domingo. Poseía una  preparación y experiencia empresarial, tanto teórica como práctica de gran solvencia. Como la gran mayoría de los inmigrantes, rápidamente se insertó en la nueva sociedad asimilándose al híbrido cultural argentino sin desprenderse de sus esencias. Hizo honor a su nombre. Dueño de sí mismo, de voluntad inquebrantable, rápidamente su nombre se vio ligado al comercio y la importación.
Era un hombre de extraordinario dinamismo, expeditivo, de reacciones rápidas, lo que le permitió reunir un capital suficiente para sumarse a la firma importadora Williams, Cichero & Guerrico. En 1880 cuando Carlos M. Schweitzer idea la creación del Banco Constructor de La Plata, lo convoca y lo asocia junto a Guillermo Cranwell, considerados por su posición social y comercial los más convenientes para el éxito de dicha institución de la que Cichero fue director. También fue cofundador del Banco de Comercio Cooperativo y del Nuevo Banco Italiano.
Cuenta el periódico dominical “El Mosquito” [1], contemporáneo suyo, que la vida de este empresario era de continua labor; empleaba sus esfuerzos en diversos, variados y redituables emprendimientos tanto como fundador, asociado o accionista.
En 1890, a saber: fue vicepresidente de la Compañía Anónima Colonizadora Cooperativa, propietario del Almacén Naval Cichero, Massone & Raffo; del aserradero “Monte Lindo” de 23.400 ha en el Chaco, de las estancias la "Santa Regina” de 4000 ha en Río Negro y "La Grampa" de 600 ha en Puán, luego subdividida para su venta, en 25 ó 30 chacras de 50 ha cada una. Fue accionista de: Minas de Uspallata, la Sociedad Cooperativa de Gas, Canteras Argentinas, Lavaderos Públicos, la Italo Argentina, Luz Eléctrica de la Capital, Banco Agrícola de Río Negro, etc.
En enero de 1890 poseía en acciones 198.000 pesos fuertes. Esto como pequeña muestra de la dimensión de su fortuna, que lo puso en la posición de uno de los hombres de mayor poder adquisitivo del extenso distrito de Quilmes y alrededores.
Advertido de la riqueza del suelo bonaerense adquirió 27 hectáreas en Quilmes entre las calles Guido, Primera Junta, Pringles y Mozart, instalando allí un establecimiento “agronómico-pomológico”, fundamentalmente viñatero que llamó “La Regina”. Realizó plantaciones de especies nativos y extranjeros, aclimatándolos en grandes invernaderos. Aprovechó la di­ver­si­dad ge­né­ti­ca median­te la se­lec­ción de plan­tas pa­ra ade­cuar­las a las con­dicio­nes am­bien­ta­les. Dispuso un sistema de riego por medio de acequias y cañerías, alimentadas por un elevado molino y tanque. El extenso viñedo descendía la barranca hacia el Río de la Plata. La producción se utilizaba para elaborar generosos vinos y un fino champaña registrado con la marca “Regina”.
Cuenta el historiador quilmeño don Manuel Ales en su libro “Remembranzas Quilmeñas” [2] que para dar excelencia a la producción consultó al prestigioso técnico botánico francés Thomas Dufresne experto en la elaboración según el método champenoise de la región de la Champaña francesa. La producción se vendía en hoteles, confiterías y restaurantes de la Capital Federal, principales ciudades del interior y se exportaba a Montevideo. 
La vid para la producción de vino tuvo su auge en Quilmes entre1870 hasta 1920, especialmente en las exportaciones. Se pueden remarcar estos aciertos en las producciones realizadas: en la Bodega Rosso, en Ezpeleta, de don José Rosso; en la Bodega Spineto [3] lindera al establecimiento de Rosso, propiedad de David Spineto; en menor escala estaban los viñedos de la familia Chinelli ubicados donde hoy se halla el Parque de la Ciudad; en la propiedad conocida como “Chateau Parry” de La Ribera, adquirida en 1885 por Guillermo Parry, que comprendía las calles Cevallos, Alem, Cervantes y Hernández, donde se cultivaban frutales y se producía el “vino de la costa”; y en el “Excelsior”, la importante extensión de don Roberto Clark [4] ubicada donde hoy hay un hipermercado y centro comercial sobre la Avda. Calchaquí.
Fortunato Cichero no descuidó en ningún momento la actividad social. En él no estaba reñida la faz material con la espiritual. Fue miembro del consejo directivo del nuevo Hospital Italiano, cuya piedra fundamental se colocó y bendijo el 15 de diciembre de 1889. Fue secretario y tesorero del Club Italiano de Buenos Aires. Ocupó el cargo de vicepresidente 2º de la municipalidad durante la intendencia de Eduardo Casares en 1887. [5]
Como entusiasta habitué del Teatro Colón de Buenos Aires y miembro de una de las empresas concesionarias que lo administraron hasta 1931 en que fue municipalizado, en ocasión que ese templo de la música y el bel canto se vio perjudicado con un pasivo que ponían en riesgo la prosecución de la temporada, saldó algunas deudas con su 
 propio peculio.

UBICACIÓN DE LA REGINA (PLANO ARCHIVO MUNICIPAL)

LA REGINA 
Quilmes por esos años ya había salido de su dilatada siesta gracias a la acción de hombres y mujeres con vocación de progreso; era el pueblo con las más sustentables proyecciones de futuro al sur de la Capital Federal y Fortunato Cichero lo eligió como residencia suya y de su familia. Se casó con una prima, nacida en la Banda Oriental, doña Regina Cichero de espléndida belleza con quien tuvo siete hijos. Cuando se casaron ella tenía 18 años y el 41.
REGINA CICHERO DE CICHERO
En su quinta quilmeña, hizo construir una importante residencia de veinte habitaciones en dos plantas con dependencias auxiliares para el personal de servicio, los peones y la familia de los capataces. Poseía calefacción central mediante una caldera de vapor a carbón que conducía el calor a todas las habitaciones mediante radiadores. Gran parte del mobiliario había sido traído de Italia, la cristalería de Bohemia y la porcelana de Sevres, hecha especialmente para él con su monograma “F C”. [6]



LA REGINA, ACTUAL HOGAR SANFORD

Contaba su nieto, el Ing. Jorge Cichero, que don Fortunato poseía una biblioteca multilingüística que abarcaba una extensa fuente del conocimiento; todos los volúmenes estaban encuadernados en cuero con sus iniciales en bajorelieve.

En los sótanos de la propiedad había una bodega de importante tamaño, adecuada ventilación, humedad donde se almacenaban y se deja añejar en toneles y barricas el producto de las vides. 
EL PARQUE
Don Manuel Ales así describe el parque y los jardines que rodeaban la casona: “… al frente había un hermoso jardín sombreado por pinos y palmeras y decorado con una fuente, separado de la quinta por una pared con pilares y rejas. El edificio está orientado en sentido norte sur en forma tal que toda la casa recibe sol en alguna hora del día. Posee varias terrazas y tuvo un interesante mirador que, al igual que la pared y rejas divisorias del jardín, han sido demolidas por sus dueños posteriores. Igual suerte ha corrido el gran portón de entrada que se hallaba en Guido, frente a Allison Bell y en cuya parte superior están las iniciales del nombre y apellido de su dueño. En los invernáculos se obtenían flores exóticas, entra las que se destacaban las maravillosas orquídeas […] El establecimiento alcanzó tal importancia que era visitado a diario por personajes y hasta por los profesores y alumnos de la Facultad de Agronomía de La Plata.” 
El exclusivo cultivo de orquídeas, el primero en el país por su nivel de calidad y variedad; la fina elaboración de bebidas y la proverbial hospitalidad de doña Regina y de don Fortunato le dio a "La Regina" particular renombre. Allí se solían organizar rumbosas fiestas donde los invitados gustaban de sus productos.
 CONTERTULIOS

Entre los más asiduos invitados el poeta Carlos Guido y Spano cuya hermana estaba casada con don Mariano Castellanos, intendente en Quilmes desde 1910 hasta 1917; el Dr. Eduardo Wilde con su esposa Guillermina de Oliveira César, el barón Demarchi y su esposa María Segunda Roca; Estanislao Zeballos; Dardo Rocha con su esposa; Benito Villanueva; el ex presidente José Evaristo Uriburu que tenía una propiedad “La Elisa” vecina a la de Cichero; Antonio Barrera y su esposa Águeda Nicholson; Félix Bernal; los hermanos José Luis, Ernesto y Fernando Otamendi; Pedro Etchevertz; Felipe Amoedo; Nicolás Videla, ex intendente de Quilmes en 1894; José Berazategui; el Dr. Ildefonso Salas; el Ing. Guido Jacobassi, el Dr. Arturo Tarnassi, el músico Alberto Williams, en cuya escuela de musica se educaron algunos de los hijos de don Fortunato; Carlos y Sebastián Casares que tenían una hermosa propiedad en la calle Rivadavia; el boticario José Agustín Matienzo y su esposa Ana Dupuy Morel; Carlos Oliveras; Victoriano Huisi, ex intendente de Quilmes en el año 1901 y muchas otras personalidades literarias, políticas, artísticas y sociales de la época. 
Un landó, una jardinera y dos breack esperaban a los visitantes en la estación de Quilmes para conducirlas a la quinta. Algunos pernoctaban en las confortables habitaciones, Una vez en la casona, los huéspedes subían a sus cuartos a asearse. Luego se servían una merienda en los jardines detrás de la casa, bajo una pérgola cubierta de glicinas. Todo el menú diario y para los eventos especiales era preparado por don Tancredo, un cocinero italiano que actuaba como un verdadero dictador en su feudo de hornallas y marmitas, ayudado por dos pinches.  Por la noche se comía en el dilatado comedor, servidos por numerosos criados, La velada proseguía a cargo de los hijos del anfitrión: un concierto al piano de una de las muchachas; demostraciones de esgrima que practicaba alguno de los varones y entremeses cómicos que preparaban con rigor actoral 

Un voluminoso libro registraba la presencia de estas figuras con sus firmas y dedicatorias a la empresa de don Fortunato Cichero. [7]
En esta propiedad se instaló luego, hasta la actualidad, el Club Unión Familiar "Hogar Sanford".

RAQUEL CICHERO

DESCENDENCIA

Fortunato y Regina tuvieron siete hijos, criados entre la ternura materna y la rigurosidad pedagógica de una institutriz alemana que los hizo destacarse en sus elecciones de vida: la mayor, Regina fue concertista de piano egresada del prestigioso Inst. Williams; Fortunato Luis, docente; Sara, educadora y artista plástica; Ana María, profesora de francés; Cornelia Victoria, profesora de inglés; Raquel, también concertista de piano como su hermana mayor, el menor fue Aquiles, también estudiante del Inst. Williams como sus hermanas, perteneció al elenco de aficionados que dirigía Dora Barrera Nicholson de Ricagno; estaba casado con Delia Costa.

SARA CICHERO DE LOPEZ CEQUEIRA

Sara Cichero, nacida en Quilmes en 1900, fue docente de la primera escuela de Bellas Artes que tuvo el Partido, fundada y dirigida por Pablo Molinari y José Martorell. En 1927 se presentó en el Salón Nacional de Bellas Artes con el óleo “La Toña”, reproducido en la revista El Plata de Quilmes. Integró el jurado del 1º Salón Anual organizado por la

Comisión Municipal de Cultura, en 1940. Participó con sus hermanos Fortunato y Cornelia en la fundación del Colegio
Nacional de Quilmes. Fue una trabajadora anónima, pero constante en todas las actividades artísticas y culturales que se hicieran en Quilmes. Estaba casada con Adrián López Cequeira. Sara falleció en su ciudad natal en 1979.
Fortunato Luis, nació en 1891, cursó la enseñanza primaria en la escuela Nº 1 de Quilmes y la secundaria en el Colegio Nacional Carlos Pellegrini. En 1925 egresó como profesor de geografía del Instituto Superior del Profesorado Secundario de Belgrano. Fue docente en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre y director del departamento de geografía en el Instituto Superior del Profesorado “Dr. Joaquín V. González”. Escribió varios libros de texto en dicha materia como “Cosmografía”; otros conjuntamente al Prof. Eugenio Corbet France como “Geografía general de Asia y África”; [8] “Geografía de Europa y Oceanía”; [9] Acompañó al maestro José Sosa del Valle en la creación del Colegio Nacional de Quilmes. Participó de la primera asamblea fundacional del 11 de febrero de 1922, junto con sus hermanas Cornelia y Sarah, acompañando a los docentes: Olivio Acosta, Lilia Nieves Bruno de Raris, Angélica Morales Gorleri y su esposo José Ferrero, Ana María Borzi de Faragó, Catalina Borzi, María Manuela Job Ramírez de Francis, Antonio y Evaristo Iglesias, Rafael Barrios, Guido Girotto, Antonio y Eduardo Colombo. Fue docente de la Institución por varios años.
ADELINA AMADEO COSTA DE CICHERO

El profesor Fortunato L. Cichero falleció en 1964. Estaba casado con Adelina Amadeo Costa. Tuvieron varios hijos, entre ellos, el ingeniero Jorge Cichero, intendente de facto de Quilmes entre 1970 y 1973; casado con Celia Martha Kelsei,[10] tienen 8 hijos, 26 nietos y 5 bisnietos, descendientes de aquel empresario que como tantos emigrantes eligió esta tierra para transcurrir su vida y fundar una familia y progenie que enriqueció el híbrido cultural de los argentinos. 
"La Regina" fue adquirida por el Ing. italiano José Pedriali (1867-1932) para la empresa tranviaria Anglo Argentina para crear un hogar de los hijos de sus empleados, actualmente conocido como "Club Hogar Familiar Sanford", el terreno fue parcelado y las construcciones apenas conservan la suntuosa impronta original. En el año 2008 fue declarado patrimonio histórico de Quilmes por el decreto Nº 10.855
 Investigación Prof. Chalo Agnelli

chaloagnelli@yahoo.com.ar

Aportes históricos de don Alcibíades Rodríguez, el periodista Víctor Giordano 

y del profesor e historiador Manuel Ales. 

Colaboración del Ing. Jorge Cichero, su esposa Celia Marta Kelsei 

y de la Prof. Mora Camarero Deprati de Barati

El Sol 16/12/79, Pág. 5 – Periódico El Plata, noviembre de 1927 Archivo "Lila Giordano de Campelo" del Museo Bibliográfico-Documental "Bibliotecario Carlos Córdoba"
NOTAS

[1] Ver “Cuaderno de Identidad 1” del autor de esta nota. Pag. 37

[2] “Migraciones” Ed. Jarmat 2008 y ver biografía de Roberto Clark y los Chinelli en el blog www.elquilmero.blogspot.com

[3] Raris, Julio J. “Instalación de la Municipalidad – Autoridades que se sucedieron desde el año 1856 hasta 1962. Quilmes, Nov. 1962

[4] Ver “Cuaderno de Identidad 1” del autor de esta nota. Pag. 37

[5] “Migraciones” Ed. Jarmat 2008 y ver biografía de Roberto Clark y los Chinelli en el blog www.elquilmero.blogspot.co

[6] Raris, Julio J. “Instalación de la Municipalidad – Autoridades que se sucedieron desde el año 1856 hasta 1962. Quilmes, Nov. 1962.
[7]  El Ing. Cichero, nieto de don Fortunato guardaba algunas piezas de esta cristalería.

[8] Ed. Librería del Colegio 1946.

[9] Ed. Crespillo. 1967.


[10] Los Kelsei son una familia que por razones de la causalidad y vecindad quilmeña están vinculados a la antigua producción vitivinícola de la zona ya que un hermano de la señora Celia, Juan Carlos Kelsei está casado con Martha Rosso, nieta de don José Rosso.



domingo, 3 de mayo de 2020

EN TORNO DEL ESCRITOR Y SU IDIOMA - JUAN CARLOS LOMBÁN - 1969


Por Prof. Juan Carlos Lombán [1]/ 1969
En términos generales, pienso que el escritor pertenece a su idioma. La lengua en la que escribe es no sólo su herramienta fundamental, el medio irreemplazable de su expresión creadora, sino también un elemento esencial de su cultura, un factor que ha ido modelando lenta pero inexorablemente formas de expresión hábitos mentales, tendencias emotivas e inclu­sive usos y costumbres.[2] No creo, en consecuencia, que el idioma sea para el escritor tan sólo un medio. Es eso y mucho más. No está determinando me­ramente la forma, como muchos creen, sino también, en no poca medida, el fondo de su expresión, si es que fuera posible separar lo que en rigor son dos aspectos de un mismo hecho, uno en función del otro. Convencido de la importancia fundamental del idioma en todas las facetas de una obra literaria, sostengo con Ortega y Gasset que por regla general la traducción no pasa de ser una utopía, un intento siempre digno de encomio mas nunca coronado plenamente por el éxito.
EL CASO DE GUILLERMO ENRIQUE HUDSON
La relación entre el escritor y su idioma me ha hecho reflexionar en no pocas oportunidades sobre Guillermo Enrique Hudson, el autor nacido en nuestra pampa que escribió en inglés todos sus libros, a los que, por tanto, la gran mayoría de los argentinos que los han leído lo han hecho a través de alguna traducción. Me apresuro a dejar aclarado que no vacilo en sostener que la entera obra de Hudson pertenece a la literatura inglesa, por la razón fun­damental de haber sido expresada en esa lengua. Pero confieso que ese jui­cio, que entiendo es en sí mismo irre­batible, nunca me dejó enteramente satisfecho, totalmente convencido. Una y otra vez me he preguntado si no es incompleto, si no expresa sólo una parte de la realidad. Siempre que he analizado el problema, he concluido formulándome obsesivamente el mismo interrogante: ¿basta el hecho de que la obra de Hudson haya sido escrita en inglés para negarle un lugar en la literatura argentina, sin tomar en con­sideración un cúmulo de factores esen­ciales? Porque se da el caso singular de que ella contiene, entre otras cosas, algunas de las páginas más auténticas, más profundas y más representativas que se hayan escrito nunca sobre nues­tra pampa. Creo que puedo afirmar sin pecar de exagerado, que en el futuro jamás han de producirse libros sobre la vida gaucha, de similar autenticidad. Podrá surgir en lo porvenir, y quiera Dios que así sea, un creador literario aureolado por el genio que le transmita al lector una visión certera y vigorosa de cuanto hay de esencial en el país argentino, de profundo, de difícil de aprehender y definir y por ello mismo, casi imposible de expresar. Pero no cabe suponer que pueda haber nadie capaz de reflejar tan vívidamente lo que fue una larga y entrañable expe­riencia de Hudson con el gaucho y su hábitat, en contacto con una realidad desvanecida para siempre y que por tanto ya nadie podrá vivir como él.
Abundan en la bibliografía hudsoniana estudios en los que campea un tono admirativo y aun de asombro ante el hecho de que en su obra Hudson recor­dara frecuentemente su tierra natal. Confieso que en general no lo compar­to. Lo verdaderamente sorprendente sería lo contrario: ¿cómo podrían ha­berse borrado de su espíritu las viven­cias de una existencia pampeana libre como el pájaro, que se alargó hasta los treinta y tres años de edad? Pero lo que sí creo que es extraordinario y absolutamente excepcional es la fuerza tremenda del impacto psicológico que la pampa produjo en su espíritu, al extremo de que aun en los libros en los que aborda temas típicamente ingleses, la recuerda obsesivamente, y es capaz de relatar acontecimientos y experien­cias con numerosos detalles de exactitud sorprendente setenta años después de haber acontecido. Lo que es asom­broso es que la vida de Hudson haya quedado prácticamente detenida en nuestra pampa por cuarenta y ocho años, en los que vivió separado de ella por miles de kilómetros y en contacto con ambientes absolutamente diferen­tes. Lo que linda con lo increíble es que un hombre que estaba viviendo voluntariamente en Inglaterra, donde ya había publicado trabajos literarios y científicos, haya llegado a sugerir, co­mo lo hizo Hudson, que en la isla no podía pensar tan bien como lo hacía aquí y que su capacidad intelectiva se encontraba allá disminuida. En efecto, así lo da a entender claramente en el pasaje de “El naturalista en el Plata” donde nos dice que en lo que a él respecta, su cerebro se veía estimulado y su actividad intelectual se encontra­ba mucho más facilitada cuando cabal­gaba, que en cualquier otra circunstan­cia, para finalizar así: “Es incomprensible que alguien pueda pensar mejor estando acostado, sentado o caminando que andando al galope del caballo”. Como él mismo lo ha explicado, es sabido que en Inglaterra Hudson no podía cabalgar, cosa que aquí hacía poco menos que permanentemente.
TRADUCTOR CASI CONFESO
Pienso que lo que la pampa significó en la vida y en la obra de Hudson nos está mostrando que estamos frente a un caso excepcional al cual no es posi­ble aplicarle sin más la regla general de que el escritor pertenece a su idio­ma. Pero hay otro aspecto que por su singular importancia, a mi juicio debe ser cuidadosamente considerado. Y es el hecho de que cuando Hudson se refiere a algo relacionado con la pam­pa, estoy convencido de que primero sintió y pensó en castellano lo que a continuación escribió en inglés, al ex­tremo de que me atrevo a sostener que en esos casos es él mismo el que, en cierto sentido, escribe como traductor. Cada vez que recuerda un hecho de esta tierra, una anécdota o sucedido, un incidente entre los gauchos, y toda su obra está permanentemente salpica­da de ellos, ha de haberlos pensado primero, invariablemente, en lo que el protagonista de “La tierra purpúrea”, Richard Lamb - que en muchos aspec­tos es el propio Hudson - llama “la primorosamente expresiva fraseología gauchesca”. El traductor que vierte al castellano esos libros, se encuentra en una situación especialísima ante capí­tulos enteros de los mismos, y debe saber que en realidad está revirtiendo esas líneas a su idioma originario, en el que en verdad fueron concebidas.
El mismo escritor expone casi expre­samente su condición de traductor en el Apéndice de “El Ombú”, donde es­cribe: “Los incidentes relativos a la invasión inglesa de junio y julio de 1807 los he narrado tal cual los recibí de los labios del viejo gaucho, al que en el cuento he llamado Nicandro”. Y concluye: “Las notas que tomé, sin fecharlas, durante mis pláticas con el viejo, de las numerosas anécdotas de don Santos Ugarte, y de toda la historia de ‘El Ombú’, fueron escritas, me parece, por el año 1868, el año de la gran polvareda”.
También en este aspecto de traduc­tor, el caso de Hudson es muy singular: no es la situación común del que tradu­ce una obra escrita y por tanto con un texto fijo, sino la del que recoge una tradición oral y la recrea por escrito en otro idioma. Pero ello no quita que en el procedimiento se produzca una ver­dadera traducción. Y esta característi­ca de traductor la mantiene Hudson a través de toda su obra siempre que se refiere a algo vinculado con su tierra natal, hasta su libro póstumo. Sólo que no en todos los casos puede traducir adecuadamente, y entonces no vacila en confesar abiertamente esa limita­ción. Así procede, por ejemplo, en “Una cierva en el parque de Richmond”, donde después de hablar de una fábula de Iriarte nos dice: “me recuerda a otra mejor, una de esas deliciosas y divertidas leyendas popula­res que sobre los animales solía oír a los gauchos de la pampa”. Sintetiza el asunto omitiendo pormenores que se adivinan sabrosos y después afirma: “El lector debe creer bajo mi palabra que este cuento es excelente”, mas reconoce que sus detalles pueden resultar chocantes en idioma inglés. Supri­me todo ello, “pues no escribo en castellano, idioma en el que parecería perfectamente natural e inocente”, concluye.
Está claro que Hudson no es sola­mente un traductor fiel. Por encima de eso, es un creador auténtico al que no voy a pretender descubrir ahora. Me he permitido poner énfasis en el hecho de que también es un traductor, porque él constituye un aspecto de su personali­dad en el que no se ha reparado y resulta muy importante para los fines de este trabajo. En efecto, pienso que la cuestión cambia radicalmente de color si la enfocamos a la luz de ese hecho insoslayable. Si es verdad que el escritor pertenece a su idioma, y creo que lo es, ¿a qué idioma pertenece Hudson? ¿Al inglés, en el que escribió sus libros, o al castellano, en el que sintió y pensó los pasajes más entraña­bles de los mismos? Parece absurdo tener que decidirse por uno con exclu­sión del otro, lo que además de arbitra­rio sería prácticamente imposible, a mi juicio. Pienso que es evidente que Hud­son pertenece a ambos idiomas, y en consecuencia su obra merece sobrada­mente ocupar un lugar egregio no sólo en la literatura inglesa, sino también en la argentina.
LA VERDADERA CUESTIÓN CON RESPECTO A HUDSON
A pesar de todo cuanto se ha escrito y dicho sobre la “argentinidad” de Hudson y su obra, aún no se ha supera­do el equívoco altamente pernicioso que consiste en marginarlo de lo que se considera literatura argentina en senti­do estricto, al extremo de que práctica­mente no se lo estudia en los cursos de esa asignatura en los distintos niveles de nuestra enseñanza, ni se lo ha inclui­do en numerosas colecciones oficiales y privadas en las que ha figurado todo autor nacional de alguna significación.
Y todo ello por haber escrito en inglés. Algunos distinguidos críticos y eruditos que han realizado importantes contri­buciones para el mejor conocimiento de la obra hudsoniana, cuando han dedicado sus esfuerzos al estudio de la literatura argentina en su conjunto no han juzgado correcto o conveniente incluir la obra de Hudson. Se da esta curiosa dualidad: cando se escribe casi invariablemente se omite la obra hudsoniana; cuando se trata de estudios sobre Hudson, generalmente se lo considera argentino y se concluye en que su obra merece un lugar destacado en nuestra literatura .Pienso que creer que Hudson nos pertenece, sólo por haber sido un en­trañable hijo de la pampa y haber sentido y pensado gran parte de su obra en nuestra lengua, es simplificar demasiado el problema y desubicarse irremisiblemente con respecto al mis­mo. Deberíamos comprender que tam­bién en materia cultural o mejor dicha mucho más aún en ella, nada nos será dado graciosa y gratuitamente. Habría que persuadirse de que especialmente en estos dominios nada deja de tener un precio, el que a menudo es mucho más importante que todo lo material­mente mensurable. Y en el caso de Hudson, el coste sólo podrá ser solven­tado tras largas vigilias del espíritu, después de haber superado el equívoco que lo mantiene marginado de lo que consideramos literatura argentina en sentido estricto. No, no basta todo lo que el escritor pampeano sintió y pensó para que nosotros podamos decir ufanamente que nos pertenece. Y tan pronto como comprendamos cabalmen­te esto, a mi juicio hemos de percibir claramente que lo que realmente im­porta es poder llegar a contestar afir­mativamente este grave interrogante: ¿lo merecemos a Hudson?
JUAN CARLOS LOMBÁN
Compilación y tipeado Chalo Agnelli,
hudsoniano director del Blog EL QUILMERO – 24/8/2019
“A los cincuenta años de esta nota en el 5° aniversario del fallecimiento de su autor, el profesor don Juan Carlos Lombán.  
FUENTE
“La Prensa” domingo 28 de diciembre de 1969, nota espacial para este diario.


NOTA

[1] Ver biografía en el Blog EL QUILMERO del viernes, 6 de febrero de 2015 “Juan Carlos Lombán - Docente, historiador y hudsoniano”

[2] Ver los trabajos “Los Veinticinco Ombúes”, “Nuestra pampa reflejada en idio­ma inglés”, “La patria de Guillermo En­rique Hudson” y “Hudson o la imposibi­lidad del retorno”, en las ediciones domi­nicales de “La Prensa” del 23 de marzo, el 11 de mayo, el 13 de julio y el 14 de di­ciembre del corriente año, respectivamen­te. Allí he aclarado las ediciones de los libros de Hudson que he utilizado.


sábado, 2 de mayo de 2020

QUILMES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA ESCUADRA FEDERAL - 1841

"QUILMES CONTRIBUYÓ EFICAZMENTE A LA ORGANIZACIÓN DE LA ESCUADRA FEDERAL"
por Dr. José A. Craviotto/1941


EL 28 de marzo de 1838 quedaron rotas las relaciones diplomáticas entre la Confederación Argentina y el gobierno de Francia. El hecho, que marcó la iniciación de una serie de graves consecuencias para el país, sirvió para probar que no impunemente podía atentarse contra la soberanía de la entonces incipiente nación argentina.
UNA consecuencia inmediata del mismo fue la asociación de los esfuer­zos, a todas luces imperialistas, de la escuadra francesa con los que reali­zaban los unitarios, desde la emigración, en la Banda Oriental, en pro de la caída del gobierno de Rosas.

Manuel Larravide (1871-1910) - Enciclopedia Historia Argentina
LUEGO de un tiempo, en el que tuvieron lugar varios actos de gue­rra, el 29 de octubre de 1840 se firmó la llamada “Convención Mackau”, entre el gobierno argentino y el almirante francés de aquel nombre. Con ello se puso fin al bloqueo ejercido sobre el comercio y las costas argen­tinas por la escuadra francesa, en nombre de su soberano Luis Felipe, “el rey guardachanchos”, como lo llamaban los papeles federales de entonces.
EL cese del bloqueo determinó graves consecuencias para los emigra­dos que luchaban desde el extranjero. El gobierno oriental del general Rivera,[1] de filiación unitaria, así como el general Lavalle - en operaciones contra Rosas en territorio argentino -, perdieron el apoyo de la escuadra francesa y el dominio ejercido por ella en el Río de la Plata. Militarmente, la pérdida del poder naval con que contaba el partido unitario trajo el fracaso de las operaciones terrestres en ésta banda; en el aspecto económico la consecuencia fue también muy grave, desde que determinó serios perjuicios financieros, por la disminución del comercio de la Banda Orien­tal.
DURANTE el tiempo en que se ejerció el bloqueo, la corriente maríti­ma a las costas argentinas debió desviarse necesariamente al puerto más próximo libre de las acciones militares, el de Montevideo, cuyo comercio aumentó grandemente sobre el que desarrollaba en épocas de normalidad. Concertada la paz con Francia y libres las aguas del Plata, el ficticio movimiento comercial del puerto oriental volvió a su cauce normal, al par que aumentó grandemente el comercio del puerto de Buenos Aires, que pasó a contar en su rada, "no menos de 200 fragatas y bergantines mercantes, sin contar infinidad de barcos de cabotaje” [2] alcanzando, en ese año de 1842, a un total de 662 buques de carga. [3]
LA libertad de las aguas del Plata determinó, así, un brusco aumento en el movimiento comercial de las costas argentinas, con todas sus pro­yecciones en la importación, exportación y rentas aduaneras; simultánea­mente, disminuyeron las rentas y el comercio oriental. Económicamente, el enemigo de la Confederación sufrió un desastre, que gravitó enormemente sobre sus operaciones militares inmediatas.
LIBRE el gobierno de Rosas de la acción bloqueadora, tomó a su vez la ofensiva contra Rivera y decretó el cierre de los ríos Paraná y Uruguay a los buques extranjeros y orientales, para cortar las comunicaciones flu­viales entre Montevideo y las provincias del litoral, y determinar la ruina del comercio que desde aquel puerto se ejercía por tales vías; sobre todo en los saladeros de la costa del Río Uruguay. A su vez, Rivera decretó la guerra de corso contra los buques argentinos, a quienes había impuesto la obligación de pasar por el puerto oriental de Higueritas [4] para su visación;
TANTO para el gobierno de Rosas como para el de Rivera, era necesa­rio disponer del control de las aguas del Río de la Plata, vía de comunica­ción con el exterior, por la cual saldrían muchos productos, en su mayor parte ganaderos, y por donde debían llegar los recursos para continuar la guerra, vencer y entrar de lleno en la senda del progreso. Para ello era condición primordial disponer de una encuadra.
LA escuadra - en general y como manifestación del poder marítimo - cuyo formidable valor en potencia palpamos en la guerra actual, debía ser improvisada, creada de la nada por ambos gobiernos. De la nada en cuanto a material, que debía ser adquirido; en cuanto a hombres, muchos de los gloriosos veteranos de las campaban navales de 1814 y de la guerra con el Brasil tendrían otra oportunidad de participar, desgraciadamente, en una lucha fratricida.
EL material flotante que dotado de armamento conveniente formaría luego la marina militar destinada a sostener la libertad comercial del estuario del estuario del Plata, abundaba con la llegada a la rada de Buenos Aires de los buques mercantes que reanudaban el comercio. Así, en junio del mismo año, la encuadra estaba formada por los siguientes barcos: ‘‘25 de Mayo”, “Belgrano”, "San Martin”, ''Vigilante”, “Echagüe’’, “9 de Ju­lio”, “Libertad" y "Entrerriana” además de otros menores. Nos referimos, como se comprende, a la marina de  de guerra de la Confederación Argentina.
AL frente de ella, el gobierno de Rosas puso a una de las figuras más grandes y más pura de nuestro pasado histórico, el Almirante Brown comandante en jefe las fuerzas navales en las campañas de 1814 y de la guerra con el Brasil, supo inspirar a Rosas la confianza necesaria, pese a su condición de gobernador interino de Lavalle, en 1829. Varias circuns­tancias, en la campaña naval que se inicié en 1841, prueban suficientemente que el viejo luchador de las aguan del Plata permanecía fiel a la Nación, sin desconocer el valor de aquellos compañeros de lucha en años anteriores, enemigos del gobierno de Rosas en ésta oportunidad; por lo demás, los episodios de estas luchas no fueron anotados por el glorioso almirante en las memorias que escribió en los últimos años de su vida, a pedido de Bartolomé Mitre. Considerar de otro modo la aceptación del mando de la escuadra federal “Sería desconocer una de las virtudes fundamentales de la servidumbre militar; la lealtad a las autoridades constituida”, dice el capitán de fragata e historiador de Brown, H. R. Ratto y agrega: “En última instancia, serán sus actos posteriores, de prescindencia partidista - tan ensalzados por el mismo general Paz -, los que aclararán hasta dónde llegó el apoyo de Brown a la política de Rosas”. [5]
EL armamento y tripulación, así como el mantenimiento de la escua­dra creada, resultaban dificultades por la escasez del erario, que databa del bloqueo francés y se dejaba sentir con mayor fuerza a medida que aumentaban los gastos de la guerra civil en la República. [6] Ignoramos la causa que lo determinó, pero, a comienzos del año 1841, el pueblo de Quilmes, en un gesto sencillo y elocuente, decidió contribuir al mantenimiento de los gastos que demandaba la escuadra. Nos ocuparemos de la suscripción levantada en Febrero de ese año. [7]
A mediados del mes indicado se reúnen, juntamente con el Juez de Paz suplente. D. Manuel Gervasio López, “un considerable número de vecinos patriotas, decididos federales, inflamados del más fervoroso deseo por la terminación de la guerra fratricida con que provocaron a la República los inmundos Salvajes Unitarios, apoyados por el Coloso inmoral pardejón [8]Fructuoso Rivera”, y acuerdan levantar una suscripción voluntaria para ayudar en parte a los gastos que demanda la escuadra. [9]
LA suscripción, cuya colecta se hizo efectiva por el alcalde y dos vecinos de cada uno de, los cuarteles en que se dividía el partido de Quilmes, produjo la suma de catorce mil ciento cincuenta y siete pesos. Con fecha 25 del mismo mes de febrero, López dirigió una nota al gobernador Rosas, poniendo en su conocimiento la suscripción realizada, la suma co­lectada y la lista nominal de los donantes, pidiendo se sirviese disponer del dinero producido por la misma, suma depositada en el Juzgado de Paz. Comunicaba, además, que el vecino D. Eugenio Otero había donado, para el mismo fin: “una cuadra de monte de durazno en pie y pedía instruc­ciones al respecto.”
CON fecha 2 de marzo, al pié y margen de la nota de López, un secre­tario de Rosas anota: “Contéstese al Juez de Paz de Quilines, manifieste a los ciudadanos donantes comprendidos en la adjunta relación las más expresivas gracias a nombre de la Confederación por su generosa Patrióti­ca federal donación, entregándose los catorce mil ciento cincuenta y siete pesos con la presente Nota al Tesoro General, para que dándose entrada, sea aplicada al objeto de la donación, y publíquese”. La resolución lleva al pié la rúbrica típica de Rosas.[10]
CON la misma fecha sale para Quilmes copia del decreto de Rosas, en la que se indica, además, que se haga cortar la leña del monte de duraz­nos para tenerla a disposición del ejército.[11]
LA escuadra así creada, en cuyo origen participó Quilmes del modo señalado, fue, a juicio del British Packet, la mejor que tuvo Brown a sus órdenes. Y “una mañana, la del 30 de Marzo, la flamante escuadrilla de la Confederación, con la insignia de Brown flameando al tope del palo mayor de| bergantín ‘Belgrano’, convertía en bloqueado al puer­to de Montevideo, que hasta pocos días antes enviaba sus naves a operar sobre Buenos Aires. En esa memorable mañana, el vencedor del Buceo izaba, en el mástil más elevado de su capitana de escuadra, una bandera uruguaya de primer tamaño, que las restantes naves saludaron con veintiún cañonazos, reveladores, ahora, de un gesto caballeresco del ya anciano almirante, quien, en la emergencia, proclamaba que la escuadra de su mande no iba a combatir con nación enemiga alguna, sino a luchar con una fracción política de la misma. Noble muestra de las muchas que alentó al genio tutelar de nuestras aguas y que constituye, a buen seguro, el episodio medular de esta efemérides”.[12]
APÉNDICE DOCUMENTAL (textual)
- I -
¡VIVA LA FEDERACION!
El Juez de Paz y Comisario de este Partido de Quilmes, Febrero 25 de 1841, Año 32 de la Livert, 26 de la Yndepend.a y 12 de la Confederación Argent.a
Mzo 2. de 1841 c fho.
Avisa haverse levantado en este Vecindario una Subscripción Voluntaria para ayudar en parte al sostén de la Escuadra armada contra el Coloso Infame pardejón Fructuoso Rivera; acompaña la Lista nominal, y tiene a disposición de V. E. su producido.
Al Exelentisimo Señor Gobernador y Capitán general de la Provincia Nuestro Ylustre Restaurador de las Leyes Brigadier D. Juan Manuel de Rosas
Exmo. Señor
El infrascrito Juez de Paz y Comisario, se complase al poner en el Supe­rior conocimiento de V. E., que reunido en este Pueblo con un considerable número de Vecinos Patriotas decididos Federales, inflamados del mas ferboroso deseo por la terminación de la guerra fratricida con que probocaron a la República los inmundos Salvajes Unitarios, apoyados por el Coloso inmoral pardejón Fructuoso Rivera, Acordamos se abriese una subscripción voluntaria para ayudar en parte a los gastos que demanda la Escuadra armada por V. E. como encargado de las Relaciones exteriores de la Repú­blica Argentina.
El infrascrito penetrado del ardoroso entusiasmo patriótico federal, acordó se abriese la subcripción, y que su colectación se hisiese por el Alcalde y dos vecinos de sus respectibos cuarteles.
La Subcripción ha producido la cantidad de catorce mil ciento cincuenta y siete p.s que esperamos se sirva V. E. aceptar como una prueba de la desición de este Vecindario por la Santa Causa de la Federación, con la protesta q. hacemos de no reserbar nuestras personas, intereses y vida por el Sostén de la guerra que con tanta dignidad, Onor y gloria sostiene V. E.
Acompaña la Lista nominal, y pide Se sirva V. S. disponer dela indicada cantidad que queda en este Juzgado.
Al mismo objeto ha donado D. Eugenio Otero, una Cuadra de monte de durazno en pie que también espero me ordene V. E. si la he de conserbar asi, si hade cortar o vender en este estado.
Dios gue. a V. E. m.s a.s
Exmo Señor (TEXTUAL)
(firmado) Manuel Gerbasio López
                                                                              (una rúbrica)
Al pie y margen de la nota fue escrito el siguietne decreto (textual)
Marzo 2 de 1841.
Contéstese al Juez de Paz de Quilmes manifieste a los Ciudadanos donantes comprendidos en la adjunta relación, las más espresibas gracias a nom­bre de la Confederación por sus generosa Patriótica federal donación; entre­gandose los catorce mil ciento cincuenta y siete pesos con la presente Nota al Tesorero General para que dándole entrada, sea aplicada al Objeto de la donacion, y publiquese.
( Rública de don Juan Manuel de Rosas)
La nota al pie tiene las casacterísticas de la gráfica de Pedro R. Rodríguez.
- II –
El Juez de Paz y Comisario de este Partido de Quilmes, haviendo nota­ de la buena disposición de muchos Vecinos para ayudar a| Exmo Señor Governador de la Provincia Nuestro Yustre Restaurador delas Leyes Brigadier Dn. Juan Manuel de Rosas a sostener la guerra contra el infame Salvaje pardejón Fructuoso Rivera, y que no lo hacen por no tener cada uno una cantidad suficiente para llenar su deseo particularmente hemos acordado abrir una suscripción voluntaria, para que los amantes al bien general, tranquilidad, y orden, coadyubemos con la cuota que cada uno quiera, por el conducto del Alcalde y dos vecinos de sus respectivos cuarte­les representando la persona del indicado Juez de Paz al que sus ocupacio­nes no le permiten hacerlo en persona:
¡VIVA LA FEDERACION!
Manuel Gervasio López
300
Marcelo Aspitia
250
Ángel Borda
20
Ysidro Montes
50
Miguel Vilches
50
Jacinto Chueco
50
Pedro Juan Videla

Mariano Grigera
300
Juan Antonio Bayo
10
Pedro Lafón
5
Laureano Ramírez
50
Estevan Masías
100
Eusebio Almirón
50
Marcelino Hurtas
10
Una Pobre Vieja
4
Pedro Nolsaco Núñez
10
Alajandro Mc Jane
10
Juan Felipe Felipín
10
Miguel Krebs
10
Pilar Sidones
1
José León Moncadas
10
Juana Manuela Salgue
10
Pablo Serrudo
10
Paula Ybarra
5
Santiago Molina
15
José Acosta
20
Francisco Rincón
50
Miguel Obligado
20
Pastor Obligado
10
Pablo Ferreyra
1
Pedro Rincón
10
Nil Black
10
Rafael Constancio Portela
30
Francisco Correa
50
Roque Esteves Correa
100
Henry K. Bell
20
Jorge Sonta
10
Jacinto Obligado
20
Juan Gregorio Barreyro
20
 Pedro La Rosa
100
Con firma de los donantes
Es la única lista que conocemso, probablemente corresponde al acta de la reunión,
desde que en ella aparecen vecinos de diferentes cuarteles.
- III -
VIVA LA FEDERACION (textual)
El Coronel Edecán de S. E.
Santos Lug.s de Rosas Marzo 21 [1841, Año 32 de la Libertad 26 de la Independ.a y 12 de la Confed.n Argentina.
Al Juez de Paz de Quilmes.
El Insfrascripto ha recibide orden del Exmo Sor Gobernador de la Probincia Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier D. Juan Manuel de Rosas para abisar a V. el recibo de su nota fecha fha 25 del pp.de Febre­ro cuya suma es poner en el Sup.r conocimiento de S. E. aviso de haberse levantado en ese vecindario una subscripción voluntaria para ayudar en parte al sosten dela Escuadra armada contra el coloso infame Pardejón Fructuoso Rivera, acompañando la lista nominal, y tiene a disposición de S. E. su producido; agregando que D. Eugenio Otero ha donado una cuadra de Monte de Durazno en pie, y que también espera le ordene S. E. si la hade conservar asi, si ha de cortar o vender en el Estado con todo lo demás que V. expresa en su referida nota.
Y a decirle que en ella ha recaído el Decreto Siguiente.
"Contestese al Juez de Paz de Quilmes manifieste a los ciudadanos comprendidos en la adjunta relación, las mas expresivas gracias a nombre dela Confoderac.n p.r su generosa Patriótica federal donacion entregándose los 14.157 p.3 con la presente nota al Tesorero general, para que dándole entra­da sean aplicados al objeto dela donacion y publíquese”.
Respecto dela cuadra del Monte dice S. E. que manifieste V. el mismo reconocimiento al ciudadano donante, y que lo haga V. cortar, y la tenga a disposición de S. E. para este Egercito.
Dios que a V. muchos años. (TEXTUAL)
(firmado) Pedro Ramos
               (una rúbrica)
Compilación, tipeado y notas Prof. Chalo Agnelli,
director del Blog EL QUILMERO, 2011/2020
FUENTE
Periódico “La Verdad” del 24 de mayo de 1941. Año XXXI N° 5001
NOTAS


[1] José Fructuoso Rivera (Paysandú, 1784 - Melo, 1854) Militar y político uruguayo considerado una de las principales figuras de la emancipación de su país, así como de los primeros años de historia del Uruguay independiente. Fue el primer presidente constitucional de la República (1830-1834), a cuya presidencia accedió de nuevo en dos ocasiones (1838-1839 y 1839-1843).
[2] Caillet-Bois T. “Los marinos durante la dictadura”. B. Aires 1935 pp. 13|14|15.
[3] Ídem. Ant.
[4] La Dársena Higueritas se ubica junto al Río Uruguay (Km 2) en la ciudad de Nueva Palmira.
[5] H. R. Ratto, “A un siglo de la incorporación de Brown a la escuadra federal”. “La Prensa’’, Marzo de 1941. Sección segunda.
[6] A. Saldías. “Historia de la Confederación Argentina”. B .Aires 1911. Tomo 3; p. 231.
[7] A mediados del año 1841 fue levantada otra suscripción con el mismo fin.
[8] Despectivo de pardo.
[9] En las transcripciones conservamos estrictamente la orto­grafía de los documentos originales.
[10] Original en el archivo del Dr. Craviotto.
[11] Ídem. ant.
[12] H. R. Ratto. “A un siglo... etc., ya citado. Además: Héctor R. Ratto. “Historia de Brown’’. Buenos Aires, 1939. T. Caillet-Bois. “Ensayo de historia naval argentina”. Bs. Aires 1929.