viernes, 4 de octubre de 2013

JUAN HINTERSCHID - EN QUILMES SE PERFECCIONÓ LA PUNTA DEL BOLÍGRAFO


El Día del inmigrante en la Argentina, se celebra los 4 de septiembre de cada año desde que se la estableció mediante el Decreto Nº 21.430 del año 1949.
 El tema de la inmigración consecuentemente nos contiene y nos identifica en Latinoamérica, en el mundo, como una país que supo abrir los brazos a todas las mujeres y los hombres que huían del las guerras, del hambre, de las intolerancia y la discriminación política y religiosa... de la muerte. 
Recientemente un político desmemoriado, atrapado en la verborragia proselitista, renegó de la inmigración que sigue llegando al país en los últimos años, esa inmigración de los países limítrofes, que no son rubios ni "blanquitos" ni de ojos claros, esos que emprende trabajos que los argentinos nativos somos esquivamos: la construcción, las tareas de limpieza y las labores domésticas, el trabajo agrario... 
Aquella inmigración de fines del siglo XIX y la mitad del XX, también trajo lo que gran parte de los argentinos nativos no poseían: una cultura milenaria, inquietudes para iniciar empresas novísimas, creatividad, perseverancia... y. aquellos, nuestros abuelos, encontraron un país que se había organizado para asimilarlos con la escuela pública, leyes civiles de tolerancia y luego ellos obtuvieron la legislación social de la que hoy todos gozamos. 
Así como el político que olvidó las bases de su ideología por ambición de poder, algunos que se emocionan ante la presencia de un Papa argentino en Roma, sin embargo, olvidan los fundamentos de su fe: la caridad cristiana y el amor al prójimo. Chalo Agnelli

JUAN HINTERSCHIDT 
Conservó toda su vida el acento europeo aunque desembarcó en Buenos Aires el 26 de febrero de 1939, de un buque procedente de Génova que abordó después de viajar desde Budapest, Hungría. Esa fecha don Juan Hinterschidt la conservó en su memoria por el resto de su vida.
Era un hombre bajo, algo rechoncho, siempre con la mirada encendida tras los anteojos cuando recordaba los 2000 metros cuadrados que ocupaba la fábrica de lapiceras "Perfecta" en avenida Las Heras, a pocos metros de la Hipólito Yrigoyen.
Entre las máquinas amontonadas evocaba - en medio del silencio - el ajetreo de decenas de obreros trabajando - muchos inmigrantes -, cuando se requerían dos turnos de ocho horas para satisfacer la vertiginosa demanda de 800 clientes solamente en el interior. Y otras decenas de familias llevaban balancines a sus hogares para completar la tarea. 

Se llegaron a producir 600.000 bolígrafos y 300.000 lapiceras fuente por mes. Hasta que el nefasto Martínez de Hoz inició la apertura indiscriminada de las importaciones.
Claro que en 1939 don Juan no imaginó esas luces y sombras, cuando llegó con otros 80 compañeros contratados por la firma húngara Ganz para atender los legendarios coches-motores. En su tierra natal, después de terminar el secundario se había especializado en matricería y cerámica. Entonces iba a empeñar a fondo esa capacitación, porque cuando se inició la Segunda Guerra Mundial la empresa quebró y él se quedó en la calle, mientras recién empezaba a conocer nuestro idioma.
Siempre valiéndose de su especialidad, trabajó en distintos establecimientos, en el frigorífico Wilson, en una fábrica de bicicletas y en la local Inyecta. Para esa época ya se había enamorado de Catalina, una yugoslava a la que conoció bailando en el Club Alemán de Piñeyro, con quien se casaría y tendría dos hijos: Juan Alberto (56) y Roberto (53).
En 1944 resuelve independizarse. Comienza con sus herramientas armando un tallercito donde antes había un gallinero en la casa de Directorio 14 (hoy Lebensohn), que compartía con sus suegros.
Un vecino, Parisi, trabajaba con Ladislao Biro, el inventor del bolígrafo en la Capital, y lo presenta para ofrecerle sus servicios.

Biro, también húngaro escapado de la persecución nazi en 1940, tenía problemas en la calidad de la punta del producto, don Juan los resolvió en su taller y empezó a fabricarlas con sus rudimentarias máquinas.
Resultaron "perfectas", le dijeron. Y cuando Biro vendió su empresa a Parker, él patentó su propia marca "Perfecta".

Propaganda de la birome (1945)
Y así comenzó el crecimiento. Después de los bolígrafos, iniciaron la producción de lapiceras fuente, cuyas plumas doradas originalmente se importaban. 
Viajó a Suiza para adquirir máquinas que realizaban hasta catorce operaciones. Y siguió trabajando año tras año. A veces, en las fiestas familiares, daba rienda suelta a su único hobby: tocar en acordeón o violín valses vieneses y música tradicional europea.
Hoy Hinterschidt no está entre nosotros, pero su memoria sigue siendo uno de los tantos tesoros humanos que dio la inmigración a Quilmes, la ciudad donde se perfeccionó la punta del bolígrafo. 
Don Juan Hinterschidt y el historietista Hugo Yori con una de sus ilustraciones realizadas con bolígrafo.
Compilación Chalo Agnelli 
1999 - 4 de setiembre de 2013 

FUENTE
Revista. "Bienvenidos a Quilmes, una ciudad que se deja vivir". del Consejo Municipal de Turismo, Municipalidad de Quilmes. 15/11/1889 Nº  1665
 www.rotaractquilmes.org.ar
Ver: http://es.wikipedia.org/wiki/Bol%C3%ADgrafo

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